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20 min
Musas del Más Allá.
Suspense |
03.01.15
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Sinopsis

Cuando un escritor sufre un bloqueo creativo, es capaz de recurrir a cualquier "terapia inspiradora", aunque la posibilidades de éxito se le antojen de lo más peregrinas....

 

Leonardo López era un escritor aficionado. Desde muy niño había sentido pasión por la lectura, y la literatura constituyó desde siempre su método predilecto de evasión y entretenimiento. Al día de hoy, a sus 40 años recién cumplidos, había escrito medio centenar de relatos cortos con una extensión de entre 3 y 20 páginas. Su sueño más anhelado, el deseo que pediría al genio, sería escribir una novela al estilo de los grandes escritores que leía y admiraba: Agatha Christie, Julio Verne, Edgar Allan Poe, Stephen King, Conan Doyle, Stevenson, Baroja, García Márquez...
Leonardo López creía en las musas de la inspiración. De hecho, a él se le ocurrían los relatos de repente, a partir de un suceso, una noticia, una foto, un olor evocador, un sueño...y en ese momento sentía que la historia había entrado en él, como si lo hubiera poseído, la oía bullir dentro de su cerebro, fluir a través de sus neuronas, deslizarse a través de sus venas y capilares, cosquillear en la punta de sus dedos, pugnando por salir y plasmarse sobre el papel. Por eso, escribir un relato equivalía a realizar el ritual de un exorcismo liberador y los demonios expulsados eran entrañables, buenos y bellos.
Leonardo López frecuentaba alguna que otra tertulia literaria en compañía de amigos, también escritores aficionados. Allí se comentaban libros, cada cual exponía sus ideas y se debatía durante horas. El tiempo volaba y ellos volaban con él, surcando mundos imaginarios en compañía de personajes, de personas inmortales. Algunas de las ideas de Leonardo eran ciertamente originales. Nuestro hombre estaba firmemente convencido de que todas las historias que se han creado existieron desde siempre flotando en el espacio infinito, en una especie de limbo literario, como ondas de radio a la espera de que alguien sintonice su frecuencia, como alma descarnadas en busca de un cuerpo de tinta y papel. Eso eran las musas y no otra cosa.
Últimamente, Leonardo sufría el bloqueo del escritor. Las musas lo habían abandonado. Una y otra vez, giraba la rueda apurando el recorrido del dial de la inspiración, pero no lograba sintonizar ninguna frecuencia. Allí donde antes surgía la voz potente y diáfana, ahora obtenía, en el mejor de los casos, sonidos entrecortados y ruidos de irritante estática.
Uno de sus colegas de tertulia, enterado de su sequía creativa, le propuso realizar una sesión espiritista para invocar los espíritus de escritores célebres. Dijo conocer una médium muy buena, con un extraordinario nivel cultural y versada en temas literarios, lo cual facilitaba su labor a la hora de contactar con los selectos fantasmas. Argumentó que él había recurrido a sus servicios en una situación de absoluta incapacidad creativa y las esquivas musas habían retornado en tropel, permitiéndole recuperar y aún acrecentar la facilidad para construir relatos. Leonardo no supo si hablaba realmente en serio pero, sea como fuere, aunque no lograra el objetivo propuesto siempre pasaría un rato entretenido.
Dicho y hecho. La sesión espiritista se celebró el viernes siguiente, día habitual de la tertulia, en una cabaña de madera situada a orillas de un pequeño lago de montaña y en medio de un bosque de enormes robles. Un escenario apacible, ancestral y puro, ideal para contactar con los moradores del Más Allá.
