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20 min
Mundo Muerto
Terror |
25.02.17
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Sinopsis

Rick Mitman es un matón a sueldo que un día, sin esperarlo, se ve metido de lleno en el centro neurálgico del apocalipsis.

Me llamo Rick Mitman, y en estos momentos conduzco a toda velocidad mi flamante descapotable rojo, rumbo a la puesta de sol, igual que un héroe crepuscular del salvaje oeste.

     En realidad, aunque os cueste creerlo, mi viaje no es tan romántico e idílico como suena. Aquí no hay épica.

     Mientras el aire del desierto, cada vez más frío según se acerca la noche, golpea mi rostro y escucho crujir la tierra bajo las ruedas del coche, pienso en los acontecimientos que me han llevado hasta este punto.     Una situación extraña, debo admitir, porque yo ayer me ganaba la vida como matón a sueldo de un gángster que, sin llegar a ser un incompetente, tampoco podía decirse que fuese un genio del crimen, y hoy, casi sin darme cuenta, todo mi mundo se ha derrumbado. De repente me veo aquí, en este coche, con Gimme Danger de Iggy Pop sonando en la radio, tratando de escapar de lo que a todas luces parecían zombis hambrientos de carne humana.

     Sí, amigos. Zombis.

     Resulta difícil de creer, claro, pero hace unas escasas tres horas estaba en el piso de William Sanderson, un traficante de cocaína que consumía más de lo que vendía, y que además estaba asociado con mi jefe, Roberto Vandone, quien desde hacía tiempo no se fiaba de Sanderson. Años atrás, a finales de los ochenta, habían hecho grandes negocios; el dinero entraba a espuertas gracias al asunto de las drogas, las armas y las prostitutas. Los muy cabrones tocaban todos los palos.   Les sobraba la pasta y no sabían qué hacer con todos esos billetes, pero las cosas cambiaron cuando Sanderson empezó a drogarse más de la cuenta, y eso lo convirtió en un tipo inestable, irresponsable, descuidado y, en definitiva, peligroso para el negocio.

     Vandone sabía de sobra que su socio no tardaría en meter la pata hasta el fondo y que la policía lo pescaría tarde o temprano. Eso significaba correr muchos riesgos, y todos innecesarios. Sanderson cantaría, y Vandone, sus otros socios y, por supuesto, yo mismo, iríamos a la cárcel. De modo que, para evitar semejante desastre, mi jefe me había enviado a casa de Sanderson para hablar sobre un golpe que estaba planeando, pero ese golpe era falso, una excusa para presentarme en casa de este hombre y hacer lo que Roberto había ordenado: liquidarlo.

     Allí estaba Sanderson, con su bata de cuadros y su vaso de coñac sobre la mesa de roble, llena de libros y papeles viejos que ni él sabía qué eran. Yo había estado en ese mismo lugar varias veces en el pasado, y tenía muy claro que en uno de los cajones de la mesa guardaba una pistola. Era algo muy de película, pero era la pura verdad, así que tendría que tener cuidado. No se trataba de matar a un viejo, sino a un criminal con años de experiencia, drogadicto y con bastantes malas pulgas.    Aún recuerdo cuando interrogó a uno de sus hombres porque desconfiaba de él. Pensaba que era un informante de la policía, y no se le ocurrió mejor forma para sacarle la verdad que llenándole el escroto de anzuelos. Yo fui testigo de todo, y puedo afirmar con seguridad que jamás he sentido tanto dolor ajeno en la entrepierna como el día en que contemplé aquella barbaridad; toda la puñetera bolsa escrotal aguijoneada por un par de docenas de anzuelos. Luego, cuando el pobre desgraciado confesó que, efectivamente, tenía tratos con la pasma, Sanderson le arrancó los anzuelos uno a uno y zanjó el tema pegándole dos tiros en la cara.

     Yo estaba allí, frente a uno de los mafiosos más sanguinarios y crueles que había conocido jamás, y no podía evitar estar nervioso. Lo único que quería era matarlo rápido, sin enfrentamientos. No estaba preparado para darme de hostias con aquel hombre por dos razones: primero,  respeto; y segundo, si él me cogía la delantera acabaría con los huevos atravesados por un puñado de anzuelos, y eso si no me los hacía tragar, claro.

