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3 min
Mis tres estampas del mariscal Ney
Reflexiones |
16.08.15
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Sinopsis

Recuerdos de infancia y juventud

 Las botas lustradas en negro de los mariscales suenan reciamente por los pasillos de las Tullerías. Sobre la mesa de madera labrada de un despacho un pensativo Bonaparte termina firmando la hoja de abdicación que le acaban de tender éstos, entre ellos Ney el Pelirrojo. Napoleón baja al patio donde le aguarda el carruaje que le conducirá al exilio. Suena por última vez el himno imperial que con lágrimas en los ojos interpreta la banda de los granaderos de la Vieja Guardia.

    En una polvorienta carretera de la Costa Azul, el Emperador ordena detenerse a la columna de soldados que le sigue. Al frente, cerrándole el paso, están los seis mil hombres que al mando del mariscal pelirrojo ha enviado el gordo rey Luis para detenerle. Los dos viejos camaradas de armas se abrazan y así el Imperio de los Cien Días echa a andar hacia los campos de Waterloo.

    Este Ney cinematográfico, del film Waterloo de Serguei Bondarchuk, es el mismo aquel que, a mis diez años  -en una viñeta de la estupenda Colección Historias, de la editorial Bruguera- había mirado yo saludando a un tal capitán Florentín y felicitándolo por no haber muerto bajo la nieve de Moscú como tantos otros de la Grande Armée. De siempre me gustaron los bonapartistas fieles, desde Julián Sorel de Rojo y Negro hasta el inefable Corso de El Club Dumas, pasando por el duelista de Conrad, al que de sus gloriosos tiempos de húsar sólo le restaban la trenza y el pendiente en la oreja.

   No puedo evitar que me caigan bien estos césares, desde el primero de la lista, que le dio su nombre, hasta el que bajaba de Sierra Maestra al frente de una columna de guajiros barbudos o el que agonizó de cáncer en un hospital de Caracas. Hace falta tenerlos bien puestos para cruzar el Rubicón, aunque no para atravesar el Estrecho apoyado por la aviación italo-alemana después de haber fusilado a los militares desafectos, como hizo un cierto -en palabras de Ramón J. Sender- generalito maricoidal.

   Su sempiterna fidelidad a Napoleón le costó a Ney, después de la derrota de Waterloo, un proceso amañado por jueces adictos a los Borbones, que le condenó a muerte y le fusiló frente a un muro del Parque de Luxemburgo. La última estampa que guardo es la suya ya inerte sobre un sórdido suelo embarrado, junto a un sombrero de civil que al caer de su cabeza hace destacarse su pelo rojizo. Un oficial, al marcharse del lugar con el pelotón de fusilamiento, vuelve la cabeza hacia el caído en una última mirada, que a mí me quiere parecer de respeto y de tristeza.      

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