A las doce en punto de la medianoche, al parecer hora propicia, cuando se abre la puerta que comunica ambos mundos - así se lo hizo saber la joven médium, una inesperada belleza gitana de nombre Zuleima - el póker de sesudos tertulianos y tertulianas, dos chicas y dos hombres, contando a Leonardo, con edades comprendidas entre los 25 años de la más joven y los 50 del mayor, se hallaba preparado para comenzar el acto invocador. Se cerraron las contraventanas, se apagaron las luces y bajo el incierto resplandor de las velas dio comienzo la esotérica función. Los cinco participantes se cogieron de las manos. Leonardo, colocado a la derecha de Zuleima, se estremeció ligeramente al recibir el cálido y firme apretón de la exótica mediadora con los muertos. Previamente, ya había sido asaltado por un súbito ramalazo de emoción al encontrarse frente a la dueña de aquella exuberante cascada de pelo, brillante y negro como ala de cuervo, y los increíbles ojos verde esmeralda de aquella más que digna representante de la racial estirpe calé. Una diadema dorada ceñía su cabeza como una áurea medialuna suspendida en el reluciente azabache de la noche.
Leonardo se encontraba cada vez más animado y presentía que todo aquello podía resultar de lo más interesante y placentero. El guion del sobrenatural evento era bastante simple: cada uno de los concurrentes debía elegir un escritor célebre ya fallecido y la, supuestamente, erudita médium invocaría su espíritu allá donde se encontrase y éste acudiría presto.
Leonardo estudió el rostro de sus acompañantes, tensos y expectantes, más o menos escépticos, inquietos e inquietantes a la luz oscilante del pesado candelabro de bronce. El aprendiz de literato y huérfano de las musas se preguntó si alguno de ellos otorgaría algo de crédito a los supuestos poderes de aquella intermediaria de ultratumba o, como era su caso, consideraban todo aquello como un agradable pasatiempo que les permitiría disfrutar de una emocionante velada literaria y encima, discurrió Leonardo con malicia, podría recrearse con la presencia y cercanía física de aquella mujer espectacular. Desde luego, si él fuera un espíritu y recibiera la llamada de semejante cuerpo, le faltaría tiempo para acudir y a ver quién lo hacía regresar después.
Pero luego, cuando el ceremonial comenzó, al fin, y a pesar de su firme y manifiesta incredulidad, Leonardo no pudo por menos que sentirse impresionado ante las portentosas cualidades como actriz que a lo largo de dos horas largas demostró la médium Zuleima. Le maravillaron sobremanera su capacidad para impostar la voz, independientemente del sexo del invocado, y los profundos y, aún a su pesar, sobrecogedores cambios que se operaban en el bellísimo rostro de la chica cada vez que el supuesto espíritu " penetraba " en ella. Tardaría mucho tiempo en olvidar, si es que lo conseguía, las muecas insólitamente perversas, cuasi demoníacas, deformando sus perfectas facciones; la forma en que sus deslumbrantes iris huían y se ocultaban casi enteramente, los horripilantes y roncos sonidos que parecían brotar directamente de su estómago; las sensuales manos de largos y aristocráticos dedos crisparse como garras o manotear frenéticas luchando contra monstruos invisibles.
Y si todo esto no fuera suficiente para encandilar al público más exigente, la increíble Zuleima poseía, tal y como le habían asegurado, una vasta cultura literaria, al menos en relación a los escritores que habían elegido sus amigos. La joven médium desplegó, sin titubeos ni vacilaciones, tal ingente caudal de conocimientos sobre aquellos genios de las letras que, por momentos, Leonardo percibió cómo finas grietas de duda amenazaban con abrirse en la férrea coraza de su incredulidad, pues talmente parecía que todo lo que Zuleima decía lo había vivido en persona. Hablaba con tanta naturalidad y convicción, que daba la impresión de estar narrando no algo aprendido sino una auténtica experiencia personal.
Los dos primeros escritores invocados tenían un rasgo en común: una vida tormentosa y atormentada y un final prematuro y trágico. Esta circunstancia confirió un intenso dramatismo gestual y vocal a la representación de Zuleima, de forma que parecía experimentar en su cuerpo y mente las angustias y sufrimientos que aquellos habían padecido en su agitada e infausta existencia.
