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4 min
No, Está Muriendo
Humor |
27.04.15
  • 4
  • 1
  • 1007
Sinopsis

Estos niños.

–¿Está durmiendo?

Los dos niños se acercaron un poco más.

–Duerme como mi padre.

–El mío no duerme así.

–Pues el mío sí –dijo con inquina y giró la cara para mirarlo–. No me digas mentiroso.

–Yo no te he dicho eso.

El niño a la izquierda quiso pegar con más fuerza al hombro de su amigo. Éste le miró mal pero enseguida apartó la mirada.

Pasó un rato que sintieron como incómodo. De mientras, observaron al octogenario sentado en el banco, que tenía la cabeza hacia atrás, apoyada la nuca en mala postura en el respaldo, pareciendo que forzara su cuerpo a ponerse recto.

–No ronca. ¿Seguro que está durmiendo?

–No sé –dijo el otro sin sacar el dedo de la boca entreabierta–. Debe ser que está “muriendo” –remarcó la palabra con cierta duda.

–Hala, que va. ¿No? No, que va.

–Que sí. Que es cuando duermes sin despertarte.

–Anda.

–Que sí, que le pasó a mi abuela.

–Ah, ya –pareció convencerse de una vez–. Por eso se parecen. Dormir, morir.

–Durmiendo, muriendo. Eso es.

Siguieron analizando al anciano, tan expuesto al sol. A esas horas era más intenso, lo que explicaba por qué no había nadie en la calle salvo niños aburridos y testarudos.

Más animados, se pusieron a jugar a la pelota frente al banco.

Se tomaron el juego en serio, como si el eterno durmiente estuviese evaluándolos para saber a quién de los dos se llevaría al mundial. En eso recibió un balonazo desviado y comenzó a ladearse.

Ambos niños se mantuvieron inmóviles. Mostraron rostros de temor, los ojos bien abiertos y sin pestañear para analizar cada centímetro que el señor se fue moviendo. Poco a poco y hacia un lado, hasta que cayó acelerando, golpeando y sonando contra el suelo como un saco abultado. El niño que había dado la patada cogió la pelota y comenzó a correr. Su amigo le chilló y le siguió.

 

–Mamá, me gustaría morir para siempre.

Su madre desconectó los pensamientos, obvió a la televisión y lo miró estirando el rostro. Sus ojos brillaron como si en verdad no lo miraran a él:

–¿Qué dices?

–Es que cuando duermo no hago nada, y por lo tanto nadie me puede decir nada...

–Anda que no te diré si te veo tocándote las narices.

El niño dio un respingo. Apartó la mirada.

–¿Por qué dices lo de morir? ¿Qué te ha dicho tu padre esta vez?

–No ha sido papá –dijo y regresó el rostro–, ha sido un señor que dormía en el banco del parque –se fijo en la cara que fue transformando su madre. La ignoró–: Parecía a gusto y no le molestaba el sol. Por eso quiero morir... –quiso terminar pero se interrumpió–. ¿A quién llamas, mamá?

 

Los dos niños, tras el entierro, decidieron jugar un rato a la pelota. El banco parecía otro ahora que no había nadie sentado. Les dio la impresión que nadie querría sentarse ahí hasta pasado un tiempo, justo lo que se tarda en olvidar un suceso.

Los chicos seguían entre extrañados y preocupados. Les habían dicho que no hicieron mal, pero que tenían que haber avisado. De todos modos el señor fue encontrado al poco de marcharse ellos.

–Mis padres dicen que morir no está tan bien. Cualquiera lo diría.

–También lo dicen los míos. ¿Qué sabrán si no se sabe qué ocurre al morir?

Hubieron unos segundos meditativos.

–Claro. Si se supiese seguro que todos querrían morirse.

–Al menos podríamos jugar en la calle todo el tiempo que quisiéramos.

–Y comer lo que dicen que son porquerías. Dicen que coma verdura y me gritan cuando quiero pizza.

–Ya ves. Ser mayor es estar enfadado sin parar.

–Deberían morirse todos menos nosotros.

–O mejor nos morimos nosotros y dormimos para siempre. Se sueña, ¿no?

Su amigo se mostró distante. Tras un par de pases, se animó a contar el sueño que había tenido con una nueva especie de dinosaurio.

Aprovecharon y siguieron jugando el resto de la tarde. Disfrutaron pateando ese día especial que pocas veces sucedía.

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