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6 min
Naufragio
Fantasía |
02.02.15
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Sinopsis

Luego de la batalla de Troya, hubo muchas historias dignas de recordar, pero para algunos solo hubo muerte y misterio. Un soldado griego enfrentó hasta su propia muerte, estando tan cerca de entrar al reino de Hades. Entre la desesperación, la soledad y sin vista alguna del horizonte, este hombre enfrentará a una bestia posiblemente extinta.

 Es el día número cientocincuenta y cuatro desde que finalizó la guerra, o de eso creo estár seguro, pues ya no se en que mar he de encontrarme, ni hacía donde me estoy dirigiendo. La balsa ya no estaba en condiciones de seguír resistiendo siquiera y mi compañero de viaje, Artemio, a quien conocí mientras nos retirabamos con las demás tropas, estaba empeorando.   No teniamos casi nada de alimentos, solo pedazos de pan seco y el agua se nos había terminado esta mañana. Mientras el sol se iba ocultando, me quedé de pie observandolo. Parecía que se sumergía bajo el agua mientras nos abandonaba aquella luz.

  Las estrellas empezaron a bañar el cielo y acompañaron a la diosa Selene así que me acosté para relajarme un poco, el suave mecer y las estrellas allì arriba, me hicieron recordar algunas cosas, la guerra sobre todo. Era extraño que a mi edad, treinta y uno, no estuviese casado y con hijos, aunque, a decir verdad, si estuve enamorado de una mujer. Su nombre era Casandra, su piel rosada proporcionaba a sus ojos marrones una tonalidad poderosa; un cabello negro le recorria el cuello y caia sobre su delgada cintura. Su voz era tan suave que parecía ser hija de Calíope, aunque al cantar, eso cambiaba, su tono era fuerte e inspiraba a muchos con su canto. Su temperamento era el de una guerrera, era astuta e inteligente, màs de lo que yo soy, debo admitir. Pero, a decir verdad, si era una guerrera, me dijo una vez que, a escondidas, su abuelo, la entrenaba y educaba, él le enseñó a pelear y le hablaba sobre las ciencias del universo, las matemáticas, la escritura y la música. Y siempre me pregunté porque eligió a alguien como yo, cuando había hombres de ciencia, políticos y demás, de clases más altas que la mia, porque, al ser hijo de un conocido soldado de las tropas griegas, no hay mucho que se pueda esperar, solo el hijo del soldado.

Aún recuerdo, a medias, el día en que la vi por primera vez. Caminaba por la calle central del mercado, en busca de un arma y una armadura resistente. Con ya 19 años, y mi entrenamiento como soldado terminado, sabía que se aproximaba la guerra y mi padre me dio lo suficiente para conseguir lo que buscaba y así fue. Al salir de la zona del mercado, ella cruzó a mi lado y... 

  La balsa acababa de sacudirse fuertemente y me desperté, me levanté y miré por el costado, para ver si habiamos golpeado contra algo, pero apenas si podía ver y no había rastro de daño alguno, me dí vuelta para ver como se encontraba Artemio, le dije que haga esfuerzos para levantarse también, pero no respondió. Estaba con la cabeza apoyada contra sus harapos, la cabeza girada hacia la izquierda, lo cual no me dejaba verle el rostro. Me le acerqué para verle el rostro, temiendo lo peor, y no me equivoqué, tenía la mirada perdida, la vitalidad de su piel se había ido, por desgracia, no sabía sobre medicina.

 Luego de prepararle la partida, tomé su arma, ya que la mia la había perdido durante una tormenta, hice varias oraciones a los dioses para que lo protegiesen y lo arrojé al mar. Que el gran Poseídon te proteja, dije mientras se alejaba. Mereces un lugar en el Olimpo...

Dos días despues, aún seguía a la deriva, y no había nada más que agua. Cuando apenas comenzaba el ocaso, seguí haciendo preguntas, ¿A donde iré yo luego de esta vida? ¿Oh dioses, pertenezco al Olimpo, o al reino de Hades? ¿Cuanto más viviré?. Continué haciendome preguntas hasta que vi a lo lejos una mancha que se movía de un lado al otro y volvía con rapidez, zigzagueaba y pareció que en un momento se acercaba hacía mi. Y así fue. La vigilé mientas se aproximaba a la balsa y cuando estuvo debajo... desapareció.

Un sentimiento me invadió, el mismo que tuve cuando me encontraba formando con los demás soldados, frente a los enemigos. Solo oía el ruido de las olas, pero no me sentía bien. Apreté con fuerza la empuñadura de la espada. 

 Un sonido parecido al de una explosión me sorprendió y salí despedido de la embarcación. Mientras estaba cayendo, di un enorme grito, pero no era por la caida, sino por algo peor. Tuve miedo al ver a esa bestia, de la que solo había escuchado en historias. Era parecida a como me la describieron. Cuerpo de reptil, varias cabezas con grandes colmillos, ojos brillantes y eso fue solo lo que pude ver bien, pues había caido al agua. Nadé hacia arriba, y mientras lo hacía, vi el resto de su cuerpo. Al subir, busqué un pedazo de madera de donde sostenerme. Tomé mi espada y desenvainé. Creo que pertenezco al Hades, pensé. Tenía miedo, pero recorde las historias de Héracles y rogué al dios Ares que me de su fuerza.

El monstruo volvió a mostrarse, sus cabezas amenazadoras, sus gritos ensordecedores, movía sus bocas en el aire. Se dispuso a atacar. Me miró y comezó a bajar desde los cielos, cada vez más rapido. Se acercaba mostrandome sus millones de dientes afilados y estiré mi brazo, con la espada en mano hacia una de sus bocas. Y entonces....

—¿Eso fue lo qué pasó?— Preguntó uno de los soldados que estaba sentado encima de un tronco, alrededor de la fogata.

—Si chico, así fue— dije, esbozando una sonrisa.

—¿Pero...què ocurrió despues?— preguntó otro, acercando su rostro al fuego.

—Pues, los dioses me salvaron. Estoy aquí despues de todo—.



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