El miembro más veterano del grupo de tertulianos, un entusiasta de los relatos de terror, tuvo el privilegio de elegir el primero y se decantó, como no podía ser de otra manera, por el gran maestro Edgar Allan Poe. El presunto espíritu se manifestó con inaudita y sospechosa rapidez, según el parecer de Leonardo, y, con suma amabilidad, contestó a todas y cada una de sus preguntas. El maestro norteamericano del terror les reveló que sus relatos más queridos eran, por este orden, " El cuervo ", " El gato negro " y " El caso del señor Valdemar". A continuación, les describió, con todo lujo de detalles, sus experiencias con el opio, afirmando que la droga le servía como alucinante fuente de inspiración. Con profunda tristeza, recordó a su prima Virginia, su jovencísima esposa, muerta de tuberculosis. En este punto, gruesas lágrimas afloraron a los ojos de Zuleima y se deslizaron a través de sus tersas mejillas hasta su cuello de cisne, desapareciendo bajo la encarnada túnica. Leonardo, absolutamente fascinado, siguió su recorrido y deseó ser una lágrima. Luego, el gran Poe, con el estilo fascinante, preciso e incisivo de sus relatos, charló distendidamente sobre la vida y costumbres de Boston, su ciudad natal, y finalmente, les relató su penosa muerte en Baltimore, a los 40 años, víctima de las drogas y el alcohol. Aquí Zuleima no se explayó demasiado limitándose a ofrecer unos cuantos datos, en general bastante vagos - lógico, pensó Leonardo, porque a día de hoy, nadie sabe a ciencia cierta cómo fueron las últimas y terribles horas del genial escritor - aunque, eso sí, la voz de la médium se quebró varias veces y las lágrimas asomaron de nuevo.
En resumen, Zuleima se lució porque el personaje se prestaba a ello. Realizó una actuación memorable pero, pensó Leonardo, tampoco reveló nada que no se supiera ya; a él, al menos, todos los datos aportados sobre la vida de Poe le resultaron familiares, por lo cual su nivel de escepticismo se acentuó confirmando sus iniciales reticencias.
A continuación, la tertuliana más joven del grupo, creadora de extraños y desgarrados relatos con sorprendente desenlaces, ubicada a la izquierda de Leonardo, tras unos breves instantes de vacilación, pronunció en voz alta y clara el nombre de Guy de Maupassant. Si Poe había llevado una mala vida, éste no le iba a la zaga aunque sus males obedecieran a causas bien distintas.
Zuleima se explayó comentando los relatos " ¿ Quién sabe ? " y " El Horla ", cuentos basados, al parecer, en hechos reales, donde Maupassant refleja ya los síntomas de una incipiente demencia que finalmente lo impulsaría a cometer varios intentos de suicidio, todos fallidos. La voz de Zuleima, con acusado acento francés, se rompió otra vez rememorando, reviviendo, los terribles episodios mientras sus manos crispadas remedaban el gesto de rebanarse el cuello con una navaja de afeitar, pues tal fue el método que Maupassant discurrió para intentar quitarse la vida; repetido, con patética y escalofriante torpeza, hasta en cuatro ocasiones sin lograr su fatal objetivo.
Tras lidiar con estos dos atribulados espíritus la médium dijo estar agotada y necesitar un descanso.
Cuando, al fin, se reanudó la sesión, el tercero de los camaradas de Leonardo, profesor retirado y notable autor de relatos de intriga y misterio, se compadeció de la chica y decidió cambiar de tercio e invocar a un escritor que hubiera tenido una vida más larga y apacible y, sobre todo, una muerte más tranquila y ortodoxa.
Al igual que sus predecesores, Agatha Christie, la gran dama del crimen, no se hizo de rogar y enseguida hizo acto de presencia; talmente, pensó Leonardo, como si estuviera esperando la llamada, sentada al lado del teléfono. Desde luego, continuó reflexionando Leonardo esgrimiendo una sonrisa de suficiencia, parecía que Zuleima tenía cierta prisa por terminar de una vez con todo aquello.
