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24 min
negra noche
Fantasía |
03.03.10
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Sinopsis

Negra Noche (Oscuro silencio)



No es oro todo lo que reluce. Eso aprendió Guzmán en aquellos años. Ni un sólo día pasa desde entonces en que no se repita para sí por la mañana: “no es oro todo lo que reluce”. Es una historia muy larga, pero os la voy a contar. Me sobra tiempo, es lo único que me sobra.
Todo empezó una mañana en la que Guzmán se dejó las llaves en casa. Al volver a la hora de comer a casa se dio cuenta de su olvido y llamó a la puerta sin saber muy bien porqué, pues Guzmán vive solo en su casa, pero es de esas personas que no emplean la mitad de su vida pensando que harán a continuación, le gusta improvisar, actuar sin pensar, hacer cosas sin sentido, pues no le importa demasiado nada en general. En contra de toda lógica, al menos en la vida real, oyó unos pasos que se acercaban y una mujer mayor le abrió la puerta.
-Supongo que eres Guzmán, ¿no?-inquirió la anciana con una enigmática sonrisa-. Pasa, pasa.
-¿Quién eres tú?-preguntó Guzmán con extrañeza, aunque no con tanta como una persona normal habría tenido en su situación. De hecho, me atrevería a decir que una persona normal habría gritado y habría exigido una explicación, incluso habría llamado a la policía. Pero Guzmán no era una persona normal, a pesar de no obtener respuesta entró y siguió a la mujer.
La anciana le llevó a su sala de estar y se sentaron en sendos sillones. Guzmán sirvió dos whiskeys con hielo y ofreció uno a la mujer. Ésta bebió un largo trago y comenzó a explicar:
-Me llamo Rosa. Vengo de un pueblo muy lejano siguiendo los signos que me ha enviado mi señor. Él es quien me ha encargado encontrarte y transmitirte el siguiente mensaje: “no eres un ser humano cualquiera, Guzmán, posees un don especial, un don que yo puedo potenciar si tú quieres. No puedes seguir viviendo esa farsa que es tu vida, si deseas saber más, no tienes más que pronunciar mi nombre. Me llamo Arsario, y yo te haré libre”. Bueno, pues ésta era mi misión. Ya lo sabes. Mi señor posee un gran poder.
Dicho esto, alzó la copa y tomó otro gran trago, hasta acabarla. Se disponía a ofrecerle Guzmán otra copa, cuando, de pronto, la anciana desapareció sin más. Donde antes estaba la mujer ahora había nada más que aire sobre el lustroso sillón.
Estuvo Guzmán meditando unos segundos (muchos menos de los que cualquier persona normal habría meditado, si es que no se habría desmayado antes, o al menos perdido los nervios, o la cordura), y tras esto pronunció en voz alta:
-Arsario.
Al instante apareció en una explanada de fresca y verde hierba, y más fresca y verde hierba. Allá donde dirigía la vista siempre veía lo mismo: fresca y verde hierba. Excepto justo en frente suya, allí, alzado sobre la fresca y verde hierba, se erigía una figura extraña: tenía unos ojos rojos y brillantes, situados en una cabeza semejante a una humana, pero con una sonrisa descomunal que surcaba su rostro de izquierda a derecha. De cintura para arriba era igual que un humano muy musculoso, pero con la piel tan roja como sus ojos, y de cintura para abajo tenía el cuerpo de una cabra, con cuatro musculosas y peludas patas.
-Me alegro de que hallas venido, aunque esperaba que lo hicieras. ¿Cómo estás?
A Guzmán, a estas alturas, nada le podía sorprender. Si alguna vez volvía a ser todo como antes (porque os he de decir que antes de oír los pasos de la anciana en su casa su vida era de lo más normal, tan normal como puede ser la tuya o la mía, independientemente de que él sí que fuera raro), se aburriría mucho.
-Muy bien, ¿y tú? Eres Arsario, ¿verdad?
-En efecto. Y estoy aquí para entrenarte y enseñarte todo lo que yo sé y tú debes saber. Cuando quieras empezamos.
-No tengo nada que hacer-mintió Guzmán, pues tenía que entregar un informe urgente en el trabajo que todavía no había redactado, por no hablar de que todavía no había comido-, así que si quieres podemos empezar ahora mismo.
-Muy bien, pero hay una condición, algo que debes hacer a cambio de todo lo que yo te mostraré. Todo tiene un precio, pero éste es uno muy bajo para lo que te voy a enseñar.
-Dime.
