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3 min
Miss Susurros
Reales |
01.09.06
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Sinopsis



El Pandemónium, era un local a las afueras, con nombre en inglés y estrellas mundiales tras los platos. La cola era de una hora y entrar no era seguro ni mediante soborno. Ella entró susurrándole al portero la palabra exacta.

En el ambiente con menos griterío, pidió una copa que no pensaba beber y observó el panorama. El primero que se acercó ya iba borracho. El segundo era empujado desde la distancia por unos amigos tan estúpidos como él mismo. El tercero pidió algo bien fuerte, pero ni el alcohol le restituyó el ingenio, si es que alguna vez lo tuvo.

Se decidió por uno que hacía un rato que estaba a su lado, mirándole el pecho con discreción.
- ¿Bailas? –le preguntó él, ante la puerta abierta que intuyó.
Ella susurró.
- ¿Qué? –Se le acercó.- ¿Cómo dices?
Ella le volvió a susurrar.

Creyó que era la chica con más sensualidad de todas las que había conocido en situaciones parecidas. Pese a la música, los gritos, y el ambiente desatado de un fin de semana, ella, susurraba con un candor más mareante que lo que tenía en el vaso. La miró, se dijo que ella era especial. Se lo dijo para sí, no a ella, no para intentar ligarla, sino para sí mismo. Para preguntarse si quería seguir. Aquella chica no era una pava estúpida a la que usar y luego dejar. Era de las que dejan huella dentro, de las que pueden enamorar, de las que no hacen nada sino ser ellas mismas. Apartó la vista un instante, contempló su octavo vaso vacío. ¿Era el alcohol? o ¿podría llegar a enamorarse de ella?

Se encontró bailando. Se dijo que no debía estropearlo. Que aquella era una de las buenas, de las personas a las que vale la pena conocer y amar.

De repente ella se le acercó, notó su cuerpo. Le susurró al oído, no entendió el qué. Pero dejó de bailar e hizo un gesto para que él lo siguiera. Avanzó entre la gente. Llegaron al baño.
-¿Te pido una copa de mientras?
Ella lo miró, y le tendió la mano.

¡Vaya! Se dejó llevar. Entraron. ¿Podía ser? Se vio en el espejo y en la mirada hostil de las otras mujeres que le arrancaban la carne a pedazos. Es ella, intentaba decir, ha sido idea suya; yo no he dicho nada. Y era cierto. Ni siquiera había insinuado nada para después.
Ella lo condujo, y cerró el pastillo de la puertezuela tras de sí. Quedaron solos en un espacio tan reducido que les obligaba a estar más juntos. ¡Qué fantasía!
Fue a besarla y vio algo brillar entre aquellas manos. La primera cuchillada lo cogió por sorpresa. No había espacio para retroceder y resbaló. Sangre. En su camisa, en su pecho. Sangre suya.


Leo Bennacker
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