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5 min
Narraciones sobre muertos vivientes: Renacer
Ciencia Ficción |
02.09.16
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Sinopsis

Cuarta narración sobre muertos vivientes.

Nadie parecía valorarla como superviviente y tampoco destacaba por su amabilidad. Siempre estaba alejada del resto, bastante ajena a todo lo que estaba pasando. Sus ganas de vivir eran mínimas, apenas ayudaba a los demás y parecía no importarle su destino. Carol sentía que estaba muerta desde el día en que la rescataron de su piso -escondida entre las mantas de su cama-.

Ella no quería vivir en el infierno que se había desatado y las ideas suicidas pasaban frecuentemente por su cabeza.

“ Ojala no me hubieras salvado”, le repetía a Carlos cada vez que éste se acercaba a charlar con ella.

 

La ciudad pertenecía prácticamente a los muertos vivientes y los pocos humanos que quedaban con vida se encontraban en situaciones críticas. Muchos trataron de huir de la ciudad pero no todos lo consiguieron. Este era el caso de la amargada mujer, que se encontraba refugiada en una pequeña escuela de primaria junto con otras pocas personas.

Entre todos –excepto Carol – habían logrado sellar las entradas y mantener el recinto seguro. Tenían las provisiones que iban a utilizar en el viaje fallido y se podría decir que su situación era estable. No obstante el exterior estaba infestado de muertos vivientes, deseosos de llevarse un trozo de carne a la boca, de tal manera que también se podría decir que Carol y los demás estaban atrapados.

 

Un desafortunado día, el sonido de un helicóptero disparó la adrenalina de los pocos supervivientes reunidos en la escuela. Sandra, una mujer de avanzada edad, echó a correr hacia la azotea exclamando que venían a rescatarlos. Carlos corrió detrás de ella, pero no estaba contento, sino extremadamente alarmado. Carol se animó ante la novedad y se sorprendió a si misma al descubrir que todavía era capaz de correr. Un rayo de esperanza crecía poco a poco en su interior.

La escena que se produjo en la azotea fue algo confusa; Sandra suplicaba a gritos ser rescatada; el helicóptero se mantenía indeciso rodeando el edificio; y Carlos se esforzaba al máximo para indicar desesperadamente al helicóptero que se marchara de una vez si no pensaba aterrizar.

Sin embargo el aterrizaje parecía ser demasiado difícil y por lo tanto inviable.

 

Entonces Carol entendió la preocupación del hombre que la había rescatado días atrás y se asomó al muro del tejado para presenciar lo que ocurría en la calle. El helicóptero también lo comprendió y se alejó del lugar a toda prisa.

El ruido había atraído a cientos de muertos vivientes que golpeaban las paredes y las puertas de la escuela. Algunos pasaron de largo siguiendo el sonido del helicóptero, pero muchos se obsesionaron en asediar el edificio.

 

Los muertos vivientes no tardaron en entrar dentro de la escuela y se cobraron las vidas de los supervivientes que intentaban defender el refugio. No era el caso de Carol, que de nuevo entró en su estado habitual de apatía y se sentó en una esquina cubriéndose la cabeza entre las rodillas.

No obstante fue Carlos quién se encargó de levantar a la mujer del suelo y obligarla a caminar para escapar de los invasores hambrientos. Otra vez la estaban rescatando y a ella poco le importaba.

 

Finalmente los poquísimos supervivientes que quedaban con vida se encontraban en la azotea respaldados contra la puerta evitando que los muertos vivientes la derribaran. Carlos tenía un plan y empezó a anudar la ropa que los presentes se quitaron para formar una cuerda. Cuando el improvisado invento estuvo listo y amarrado Carol empezó a descender por el. Carlos insistió en que fuera la primera. En algunos momentos la mujer pensó en soltarse y caer mortalmente contra el duro asfalto pero las indicaciones de su salvador, desde arriba, la obligaron a proseguir con su descenso hasta que finalmente se encontró de nuevo con los pies en el suelo.

 

La siguiente en bajar fue Sandra y también la última. A pocos metros de su descenso, la cuerda se rompió, y la mujer se desplomó, a los pies de Carol, que miró hacia arriba confusa.

Carlos le ordenó que escapara y desapareció del campo de visión de la mujer. Seguramente los muertos vivientes lo matarían junto a los pocos que quedaban.

 

“ Tendrías que haber bajado tu primero”, pensó Carol mientras se alejaba de la escuela mirando de vez en cuando hacia atrás para ver si Carlos volvía a asomarse desde la azotea. No obstante la mujer apática parecía despertar de su letargo y una fuerza empezaba a crecer dentro de ella. Una persona había arriesgado su vida en varias ocasiones y finalmente había muerto para salvarla. La amabilidad de las personas del refugio también aparecieron en la mente de la mujer. Carol esta vez decidió no malgastar su oportunidad e intentar sobrevivir a todo lo que estaba por llegar. Entre todos los de la escuela, ella era la única que quedaba, y era gracias a ellos, de tal manera que abandonar seria menospreciar su “sacrificio”.

Por primera vez en la vida, Carol se sintió feliz de no sentir el egoísmo que la caracterizaba, ahora valoraba a las personas, y aquello era el primer paso hacia su renacimiento.

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