-Debes matar a cuatro personas

El frío habría helado la sangre de cualquier otro transeúnte, pero Guzmán, ajeno a todo su entorno, todavía meditando las enseñanzas de Arsario, ni siquiera temblaba. Caminaba por una angosta calle cerca del centro. Era de noche y las sombras poblaban cada rincón, sonriendo al volver a reinar tras el largo día veraniego. No se veía a nadie, a parte de Guzmán, en aquella calle. Sus pasos lentos arrastraban con gran esfuerzo cada uno de sus pensamientos, y es que hacía largo tiempo que no pensaba tanto.
De pronto se empezaron a oír unos pasos, aunque más bien lo correcto sería decir zancadas. Largas botas de acero resonaban en aquel silencio oscuro, tanto que acabaron por despertar a Guzmán de su místico trance. Alzó la vista y se encontró con los dueños del sonido. Bajo la luz de las farolas se recortaban cuatro figuras que sonreían con gran entusiasmo, enseñando unos dientes blancos impecables. Tenían la cabeza rapada y portaban las dichosas botas de acero que habían sacado de su ensimismamiento a Guzmán. Dos de ellos agarraban con mal disimulado deleite sendos bates de béisbol de madera bien pulidos.
-Por fin alguien solo-dijo uno de ellos.
Pensaba presentarse, pero no le dio tiempo a abrir la boca, pues otro se acercó con gran rapidez y al instante sus costillas crujieron al contacto del veloz bate de béisbol. Se dobló hacia adelante y sintió flotar trozos rotos de costillas en su interior. Se concentró en su don, pero antes de que hiciera nada recordó una frase: “no podrás utilizar tus poderes con la gente corriente hasta que no hallas cumplido tu parte”, así que sonrió y esperó el siguiente golpe. Una de las botas de acero irrumpió en su boca, arrancando de su raíz a varios dientes y partiendo otros tantos. Cayó al suelo y paladeó el delicioso sabor de su propia sangre. Se puso a gatas para intentar incorporarse, pero otro bate acudió a su encuentro, esta vez en la espalda, y lo obligó a tumbarse boca abajo, mordiendo la piedra. Alguien le aplastó la cabeza de un pisotón y más dientes huyeron libres de sus encías. La sangre bañaba su rostro, que mostraba una mueca que tendría que haber sido una sonrisa radiante, pero que ahora apenas se quedaba en un ridículo intento, sin sus dientes blancos y con piel desgarrada y sangrante.
Así pasó el tiempo, recibiendo golpes en cada una de las partes de su cuerpo, oyendo crujidos y sintiendo huesos quebrarse, mientras su cara chapoteaba en un charco de sangre, hasta que empezó a pensar que como no empleara su poder tal vez moriría allí, ahogado en su propia sangre. Pero no le dio tiempo a más, pues en ese momento recibió otro golpe en la cabeza que le hizo perder el conocimiento.

-Es un milagro que esté vivo.
Estaba tumbado boca arriba en una cama de hospital. Quien había pronunciado aquellas palabras tenía un poblado bigote blanco y unas gafas de pasta marrón bastante anticuadas. Lucía una impecable bata blanca de la que le colgaba una etiqueta en la que ponía: Dr. Ramírez. Sin duda debía de ser un médico, dedujo Guzmán con gran astucia, probablemente el que habría llevado a cabo su curación.
-¿Cuánto tiempo llevo inconsciente?
-Desde que te encontraron tumbado en la carretera hace cuatro días.
-Me encuentro bastante bien. Muchas gracias por haberme curado, doctor.
-Oh, ¿lo dices por la bata y la etiqueta? No son mías. Encontré la bata colgada en un perchero en otra habitación. No sé..., me apetecía sentirme importante. Yo soy el que te encontró tirado en la calle. Pero ahora llamo al doctor de verdad.
Salió a toda prisa de la habitación en busca del médico y dejó a Guzmán solo en la habitación. A los cinco minutos apareció en la puerta un hombre de barba blanca que sonreía con jovialidad.
-Soy el doctor Méndez, me alegro de que te hayas despertado. ¿Cómo te encuentras?
-Gracias por curarme, me encuentro muy bien, la verdad es que me siento como si no me hubiera pasado nada.
-Curioso.-asintió misteriosamente el doctor-. Tu caso es de lo más extraño-se apresuró a explicar-: además de que estás milagrosamente vivo, te has recuperado a una rapidez como jamás había visto, de hecho si no me equivoco ahora estarás completamente recuperado, tus heridas cicatrizadas sin señal alguna y tus huesos recompuestos como antes.
