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7 min
No Existe Tal Cosa.
Terror |
17.05.15
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Sinopsis

Una noche primaveral, Analouise experimenta una serie de eventos escalofriantes mientras pasaba en solitario sus vacaciones en la gran mansión de su familia, Rosen Hill. Primero, lo que para ella parecía ser una visión y después lo que creía que era una serie de fenómenos naturales, terminan por hacerle estallar sus sentidos y poner a prueba su razón. "No existe tal cosa", es un relato corto que se debate entre ser un cuento fantasmal y una crónica vampírica, no obstante, le concedo al lector el privilegio de ser quien lo decida.

La débil llama de la vela se debatía entre seguir encendida o apagarse. Ciertamente, Analouise no habría apostado ni un penique a que esa noche sería la noche que terminaría por marcar el curso de su vida. Un viento austero, frío y pesado se coló por la ventana, abriéndola de tajo y apagando al instante la débil llama que brillaba sobre la vela. Analouise, sorprendida y agitada, tomó la vela, y salió al pasillo con la intención de encender nuevamente el fuego con cualquier otra luz que se encontrase en el corredor, no obstante, lo siguiente que encontró terminó por arrancarle del pecho un grito ensordecedor.

La espeluznante sombra que se cernía sobre ella tomaba la forma de un hombre alto y delgado, mitad bestia, mitad humano. Al instante, la sombra se desvaneció y junto con ella un aire helado llenó la habitación. Analouise, aterrorizada, dejó caer la vela y se dirigió corriendo hacia el final del pasillo donde una habitación abandonada la conduciría al único lugar seguro de la casa: el ático.

Analouise abrió tantas puertas como su azorado razonamiento le permitía abrir, llegó hasta el final de una vieja y crujiente escalinata de madera y por fin se encontró dentro del ático. Si su experiencia hubiese sido otra, ella misma habría optado por volver a su habitación y retomar la lectura que aquélla lúgubre silueta le había obligado a abandonar. "No existe tal cosa como vampiros ni hombres lobos ni criaturas fantasmales", se escuchó decir. Así que, impulsada por el deseo de escuchar la voz de su razón, respiró profundamente y volvió a la planta alta de la cual había salido huyendo.

"No existe tal cosa", se repitió, más para sus nervios que para su intuición.

De nuevo se encontraba en su habitación, cerró la puerta tras de sí y encendió una vela con una vieja cerillera que guardaba en un cajón. Intentó vanamente retomar su lectura pero cada vez que ponía su vista sobre las palabras plasmadas en aquél viejo libro, creía ver por el rabillo del ojo a un hombre alto y delgado pasearse de un lado a otro por las paredes de la habitación. Así que, medio atemorizada y medio excitada, dejó el libro sobre la mesa y se sentó en la silla de madera situada junto a la ventana de su habituación. Abrió la ventana de par en par y pensó: "un poco de aire fresco calmará mis nervios". "No existe tal cosa", se repitió.

Cualquier persona con dos dedos de frente habría desaconsejado que Analuiose, una señorita de familia rica, joven y hermosa, pasara sola su primavera en Rosen Hill, sin embargo, siendo tan tenaz y decidida como lo era, nadie se habría atervido, ni teniendo dos dedos de frente, a discutir el grado de oportunismo que tal decisión conllevaba, Analouise pasaría sola su primavera en Rosen Hill, acompañada únicamente por sus sirvientas, hasta que su hermano Edmund y su padre Vincel estuvieran de regreso de su viaje de negocios por las Indias. Así que, aquélla noche, Analouise tendría que luchar sola contra sus temores y resistir las sombras horripilantes que la luz de la luna le ofrecía a su aventurada e hilarante imaginación.

De repente, el sonido de un cristal al romperse terminó por aniquilarle los nervios, su primer deducción fue adjudicada al regreso de aquél 'hombre mitad bestia', y enseguida su mente cuerda le sugirió que el sonido podría proceder del estallido de alguna ventana que algún forastero con intenciones oscuras pudiera tener al inmiscuirse de noche en un sitio tan lujoso y bien visto como Rosen Hill. Así que, de ninguna manera permitiría la intrusión de nadie. Tomó un atizador de cobre y bajó sigilosamente la escalera principal de aquélla gran mansión, Caminó con pasos lentos, uno muy cerca del otro, y finalmente, llegando a la gran puerta de la mansión, escudriñó cuidadosamente las ventanas para encontrar que ningún cristal había sufrido daños; ningún rasguño podía verse en las baldosas de vidrio. Inquieta por el hallazgo, comenzó a sospechar que su mente (ya no tan cuerda, pensó), empezaba a gastarle bromas bastante desprovistas de gracia. "No existe tal cosa como vampiros ni hombres lobos, ni criaturas fantasmales", se repitió tres o cuatro veces mientras subía una vez más a su habitación, la cual se encontraba totalmente en penumbras. La vela se había apagado y la luna se hallaba ahora oculta bajó una densa capa de nubes tormentosas. Extrañamente, el viento reanudó su curso y como las olas al adentrarse en el mar, este viento había vuelto con mayor fuerza que el anterior. Los rayos iluminaban ocasionalmente la habitación, y ocasionalmente los truenos parecían advertirle a nuestra heroína, Analouise, que un tumultuoso y lóbrego presagio estaba por cernirse sobre ella aquélla noche. Quizá fuera demasiado joven para atenuar su palpitante y desbocado corazón, o quizá demasiado sensata para sospechar que lo que se avecinaba era una tormenta, pero no como la que ella pensaba, sino de otro tipo, más pesada y más sombría.

Aterrada por el constante golpeteo de las ventanas, ocasionado por el fuerte viento que las hacía chocar contra el marco de madera, se sumergió en su cama y cubrió su cabeza con la almohada para aminorar el estruendoso ruido proveniente de la tempestad. "Uno, dos, tres", contaba una y otra vez. "Uno, dos, tres", y el silencio se hizo en un dos por tres.

Gratamente impresionada por la calma que de tajo llegó, Analouise descubrió su cabeza y miró a su alrededor. Era de día. 

El Sol asomaba por su ventana y el viento mecía alegremente las hojas de los árboles que se levantaban por la pradera. La habitación perfectamente iluminada le ofrecía una vista desconcertante pero complaciente, no había rastros de tormentas ni de sombras fantasmales o vampiros sedientos de sangre. Todo se encontraba en perfecto orden.  

Sólo un libro abierto se hallaba sobre su mesa de noche y la curiosidad le incitó a leer un par de líneas, que decían más o menos esto: 'ni muy blanca ni muy negra, su sangre era tal como debía ser la sangre de una duquesa, deliciosa y brillante para los ojos de quien ha vivido durante muchos años absteniéndose de los placeres más carnales con la única intención de acechar a la única presa que vale la pena cazar sin intenciones de matar como...'. 

Dejó el libro sobre la mesa, tal cual lo había tomado. "No debo leer más historias de vampiros antes de dormir". Sonrió. "No existe tal cosa", dijo, a la vez que se lamía un hilillo de sangre que le escurría del colmillo.

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