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4 min
Necrófilos
Terror |
01.08.15
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Sinopsis

Una forma peculiar de entender el amor y la amistad

 Prescindiendo de eufemismos diré que el triángulo -por llamarlo de alguna forma- que formábamos Julia, Asunta y yo no era un trío, en el sentido usual que se le suele dar al término cuando se piensa en una relación entre tres personas que participan en un mismo juego amatorio. Asunta y yo compartíamos a Julia, sencillamente.

  Ninguno de los tres, al menos al principio, nos considerábamos ni bichos ni raros, a lo sumo algo diferentes al resto de la gente. Nos habíamos conocido, yo a ellas dos, en un concierto de rock gótico  en el que yo había permanecido al lado de ellas y después seguido hasta un tugurio abierto hasta el amanecer en el que las defendí del acoso al que estaban siendo sometidas por dos chicas de indumentaria heavy un poco pasadas de rosca. Desde el primer momento me hice cargo de la relación lésbica que había entre las dos, por lo que, tras una insustancial conversación sobre el concierto que acabábamos de presenciar, hice ademán de marcharme del sitio, siendo suavemente retenido por Asunta - la que demostraba ser más charlatana de las dos- que, medio en broma, me rogó que les aceptara una copa en compensación -según dijo- al riesgo corrido en su defensa frente a las dos lobeznas. La noche acabó en una casa que en medio del campo tenían los padres de Asunta donde, tras compartir varias veces una misma copa de crema de whiski con hielo, pasamos a un dormitorio donde, en una doble cama, una aparentemente absorta Julia- la más reservada de las dos- con la mirada fija en el techo del dormitorio, correspondía lánguidamente a las caricias que Asunta y yo a su modelado y sensual cuerpo le íbamos prodigando hasta hacerla llegar a un casi imperceptible orgasmo.

Podría decirse que a partir de esa noche mi vida se unió a las suyas, aunque nuestra relación - y por lo que vi después, también la de ellas dos- se limitaba a citarnos telefónicamente cada corto espacio de tiempo, habitualmente en los fines de semana y siempre al anochecer, para, tras tomar una copas en cualquier sitio, dirigirnos a la casa de campo de Asunta, donde practicábamos nuestro peculiar arte amatorio hasta asomar el amanecer, en el que nos despedíamos para, cada uno por su lado, volvernos a nuestras apartadas vidas, y así nos pasaban los días y los meses.

  - Julia quiere dejarnos. La voz temblorosa e histérica de Asunta me llegó una mañana a través del teléfono. Dice que está harta de nuestras tonterías y que lo deja, pero yo sé que hay alguien por medio. Un tío al que ha conocido hace poco. - Y ese tío sabe lo de nosotros tres ? Le pregunté con curiosidad. A lo que me repuso que ella estaba convencida de que lo nuestro - debido al natural reservado e introvertido de Julia- era prácticamente imposible que ella lo hubiese contado a alguien. Accede a tener una última reunión de despedida con nosotros; es lo único que he podido conseguir de ella, añadió

.   A partir de aquella noche de despedida de Julia, Asunta y yo nos seguimos llamando igual que siempre y quedando a vernos al anochecer de cualquier viernes o cualquier sábado, tal como durante meses habíamos estado haciendo los tres. Una vez juntos, tomamos unas copas en las que seguimos hablando de cosas irrelevantes, que tampoco tienen nada que ver con nuestras rutinarias vidas cotidianas, ni tampoco rememoramos aquella noche en la que, tras una fuerte discusión, Asunta quebró con un cenicero de piedra el cráneo de Julia, que cayó hacia atrás con los ojos muy abiertos, como si aún estuviese mirando el techo de nuestro dormitorio mientras por nosotros se dejase hacer en su cuerpo. Después de un par de copas siempre nos dirigimos a su casa de campo, donde, en unos bajos con puerta de hierro cerrada con doble vuelta, un cuerpo desnudo y embalsamado descansa en una cama con dosel negro y aguarda sin prisa las caricias de sus dos amigos.

   No nos alimentamos de sangre ni tenemos que ocultarnos al amanecer. Tampoco dejamos de vernos reflejados en el espejo. Pero a nuestro modo y manera damos todo el amor que sabemos dar.    

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