Ello no fue óbice, no obstante, para que de nuevo los deleitase con otra actuación memorable componiendo con notable perfección el personaje de una otoñal dama victoriana.
Leonardo encontró curioso, a la par que deliciosamente halagador, el hecho de que las preferencias de la escritora inglesa en relación a sus novelas coincidieran básicamente con las suyas. Él mismo formuló la pregunta y la respuesta fue la siguiente: " Diez negritos”, "El tren de las 4.50" y " Asesinato en el Orient Exprés". Le chocó, sin embargo, que manifestara sentirse algo harta de su detective Poirot por su nacionalidad belga, sus peculiares características físicas y su, en ocasiones, estrambótico comportamiento. Por todo ello, y a pesar de que lo quería como a un hijo, aquí la voz de Zuleima logró trasmitir una genuina y conmovedora emoción, decidió darle un final cruel y humillante en "Telón”, la última novela protagonizada por el original detective de las " pequeñas células grises ", cabeza de huevo y enormes mostachos, perennemente engominados. En cambio, a la Srta. Marple había decidido dejarla viva porque, en cierta manera, se trataba de su " alter ego " literario, al igual que la escritora Ariadne Oliver, otro de sus famosos personajes.
A medida que Zuleima iba respondiendo a las preguntas de los miembros del círculo literal, siempre cogidos de la mano para no romper la cadena de energía, Leonardo se sorprendió asintiendo con la cabeza, comprobando como la joven médium no solamente se había leído con sumo provecho las novelas de la escritora inglesa, sino también su autobiografía y hasta el estudio que se había publicado recientemente sobre sus "Cuadernos secretos ", libretas escolares donde la novelista más traducida del mundo iba apuntando las ideas que se le ocurrían para sus ingeniosos " crímenes ".
Su admiración por la joven gitana, lejos de decaer, seguía acrecentándose. Descartados, claro está, sus supuestos poderes sobrenaturales, había que rendirse a la evidencia de sus formidables aptitudes escénicas así como su portentosa cultura literaria.
Perdido en sus reflexiones, Leonardo López apenas reparó en que le había llegado el turno de elegir escritor. De momento, ya le habían birlado tres de sus grandes favoritos. Por su mente, en veloz sucesión, desfilaron varios nombres: Enid Blyton, Dickens, Salgari, Verne, García Márquez, Borges, Conan Doyle, Jane Austen, Lovecraft, Mark Twain, Shakespeare, Stevenson...
En ese momento reparó en la nacionalidad de los escogidos hasta entonces y se acordó del famoso chiste, un clásico entre los clásicos: " Estaban una vez un americano, un francés, un inglés y un español..."; así que, ya no lo dudó: sería imperdonable que no hubiera un representante del solar patrio. Pero ¿quién? El desfile comenzó de nuevo: Espronceda, Bécquer, Machado, Baroja, Azorín, Cela, Clarín, Lope de Vega, Quevedo, Lorca...Después de unos minutos de intensa meditación y entre los murmullos impacientes de Zuleima y sus camaradas, la luz se hizo en el cerebro de Leonardo y con potente y rotunda dicción pronunció el nombre de Miguel de Cervantes.
Cerrando los ojos, gesto que Leonardo lamentó, Zuleima se concentró intensamente. Transcurrieron varios minutos y no ocurrió nada. Acostumbrados a las precedentes manifestaciones relámpago, Leonardo y sus amigos comenzaron a impacientarse y a intercambiar miradas interrogativas. Por lo visto, discurrió Leonardo, el espíritu de nuestro escritor más universal se encontraba en fase de " apagado o fuera de cobertura”.
De repente, Zuleima comenzó a emitir sonidos ininteligibles al tiempo que su escultural cuerpo se estremecía con espasmos intermitentes. Su bello rostro permanecía contraído y tenso con profundas arrugas perfilándose en su despejada frente y gruesas gotas de sudor resbalando por sus armoniosas sienes.