-Entonces he de irme-anunció Guzmán recordando su misión y dedicando una sonrisa agradecida al médico.
-Joder, hasta tu dentadura está como nueva.-dijo el doctor totalmente anonadado-. ¿Quién demonios eres?
-No sé, quizás un demonio.
Y dicho esto, Guzmán abandonó la sala muy digno, con el pijama del hospital ondeando a su paso.
Ya en la calle, duchado y vestido, empezó a discurrir un plan para cumplir su parte del trato. Primero debía encontrar a los cuatro alados y luego, asesinarlos uno a uno.

-Estamos jodidos. ¿Cuántas balas nos quedan?
El alemán me mira sin responder. El alemán nunca dice nada. El pánico se dibuja en su cara y apenas puede sostener el arma. Mierda. No puedo contar con él y apenas me quedan balas. Echo un vistazo a mi alrededor y observo la única puerta de este callejón sin salida. Tampoco está tan lejos. Apenas hay veinte metros. Pero con el alemán va a ser imposible llegar vivos. Me dirijo hacia él para contarle el desesperado plan pero antes de poder abrir la boca miro atónito cómo se levanta gritando en alemán como un poseído hacia los policías. La reacción de los policías no se deja esperar. Antes si quiera de que se estire del todo una lluvia de balas se estampa contra su rostro. Impresionante. No fallan un sólo tiro. Bueno, así no tengo que cargar con él. Antes de que caiga al suelo salgo corriendo hacia la puerta. Corro todo lo deprisa que puedo.
La suerte me acompaña y consigo abrir la puerta. No se si me han visto. Un largo pasillo se extiende tras la puerta. Está desierto. Entro y cierro la puerta.
-¿Eres el primer alado?
Me giro bruscamente con el corazón a punto de estallar y descubro atónito una figura oscura donde antes no había nadie. Apenas puedo ver su rostro, sólo puedo distinguir dos puntos rojos donde deberían estar los ojos. De pronto alza una mano y pronuncia unas palabras en un lenguaje que me es familiar. Mi cuerpo empieza a temblar y unas fuertes convulsiones comienzan a invadirme. De repente paran y caigo al suelo semiinconsciente.
-Hace mucho que dejé de usar mis poderes.-musito-. Ni siquiera me he defendido de los policías. ¿Quién eres?
-Me llamo Guzmán, y me envía Arsario.
Tras esto el hombre sin rostro vuelve a alzar la mano y vuelvo a escuchar el añorado lenguaje que hace tanto tiempo abandoné. Siento cómo mi sangre me abandona lentamente y me sumerjo en una muerte placentera.

El hombre se vistió lentamente, asqueado. Iba a ser otro día de su repugnante vida, uno más que esperaba pasase rápido y sin incidentes. Una vez vestido, se dirigió al baño para afeitarse. Se miró al espejo con desagrado, su rostro cada vez más demacrado le devolvió su desprecio. Mientras se acercaba la maquinilla de afeitar a la cara dijo en voz alta:
-Si por lo menos no envejeciera tan rápido...
-No estás viejo en absoluto-le replicó la maquinilla.
-Hombre, su cuerpo ha conocido tiempos mejores-era la toalla la que intervenía ahora.
-De todos modos nunca ha sido gran cosa-añadió el grifo.
-¡Callaos!-gritó el hombre-¡Estoy aquí! ¿Es que no os dais cuenta? No es de muy buena educación hablar de alguien en su presencia como si no estuviera.
La toalla, la maquinilla y el grifo se quedaron en silencio, avergonzados.
El hombre salió de la casa furioso, dando un portazo, murmurando algo sobre qué más le podía pasar para empezar peor el día.
-Os habéis pasado-regañó la maquinilla a la toalla y al grifo-esta vez se ha enfadado de verdad, y cada día que pasa peor se le ve.
Los pasos fuertes y apresurados del hombre despertaron a la alfombra.
-¿Qué pasa? ¿Te has levantado con el pie izquierdo?
-No estoy de humor. ¡Cállate, por favor!
-¡Pues pisa con más cuidado, que me haces daño!
Ya en el ascensor, decidió relajarse y tratar de animarse un poco. En la segunda planta se le unió un hombre con una gabardina negra.
-Buenos días.
-Buenos días.
Notó algo familiar en él, algo que le traía recuerdos de tiempos muy lejanos. Y entonces comprendió. El pánico se hizo dueño de él y empezó a idear mil estúpidos planes de huída.