     —Bueno, Rick, no le has dado ni un trago a tu copa. ¿Sabes lo que cuesta ese coñac? –me dijo con una amplia sonrisa en la cara.

     -Ya… Bueno –cogí el vaso y me bebí el contenido en dos tragos.

     -Así que Vandone quiere desvalijar a esa panda de niñatos que anda vendiendo polvo en este barrio.

     —Sí, eso parece. Dice que no quiere que se le suban a las barbas. Ya sabes cómo son los jóvenes de hoy –hice una pausa para elegir las palabras adecuadas-: venden un puñado de hierba y ya se creen Tony Montana.

   A Sanderson le hizo gracia el comentario y empezó a reír con fuerza y escándalo, y yo, que en ocasiones tengo momentos de inspiración, aproveché su ruidosa risa para amortiguar el sonido de mi pistola, que junto con la acción del silenciador resultó completamente inaudible. Todo ocurrió en un parpadeo, y él ni lo vio venir. Le disparé dos veces; una de ellas en el pecho, y la otra en la cara. La bala le entró un poco más abajo del entrecejo, por el tabique nasal, y le atravesó la cabeza de lado a lado, saliendo por la nuca y dejando un agujero salpicado de sangre en la pared. Sanderson quedó allí sentado, inexpresivo, con la cabeza completamente echada hacia atrás y la boca entreabierta. El sonido de la sangre cayendo sobre la moqueta no tardó en hacerse notar.

     Me levanté de la mesa y me metí la pistola entre el pantalón y el cinturón, ocultándola con la parte baja de la chaqueta, pero cuando me disponía a salir por la puerta, el cuerpo de Sanderson se desplomó con brusquedad, volcando el sillón en el que se encontraba y dando lugar a un pequeño estropicio ruidoso que su esposa escuchó desde la cocina. La jodida vino a la carrera, preguntando en voz alta qué había pasado, pero cuando llegó a la puerta del despacho y vio la cabeza de su esposo tendida en el suelo tras el escritorio, sobre un charco de sangre, posó su mirada en mí, una mirada que ya no era de preocupación, sino de asombro y pánico, con los ojos muy abiertos y la boca a punto de exhalar un grito. Ella sabía de sobra lo que había pasado, y era consciente de que estaba ante el asesino de su recién fallecido marido, lo cual, como cabía esperar, me dejaba en una situación delicada, por lo que volví a sacar la pistola con un rápido movimiento y disparé a la mujer en la cabeza. Hizo un ruido hueco y pesado al desplomarse, y la moqueta empezó a empaparse de sangre.

     Salí de la casa corriendo. El trabajo estaba hecho y ahora tocaba informar a Vandone.

 

     El centro de operaciones de Vandone era un viejo y pequeño edificio de dos plantas abandonado desde hacía años. Un lugar íntimo, discreto y poco acogedor.

     Aparqué mi descapotable en la entrada y me acerqué a la puerta metálica que daba acceso al interior del edificio, la abrí con la copia de la llave que Roberto me había entregado y entré. Todo estaba en silencio, y la única luz disponible era la que se filtraba a través de las ventanas.

     Palpé la desconchada pared buscando el interruptor, pero cuando lo apreté no ocurrió nada. Quizá el sistema eléctrico de la planta baja estaba estropeado.

     El silencio reinante era extraño e inesperado, puesto que si yo estaba allí era porque sabía que Vandone iba a estar también allí. ¿Haciendo qué? intentando llegar a un acuerdo con unos noruegos que trataban de buscar un socio para ayudarles a colocar en la calle una nueva droga sintética que se habían sacado de la manga con la ayuda de unos estudiantes de química con demasiado tiempo libre. Pero no conseguía escuchar la brusca y altiva voz de Vandone regateando con esos noruegos allá en el segundo piso. Quizá ya hubiesen acabado y cada uno de ellos estuviese de camino a casa.

     Subí las escaleras con cuidado de no tropezar, ya que apenas se podía ver nada, y bajo mis pies crujían pedazos de ladrillo roto y restos de cemento y pintura seca. Una vez arriba seguí sin escuchar ningún sonido, ninguna voz, por lo que me dirigí a la sala que Vandone habilitó como su despacho.

