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10 min
MIS AMIGOS MILIPLEGAMINOS
Fantasía |
15.05.08
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Sinopsis

      Los días aquí pasan muy despacio. Salvo aquellos en los que mi padre viene a verme. Esos son los mejores, pues consigo escapar de la rutina y puedo sentirme alguien especial por un día. Muchos de mis compañeros me insultan con frecuencia. Me dicen que soy retrasado. Pero mi padre, cada vez que se lo cuento, insiste en que tan sólo he tenido mala suerte y que no soy menos que nadie aunque sea un poco corto. Él fue quien me enseñó a ver a mis amiguitos. Me costó mucho aprenderme su nombre, es tan largo... Él me dijo que siempre estarían ahí, por muy lejos que estuviese y por mucho que el resto insistiese en que no existen.

      Hoy hicimos un poco de ejercicio en el parque. Me sentí orgulloso porque a mi padre le gusta que haga ejercicio, dice que eso hace que me vea más saludable y la salud dice que es muy importante. Las últimas veces que vino me repetía que me cuidara, que él no iba a estar siempre ahí para cuidarme y que debía hacer de mi cuerpo un templo. Eso último no lo entendí muy bien, pero todos los domingos nos llevan a misa en la capilla del centro. Y el cura dice que ese es el templo de Dios, así que debe ser algo parecido. Pero si mi cuerpo es un templo, entonces ¿no tengo que ir a misa? Bueno, es algo complicado para mí. Debe ser por eso de que no soy como los demás. Sin embargo, le he preguntado a mis compañeros y tampoco son capaces de darme una respuesta. Como mucho me gritan que soy un estúpido y me escupen o, simplemente, salen corriendo como si les hubiera picado una avispa. A Sergio le picó una vez una en el brazo y se le puso muy grande y rojo, casi se muere. Luego dijo que es que tenía alegría, que muchos la tienen en primavera pero que él había nacido con ella. La verdad es que sí que era muy alegre Sergio, siempre estaba contento. Pero luego, otra vez que salió a jugar y no volvía para la cena debió darle muy fuerte, porque los cuidadores nos dijeron que se había ido al cielo por un ataque de alegría muy grande y no habían llegado a tiempo al hospital. Imagino que ahora estará con Dios en el paraíso del que habla el cura cada domingo, muy feliz y contento él.

      Después de hacer ejercicio nos fuimos todos a las duchas. Todos menos Raúl, que no le gustaba el agua y que decía que si le tocaba la piel explotaba. Era un exagerado, pero los cuidadores, por si acaso, no lo bañaban. Decían que se ponía muy violento y era mejor dejarlo estar. Luego, los demás no podíamos acercarnos mucho a él, porque olía muy mal. Después de la ducha me fui a mi cuarto a jugar con mis amiguitos. Mi padre decía que tenía que hablar con ellos en susurros y cómo no sabía lo que era eso me dijo que bajito, que nadie tenía que verme jugar con ellos o me tomarían por uno de esos locos que van por ahí con un embudo en la cabeza diciendo tonterías. Yo soy corto, pero no un loco. Los miliplegaminos son unos bichitos que viven en el hueco que hay entre las losas del suelo y la pared. En las juntas que decía mi padre. Pero si estuvieran juntas no habría hueco. Yo se lo comentaba y el me sonreía y me daba un golpecito en la cara. Sabía que tenía razón y por eso no me llevaba la contraría. Pues lo miliplegaminos viven en esos huecos. Son millones y tan pequeños que tengo que cerrar mucho los ojos, como los chinos, para verlos un poquito. Son grises, aunque a veces también los hay de otros colores. Depende de dónde sean. En los azulejos del baño los hay azulitos que los he visto. No son muy habladores y, de todos modos, tampoco entiendo su idioma, sólo algunas palabras sueltas. Pero da igual. A mí me gusta jugar con ellos y a ellos conmigo. Se ríen mucho cuando me acerco y les cuento los chistes que he oído en el centro. Casi siempre se los quito a Luis, que dice que son suyos y que nadie los puede contar menos él. Yo creo que es un poco egoísta, porque los chistes no tendrían que tener dueño, si no la gente no se reiría. Imagina que solamente Luis tuviera en su cabeza todos los chistes... todo el mundo estaría triste. Hay que reírse. Eso también lo dice mucho mi padre. La risa es la sal de la vida. Por eso, por si acaso no puedo quitarle algún chiste a Luis, yo me echo mucha sal en la comida a escondidas de los cuidadores, que no les gusta que salemos demasiado las verduras ni otros platos. Dicen que es por el colestrol y a mí no me gustan ni las coles ni los trolls y además no sé qué tienen que ver las unas con los otros. Son tan raros los adultos. Deberían aprender de nosotros.