-No intentes huir. Sígueme en el garaje.
Estaba perdido, ya no había escapatoria.
Las puertas del ascensor se abrieron y la desesperación nubló sus pensamientos. Se dejó llevar por sus instintos y pronunció unas palabras que había olvidado hace mucho. Los espejos del ascensor se rompieron en mil pedazos y fueron a parar al rostro del hombre con gabardina. Los cristales cortaron y rasgaron su cara y el rojo de sus ojos se intensificó hasta parecer dos bolas de fuego. No esperó a ver más, salió corriendo del ascensor y se fue al garaje en busca de su coche. Sacó las llaves y tras tres intentos sus temblorosas manos consiguieron meter una de las llaves en la cerradura de la puerta del conductor. Se sentó en el asiento algo más tranquilo. No había oído nada todavía. A lo mejor el hombre de la gabardina había muerto. Se dispuso a arrancar el coche cuando de pronto el parabrisas explotó y una lluvia de cristales cayó sobre él, lacerando cada una de las partes de su cuerpo. Lo último que pudo ver fue el rostro ensangrentado de su asesino, mirándole sonriente con esos ojos de fuego.

El suave viento acariciaba los largos y dorados cabellos de Deryu. Sentado en la barca sonreía feliz, contemplando su nueva y dichosa vida. Llevaba un año ya viviendo con Wanivia y había pasado la mejor etapa de su vida. Todavía le costaba creer que se pudiera ser tan feliz y cada día que pasaba no dejaba de pensar en la suerte que tenía. Mientras se dejaba mecer por las olas recordaba el maravilloso acontecimiento que supuso el nacimiento de su hijo, hacía un par de meses. El bebé era precioso, tenía los ojos verdes de su madre, y se conservaba fuerte y sano. Recordó los años del hospital y las noches en vela y una sombra de tristeza cubrió su rostro, pero en seguida se sacudió la tristeza como si fuera un mosca molesta y volvió a su anterior estado de gozo. Recordó cómo entre él y Wanivia habían construido su hogar en lo alto del acantilado y la sonrisa de ella cuando terminaron. Había sido un gran año.
Recogió las redes y sonrió satisfecho con su pesca. Decidió regresar y empezó a remar hacia la orilla, silbando una alegre canción. Cuando llegó a tierra cogió las redes y se dirigió a su casa, deseoso de ver a Wanivia a pesar del poco tiempo que llevaba solo. Vivían de la pesca, de la caza de conejos y liebres, de la fruta que encontraban en algunos árboles y de una pequeña huerta que habían cultivado desde hacía unos nueve meses.
Tras una media hora de camino divisó su hogar en lo alto de la escarpada y alta montaña rocosa. Las olas rugían furiosas golpeando con violencia las grises paredes y escupiendo su blanca espuma sobre ellas. Las nubes comenzaron a cubrir el cielo y el viento aulló, agitando las ramas de los árboles. Deryu apretó el paso temiendo una repentina tormenta. Cuando estuvo más cerca de la casa pudo observar que la puerta estaba abierta y le pareció oír unas risas en el interior. De pronto sintió cómo el miedo se hacía dueño de su corazón y una terrible premonición proveniente de lo más profundo de su ser le obligó a soltar las redes y correr todo lo que le permitieron sus piernas. A medida que se iba acercando escuchaba más fuertes las carcajadas, que cada vez le parecían más horribles y grotescas, y también descubrió un nuevo sonido que le paralizó el corazón: unos gemidos que reconoció como los de Wanivia. Empezó a faltarle la respiración, pero al fin consiguió llegar y traspasó el umbral con las últimas energías. Lo que vio en ese momento no lo olvidaría jamás. Wanivia yacía desnuda en el suelo, su cuerpo cubierto de heridas y la cara deformada por los golpes que le habían proferido, sujeta por un hombre mientras otro se aprovechaba de ella. Otros dos hombres a su alrededor reían y animaban a los otros. De pronto un fuerte brazo le sujetó del cuello y le inmovilizó.
-Mirad, chicos-oyó que avisaba el que le tenía inmovilizado a sus compañeros-. Este debe ser su hombrecito.
Se dieron todos la vuelta y le observaron con curiosidad. Sus rostros estaban desfigurados por la lujuria y Deryu empezó a sentir deseos de vomitar. Entonces los ojos de Wanivia se fijaron en él y advirtió en ellos un pánico inhumano, un terror sin límites que le dejó mareado.
