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6 min
No me chilles que no te oigo Parte 2/3
Reales |
04.07.15
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Sinopsis

Son muchas las personas que necesitan un empujoncito para cambiar las costumbres adquiridas durante sus últimos años. La realidad siempre supera a la ficción.

El segundo día de un puente tan largo como este suele traer una sensación de vacío y soledad muy fuerte; las ciudades quedan totalmente vacías y comienza el periodo favorito por los cacos para rescatar esos pequeños tesoros que todos esconden bajo sus colchones. Los coches de las familias más retrasadas respetan las señales de tráfico y los semáforos por miedo a un policía enfadado por no poder disfrutar de este periodo vacacional.

Una imagen insólita convierte las caras de los niños en sonrisas y lanzan sus dedos acusantes para que todos sus familiares puedan ver lo que acaban de descubrir, mientras que sus hermanos adolescentes sacan de sus bolsillos sus preciados móviles para tomar fotos y empezar a viralizar esta imagen a través de todas las redes sociales.

Junto a una farola se encuentra un hombre enroscado como un perro durmiendo. Su completa desnudez no había pasado desapercibida para los pocos conductores que circulaban por esta calle, mientras algunos se horrorizaban por la imagen, otros lanzaban una sonora carcajada y daban las luces. No fue hasta que un coche, cargado de jóvenes camino de la playa, tocó el claxon de forma continuada y lanzó a través de sus ventanas chillidos de burla, que ese bulto con forma de persona pudo despertar de su letargo.

— Joder que frío que tengo, además me estoy meando. ¿Dónde coño estoy? ¿Qué hago desnudo? ¿Esto es una broma? 

— Hijos de Puta, salid de vuestro escondite que os voy a matar. Dice el protagonista de esta escena mientras sale corriendo en busca de refugio.

Un sonido metálico, junto con un golpe sordo y una maldición indican que ha descubierto que está encadenado a una farola y no podrá liberarse.

— Pero, ¿Qué coño estáis haciendo conmigo? Grita mirando en todas direcciones.

Un deportivo descapotable pasa frente a él muy despacio, desde el asiento del acompañante una mujer joven le fotografía con su teléfono móvil mientras le dice:

— Que pichita más pequeña tienes ¿Hace frío? Le dice mientras se ríe.

— Puta, que eres una puta, ven aquí y verás lo pequeña que es.

El coche se para unos metros más adelante y baja del asiento del conductor un hombre fornido, se quita las gafas de sol y saca del escueto maletero una porra extensible:

— Disculpa ¿Puedes repetir eso último? Dice mientras se acerca lentamente al hombre encadenado.

— Que tu mujer es una puta, ven aquí, suéltame y demuéstrame lo que vales.

— Te crees que soy gilipollas, lo que voy a hacer es joderte vivo y dejarte encadenado a la farola.

— Cabrón, hijo de puta, eres un maricón de mierda. Suéltame y demuéstrame lo que vales.
 
— ¿Sabes qué? Vamos a hacer algo mejor que pegarte. Lo que vamos a hacer es enseñarte cuál es tu posición en el mundo.

De forma pausada el hombre recoge su porra extensible y la guarda en el maletero, llama a su acompañante y le dice algo al oído, que provoca una risa incontrolable en la fémina. 

— Ahora venimos payaso. Dice el hombre mientras arranca su coche.

— Aquí te espero cabronazo. Chilla el hombre desnudo.

El frío, la bebida y la cena del día anterior estaban haciendo estragos en su estómago. El problema reside en estar atado a una farola por una cadena  en medio de ninguna parte, ni siquiera lo habían situado cerca de los contenedores o cerca de algún portal. Se encontraba exactamente en el centro de la acera de una avenida bastante grande, a un lado tenía la carretera y al otro un callejón al que no alcanzaba por la longitud de la cadena. A pesar de los gritos, ninguno de los vecinos de las ventanas de los edificios cercanos se asomaba.

— ¿Me oye alguien? Grita con todas sus fuerzas.

— Joder, no hay ni Dios en este barrio. Hijos de puta, cuando pille al que me ha hecho esto me lo pienso cargar. Encima me estoy meando y tengo el estómago revuelto. Paso, voy a mear lo más cerca posible al callejón, total, si ya estoy desnudo.

Mira hacia todos los lados, para ver si nadie le observa y decide vaciar su vejiga. En ese preciso instante se escucha un coche pasar a toda velocidad.

— Cerdo, vete a tu puta casa a mear.

— Hijo de Puta. Dice mientras se gira y sin querer mancha la cadena y parte de la farola.

— Joder ahora voy a apestar a meados.

Otro coche se escucha acercarse, pero esta vez la velocidad es mucho menor que el del anterior. El descapotable con la pareja anterior caminaba muy despacio cargando una gran bolsa verde.

— Muy buenas cerdo, como te dije antes te traigo lo que está a tu altura.

— Ven aquí si tienes huevos, mucho hablar pero todavía no te has acercado.

La mujer baja del descapotable y con una sonrisa le da la bolsa verde a su acompañante y se sienta en la acera. El hombre abre la bolsa y empieza a sacar pequeñas bolsitas negras o marrones destinadas al hombre desnudo.

— Un cerdo como tú sólo se merece mierda de animal. Toma hijo de puta aquí tienes toda la mierda de los perros del barrio.

— Cuando me suelte de aquí prometo ir a por ti, te voy a machacar. Como te coja te voy a dejar tan hecho mierda que ni tu madre te reconocerá.

— Grita e insulta todo lo que quieras, pero eres un puto zarrapastroso que no tiene ni para vestirse.

El hombre desnudo se movía de un lado para otro hasta el tope de sus ataduras, sus ojos irradiaban odio, todo su cuerpo estaba en completa tensión. En un arrebato comenzó a coger las bolsas del suelo y empezó a devolvérselas a su enemigo:

— Toma hijo de puta, tú si quieres una mierda, aquí te devuelvo lo tuyo.

— Cariño, se escuchó desde la acera, deja a este muerto de hambre y vámonos. Que si te mancha la ropa y tienes que cambiarte no llegamos a la comida con mis padres. Ya está bien de juegos.

— Vale mi amor. Aquí te quedas payaso, la mierda tiene que esta con la mierda. Saca el dedo índice y se marcha a la carrera para que ninguna bolsita emborrone los colores de su chaqueta Tommy.

— Vuelve aquí cobarde. Grita el hombre desnudo sin respuesta.

Toda la escena es presenciada por una figura escondida en uno de los pisos del edificio cercano, que observa de forma detenida los hechos por los agujeros de su persiana. Lo acontecido con los excrementos de perro consiguen sacarle una pequeña sonrisa. Parece que el plan va sobre ruedas.

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