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4 min
M.R.U.V
Amor |
11.07.15
  • 5
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Sinopsis

Mi primera porquería

    -Si un auto… El auto es un Mazda QP del 95, de un gris poliuretano sucio y oxidado. Manejando, un señorón de rostro afeitado, bajito y cojo,de movimientos lentos; siempre trae un bastón, una extensión de su mano izquierda; y en la boca un cigarrillo. Lleva conduciendo cuatro horas y aun falta un par más .

¿Dónde vamos? ¿cuanto falta para llegar? Yo quiero el ventilador del abuelo para mi solo.

Sobre la tapicería, maloliente y desteñida, van dos niñitos. Como ustedes mis muñecos- La señora señala, sonriendo, a  dos jóvenes ubicados en la primera fila de pupitres- A su lado, el lado del señoron, va la extensión de su mano derecha: su mujer.

Acabamos de pasar Honda. ¿Ves la carretera tan recta? en una hora estamos llegando y vamos a almorzar ¿listo? Pero ya no molesten más porque su papà está cansado y este calor pone bravo a cualquiera.- Todos los ojos del salon no se apartaban de los movimientos de la particular dama.- Ella tenía la paciencia que le falta a él; su ondulado cabello no iba más allá de los hombros  y se batía con fuerza por el viento. Su vestido, del color cielo, dejaba respirar los hombros que tantas veces beso el conductor de turno, y se extendía hasta la espinilla de la mujer. Tantos besos, pensaba viendo el retrovisor del QP,sonriendo, tanto tiempo juntos que ya se olvida que una fue joven y afiebrada.

El sol estaba en lo más alto y regaba su fulgor sobre las hojas y la carretera, y el QP.

Que se queden quietos ,rugió, con el cigarro en la boca, el huraño caballero. Por un momento los niños dejaron de revolver un morral atestado de ropa y posaron su atención en la danza, provocada por el sol, de la carretera a lo lejos. Lo hicieron notar.-La confusión se apoderaba de los pubertos de uniformes similares y caras de flojera-.

   - Diez, once, doce, falta una. Susurraron unos labios secos engalanados por un bigote negro, espeso que Don Eusebio cortaba a diario en aquella ranchita a las afueras de La Teresa,finca donde trabajaba cuidando el ganado.  El reflejo del sol en el parabrisas a lo lejos distrajo por un momento al hombre de piel trigueña y costillas marcadas que intranquilo se dirigió a los pastizales sin ver que a 60 metros del reflejo estaba su pálida res.

La aguja del velocímetro indicaba que se movían a 108 km/h y que ya pronto llegarìan a su destino.

Uno de los niños tenía una pistola de agua, el otro una jeringa, que al tiempo accionaron sobre el curtido pescuezo del señoron. Ella absorta en los recuerdos de su juventud no ve cuando la silueta del caballo cae sobre la entrepierna de su esposo,quemándolo. Los niños rieron y el hombre no aguantó más el desespero y las ganas de no estar más en el auto, por un momento quiso vivir, solo, en esa casita junto a la carretera. No saber mas de niños cansones y matrimonios sin sexo. El señoron quiso gritar... Hagan silencio. - Resonó la voz de la alta mujer por encima de los susurros señaladores de los jóvenes-  Quiso estar en la casita, fumándose un Mustang.

Este es el momento cuando ella se da cuenta de las cosas. Grita el nombre de su esposo que al levantar la mirada de la entrepierna chamuscada por el Mustang frena.

El color de la ceguera de Saramago está pues frente a sus ojos en forma bovina y expectante.- En el aula la locura de la maestra no se hacía de esperar quería que sus estudiantes dedujeran que habia pasado-  Despues de pisar el freno pasaron uno, dos, tres segundos. Don Eusebio se volvió al escuchar el chirrido del freno sobre el pavimento, era su vaca.-

Suena la campana y la maestra de física sale sin mas ni mas del aula de clase con una expresión no más desconcierta que la de sus alumnos.




 

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