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9 min
No me calientes la cabeza
Reales |
16.07.15
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Sinopsis

Una situación cotidiana que ocurre en muchos parques de España. La foto que complementa este relato en mi blog personal permite entender mucho mejor la historia. La realidad siempre supera a la ficción.

El verano es esa etapa del año en la que en el norte de España  se puede disfrutar de temperaturas que oscilan entre el ‘fresco’ y el ‘calor’, menos mal que desde las altas esferas disponen de un alto grado de formación para emplazar en el horario adecuado los programas televisivos que permiten a todas las personas disfrutar de su tiempo mientras aprenden cosas nuevas.

—     Mamá, me voy a la calle que ya ha terminado el programa de cotilleo.

—     ¡Baja la basura! Se escucha un grito desde la otra punta de la casa

—     Que la baje el gandul de tu hijo que está todo el día jugando a la consola y tocándose los huevos. Comenta mientras se levanta del sofá

—     Que ordinaria eres hija. Tiempo y dinero perdido en tu educación.

—     No empecemos mamá, no empecemos.

—     Por lo menos no chilles así hija mía. Dice la madre mientras se acerca al salón secándose las manos.

—     Yo no chillo, es mi forma de hablar.

—     Está bien, pues intenta no hablar tan alto la próxima vez.

—     Te cojo dos pavos madre, que voy a bajarme al parque con la Elena. Dice la muchacha mientras rebusca en el bolso de su madre.

—     ¿Otra vez cogiéndome dinero?

—     ¿Qué quieres que haga? Soy tu hija y tu responsabilidad, si no me puedes mantener no me hubieras parido. Dice la muchacha mientras avanza de forma inexorable hasta la puerta.

—     ¡Qué carácter! ¡Eres igualita que tu abuela!

Tras cerrar la puerta de un portazo y desear la muerte a más de uno se dirige escaleras abajo con el móvil en la mano.

—     Mierda de móvil, a ver si consigo sacarle uno a mi madre que este está destrozado.

Los dedos se mueven como rayos para escribir a su amiga del alma a través del sistema de conversación de mensajería más utilizado por los jóvenes actuales. Al llegar al primer rellano del edificio no hace falta ni llamar a la puerta, una joven rellenita con un vestido holgado de flores, el pelo enmarañado y aplastado por uno de los laterales y una manzana en la mano sale de casa chillándole a su madre.

—     Joder tía, que pesada que es mi madre. Dice con un gesto de desidia.

—     Pues anda que la mía. Dice la amiga mientras se guarda el teléfono en el escote.

—     Has visto lo puta que es la rubia, quería enganchar al Nano y le ha salido el tiro por la culata. Le está muy bien por querer llevarse a ese chulazo. Dice mientras empieza a bajar por las escaleras.

—     Esa es una puta, ojalá la echen del programa.

—     Ya verás como la echa, todas las demás están que trinan porque las ha tangado con sus tejemanejes de arpía.

—      Ojalá tía, ojalá

Estas dos muchachas atraviesan los rellanos de su edificio con una rapidez pasmosa, fruto de su ansiedad y del poder que da la juventud. En unos pocos minutos consiguen alcanzar la puerta y pueden situarse en el lugar de la plaza que tiene adjudicado desde hace unos años.

—     Vaya una mierda la dieta nena, estoy de manzanas hasta el puto coño.

—     No te quejes, que yo parezco un puto palillo y por más que como no engordo ni un gramo.

—     Ojalá que me pasara a mí eso. Dice mientras limpia y da el primer mordisco a la manzana con asco.

—     Cómete eso ya que nos encendamos un cigarro.

—     Le he quitado un Camel a mi hermano.

—     ¿Camel? Eso está asqueroso tía. Dice mientras busca el mechero en el pantalón.

—     Mi hermano está jodido desde que le bajaron el sueldo en la pizzería, todos los días llega diciendo que son unos hijos de puta y que piensa escupir en todas las pizzas que haga.

—     Qué asco de tío, recuérdame que no vaya a esas pizzería más

—     Hombre tía, si vas tú no creo que te escupa.

—     Nunca se sabe, que tu hermano es muy rencoroso y desde que lo mandé a la mierda me mira con cara rara.

—     Pásame el mechero que me lo enchufo yo. Dice mientras saca el cigarro y se lo sitúa en la boca.

—     Ayer te lo enchufaste tú so puta, hoy me toca a mí. Comenta mientras aparta el encendedor y lo esconde.

—     ¡Trae eso!, cuando consigas tú el tabaco lo encenderás, mientras lo enchufo yo que me cuesta un huevo quitarle los cigarros a mi hermano.

