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5 min
Moriré pidiendo perdón.
Drama |
07.10.15
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Sinopsis

Fueron los sueños, los mismos que me despertaron, devolviéndome de nuevo a la realidad, a la vida.

Abro los ojos y lo sé, mi consciencia me habla, siento algo, mi corazón, ¡qué raro!  Cuántas veces pensé que no tenía corazón. Es arrepentimiento, remordimiento, pena o simplemente amor por otros seres vivos, lo último parecía para mí, algo inviable.

 Criada en varias casas de acogida, mis padres adoptivos se cansaban de mi demasiado  pronto, era mi carácter difícil, mi personalidad insoportable, mis ganas de vivir independiente y fuera de rutinas lo que me llevaría a acabar sola, como en tantas ocasiones quise y que al final aborrecí; la soledad. Las noches de vino carente de sabor y valor, durmiendo en el suelo arropada con mantas que recogía de cualquier vertedero. Fue aquello lo que me hizo ser maléfica, dañina, tétrica y despiadada.

Recuerdo aquellos días como si hubiera pasado esta semana. Ocurrió  un martes de enero por la tarde, hacía frio, yo tenía hambre y sed, fue cuando cargada de buena actitud y en son de paz me acerqué a un supermercado y en la puerta pedía comida a mujeres que salían cargadas con carros llenos.

-Perdone señora, ¿podría darme algo para comer?

-Quite de aquí muerta de hambre.-contestó.

Esas fueron las palabras que más me han dolido. Quería que sufriera, que pasara hambre, que mendigara agua y libertad, asique idee un plan espontáneamente y lo llevé a cabo, esperé hasta que llegará a su coche, soltara todas las bolsas en el maletero y cerrara. El día para aquella mujer sería rutinario, cotidiano, seguramente volver a casa y hacer la cena para sus hijos y su marido no obstante su destino cambió al decirme a aquellas palabras hirientes. Le asalté por la espalda, tapándole la boca con mis manos para que no gritara ni pidiera ayuda, le quité las llaves del coche y le obligué a subir a éste, conduje hasta llegar a mi destino, no paraba de llorar, le tranquilizaba diciéndole que nada  le pasaría si confiaba en mí,- siempre se me dio bien mentir-.

Atada junto a un árbol, en medio del bosque, en medio de la nada, no había coches ni gente que pasara por allí, era mi escondite y el sitio donde me refugiaba cuando la policía me buscaba por mis hurtos. Pasaban los días, las noches, Patricia –así era su nombre- lloraba, pedía perdón, suplicaba piedad a la vez que libertad, tenía hijos y oraba por ellos, sin embargo a mí no me importaba, me sentía libre arrebatándole su voluntad y por esa razón le lleve compañía. Dos mujeres más de la misma edad que Patricia. No las elegí al azar. Me sentaba asiduamente en una cafetería y observaba a la gente, personas que cumplían sueños, que tenían objetivos y proyectos, mujeres recién casadas contándole su gran día a amigas y  hombres que cada día se hacían millonarios con la bolsa, pero, poco me interesaba, eran las mujeres como Patricia las que me hacían perder el juicio, ponerme nerviosa, mujeres como mi madre, que abandonó a su hija por un hombre y un puñado de billetes sin valor, sabía bien quienes y de que calaña eran, las observé y las rapté de la misma manera que a Patricia, eran mujeres que sin merecerlo  poseían dinero, propiedades y miraban por encima del hombro a todo el que no era de su status social, eso me repugnaba y por eso las elegí, sentía la necesidad que aprendieran como se vive sin nada.

 Me regocijaba, me deleitaba, me divertía viéndoles llorar, sufrir, aferradas a la vida que temían que le quitara, mi placer duro poco, pronto me descubrirían. Fueron las llamadas de sus familiares denunciando la desaparición, los cargos en las tarjetas de cada una de ellas en la cafetería y varios testigos que dieron una descripción sobre mí. Una tarde cualquiera me detuve de nuevo en el mismo sitio donde observaba a mis víctimas, dos capuccinos y algunos apuntes después me percaté que el camarero me miraba con detenimiento, me reconocía, ya me había visto antes allí pero esta vez no me miraba sin más sino me estudiaba, algo sabía y me marché deprisa dejando un par de euros sobre la mesa, días más tarde sería conocedora que él mismo había llamado a la policía informándoles que estaba allí,la misma mujer por la que habían preguntado días antes. De esa forma me descubrieron, un detective de paisano me siguió acabando así con mí placer oculto, con mis atrocidades, animaladas y extraño gozo. Aquella noche me abordaron más policías de los que puedo contar, apuntándome con pistolas y exigiendo que me tirara al suelo, sólo me reía mientras ellos admiraban lo que había hecho. Iría a la cárcel pero ya cumplí mi objetivo, esas mujeres jamás volverán a ser las que fueron.

Abro los ojos, un día más estoy aquí, encerrada en estas paredes y barrotes que me privan de libertad, ¿Por qué lo hice? ¿Estoy loca? Es la primera vez que tengo un poco de lucidez y sentido común, he dejado de culparlas por ser suertudas en este mundo avaro y cruel,  después de años he sentido arrepentimiento, ¿Qué culpa tenían ellas de la vida que tengo yo?

Fui condenada a treintaicinco años de cárcel por el secuestro y maltrato físico y psíquico de tres mujeres.

Seguramente muera aquí, moriré pidiendo perdón.

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