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12 min
Mitología Metafísica
Ciencia Ficción |
30.07.15
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Sinopsis

 

 

Pesa las opiniones, no las cuentes.

Séneca

Caminaba por las angostas cuevas de la oscuridad, analizando las variantes de las primeras civilizaciones mitológicas que existieron, y cómo fue que logaron crear los esplendorosos templos y arquitecturas cosmológicas colmadas en todo rededor, y por ello, me refiero particularmente a las estrellas negras, dotadas de mundos inimaginables e intangibles; llevando a cabo una serie de pensamientos perspicaces, y exhaustivas perspectivas mitológicas, me dispuse a buscar todos los soles ocultos tras las nubes negras, para de igual manera, comprender el origen de mi mundo, el cual, se basa en una famosa leyenda que describe la destrucción del sol; jamás existió una ausencia como tal, pues como lo relatan los antiguos jeroglíficos, aún se divisaban los restos del mismo que propiciaban la infundia de la luz, y esto era una ofensa para nuestros pioneros, criaturas, que se cansaron de vivir bajo el dominio de la poca iluminación y que al poco tiempo, llenaron el orbe con su aliento de tinieblas y oscuridad. 

Interpretar estos acontecimientos históricos dependía del tiempo, mis pensamientos fueron ampliándose cada vez más, pero estos fueron interrumpidos por una súbita y radiante mirada que hundió toda señal de vida y ahogó con sus letargos el calor de las ardientes imágenes, y acabó con mis representaciones que pedían a gritos la libertad consagrada de la utopía; sus ojos fueron los testigos de mi lejanía como deseo; sus 8 pupilas cóncavas las que aumentaron la marea, y extendiendo su pata larga y peluda en dirección a mí, como aquellos imperios guturales metafísicos inexplicables al impulsar el aliento perdido entre la atmosfera, suscitó los huracanes amorfos; en su palma escamosa divisé un pequeño agujero, a los pocos segundos nació de ella una Acraga Coa[1], que cayó al suelo repentina y bruscamente pero sin aparente herida alguna, se revolcó sigilosamente en la mininiebla; inmediatamente después, a unos centímetros arriba de mis dos agujeros vacios pero negros, broto de mi piel, o para ser exactos caparazón, un Diloboderus Abderus[2], que presumía su cuerno cual poder superficialmente inagotable; estas hermosas especies se encontraron sin necesidad de buscarse, se arrastraron lentamente hasta escanearse, y entonces, el momento mágico y primordial cobró vida, copularon entre las adversidades monogámicas que las rodeaban, cobijabas en la oscuridad fulminante, eran los amantes nunca antes creados en el seno de la luz. Furiosa la mirada, transformada ya en precipicios insondables, se incorporó a su camino, no sin antes lanzarme de su boca una sustancia sumamente pegajosa y un tanto ardiente. Todas no siempre hacen lo mismo, asteroides anteriores fue ácido y, no las culpo, todo el error es mío al no compactar insectivamente, pero no emergerá de mí otra especie que no sea un Diloboderus Abderus.

¿Qué impulsos se habrán liberado de las criaturas para vomitar toda esta oscuridad? Son seres que he estudiado por muchas siglos, por lo que, me resulta complejo discernir su razonamiento materialista de sus estructuras diarias que acongojan a todo ser, o al menos a mí. No será ésta una opción que describa todo el origen, pero al menos podré empezar por estos estereotipos. Una vez más éste principio fue suspendido por un cúmulo de fulgores que percibieron mis dos antenas superiores mientras caminaba; me dirigí a éstos lentamente, y cuando por fin estuve cerca, mis antenas se sacudieron herméticamente. Famélico en toda esa luna las devoré; se trataba, según mi pico velloso, de las más exquisitas luces que jamás había comido, saludables en contenido, fuertes como hierro y  diamante, y transparentes como agua. Mis dos agujeros negros y vacios absorbían estas delicias cuidadosamente, percatándose de no dejar caer los restos, y así lo hice, hasta ver una sombra atractiva, misma que se multiplicó en millares, y que me tomaron por mis alas de murciélago, estos insensatos intentaban salvarme del umbral divino haciéndome vomitar estas maravillas, intenté mantenerme al margen, a mi propio margen, y fue de esta manera cómo su fracaso cobró sentido; el reinado de las sombras nunca cumplió con su cometido, intentó de mil formas destruir estos prodigios refugiados en mí y yo me abstuve de extraerlos. Cansados y frustrados por las rejas del infortunio, y apresados en su mismo territorio, se alejaron a través de una marcha fúnebre, agitados y convulsionados por la ira y aquejados por su felicidad, se fueron mutilando los unos a los otros esparciendo la sangre inocente e infértil. 