     Recorrí el pasillo a paso ligero, atravesando la fantasmagórica nube de polvo suspendida en el aire, que al ser traspasada por los rayos de luz que entraban por las ventanas se hacía fácilmente visible, y cuando por fin llegué al improvisado despacho de mi jefe contemplé algo que me impidió cruzar el umbral de la puerta abierta de par en par: Vandone estaba tirado en el suelo sobre un charco de sangre junto a un mueble repleto de libros.   Tenía un revólver amartillado en la mano, y sus dedos aún estaban tensos, como si hubiese muerto milésimas de segundo antes de apretar el gatillo. Frente a la mesa, junto a una silla volcada, había un hombre alto y rubio con un enorme y sanguinolento agujero en la nuca, con toda seguridad el orificio de salida de un disparo hecho a poca distancia. Imaginé que el rubio era uno de los noruegos, y que un desacuerdo económico había hecho que aquellos hombres se matasen, pero aún faltaba un noruego de los dos que debía haber, y su cadáver no estaba allí. ¿Había salido con vida de la disputa? ¿Había faltado a la cita? No podía saberlo.

     Retrocedí angustiado y me dispuse a salir corriendo del lugar, pero justo cuando iba a emprender la carrera observé que el cadáver del noruego tenía una anomalía en uno de sus brazos: una herida fuera de lo común, con jirones de piel colgando alrededor de un profundo y enorme hoyo de forma irregular. Pese a los nervios y el asco, me acerqué para inspeccionar mejor aquella desagradable imagen, y cuando me puse en cuclillas y acerqué la cara al cuerpo sin vida descubrí que la herida no estaba hecha con un arma de fuego. Nada de eso. Era más un montón de mordiscos que habían arrancado torpemente casi toda la carne del brazo, reduciéndolo a una masa roja y húmeda.

   Me incorporé y empujé el cadáver con el pie para darle la vuelta, y cuando se desplomó de lado mostró el pecho y el vientre, con la camiseta desgarrada y la carne llena de heridas similares a la del brazo, llegándosele a ver algunas vísceras entre los pedazos de piel y carne a medio arrancar. No pude con aquello y vomité, saltándoseme las lágrimas en el acto. Me era imposible pensar con claridad y tratar de buscar una explicación a lo que allí había ocurrido, porque a mi modo de ver las cosas, y a las pruebas me remito, en aquella habitación había sucedido algo que iba más allá de una simple disputa entre criminales de gatillo fácil, pero tenía que mirar el lado bueno del asunto: Vandone estaba muerto, y con él todo el negocio que tenía entre manos. La pequeña organización criminal se había venido abajo, y yo acabada de perder mi empleo como matón y chico de los recados. Pensé en el futuro, en irme de la ciudad antes de que la policía encontrase los cadáveres y empezara a investigar. Llevaba años ahorrando como una hormiga, así que podría usar ese dinero para escapar de la ciudad, fugarme a algún país recóndito y no volver a saber nada más de aquel mundillo miserable y peligroso.   Empezar de cero, como se suele decir.

     Justo cuando me disponía abandonar el edificio, subirme en el coche y perder de vista todo el cemento y cristal que daban forma a la ciudad, un sonido lastimero llamó mi atención. Era un sollozo, un gemido sin fuerza y ahogado que retumbaba en las desconchadas paredes del lugar.

     Salí del despacho y entonces vi aparecer una figura al fondo del pasillo. Se acercaba a mí sin dejar de gemir o llorar o lo que demonios fuese que estuviese haciendo, arrastrando los pies, con los brazos caídos, como si le pesaran, y yo supuse que era el otro noruego, herido y a punto de caer muerto, pero cuando estuvo más cerca y pude verlo con claridad, algo en aquella persona hizo que se me helara la sangre: su piel estaba ennegrecida y fangosa y la ropa que llevaba se reducía a un montón de asquerosos y sucios jirones de tela adheridos a su cuerpo. La ausencia de labios y párpados, los ojos resecos y hundidos en las cuencas, el pelo casi inexistente y la rigidez de la piel dibujaban una expresión espantosa en aquella cara.

     ¿Era un enfermo? ¿Un vagabundo leproso? Muchas dudas surcaban mi cabeza, pero de algo estaba seguro: el tipo no olía a vivo.

