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9 min
No me chilles que no te oigo Parte 3/3
Reales |
05.07.15
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Sinopsis

Son muchas las personas que necesitan un empujoncito para cambiar las costumbres adquiridas durante sus últimos años. La realidad siempre supera a la ficción.

 Un hombre desnudo orbita en torno a una farola mientras el carro de Apolo se aleja sin piedad. La imagen se torna cómica y a la vez lastimera, ya que la figura se agarra el tórax de forma desesperada mientras anda sin rumbo y mira de forma nerviosa a todos lados.

— Joder, joder, joder, no aguanto más.

— Cuando pille al hijo de puta que me ha hecho esto lo mato, lo juro por Dios. Menos mal que el sol se ha ido y justo estoy encadenado a la farola rota, me voy a poner lo más lejos posibles y voy a soltar todo lo que llevo dentro.

Se aleja todo lo que su atadura le permite, mira a todos lados y asegura encontrarse en solitario antes de ponerse en cuclillas para soltar una mezcla entre alcohol y comida basura de la noche anterior.

— Petróleo puro, me va a dar algo como tenga que convivir con esto mucho tiempo más.

Justo cuando el hombre estaba en plena faena un impresionante flash inunda toda la calle y se escucha el sonido característico de la cámara de fotos en pleno uso. Esto provoca que el hombre se sobresalte, pierda el equilibrio y caiga sobre sus propios excrementos. Todo ello es acompañado de una risa histérica que parece proceder de uno de los edificios cercanos.

— Me cago en todo. Dice el hombre desnudo mientras mira con asco todo su trasero y los brazos pringados de sus propios excrementos.

— ¿Te crees gracioso? ¿eres conscientes de que vas a tener que matarme si quieres sobrevivir después de esto?

Un ruido sordo pone en vilo al hombre desnudo, al observar a su alrededor puede apreciar como una fiambrera metálica ha caído en la acera muy cerca de la farola a la que se encuentra encadenado. No obstante, por culpa de la oscuridad no ha podido vislumbrar con claridad la procedencia de este objeto volador.

Después de hacer diversas intentonas para limpiar sus brazos restregándolos contra la acera, se acerca detenidamente hasta la fiambrera y la analiza. Lo primero que puede apreciar es que tiene un post it pequeño encima de la tapa que pone:

“No pases hambre, que todavía te queda algo de sufrimiento”

— ¿Quién coño eres? Grita el hombre desnudo mientras lanza la fiambrera contra la pared del edificio más cercano y desparrama toda la comida por la acera.

Se escucha un ruido de sirena que rebota en las paredes de los edificios junto a un pitido largo y agudo que da paso a una voz electrónica:

— No desperdicies la comida, si no tienes hambre déjala para después.

— ¿Quién eres? Te exijo que me des tu identidad para poder dirigirme a ti como es debido. Un caballero siempre trata con distinción a un hombre muerto. Dice el hombre desnudo mientras realiza una reverencia con sorna.

— Sabes bien quién soy, si tu cerebro no estuviera carcomido por la bebida te habrías dado cuenta hace mucho tiempo.

— No serás el hijo puta de Javi, como seas te voy a dar de hostias hasta que te reviente ese culo pijo de mierda que tienes.

— No soy ese tal Javier. Continúa la voz. Ahora haz caso de lo que te voy a decir.

— No me sale de los huevos. Da la cara y te haré caso. Dice el hombre agitando su puño apestoso.

Esta vez el pitido es mucho más fuerte y provoca que tenga que taparse los oídos con insistencia y con un gesto de dolor acaba retorciéndose en el suelo.

— No me gusta que me amenacen. Dice la voz después de haber detenido el pitido

El hombre se retuerce de dolor en el suelo, un gesto que había provocado que acabara pringando todo su cuerpo desnudo con los excrementos que había depositado recientemente en la acera. Poco a poco recupera la forma y puede incorporarse para comprobar que estaba totalmente cubierto de mierda.

— Eres…

— No termines esa frase. A los animales hay que tratarlos como tal.  Dice interrumpiéndole la voz.

— Yo no soy un animal

— Pues te comportas como uno, es más, creo que te comportas peor que los animales.

— ¿por qué me haces esto? Dice el hombre mirando fijamente a la farola con tristeza.

— Dímelo tú. ¿Por qué crees que te lo hago?

— No lo sé.

— Ves como no piensas. Esfuérzate un poco anda, que tu sabes bien el motivo principal por el que te estoy haciendo esto.

— De verdad, no tengo ni idea del motivo por que el que me estás jodiendo la vida de esta manera.

— Yo no te estoy jodiendo la vida, te estoy enseñando a ser un individuo cívico. Te ayudo y te educo para que puedas aprender a convivir con tus semejantes.

