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3 min
Nadie
Varios |
21.05.13
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Sinopsis

Nadie se da cuenta de lo que siente una simple niña, o de las amplias realidades que las fachadas aguantan.

EN 1990, MENDOZA, ARGENTINA…

Una niña camina sola por la plaza algo inclinada por el gran peso de su mochila azul, vestida con el uniforme de su colegio representa una imagen desgarradora por estar cargada de soledad y desolación. Camina despacio, como hacia una tortura inevitable, alejando el momento. En verdad, simplemente se dirige a su casa. Pero, ¿Qué niño querría volver cuando sabia que sus padres estarían discutiendo nuevamente? ¿O ver a su madre llorando para luego invitar a un “amigo” a su mansión y así que esté le ofreciera “consuelo”? 

Nadie. Ninguna persona elegiría eso como hogar y la pequeña Sandra menos. Capaz que muchos niños querrían tener todos esos juguetes, sirvientes a disposición o las comidas que quisieran pero Sandra tenía un deseo simple: quería un hogar. Poco a poco se va aproximando, sus hombros caen de cansancio aunque parece más resignación hacia lo inevitable, lo indescriptible.

Llega a una mansión blanca con muchas flores que un viejo jardinero estaba retocando según los gustos de su señora patrona, el edificio representa la magnífica figura de perfección aun cuando por dentro todo es diferente a lo esperado. Desde adentro de la casa, cuando la pequeña abrió la puerta, llegaron unos gritos y unos sonidos de vidrio roto. El jardinero, mirando brevemente hacia la pequeña, suspiro tristemente y con lastima hacia esa solitaria niñita con mochila azul que se llamaba Sandra.

La nena subió uno en uno los escalones como un reo hacia su condena. Cerró lentamente la puerta y asomo despacio se cabecita, mirando si no había nadie a la vista. Cuando lo comprobó, actuó con la rapidez de quien lo ha hecho varias veces.

Subió la escalera de dos en dos hasta que llego, sin querer queriendo, al origen de los gritos. Su padre estaba con su ropa de trabajo y su madre envuelta en una sabana. Su progenitor era un hombre alto y fornido en amplio contraste con el rubio platinado de su madre, quien incluso apenas llegaba al metro cincuenta y cinco. Detrás de ella había un tipo morocho que intentaba ponerse los pantalones sentado en la cama matrimonial, era uno más de ellos,  otro amante de su madre. Tantas aventuras habían visto a sus ojos inocentes a los tiernos nueve años que tenia, transformando en increíble el simple hecho de que aun no hubiera explotado.

Mientras observaba al morocho terminar de vestirse y oía los insultos de sus padres, Sandra camino con su cabeza a gachas hacia su cuarto, una amplia habitación llena de juguetes y libros para su diversión. Pero a ella no le gustaban, lo único que hizo fue cerrar detrás de sí la puerta, tirar la mochila a un rincón y acurrucarse. Apoyando su espalda en la puerta, con su cabecita entre las rodillas los sollozos explotan desde el fondo de su corazón, lagrimas que nadie escucha caer, gotas de lamentos que nunca serán vistas porque ninguno de sus padres tiene un minuto para ella.

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  • Las fachadas tienden a procurar una apariencia que mejore lo que se guarda en el interior, a veces son crueles sarcasmos, a veces esconden crímenes; y son un inagotable motivo literario. Felicidades.
    Triste, pero esas cosas pasan... Talvez en el fondo llegué a preguntarme: "¿Y el final de la historia?" Pero es que no hay final, no hay final...
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    Nadie se da cuenta de lo que siente una simple niña, o de las amplias realidades que las fachadas aguantan.

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