      Faltaban todavía muchas horas para que mi padre viniera a verme. Los miliplegaminos estaban tan contentos como yo, porque, aparte de mí, mi padre era uno de los que también podía verlos y se llevaba muy bien con ellos. Él sí que parecía entenderles, no como yo. Siempre decía que tuviera paciencia, que con el tiempo acabaría comprendiendo lo que decían. A mí me gustaba sobre todo que me acompañaran a dar paseos. Casi nunca salían de los huecos, pero yo me acercaba y me pegaba a la pared o el suelo y se subían encima de mí, sobre mis hombros o cerquita de mis orejas para oírles bien mientras canturreaban. Y entonces, los llevaba al parque y les dejaba bailar en la hierba con sus primos que viven allí. De vez en cuando se iba algún compañero, pero ellos nunca se marchaban. Eran mis amigos para siempre.

      Después de jugar un rato y de dar un paseo corto por el salón, sonó el timbre para la comida. Siempre teníamos que ponernos unos detrás de otros. Qué tontos eran algunos, cuando los cuidadores nos decían que nos pusiéramos en fila india muchos se ponían a dar saltos y se llevaban la mano a la boca para dar gritos. No entendían que no era una fila de indios, sino de indias, y las indias no gritan. Ellas cuidan los bebés y tejen, y plantan semillas y cocinan carne. Después de comer llegaría mi padre y yo estaría con los miliplegaminos escondidos en mi pelo para no ser descubiertos. Así le podrían saludar y reír con él.

      Empezaron a llegar los padres y hermanos de los otros chicos. Mi padre solía venir sólo. Yo no tenía hermanos y mi madre se había ido al cielo con Sergio. Estarían los dos allí arriba sin parar de reír. Miré el reloj y la aguja grande ya había pasado del centro. Mi padre no llegaba después de que pasara el centro. Un cuidador vino y pensé que iba a regañarme porque traía cara de enfado. Intenté recordar si había hecho algo malo y pensé que a lo mejor me había descubierto hablando con mis amigos. Mi padre me dijo que la gente no entendía a los miliplegaminos y que podía pasar que se enfadasen conmigo. Encogí los hombros esperando una regañina. Pero no sucedió eso. Dania, la cuidadora más guapa de todas y del mundo entero también, vino y se sentó en el sitio de mi padre. Me cogió una mano y me picó la barriga. Noté como se me ponía roja la cara. Ella entonces empezó a hablarme muy despacio y muy suave, como una nube de algodón. A mí me gustan mucho las nubes de algodón, son muy dulces. Lo que pasa es que luego te da dolor de barriga si te la comes entera y a mí no me dejan que coma más de la mitad. Dania estaba diciéndome que mi padre no vendría ese día y que a lo mejor no venía más porque estaba preparando un viaje para ir a ver a mi madre. Yo le dije que quería ir con él, pero los cuidadores dijeron que no era posible. Que sólo había sitio para uno. Luego fuimos a un sitio lleno de cruces con mucho verde y el cura del centro se despidió de mi padre. Dijo que ya no iba a volver y que lo vería cuando fuese al cielo. Yo estaba contento, porque allí estaría alegre. Y estaría con mi madre. Yo sé que él la echaba mucho de menos y llevaba mucho tiempo sin verla. Ahora estaban juntitos otra vez. El cura decía que yo también iría algún día y me hizo mucha ilusión saberlo, porque no todos pueden ir.

      Mi padre no vino más a verme y lo eché mucho de menos. Pero los miliplegaminos seguían estando conmigo y ahora les entendía mejor y me decían que mi padre estaba muy feliz y que me veía desde arriba. No sabía yo que tuviera tan buena vista. Y, si él me veía, mi madre también podría hacerlo. Y Sergio. Y todos los que se iban del centro. Me alegré mucho al saberlo. Los miliplegaminos también, aunque ellos siempre están contentos. Es una suerte que estén aquí. Menos mal que mi padre me enseñó a verlos, sino estaría solo. Yo, como a los amigos hay que cuidarlos, los mimo mucho y les sigo contando los chistes que le robo a Luis. Él ni se entera y a ellos les hace muy felices. Hoy me contó uno muy bueno. Me acerqué a los azulejos del baño sin que me viera nadie y nos reímos todos mucho. Otro día más, estoy contento porque todo está bien. Y, aunque me insultan y me escupen, mi padre dice que no soy tonto, tan sólo tuve mala suerte y nací un poco cortito. Apagan las luces. Hora de irse a la cama. Hasta mañana mis queridos miliplegaminos.
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