Mi luto se limito hasta estos derrames, que no debían ser festejados sino lamentados por la eclosión inimaginable, es decir, su metamorfosis fantástica. Los restos de las sombras se quemaron y produciendo un circulo con las risas más imperiales bailaron bajo el dominio de un latir eterno. Lamenté todo este ritual absurdo, es por ello que mis diminutos cuernos asentados a lo largo y ancho de mi coraza, vertieron los fulgores de las luces consumidas como un himno a los caídos. Me debí conmover demasiado, porque casi agoté toda mi energía en señal de admiración por aquellos tristes que no buscaron los senderos de la vida.

Volaron como pájaros de su nido las visiones de estos extraños seres atemorizados por algún elemento, invisible e imperceptible, montañas sagradas crecían de una inalcanzable hierba, un sol que advertía la venida de la armonía y la paz ligadas a las dulces melodías naturales, un objeto infinito, esponjoso y blanco dormía alrededor del sol. 

Mi visión rompió todo pacto al empujarme, ¡sí!, un hibrido me jadeó para apresurarme a moverme en la fila, porque para entonces, sin darme cuenta ya era parte de una inmensa y larga fila que iba directo al legendario viaje al fondo de la locura. Toda clase de compañero se sumergía y salían de él, de los mares rojos, bajaba por siglos a través de las turbulentas aguas pobladas de las más extravagantes ensoñaciones imperadas bajo el báculo de quién sabe qué gobernante, y subían como seres frescos, nuevos, saludables y más fuertes, el problema era que no pasaba mucho tiempo para que volvieran a bajar, y esto se debe a que no se enriquece en su propio mundo; quedan hipnotizados por el zafiro del báculo. Otra cuestión radica en que algunos compañeros emergen iguales, débiles, tristes, insatisfechos y hasta agotados y agobiados. Desde mi estancia en este mundo yo ya había probado los sabores de los placeres, pero no conforme, me dispuse a buscar los verdaderos placeres que clavados en su cruz y enterrados por siempre dentro de mí, ofrecían los estables lazos fructíferos (una teoría bastante lógica que formulé después de mi último viaje).

Frustrado aún por no construir las bases de la cosmogonía, salí de la fila, esperando la respuesta a mi cuestión. En vez de ello, percibí los sonidos de una legión de mariposas, primero una se posó en una de mis 6 patas, luego 5, al final toda la población cubría todo mi ser y sus aleteos parecían tranquilizarme, parecían sumergirme en transparentes riachuelos que a su vez me hacían volar más allá de la oscuridad, calcando sensaciones sobre el lienzo de mi alma, si es que tenía una, porque todos mis conocimientos predecían ese impulso para acercarnos a los recovecos más espectrales que mi mundo halla concebido; o sea, en todo existe ese impulso que nos distingue de los demás, así como lo relatan los jeroglíficos de las antiguas criaturas, que hasta el presente no han sustentado la evidencia de un alma. 

Me habían abandonado las mariposas, pero, reemplazaron el lugar por un paisaje siniestro que no llevaba sino a un solo camino, desconocía lo que me esperaba mas conocía lo que podía habitar en aquel sendero; nosotros éramos libres y nos cobijaba una infinita tranquilidad, protectora de ápeiron.

Avancé sigiloso cual cazador que busca sorprender a su presa entre los salvajes matorrales; a mi izquierda, árboles de todo tipo adornaban la vista con las extremidades de las primeras criaturas que existieron en mi mundo, nunca percibí algo tan semejante como lo que estaba presenciando, lo que debiera ser belleza en mi mundo era terror y desconcierto en aquel; a mi derecha, nada, todo mi lado mencionado era blanco, intangible pero perceptible; y a mis pies, charcos de lo que parecía ser sangre de diversos monstruos, de vez en cuando de ella brotaban lápices puntiagudos, y otras veces eran agujeros interminables. 

