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4 min
No necesitamos un destino (Plagiado)
Varios |
10.06.07
  • 5
  • 6
  • 1990
Sinopsis

      Caminas unos pasos en una vaga dirección, después un halo de luz que te deslumbra fugazmente y más tarde la oscuridad. Los horizontes del mañana son extraños mundos lisérgicos, estampas doradas que se inflaman, trampas a lo largo de toda esta carrera de galgos de la vida que nos otorgan una certeza: sabemos que nuestro corredor nunca va a llegar. Y no nos importa en realidad. Es el único destino posible; que no necesitamos un destino.

      Pero esta mañana todo va a ser diferente porque, aunque el camino esté marcado, podemos revertir las huellas. Has decidido ahondar en tu martirio. Desfondar los compartimentos vacíos de tu alma. Qué hermosa palabra es el vacío, da lugar a un limbo ingrávido en el que se rinde culto a la trascendencia de la nimiedad, a la cuestión más importante de todas, la que nunca se formula.

      Te ha sobrevenido otra contracción anómala, te acostumbraste a asimilarlas, sabes que tu corazón es un animal enfermo apuntalado por las huestes del olvido. No puede durar. En realidad nada lo hace. Qué hacer. Anticiparse. Encogerse agazapado. Esperar. A nadie le gusta reconocerse enfermo, aunque probablemente todos lo estemos. Es un tic tac tan vago que la mayor parte de las veces conseguimos no apreciar el derroche de vida fértil desmembrado entre nuestras ciegas manos, otrora fuentes de luz, de incandescencia. Sería hermoso seguir en pie cuando todo se abate, comprimido por una fuerza irresistible. O tal vez no.

      A través de la amplia enredadera en la que los minutos carcomen a los segundos y las horas desnudan la insensatez de los días, nosotros los hombres, nos aferramos desesperadamente a un glaciar de segundos interminables que se malgastan como tiernas magnolias sobre la acera. Qué devenir extraño, qué inmensa negrura. Qué legado tan absurdo el de las savias que se han consumido. Pero la solución nunca es fácil, porque tal vez nos remita a la renuncia a lo que más queremos, a aquello que nos ha constituido.

      Yo no puedo hacer nada, aunque quizás hubiera querido. Pero no ahora, ahora no sé hacer nada. Apenas me restan fuerzas. Estas últimas tardes me siento, medio abandonado en el patio, mientras la brisa confunde mi rostro con las hojas de otoño malherido, mientras la música de niños jugando resueltos emborrona mis sentidos. Y espero. Como aquel que eventualmente aguarda a que las cosas se desmoronen por sí mismas. Como un yunque de sal y nostalgia que aguanta inamovible el paso del tiempo que lo arrastra consigo, al tiempo que se deshace. Todo esto es posible. En estas últimas auroras sólo disfruto del drama de la tarde, que cae copiosa sobre los juncos salvajes, sobre los lirios, inundándolo todo, hasta mis recuerdos, hasta el desconsuelo de todos los sueños que no pudieron ser, pero en mi interior han sido. Así, lentamente me calmo, me digo que no es tan duro, y soporto el destino, y cada tarde me balanceo sobre un neumático raído, reclamando la inmediatez y la despreocupación del niño que alguna vez he sentido, reclamando la vida que subyace. Y aprendo a apagarme poco a poco, aprendo a presentir el ocaso, ya no de mis últimas tardes, sino del final del camino. Y es sólo ahora cuando me siento preparado, para volver a saltar la verja, para volver a abrazar a este niño nacido de la esperanza, que nos arrastra a intentar trascender como lunáticos, de entre las huestes quebradas del olvido.


Desaprensivo e inconsciente Sr. Jay141982.

Tristemente, m
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