-Sujétale bien, Nestarf-ordenó el que parecía ser el cabecilla-. Que no se pierda detalle.
Siguieron con su entretenimiento y uno a uno empezaron a saciar su apetito sexual con Wanivia, que vomitó varias veces y con ello provocó que más golpes maltrataran su cuerpo. Deryu vio todo ello, escuchó las risas, sintió cada golpe y cada violación en su propio ser y no pudo hacer nada. Por más que la rabia multiplicó sus fuerzas no logró zafarse de aquel hombre, era demasiado fuerte para él. Ni siquiera cuando le tocó el turno a su captor de divertirse con Wanivia y fue sustituido por el cabecilla logró liberarse.
-Vaya, vaya. ¿Lo estáis pasando bien?
Deryu giró la cabeza con sorpresa y observó un nuevo personaje en el umbral de la puerta. Se mantenía oculto en las sombras y apenas podía distinguir nada de su aspecto, únicamente se fijó en sus misteriosos ojos, dos puntos rojos.
-¿¡Quién coño eres tú!?-bramó el cabecilla, aunque Deryu descubrió una imperceptible nota de aprensión en su voz. También él parecía sorprendido de la presencia de aquel extraño.
El hombre alzó las manos y al instante los cuatro hombres del cabecilla fueron consumidos por un fuego azul que abrasó sus entrañas. En pocos segundos unos montones de cenizas habían sustituido sus cuerpos.
-Veo que has dedicado tu vida al servicio de la humanidad-sonrió el desconocido.
-No, no...-el cabecilla era ahora pasto del pánico, su cuerpo temblaba sin control y se mantenía de rodillas, en una actitud de súplica-. No me hagas nada, por favor, no he vuelto a usar los poderes. ¿Eres Arsario? No, no puedes ser Arsario. ¿Te envía Él? ¿Quién eres?
-Me llamo Guzmán y sí, me envía Arsario. Debo matarte, tercer alado.
-¡Puedo cambiar! ¡No soy tan malo! ¡Perdóname!
-No he venido aquí a juzgarte. Lo que hagas con tu vida me es indiferente. Simplemente debes morir, como el resto de alados.
Dicho esto, pronunció unas palabras en el lenguaje de la magia y una flecha de fuego atravesó el corazón del cabecilla.
Antes de marcharse observó cómo el otro hombre abrazaba con ternura a su mujer mientras lloraba desconsoladamente.

Las personas lloramos por muchas y diversas causas y cada persona llora a su manera. De recién nacidos lloramos casi siempre que estamos despiertos, nadie sabe la razón. Unos piensan que es por el hambre, por la falta de atención o por haber manchado el pañal; otros piensan que es porque estábamos mejor antes de nacer, que la vida no es en absoluto maravillosa; otros que no hay ninguna razón especial, que simplemente no tenemos otra cosa que hacer, al fin y al cabo no sabemos hablar ni andar ni nada, sólo sabemos llorar; otros no se andan preguntando estas cosas y viven tranquilamente su vida. Conforme vamos creciendo vamos perdiendo el vicio de llorar y lo sustituimos por otros.
Hay gente que llora más que otra, gente que se oculta para llorar, gente que llora ante miles de personas orgullosa, gente que llora de verdad, porque realmente sufre, gente que llora por llorar, gente que nunca llora porque nunca sufre o porque aguanta sus desdichas en silencio, gente que llora de alegría, de gozo, de auténtica felicidad... Las lágrimas siempre han acompañado a la Humanidad en los momentos más importantes, no nos han abandonado jamás.
Sin embargo el hombre que está caminando por esa calle, solitario, no ha llorado jamás, en toda su vida no ha derramado una sola lágrima, ni si quiera al nacer, y seguramente muera sin hacerlo nunca. Desde luego no es un hombre corriente. Camina erguido, orgulloso pero no arrogante, y lo hace desde hace poco. Antes no era tan orgulloso, tan seguro de sí mismo. Tampoco era una persona humilde, estaba en un punto medio: ni humilde ni orgulloso. Se enciende un cigarrillo y continúa andando. Parece muy tranquilo y sereno.