     —¿Le ocurre algo? –pregunté asustado, pero lo disimulé lo mejor que pude.

     El olor a carne podrida me hizo pensar una locura: aquello era un muerto viviente, y parecía que acababa de ser desenterrado –o se había desenterrado él solito-, mostrando la putrefacción en todo su esplendor.

     Era imposible, no podía creerlo, pero cuando aquella cosa se abalanzó sobre mí, alzando los brazos y abriendo la boca, dejé la mente en blanco, lancé un grito de auténtico terror y disparé varias veces sin conseguir nada, salvo hacerle saltar por los aires algunos trozos de carne. Retrocedí unos pasos, sorprendido, horrorizado, perplejo, y volví a disparar, esta vez en la cabeza. La parte trasera del cráneo estalló en pedazos, salpicando la pared con trozos de cerebro reseco y negra sangre espesa que chorreaba con lentitud, como mermelada de arándanos, desde los ladrillos de la pared hasta el suelo.   El cuerpo se desplomó de espaldas, emitiendo un sonido húmedo y pesado, como si se hubiese caído una bolsa llena de huevos.

     Permanecí un instante mirando el cuerpo, intentando buscarle un sentido a lo que acababa de ver. No podía ser un muerto viviente, de eso estaba seguro, pero en un plazo de tiempo tan breve había sido testigo de varios hechos que, bajo mi punto de vista racional y lógico, no tenían el más mínimo sentido. Primero, una trifulca entre criminales termina con uno de ellos a medio comer; segundo, soy atacado por un vagabundo con lepra en fase avanzada… Muy avanzada. El peor jodido caso de lepra de la historia.

     No, me negaba a seguir allí un minuto más, así que dejé atrás la carnicería y bajé corriendo al vestíbulo buscando la salida del edificio, pero a mitad de las escaleras me encontré con alguien: el noruego que faltaba, o eso supuse. Iba vestido con una camisa blanca y una chaqueta de pana, el pelo repeinado hacia atrás y los ojos en blanco. Cabe destacar que la camisa blanca estaba empapada en sangre hasta la altura del ombligo, y al fijarme bien pude comprobar que tenía dos heridas de bala en el pecho y el cuello desgarrado a mordiscos, dejando al aire el esófago. Quizá esos mordiscos los había realizado la misma boca que casi devoró a su compatriota.

     Como me negaba a asimilar la situación en la que me estaba viendo envuelto, tuve la amabilidad de preguntarle al hombre de las escaleras si se encontraba bien –es gracioso que le preguntase eso sabiendo que tenía dos tiros en el pecho y el cuello descarnado-, pero me respondió con un sonido gutural mientras subía las escaleras con desesperante torpeza, encorvado, con los brazos extendidos hacia mí.

     —¿Le ocurre algo? –pregunté de nuevo, a punto de perder la poca compostura que me quedaba, y entonces el tipo emitió un sonido acuoso proveniente de su mutilada garganta, luego subió otro peldaño y me agarró del pantalón. Antes de que aquello se me fuese de las manos le metí una bala en la cabeza y se derrumbó en el acto, como si se le quitase el suministro eléctrico a un robot. Rodó por las escaleras, dejando tras de sí un rastro de gotitas de sangre en cada escalón.

     Volví a escuchar un gemido a mi espalda. Eché un vistazo al pasillo y vi a mi jefe saliendo del despacho junto con el puto noruego. Ambos caminaban arrastrando los pies, con la cabeza gacha y apoyándose en la pared al tiempo que emitían ese sonido tan desagradable, similar a los estertores de un moribundo. Ya no había la menor duda de que todo lo que estaba sucediendo tenía un origen extraordinario; el noruego estaba caminando con la nuca reventada, y a Vandone, ahora que estaba de pie, le pude ver las heridas, y eran justo lo que imaginé cuando entré al despacho: disparos.

     Todo era tan absurdo que ni me molesté en buscar una explicación lógica. En lugar de eso, bajé las escaleras corriendo, salté por encima del noruego muerto que yacía en el suelo, salí del edificio y cerré con llave.

