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8 min
Mundo fabricado.
Suspense |
06.11.14
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Sinopsis

¿Qué tan perturbadora te parecía la idea de quedar atrapado en un mundo totalmente diferente? Un mundo, que ni si quiera imaginabas que existía. Lo más frustrante, es que al pasar del tiempo, vas perdiendo las esperanzas de que allá salida. Hasta que finalmente, después de tanto analizarlo, te das cuenta de algo que siempre fue demasiado obvio, no la hay.

¿Alguna vez haz sentido la sensación de perderte en un cuadro? ¿Divagar sobre algún lienzo que a tu parecer allá sido bastante interesante? ¿Estás seguro? Yo sí. Bastantes veces a decir verdad. Pero claro, no cualquier cuadro puede captar la atención de aquella forma. Además no hay muchas personas que se interesen por el arte. No de una manera tan obsesiva como la mía. Los finos trazos de pintura, la textura y las formas plasmadas sobre los bocetos parecían cobrar vida. Había pasado tantos años encerrado en aquella habitación. Estaba loco, me lo habían dicho varias veces. Y es cierto, pasaba tanto tiempo perdido entre los retratos que ya no distinguía la realidad de la fantasía, las figuras de las personas... les pasará a muchos pintores, supongo. Yo vivía así, respirando el olor de los lienzos, escuchando el sonido de las hojas al pasar y del pincel deslizándose; sintiendo el papel seco en mis manos y recorriendo las pinturas con mis ojos. Una y otra vez, una y otra vez.

Incomprendido, soñador, sintiéndome infinito. ... Negándome a aceptar que lo que mis ojos ven sea la realidad, creyendo que no pertenezco aquí, perdiéndome en un mundo en el que vale la pena vivir. Era como estar atrapado en un sueño que nunca terminaría. Cada retrato que pintaba había una historia detrás de ella. Las ideas venían a flote por si solas a mi cabeza, yo solo me encargaba de darles vida a través de un retrato.

Aún recuerdo el último cuadro que realicé. Aquel por el cual estoy aquí. Atrapado en un mundo sin sentido. Condenado a la eterna pesadilla. No importa cuántas veces busque una salida, siempre será en vano. Por qué… no lo hay. Bueno dejaré de hablar de mí. ¿Qué te parece si hablamos de ti? Tú también te encuentras atrapada en este infierno. Llegaste de una manera inesperada. Francamente no te esperaba, no recuerdo haberte pintado en este cuadro.

¡Oh, espera! ¿Tienes tu pañuelo por ahí? Ya sabes, el que te dieron en tu cumpleaños. Guárdalo bien ¿De acuerdo? No querrás perder el único recuerdo que tienes de tus padres ¿Verdad? Aquel trozo de tela que puede afirmarte que alguna vez exististe. Aquel que te brinda un poco de esperanza de que todo esto sólo se trata de un sueño o de un producto de tu imaginación. Pero muy en el fondo sabes que no es así. Pero siempre es bueno guardar una esperanza ¿No te parece? Aun así sea en vano, es la que nos mantiene vivos.

¿Ya te has acordado de todo? ¿No? Déjame ayudarte.

Era una fría mañana de Diciembre, la más fría que había conocido el año. En un cielo gris, tú y tus padres se encaminaban a una galería de arte. Era una exposición de todos los retratos fabricados por el famoso pintor Lawliet. En honor por su reciente fallecimiento.

Al ingresar había una amplia sala con extrañas decoraciones de lo que podría ser arte abstracto. A la izquierda había enorme mostrador donde se encontraba un señor que delataba tener ya bastante edad gracias a su cabello blanco y a sus finas arrugas.

Mientras tus padres recogían algunos panfletos, te diste la oportunidad de adelantarte para poder observar con tranquilidad algunas de las obras que yacían en las paredes.

“Esperamos que disfrute plenamente del arte del último Lawliet, cuyas creaciones guardan tanto misterio como belleza.” Decía en un exorbitante letrero colgado justo a tu derecha.

Recorrías los largos pasillos mientras te detenías a observar uno que otro cuadro que te llamase la atención, que en su mayoría eran bastantes. Mientras caminabas te detuviste a mirar unas estatuas bastante peculiares. En si eran unas personas o eso querían parecer. Demasiado delgadas, poseían un color negro opaco y su vestimenta no era más que un simple vestido. Pero había algo. Aquellas figuras no tenían cabeza como las demás.