Marché a través de estos parajes extravagantes sin saber lo que esperaba encontrar, con el estremecimiento en las espinas y el pensamiento vagando y anidando en otro lugar que no lo fuera mi caparazón. 

Un tic-tac reía, sin valor alguno para enfrentarme y apresarme en sus jaulas se escondía de mí, deseando que perdiera el control para así volverme loco; pero yo lo domaba, y le retorcía el cuello desde donde se ocultaba, él lo sabía, por lo que sus saetas transformaron en espirales apuntando en dirección a los naufragios, destruyeron, y seguí mi camino volando. 

Todo se tornaba muy fácil desde este punto; no vivía miedo en mí, ni nada que pudiera detener u obstaculizar mi camino. En aquella partida un olor constante a vino y perfumes imperaba mi planeación, un hedor tan hermético y obvio que temí ahogarme en él o embriagarme con él, porque el mismo era tan aromático en todos aspectos posibles y causaba una alegría inexplicable y así continúe marchando, con euforia y satisfacción, atisbado de futuros reflejos que dejarían en mí una inagotable alegría, entonces comprendí…

Después de un tiempo; a mi lado derecho donde se suponía no existía nada. Un tentáculo sumamente enorme cubría la nada blanca; el lugar oscurecía y se iluminaba, oscurecía y se iluminaba; y al haber sólo tinieblas, pequeños círculos azules tatuados en el tentáculo, alumbraban el lugar; húmedo y bañado de afeites se contraía, lo seguí durante un tiempo hasta toparme con algo increíblemente hermoso, era en toda la extensión de la palabra, un Hapalochlaena Lunulata[1]. En mi mundo se decía que estas criaturas eran las más terribles de todos los monstruos que habitaban el orbe, no sólo por su aspecto tan macabro y colosal sino por los anillos azules que, según son, agujeros negros que te chupan y trasladan a lares recónditos pero oníricamente conocidos.

La criatura obstaculizaba el paso, pero algo en mí decía que era ya el final del camino y que debía dejarme absorber por los anillos azules. Mi viaje terminaba, no me sentía del todo alegre, es decir, no incurrían los escalofríos en mi caparazón, ni mucho menos me sentía colmado de los ornatos de la euforia. Me arriesgué, y proseguí haciendo a un lado uno de los tentáculos del ser.

El olor a perfumes y vino ya no se percibía, diseminaba con el correr mío hasta que no existió más, ni sus indicios, ni sus cadáveres putrefactos que se alojaron a lo largo del viaje, muerto ya en el olvido. A 10 metros frente a mí un templo de estructura voraz cambiaba a cada minuto, y la sola vista iluminaba mis espinas de una forma artística; una corazonada resonaba en los vacios de mi caparazón, ya no podía pedir más, por lo que entré al templo sin más pensamientos que contuvieran la corazonada y mis alas. En el altar dorado, un tardígrado[1], excelso,  regio, atezado y con las patas encallecidas señaló una de las partes del templo. El sólo hecho de mirar a esta criatura alumbraba mi alma, sabía que poseía una, sabía que la felicidad infinita, enjaulada en alguna parte de mí, se había liberado y volaba dentro de mí para jamás dejarme solo, yo era el culpable de que estuviera apresada, yo y sólo yo. Ahora, en pleno vuelo se agitaba y gritaba: ¡Eureka!

Entonces miré (en la parte que el tardígrado me mostró) un rectángulo oblongo cubierto por una manta blanca, la retiré, y, pude ver en el objeto (que desconocía por completo) a una de las criaturas que lleno el orbe de tinieblas, estos monstruos que había estado estudiando desde lustros atrás y que fueron las primeras civilizaciones que habitaron mi mundo, era lo que nosotros conocíamos como un humano.  

[1] Comúnmente conocido como Oso de Agua.

 

[1] Pulpo de anillos azules.

[1] Conocida como oruga cristal por sus características físicas.

[2] Comúnmente nombrado bicho torito, es una especie de coleóptero escarabeido, uno de los escarabajos rinoceronte.

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