     Ya en la calle, respiré muy hondo, dejando que el oxigeno entrase en mis pulmones, pasase a la sangre y luego al cerebro, dándole fuerzas para aclararme las ideas. En fin, para asimilar aquel espectáculo grotesco del que acababa de ser testigo. Saqué mi petaca del bolsillo trasero del pantalón y le di un largo trago al licor de café, que me rasgó la garganta con fuerza y, a la vez, consiguió recordarme que estaba despierto y no en mitad de una pesadilla, pero el sabor del alcohol trajo consigo un recuerdo a mi mente: la copa que Sanderson me ofreció en su despacho y yo, por cortesía, bebí. Me cago en la puta, ¿estaría envenenada? ¿Me habría? No, ¿por qué iba Sanderson a hacerme eso? Aunque, pensándolo mejor, él podría haberse preguntado lo mismo: ¿por qué iba Rick a pegarme un tiro en la cara?, y sin embargo lo hice. Era sólo una hipótesis retorcida debida a mi necesidad de encontrar una explicación lógica para todo aquello que me estaba pasando, pero unos fuertes golpes en la puerta me sacaron de mi ensoñación, haciéndome dar un brinco.

     Los dos zombis –o puede que mis dos alucinaciones- estaban aporreando la puerta desde dentro, tratando de salir, pero yo sabía que en su estado físico y mental no podrían abrir ni el coño de una puta sedada.

     De repente, algo se me pasó por la cabeza. No sabría explicarlo, pero ignoré los golpes que los zombis estaban propinando a la puerta y observé la calle con meditada atención. Todo estaba en silencio. A lo lejos podía verse algún que otro transeúnte, incluso se percibía el murmullo del tráfico que se colaba por entre los edificios, pero… algo no iba bien. Era un presentimiento, el instinto, igual que esos animales que detectan un terremoto veinte minutos antes de que suceda. La sensación de paranoia y agobio se apoderó de mí, y entonces me planteé con seriedad la posibilidad de que lo ocurrido dentro del edificio fuese el comienzo de algo mucho más grave y peligroso. Una calamidad de proporciones mundiales que se estaba gestando allí mismo, en aquel preciso instante. El centro neurálgico del Apocalipsis, y visto lo visto, ¿por qué no?

     Subí en mi coche y aceleré. Tenía la necesidad de salir de la ciudad lo antes posible porque la sensación de sofoco seguía recorriendo mi cuerpo igual que un veneno circulando por las venas como un tren de alta velocidad.

     Dirigiéndome ya hacia la salida de la ciudad, continuaba notando el ambiente enrarecido y triste, como si toda la gente, en su subconsciente, supiese que algo horrible estaba a punto de ocurrir. Yo me limitaba a mirar al frente y atravesar el tráfico tan rápido como podía.

     Quizá yo sabía algo que el resto del mundo desconocía. Por una vez en mi vida, iba por delante de todos los demás.

     A buenas horas.

     El cielo se estaba cubriendo de nubarrones por momentos, y un extraño zumbido –supuse que se trataba de un trueno, pero lo cierto es que no sonaba como tal. Me recordó más a una fantasmal trompeta- se dejó oír en toda la ciudad. La gente elevó la mirada al cielo desconcertada, sin obtener respuestas.

 

     Así es como llegué al desierto, huyendo de una amenaza inminente que, si mi recién estrenado sentido premonitorio no falla, pronto se apoderará del planeta, o como mínimo causará estragos difíciles de olvidar.

     No sé lo que sucederá en el futuro porque ni siquiera sé a ciencia cierta lo que ha ocurrido hace unas horas, pero de algo estoy seguro: yo seguiré cabalgando, huyendo de los muertos vivientes y abriéndome paso a tiros cada vez que la situación lo requiera, porque tengo la impresión de que las cosas se pondrán mucho más feas y difíciles.

     Aparco el coche en la cuneta, levantando una nube de polvo amarillento que la brisa dispersa al instante. Llevo horas conduciendo sin rumbo, y tengo que descansar y buscar un lugar donde pasar la noche.

     Me recuesto en el asiento y estiro las piernas tanto como puedo, luego saco la petaca y doy un buen trago, percatándome al mismo tiempo de que varios buitres me sobrevuelan.

     —Os estáis equivocando, chicos –susurro mientras saco mi pistola y les apunto sonriendo.

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Lo mío son los cómics, el cine, leer y escribir. No soy mucho más que eso.

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