Cinco minutos después, tras haber recorrido un par de calles más, nuestro peculiar personaje se para ante una puerta. Llama a uno de los pisos y le abren. En el piso al que se dirige vive un afamado escultor con su esposa y sus dos hijos pequeños. Los vecinos le aprecian mucho, aunque de vez en cuando tengan sus pequeñas rencillas. Manolo observa por la mirilla al desconocido que sube por las escaleras. “Este escultor tiene unos amigos más raros…”, piensa al ver el intrigante aspecto del recién llegado. Escucha el sonido del timbre de su vecino y se queda observando la escena a través de su mirilla. Lo malo es que sólo ve la espalda del extraño frente a la puerta de su vecino. El escultor abre la puerta.
-Oye, tú no eres el cartero. ¿Qué haces…?
Pero antes de que termine la pregunta su vecino cae fulminado. Manolo no ha podido verlo bien, sólo ha oído unas palabras extrañas. Corre al teléfono intentando no hacer ruido y marca el número de la policía con manos temblorosas.

Guzmán descansaba en su celda, contento. Ya había cumplido su parte, los cuatro alados dormían el sueño eterno, y su poder parecía no tener límites. Había permitido que le encarcelaran, le pareció divertido. Ahora tenía una vida sin final por delante, su poder y nadie que le parara los pies. Eso llevó sus pensamientos a Arsario, el único que quizás podría parárselos. Le había mandado matar a los cuatro alados porque no le hacía gracia tener a cuatro personas con tanto poder rondando libres por ahí. Él mismo les había enseñado parte de su poder y luego les había prohibido usarlo con el resto de gente salvo en situaciones extremas. Pero Arsario no se fió de ellos. Y seguramente tampoco se fiaba de él, Guzmán. Ahora que los cuatro alados estaban muertos, Arsario iría a por él, le buscaría para matarle. Guzmán sonrió. No le resultaría fácil matarle, pues a diferencia de los otros, a Guzmán le había enseñado todo lo que sabía, no sólo parte. Debía matar a Arsario, se le adelantaría. ¿Quería matarle? Se llevaría una sorpresa cuando fuera Guzmán quien matase a Arsario. Además, con Arsario muerto ya sí que nadie le pararía los pies.
Se levantó de la cama y con un gesto de la mano la puerta de acero se fundió. Los cuatro policías que vigilaban la puerta miraron boquiabiertos el espeso líquido que se deslizaba lentamente por el suelo. Con otro gesto Guzmán lanzó por el aire con gran fuerza a los cuatro policías contra la pared de enfrente. Los huesos quebraron, los cráneos se partieron. Los policías murieron al instante. El sonido que esto produjo alertó a toda la comisaría y aquí y allá iban viniendo más policías que morían achicharrados, electrocutados, por convulsiones internas, etc. Cuando dejaron de venir más policías, Guzmán salió de la comisaría sorteando cadáveres y una vez fuera, pronunció en voz alta unas palabras. Nada más pronunciar la última la comisaría explotó en un fuego interno que la convirtió en menos de un minuto en humo y ruinas. La gente corría y gritaba, presa del pánico. Se empezaron a oír unas sirenas que se acercaban.
Se disponía Guzmán a acabar con los coches de policía que le iban rodeando cuando de pronto una intensa luz blanca le envolvió y le cegó.
-¿Qué estás haciendo? Te estás pasando.
-Me dijiste que cuando acabase mi parte podría hacer lo que quisiera.
-Te estás pasando. Si sigues así, pronto no quedará ni una sola forma de vida sobre la Tierra. ¿Qué pretendes?
Las palabras volvieron a fluir de la boca de Guzmán en aquel extraño lenguaje y Arsario fue despedido por una fuerza invisible, cayendo bruscamente al suelo. De nuevo Guzmán pudo ver, y miró a su alrededor. Diez coches de policía rodeaban a Guzmán y a Arsario y una multitud que iba creciendo por momentos observaba atentamente la escena. Guzmán se fijó en Arsario, tirado en el suelo, y le vio débil. Vestía una túnica blanca y tenía un aspecto totalmente distinto al de la primera vez que le vio. Ahora se parecía mucho a un humano, quizás la única diferencia notable entre él y un humano fueran los ojos, esos ojos rojos. Pero no brillaban tanto como antes, tenían un brillo débil, mortecino. A Guzmán, en cambio le brillaban los ojos más que nunca. Arsario se intentó incorporar, pero en ese momento Guzmán le lanzó un poderoso rayo directo al corazón que le abrasó el cuerpo entero y jugó con él hasta consumirle por completo. No profirió ni un solo gemido, murió en un oscuro silencio.
Tras recuperarse del impacto, las decenas de policías que rodeaban a Guzmán sacaron sus armas y le apuntaron.
Guzmán sonrió.
“El mundo es mío”.
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