En ese momento, Leonardo notó en su mano izquierda el fuerte apretón propinado por la chica al tiempo que una especie de descarga eléctrica de muy baja intensidad penetraba a través de sus dedos y recorría su cuerpo, provocándole un estremecimiento tan intenso e inesperado como fugaz y placentero.
Y eso fue todo. Zuleima abrió sus maravillosos ojos y anunció que la sesión había terminado.
La sonrisa socarrona se acentuó en el rostro de Leonardo. Si albergaba alguna duda, el brusco y decepcionante cierre del acto confirmó definitivamente sus sospechas. Ahora lo veía todo claro, aun más, si cabe. Tal como se había temido, desde el principio, había sido objeto de una broma gigantesca. Sus tres colegas, en confabulación con la sorprendente erudita gitana, habían representado toda aquella comedia en su honor. Creyéndolo, sin duda, desesperado por su deplorable sequía creativa, supusieron que, cual perro famélico, se arrojaría sobre el hueso que le lanzaban, ciego y babeante de satisfacción. A estas alturas de la película, no sabía si debía mostrarse razonablemente indignado o convenientemente halagado.
El plan era tan ingenuo que el engaño resultaría evidente hasta para un niño de tres años. Estaba meridianamente claro que se habían puesto previamente de acuerdo sobre los escritores a invocar, aunque fingieran elegirlos en el momento y sobre la marcha. La prodigiosa memoria de Zuleima, seguramente no exenta de una cierta y muy notable base de conocimientos previos y una inusual pasión por la lectura, unida a su innata facilidad para recrear fielmente las más variopintas personalidades, hizo que el resto de aquella literal mascarada fuera coser y cantar.
Leonardo decidió devolverles la moneda y se dispuso a desarrollar una pequeña comedia, haciéndoles creer que se había tragado todo desde el principio y que únicamente el cervantino fiasco final le había puesto sobre aviso mostrándole la falsedad del complejo ceremonial. Así, hizo públicas sus impresiones, exhibiendo una justa y muy calibrada dosis de desengaño e indignación, de tal forma que ninguno de los cuatro conspiradores sospechara, por lo más remoto, que realmente se lo había pasado de puta madre; al fin y al cabo era un apasionado de la buena Literatura y Zuleima había resultado un fabuloso descubrimiento, pero tampoco quería darles la satisfacción de pensar que se habían salido con la suya y quedar, encima, como un crédulo tonto de remate.
Leonardo pensó que agacharían la cabeza, avergonzados y azorados, y que a renglón seguido confesarían la pantomima. Pero, para sorpresa suya, le contestaron con rotundas negativas, mientras sus rostros mostraban expresiones de genuino desconcierto y sincera indignación. Zuleima, por su parte, se puso hecha una furia y todo su cuerpo felino se tensó, como una pantera, presta a saltar sobre su presa. Con una magnífica y explosiva exhibición del inimitable genio gitano, que elevó hasta límites insospechados el arrebatador hechizo y la poderosa fascinación que emanaban de todo su ser, la presunta médium declaró con solemne gravedad que, en ningún caso, iba a tolerar que nadie dudara de su buena fe y que el espíritu de Don Miguel de Cervantes Saavedra - lo pronunció muy despacio, masticando y escupiendo cada sílaba a la cara de un acongojado y amedrentado Leonardo - había acudido a su llamada pero que, a diferencia de los tres anteriores, había abandonado rápidamente su cuerpo, sin que ella supiera muy bien porqué, y todo esto estaba dispuesta a jurarlo sobre la tumba de sus antepasados. Zuleima se giró bruscamente y se marchó dando un portazo, no sin antes hacer el gesto de llevarse el puño a sus incitantes labios y propinarle un sonoro beso por la parte del índice y el pulgar, en un ademán habitual de la legendaria tribu romaní, impulsiva y celosa de su honor.