―Son bastante extrañas ¿Verdad? ― Mencionó un chico de no más de veinte años. Que se encontraba también observando aquellas estatuas. Y que ahora centraba su atención en ti ―Bueno, en mi opinión... lo que Lawliet quiere decir es que el individuo yace en su propia expresión, por lo cual estas figuras no tienen cabeza ¿Ves?

Te limitaste a asentir mientras esbozabas una pequeña sonrisa. Y continuaste con tu dichoso recorrido. Eran cuadros bastantes simples, con trazos bastantes llamativos. En algunos plasmaba cosas cotidianas y en otras con dificultad lograbas entenderlos.

Como aquel que acabas de ver “El cuadro de las buenas intenciones” donde un niño con el cuerpo desfigurado y largos dedos danzaban en lo que parecía un piano y atrás otro cuerpo alargado y retorcido parecía señalarlo. Como si lo estuviese reprimiendo.

Cientos de cuadros tus ojos habían deslumbrado: como aquel retrato de un simple gato descansando sobre el sillón, otro de un niño silbando, una cesta de frutas puesta sobre la mesa, un retrato de una chica con una belleza realmente perturbadora, o ese gigantesco que está plasmado en el piso lo que parece ser un pez abisal alumbrando con su pequeña luz las profundidades del mar.

Al adentrarte más en aquellos estrechos e incesantes pasillos los colores en aquellos cuadros parecían hacerse más acentuados.

Sólo un cuadro hizo que te olvidaras por completo de los demás. Era el más desmesurado que habías advertido. Cuyo tamaño abarcaba toda la pared. Miles de colores estaban estampados en ese retrato.Parecían tener una textura extraña, dando la impresión de haber sido pintados con una pintura diferente; precisamente esas pinturas mostraban, además, un aspecto viejo y putrefacto, como si llevasen siglos ahí. Era una recopilación de todas las pinturas de la galería. Tantas figuras mezcladas entre sí, daban la sensación de que por un momento cobrasen vida.

Debajo del exuberante cuadro había dos pequeñas palabras: Mundo fabricado. Quien diría que dos insignificantes palabras cambiarían por completo tu vida ¿O sería aquel cuadro el motivo de tus pesadillas?

A tus trece años, y cargando sobre tus hombros tan escasa experiencia, ya te considerabas una de las personas más maduras de toda tu ciudad. Pero no lo suficientemente madura como para comprender lo que estaría a punto de ocurrir. Bueno lo cierto es que ni la persona más madura y cuerda lograría entender. Ni si quiera yo logró hacerlo. Porque simplemente mires por donde le mires no tiene sentido.

Pasaron alrededor de tres minutos mientras tus ojos se perdían en las profundidades del cuadro; un santuario atrayente y a su vez tétrico.

Ya habías observado más que suficiente, cuando tú estomago lanzó un débil gruñido. Tenías hambre y estabas agotada. Y tomaste la decisión de buscar a tus padres. Tal vez después de la galería podían ir a algún restaurante de comida rápida.

Caminaste sin cesar por los pasillos que anteriormente ya habías recorrido. Era extraño. No había nadie. Cuando anteriormente había cientos de personas contemplando las esculturas.

Tuviste que fruncir el ceño cuando llegaste a la recepción y no estaba ni si quiera el señor que hace menos de una hora los había atendido. Corriste por todas partes, recorriendo cada centímetro del edificio. Te negabas a creer que estabas sola, buscabas a alguien más, a cualquier persona, alguien que te negara el horror que no querías ver.

― ¿Hay alguien allí? ¿Alguien me escucha? ― Gritaste con todo tu empeño. Con la esperanza de alguien te respondiera. Nada.

Con el corazón galopando en tu pecho y la angustia reflejada en tus ojos corriste a la única salida de la galería. La puerta no estaba. Había desaparecido y sin dejar rastro alguno como si siempre hubiera sido más que una simple pared.

Las ventanas se hallaban intactas. Podías romper una con facilidad y salir por allí. Te acercaste y el vidrio estaba empañado por lo que no podías distinguir bien lo que había en el exterior. Un dedo se asomó por la ventana y empezó a hacer trazos en un intento de palabras apenas legibles. Retrocediste con los ojos abiertos de par en par. Mientras intentabas descifrar lo que decía: “Estoy detrás de ti”.

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Nada relativamente importante.

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