—     Que mala que eres, toma el maldito mechero.

Poco a poco la plaza se va llenando de gente que busca ese momento del día en el que el sol no aprieta lo suficiente para causar malestar y permite disfrutar de una temperatura cálida y agradable.

No obstante durante los últimos años cada vez cuesta más alcanzar uno de estos lugares en el parque público al haber una superpoblación evidente de personas con demasiado tiempo libre.

—     Oye, dice mientras da la primera calada al cigarro con una leve tos.

—     Dime.

—     ¿Qué tal la película de anoche?

—     Una puta mierda, si no me llega a invitar este no voy al cine.

—     Pero si decían que era una obra maestra y no sé qué más. Apura el cigarro y se lo pasa a su compañera.

—     Entre el tostonazo de la peli y que este cada dos por tres aprovechaba un descuido para tocarme las tetas no me enteré de nada.

—     ¿Vaya un fresco no? Delante de todo el mundo metiéndote mano.

—     Si no había nadie, siempre me invita a ver cine en Versión Original para que no entre nadie a la sala y así meterme mano. Comenta mientras pasa el cigarrillo.

—     Que hijo de puta, si es que está más salido que el rabo de un cazo.

—     Normal hija, normal. Si no tenemos intimidad ninguna, siempre estamos o en su casa o en la mía con los padres por ahí dándola la brasa y obligándonos a tener la puerta abierta.

—     Antes por lo menos teníais el coche.

—     Pobre pequeñín, cuando el mecánico le dijo que no tenía solución le dio un tabardillo. Pero bueno, ya está acostumbrado a ir en bus a todos sitios.

—     Toma nena, que le queda el final y no me gusta nada estar ahí con los dedos haciendo maniobras. Dice mientras le da el cigarrillo casi acabado.

—     Eres demasiado delicada.

Un grupo de adolescentes camina por el parque con sus carpetas agarradas en el pecho hablando de lo guapos que están los famosos gemelos en la portada de su último disco. Todas al unísono realizan un suspiro profundo mientras aprietan con todas sus fuerzas sus carpetas plagadas de las fotos de estos chicos. Las dos muchachas visualizan la escena y comentan.

—     Madre mía que pavas que son. Dice una mientras saca su móvil del escote para comprobar si tiene algún mensaje.

—     Come, come bollos de chocolate que verás lo bien que le sientan a tus cartucheras. Dice la otra lanzando de forma violenta los restos de manzana a la papelera.

El grupo de chicas escucha las palabras de estas dos muchachas y entre todas empiezan a gritarles impertinencias de la talla de viejas, muertas de hambre o so gorda. Lo que provoca que se levanten como un resorte y corran en dirección al grupo de jóvenes para hacerles sentir el peso de los años, sin embargo con un calzado cómodo, indicado para andar por casa, no consiguen alcanzar a un grupo mucho más rápido y ducho en el arte del ejercicio físico.

Las dos protagonistas se quedan sin resuello y comentan entre sí:

—     Hijas de puta, niñatas de mierda.

—     Las vamos a pillar otro día y las vamos a reventar nena.

—     Vamos a nuestro sitio no nos lo quiten y tengamos que pelearnos con algún viejo salido.

Al llegar al banco visualizan a un abuelo, se acomodan el escote y le hacen señas para ver si tiene un cigarro. El susodicho se acerca hipnotizado por el poder de la juventud y sin decir palabra les facilita un cigarrillos antes de marcharse contento y feliz.

—     Estos abueletes, siempre mirándote las tetas. Comenta una de ellas.

—      Mientras no toquen y me surtan de tabaco, que miren lo que quieran. Dice la otra entre carcajadas.

—     ¿Esta tarde no tenías que ir a una entrevista de trabajo?

—     Paso, es para pedir pasta por la calle para una ONG o no sé qué historias.

—      Joder tía, que negativa, por lo menos es algo de curro. Comenta mientras pide el mechero a su amiga.

—     ¿Curro? Dice mientras le quita el cigarro de la boca y con una sonrisa se lo pone ella.

—     Pues sí, curro. La amiga frunce el ceño al comprobar que esta vez no será la encargada de iniciar el ritual.

Una bocanada amplia y prolongada de humo esconde tras de sí una cara joven y cansada, que ha perdido la ilusión de vivir y sólo pasa el tiempo a la espera de algo bueno.

—     Mira tía, no pienso trabajar por una miseria, para eso me quedo en casa viendo la tele y levantándome a la hora que me dé la gana.

—     Tienes razón, para qué coño me voy a calentar la cabeza si estoy  que te cagas en mi casa. Oye que rule ese cigarro que te lo estás pinchando entero.

 

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