— Ya sé quien coño eres.

— No insultes o te trueno con el pitido. ¿Quién soy? ilumíname con tu sabiduría.

— Eres la vieja del piso de arriba. Esa hija de puta, sabía que le tenía que haber atizado cuando tuve oportunidad.

De nuevo un pitido agudo lanza al hombre desnudo contra el suelo, sin embargo esta vez puede notar como una descarga eléctrica inunda todo su cuerpo y lo golpea con violencia mientras retuerce hasta el último músculo de su cuerpo. Tras unos segundos, el cuerpo parece soltar un humo tenue y la calle queda impregnada de olor a pollo quemado.

— Te dije que no insultaras. Si observas detenidamente podrás comprobar que la farola no está apagada por casualidad, me he tomado la molestia de realizar un pequeño retoque para que te puedas calentar si tienes fríos. A todo esto toma un regalo de mi parte, para que veas que tengo buena fe.

Una vieja jarapa planea desde el cielo hasta caer cerca del hombre desnudo. Por primera vez en muchas horas tiene un objeto con el que tapar sus vergüenzas. Ya no se siente un salvaje, ahora parece un ser humano.

— Gracias. Dice con la voz temblorosa y con los dientes castañeando por la electricidad.

— No soy tan malo como te crees.

— Lo sé.

— ¿Cómo lo puedes saber?

— Podrías haber utilizado la electricidad desde el primer momento y sólo lo has hecho cuando me he puesto agresivo.

— Veo que vas aprendiendo. No quiero que pases por ningún tipo de trauma, ni te sientas mal. Eso sí, tienes que comprender que no puedo tirarte otra fiambrera de comida, ya sabes que cada uno es responsable de sus actos.

— Muchas gracias.

— Mañana todo volverá a la normalidad, no te preocupes. Dice la voz antes de soltar una nueva descarga eléctrica que provoca la pérdida de consciencia del hombre desnudo.

El carro de Apolo aparece de nuevo en el horizonte y alumbra con todo su esplendor un nuevo día en la ciudad. Después de un puente en el que las familias han podido disfrutar de un merecido descanso en la playa todo vuelve a la normalidad y las calles se llenan de transeúntes que andan con prisa y sin cuidado alguno.

Una figura enturbia el orden preestablecido en la ciudad, un hombre se encuentra durmiendo en la acera tapado solamente con una jarapa vieja y cubierto de comida y excrementos. La policía y los sanitarios no tardan en acudir al lugar y zarandean con cuidado al hombre para ver si se encuentra en buen estado, tras varios intentos la misteriosa figura parece volver en sí:

— ¿Se encuentra bien señor? Pregunta un sanitario

— ¿Dónde estoy? Responde el hombre

- Está tirado en la calle, sucio y tapado sólo con una jarapa vieja.

— ¡Cuidado! Chilla el hombre.

— ¿Qué pasa? Comenta el sanitario asustado

— Un loco me tiene encadenado a la farola y me da descargas eléctricas. No me toque, que puede ser que le pase la corriente y le haga daño. Dice el hombre nervioso

El sanitario gira su cabeza y asiente a sus compañeros. Todo el equipo se pone en marcha y coge al hombre por las axilas lo sitúa en una camilla y lo ata con unas correas.

- Llevadlo al hospital psiquiátrico, este hombre está complemente loco. Ordena uno de ellos.

Todo este revuelo atrae a una gran cantidad de curiosos que forma un corro en torno a esta escena. Justo detrás de toda esta marabunta una mujer mayor sale del portal de su edificio y otea el horizonte.

— Malditos hippies, seguro que va drogado.

— Señora no cierre la puerta. Dice un hombre a la carrera.

— Hombre vecino, ¿Cómo estás?

— Muy bien

— Me alegro. ¿Y ese perro que lleva usted?

— Lo he adoptado, parece ser que su anterior dueño era un descerebrado que no le hacía mucho caso y le agredía todos los días. Espero que alguien le dé una lección. Dice el hombre con una sonrisa picaresca.
 
— Espero que no sea igual de follonero que el de mi vecino de abajo. Por cierto,   llevo varios días sin verlo por el edificio.

— El borracho de tu vecino me comentó el otro día que se iba de viaje y no volverá en unas semanas. No te preocupes por eso.

— Eres una bendición de hombre, todo son buenas noticias. Dice la mujer mientras guiña un ojo y sonríe de forma cómplice.

— Muchas gracias vecina. Le contesta con el mismo gesto.

— Acompaña a tu querida vecina al mercado. Si te portas bien y le dejas ese megáfono tan chulo para el bingo te hago migas.

— Por un plato de migas hago lo que haga falta.

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