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6 min
NIÑAS
Amor |
13.04.08
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Sinopsis

El sol de mediodía le abrasaba la piel, estaba tendida boca arriba en la toalla con los ojos cerrados intentando que el tiempo transcurriera lo más rápido posible, aunque bajo aquél fuego los minutos se hacían eternos. Sin embargo, tenía que aguantar, seguro que él se presentaría en cualquier momento y ella debía estar allí mismo cuando llegara.

Esa mañana se había enfundado en su bañador favorito, el negro, hacía que su pechos parecieran menos exuberantes, hecho que le hacía sentirse mejor consigo misma. Se había colocado sus zapatillas de esparto blancas, tenían un poco de tacón y hacían que sus piernas, ya bonitas sin ningún adorno, fueran irresistibles. Encima su minivestido de lino blanco a través del que se podía adivinar claramente su preciosa figura de quince años, y sus gafas de sol ocultando una mirada siempre inquieta.

Se había echado al hombro su toalla, en su mano el libro de turno, crema protectora, radio con auriculares y monedero con unas cuantas monedas por si acaso... A las doce en punto bajó a la playa. Por el camino saludó a un grupo de amigos a los que eludió hábilmente cuando la invitaron a acompañarles. Nada podía estropear su plan de hoy.

Él era cuatro años mayor y sólo se le veía en compañía de chicas mayores, todas despampanantes, chicas de mundo, vividas, con experiencia. Hoy ella debía ser como una de esas chicas.
La apariencia externa la había estudiado a fondo y estaba convencida de haber logrado, con la indumentaria que llevaba, parecer una mujer sofisticada y experimentada. La puesta en escena también iba por buen camino: estaba sola en la playa (las mujeres maduras no necesitan a nadie, se valen por sí solas), con un libro en la mano, a pleno sol sin sombrilla y enfundada en sus gafas de pasta marrón. Cada cierto tiempo se incorporaba lánguidamente y se dirigía de puntillas, así lo hacían esas chicas, a la orilla a refrescarse. Por supuesto nada de tirarse al agua de golpe, solamente mojarse, primero las piernas, después con las manos humedecerse el cuello e irse sumergiendo poco a poco dando muestras de que el agua estaba muy fría con muecas muy, muy estudiadas y todo esto, por supuesto, sin quitarse las gafas en ningún momento.
Este ritual lo debía seguir estrictamente porque no sabía en qué momento podría aparecer él.

A pesar de que estaba rodeado de “chicas Bond”, él siempre tenía una frase para ella, siempre le decía cosas bonitas, siempre se paraba a saludarla, incluso una vez se sentó con su grupo en la piscina. Coqueteaba con ella. Pero nunca, nunca había pasado la línea. Estaba convencida de que la veía como una cría y por eso, aunque le gustaba, no se decidía a ser su novio. Pero todo cambiaría con el plan que había trazado para conquistarlo.

Salía del agua atusándose el pelo, cuando lo vio aparecer andando por la orilla, parecía estar buscando sitio donde plantar la toalla. Su impulso fue salir disparada gritando ¡eh! ¡hola, estoy aquí!, pero su papel de mujer fatal se lo impedía. Pausadamente, y con el corazón que se le salía por la boca, se dirigió hasta él.


-¿Qué tal?
-¡Hola! Le contestó él
-Refescándome un poco.
-¿Dónde tienes la toalla?
-Ahí mismo. (No lo podía creer, le había preguntado ¿dónde tienes la toalla? ¿Acaso se querrá sentar conmigo? Si es así, mi plan está dando sus frutos. Ahora no tengo que parecer ansiosa porque no sabía en qué momento podría aparecer él.

A pesar de que estaba rodeado de “chicas Bond”, él siempre tenía una frase para ella, siempre le decía cosas bonitas, siempre se paraba a saludarla, incluso una vez se sentó con su grupo en la piscina. Coqueteaba con ella. Pero nunca, nunca había pasado la línea. Estaba convencida de que la veía como una cría y por eso, aunque le gustaba, no se decidía a ser su novio. Pero todo cambiaría con el plan que había trazado para conquistarlo.

Salía del agua atusándose el pelo, cuando lo vio aparecer andando por la orilla, parecía estar buscando sitio donde plantar la toalla. Su impulso fue salir disparada gritando ¡eh! ¡hola, estoy aquí!, pero su papel de mujer fatal se lo impedía. Pausadamente, y con el corazón que se le salía por la boca, se dirigió hasta él.






-      ¿Qué tal?
-      ¡Hola! Le contestó él
-      Refescándome un poco.
-      ¿Dónde tienes la toalla?
-      Ahí mismo. (No lo podía creer, le había preguntado ¿dónde tienes la toalla? ¿Acaso se querrá sentar conmigo? Si es así, mi plan está dando sus frutos. Ahora no tengo que parecer ansiosa porque lo haga, así que no seré yo quien le pregunte si se quiere sentar. Dejaré que él lo proponga).
-      ¿Te importa que me siente contigo? O estás con alguien
-      (¡Dios mío, Dios mío!, no me lo puedo creer, ¡lo ha dicho!¿con quién voy a estar?, llevo toda la mañana esperándote a ti). Estoy sola, no me importa que me acompañes.

Ella le contó de qué iba el libro que estaba leyendo, él le refirió varios títulos que había leído últimamente. Hablaron de música, de estudios, de muchas cosas de las que nunca habían conversado.
Ella, de vez en cuando se bañaba siguiendo el ritual aprendido, y cuando regresaba a su lado salpicaba su abrasada espalda con gotas de mar helado haciéndole despertar todos sus sentidos. Una de la veces que ella salía del agua, lo sorprendió mirándola fijamente, ella se sabía preciosa con aquél bañador, y se dio cuenta de que él opinaba lo mismo cuando apareció la sonrisa delatora en sus labios. Cada vez se sentía más segura y sentía que la estrategia podía tener resultado positivo.

Pasaron toda la mañana juntos, y cuando se iban a despedir en el portal de su apartamento, él le sugirió que por la noche podrían ir a tomar algo, a lo que ella accedió sin aparentar ni pizca de impaciencia, a pesar de que su estómago de dio un vuelco al escuchar la proposición.
Por fin lo había logrado, él le daría una oportunidad, y no la podía desperdiciar. Ahora le tocaba lo más difícil, hacerle ver a él que esas mujeres sofisticadas no son tan comprensivas, tan sinceras, tan cálidas, tan acogedoras, ni tan de verdad como las “niñas enamoradas”.
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