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4 min
No me perderé ningún amanecer más
Fantasía |
18.12.14
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Sinopsis

El cielo empezaba a teñirse de rojos de diferente intensidad, pero a través de las espesas cortinas que tapaban la ventana no veía nada, se despertó y vivió su última noche.

 

El cielo empezaba a teñirse de rojos de diferente intensidad, pero a través de las espesas cortinas que tapaban la ventana no veía nada, dormía profundamente en total oscuridad. En el último rayo de luz de la tarde, me despertaba.

Me estiro entre las sábanas que tocaban mi piel desnuda y aparto el pelo de mi cara. Tengo hambre, habrá que salir a comer algo. Me visto y voy a deambular por la ciudad que empieza a despertar de su letargo de días de trabajo y rutina para dar paso al viernes noche, a la fiesta que se vuelve propicia con la oscuridad.

Entro en el primer bar que veo con música alta y ambiente algo decadente, siempre me han gustado los sitios donde se te pega la suela de los zapatos al intentar bailar, con música rock, oscuros y mayoritariamente lleno de hombres, hombres de verdad de los de whisky a lo John Wayne, en el punto opuesto a lo que se lleva ahora y  aborrezco, ese reggaetón y esos sitos hiperdiseñados y con gente “guapa”, con esos hombres que lucen más escote que las mujeres y van más depilados.

Me siento cerca de la barra y pido una cerveza, antes de darme cuenta ya tengo al lado a un chico de veintipocos intentando darme conversación. Lo miro, es guapo y joven, con el pelo largo, el brazo lleno de tatuajes y una sonrisa blanca perfecta, mientras me habla me imagino acariciando ese cuerpo perfecto mientras clavo mis dientes en su yugular caliente, como se tensa al sentir dolor, como dejo que todo el mundo desaparezca y solo quedemos su sangre y yo, despierto de mis ensoñaciones y le vuelvo a mirar de verdad, me da bastante pena convertirlo en mi cena, es tan mono y tan lleno de vida…últimamente me da pena beber de casi todo el mundo y los que no me dan pena, me dan asco. Cojo mis cosas y me voy a casa.

En casa me desnudo, siempre me ha molestado la ropa moderna, no soporto los vaqueros, ni casi la ropa interior y por suerte había mejorado bastante, tortura era la época en la que tenía que llevar corsé.  Abro el frigorífico y bebo cero negativo, por suerte en este mundo con algo de dinero le puedes comprar de todo a casi todo el mundo incluido, comprar al banco de sangre.

Puse algo de música y me tumbo en el sofá que tiene por lo menos cien años, ya no se hacen cosas como antes pensé acariciándolo y una gran tristeza me invadió. He vivido tanto que no sé quien soy en realidad, soy una mera espectadora de los horrores y virtudes del mundo, pero que narices hay más horrores…Yo mato para comer, y ya ni eso, pero para qué lo hacen los humanos…No me gusta el mundo en que se vive ahora, el control que hay sobre la vida de los demás hace imposible pasar desapercibida y tirar a un hombre al rio no es algo que se pase por alto como hace un par de siglos, que nadie diferenciaba entre leproso, borracho o asesinado…Me siento presa de la tecnología y la velocidad con la que se vive ahora.

Me levanto y cojo una pistola, no es muy antigua, me la regalaron por el cuarenta del siglo pasado y una bala de madera, de la más densa que hay, que mandé a fabricar cuando el tiempo empezó pesar demasiado.

Creo que es el momento de acabar con la inmortalidad, he vivido tanto que todo ha perdido sentido, pobres mortales que buscan vivir para siempre, no saben que sin el tiempo, todo pierde intensidad, color, que todo es una sucesión de de vivir lo mismo una y otra vez.

Coloco la bala y la pistola en mi pecho, esta es mi última noche, no me perderé ningún amanecer más, respiro, cierro los ojos y aprieto el gatillo.

                                                            *****

Días después la encontraron rodeada de bellas antigüedades de incalculable valor, con la pistola todavía en la mano y una sonrisa en los labios.

 

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