De regreso a su casa, a altas horas de la noche, Leonardo conducía silbando alegremente. Aquella había sido la mejor y más inolvidable velada de su vida. Se sentía pletórico y rejuvenecido, la mente extraordinariamente lúcida y el cuerpo rebosante de bienestar y vigor.
Y entonces ocurrió. Su cerebro estableció una poderosa conexión con una de las ondas de frecuencia que pululaban por el éter y una hermosa melodía literaria comenzó a sonar dentro de su cabeza. Se inició con un suavísimo, casi inaudible murmullo, y fue creciendo y creciendo hasta convertirse en una grandiosa sinfonía de violines y campanas que ejecutada con inigualable virtuosismo se oía alta y clara, purísima y diáfana.
Leonardo fue consciente de que esta vez no era un simple relato lo que había conseguido atrapar y " descargar”. Se trataba de algo mucho más grande, infinitamente mejor que cualquier cosa que hubiera escrito hasta entonces. Un ente cósmico de dimensiones tan prodigiosas que sus neuronas quedaron saturadas, literalmente colapsadas por el extraordinario volumen de tráfico generado por aquella obra excepcional.
Temblando de emoción e impaciencia, Leonardo aparcó sobre la acera, descendió de un salto y penetró como una exhalación en el portal. Desdeñando el ascensor, ascendió la escalera en cuatro zancadas y, una vez en su apartamento, se abalanzó sobre su portátil, barrió de un manotazo lo que había sobre la mesa, lo conectó, pulsó el icono de Word y comenzó a escribir.
Volando, literalmente, sobre el teclado, sus dedos fueron diminutas compuertas a través de las cuales comenzó a fluir imparable el fantástico caudal de palabras, aliviando la tremenda presión interna de las arterias y el cerebro.
El extenso relato avanzaba, materializándose a una velocidad vertiginosa en la pantalla del portátil Sony de última generación. Leonardo lo veía completo, abarcándolo en su totalidad; el armazón, primorosamente estructurado; los escenarios, absolutamente definidos; los personajes, nítidamente perfilados; los diálogos, ingeniosamente resueltos. El extraordinario argumento y la colosal trama surgían con asombrosa y sobrecogedora naturalidad. Leonardo, literalmente fuera de sí, se sentía exultante, ausente y extraño, casi lejano, observando desde la distancia como una auténtica legión de inspiradas musas iban construyendo la historia, al fin una auténtica novela, una historia soberbia y sublime, única y formidable, una de las mejores historias que jamás se hayan escrito y que, quizás, nunca se escribirán; una historia que lo haría célebre e inmortal...Una historia que comenzaba así...
“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme..."

                                                            FIN

 

 

 

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  • Genial, Paco. Suscribo todo lo que dicen Lucio y Alejandro. Es un espléndido relato en el que no escatimas ni el suspense ni el sentido del humor . Me ha sorprendido el final, que no me esperaba. Desde luego, hay que tener cuidado con las musas que nos susurran al oído.
    Me ha recordado este relato a la última película de Woody Allen, en la que el protagonista, un reputado mago, intenta desenmascarar a una médium con supuestos poderes paranormales, ¿habrá sido tal vez la fuente de inspiración?. Veo que estás versado en la vida y obra de los escritores que mencionas, no se si por una expresa labor de documentación para el relato o por conocimiento previo de los mismos, en todo caso se agradece pues aporta cultura al lector y credibilidad y peso al cuento. La narración fluída e impecablemente escrita como siempre, tejiendo un relato entretenido alrededor de ese ambiente esotérico tan bien creado. Tal vez los usuarios de esta web debamos apuntarnos a una sesión de espiritismo, vistos los excepcionales resultados que le ha dado al protagonista. Por cierto, no se si seré el único al que le ha pasado pero después de la lectura me he quedado prendado de Zuleima. Feliz año Paco.
    Un relato perfectamente narrado y con un final muy bueno. Las descripciones son geniales igualmente. Da gusto leer un relato sin faltas, impecable. Un saludo.
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