cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

23 min
No olvides que nos casamos en abril
Amor |
02.02.15
  • 5
  • 4
  • 1420
Sinopsis

La noche antes de su boda, Victoria recibe una noticia que le causa una gran impresión

I
La noche antes de su boda, Victoria estaba demasiado excitada para oír la llamada del sueño. Aún no eran las diez de la noche cuando se fue a dormir: Quería estar descansada en el momento en que sonase el despertador a las seis de la mañana; pero, por más vueltas que daba en la cama, no conseguía sino acrecentar su desvelo y ya hacía rato que las campanadas de las dominicas habían anunciado la medianoche. Agobiada por un calor repentino, retiró la ropa que la cubría. No pudo resistir la tentación de mirar la hora en la pantalla del despertador: La una y cuarenta y tres minutos. Aún quedaban muchas horas por delante hasta el comienzo de la ceremonia. Encendió la lámpara de la mesita de noche y, por unos instantes, quedó cegada por la luz. Cuando recuperó la visión, cogió el paquete de cigarrillos y las cerillas, que estaban sobre el libro que estaba leyendo y que, probablemente, tardaría en terminar. Estuvo fumando mientras contemplaba el traje de novia que colgaba de la puerta del armario. La luz arrancaba destellos al tornasolado del brocado y el encaje del velo proyectaba su sombra en la pared formando delicados dibujos. Dio una calada. Con el humo del cigarrillo volaban y se deshacían pensamientos e imágenes: la cara de Gonzalo, la sonrisa de su madre, la emoción por el comienzo de una vida con él…

Absorta en sus pensamientos, no oyó a Susi, su hermana, que entró sigilosa en su habitación.

—Vengo a hacerte un poco de compañía —le dijo —. He visto luz por debajo de la puerta y he pensado que tal vez estarías desvelada.

—Estoy muy nerviosa.

—Ya me figuro. Te traigo unos bombones que he cogido del aparador del salón donde los guarda mamá. Vamos a celebrar tu última noche de soltera como hacíamos cuando éramos pequeñas. ¿Te acuerdas?

Se sentaron en la cálida alfombra de flores. Entre risas y susurros para no despertar a sus padres, estuvieron recordando momentos de su infancia y adolescencia. Las vacaciones en Gandía, los fines de semana en la casa de Somosierra, las amigas del colegio… De repente, Susi se quedó callada.

—Tengo que contarte una cosa y no sé cómo hacerlo —dijo casi en un susurro—. Seguro que te vas a disgustar, pero no tengo más remedio que decírtelo. Había pensado esperar a que volvieras de la luna de miel, pero…

—Date prisa. No des tantas vueltas y dímelo. No creo hoy que me puedas decir nada que me disguste.

—Me voy a casar con Bruno. Hace cinco meses nos encontramos otra vez y empezamos a vernos. Tú ya estabas con Gonzalo y, en fin, no tenía por qué importante, ¿no?

Victoria enmudeció. La noticia la había cogido tan desprevenida que las emociones quedaron agazapadas en su corazón. Una mano helada, que no era la de su hermana, le recorrió la espalda.

—Dime algo, Victoria. Venga, me estás asustando. Ya no te duele, ¿verdad? Tú quieres a Gonzalo, te vas a casar con él...

Un torrente de emociones dispares impedía hablar a Victoria. Susi, al no obtener respuesta, salió de la habitación en silencio, algo cabizbaja y dejó a su hermana a solas con sus pensamientos, con sus recuerdos.


II
Bruno llevaba ya tres años en España cuando Victoria lo conoció. Fue en la fiesta del veinticinco cumpleaños de Inma, su mejor amiga desde que entraron en el colegio de las Salesianas a los cinco años. Habían organizado juntas la celebración, que iba a ser por todo lo alto. El padre de Inma les dio permiso para acondicionar el garaje de la casa que tenían en Somosierra, no muy lejos por cierto del chalet donde Victoria pasaba los fines de semana con su familia. Más tarde, también les dijo que podían hacer uso de las dependencias del jardín siempre que no entrasen en las habitaciones principales. Las semanas previas a la fiesta, fueron un ir y venir de casa de una a la otra con sillas, discos, platos y vasos de papel. El cansancio que llevaba consigo la preparación era imperceptible para las jóvenes, que disfrutaban cuidando para que cada detalle fuera perfecto: la música, las luces que colgaron en el techo del garaje y alrededor de la terraza, las bebidas… Por suerte, la fiesta iba a celebrarse en junio y podrían disfrutar del buen tiempo de una noche de finales de primavera.

La lista de invitados era un reguero de nombres. En ella figuraban amigos del colegio, compañeros de la facultad, del trabajo y conocidos de la urbanización. Cuando llegó el día, el alboroto de los coches que aparcaban a la puerta de la casa hizo que se colaran muchos jóvenes de chalets cercanos con los que no habían cruzado más que un saludo con la cabeza cuando se veían en la piscina del club.

Victoria nunca llegó a saber si Bruno había llegado con alguno de estos grupos de infiltrados o se trataba de un amigo del hermano de Inma. Recuerda que, mientras pasaba las bandejas con las bebidas, lo vio varias veces intentando ligar con las jóvenes más estilosas de la fiesta. Le gustó nada más verlo. Cada vez que pasaba junto a él, le dirigía una mirada con la esperanza de atraer su atención; mas todos sus esfuerzos fueron vanos. Ni siquiera se fijó en ella cuando salió a bailar a la pista que habían improvisado en la terraza, y eso que la gente decía que no había muchas chicas que supieran llevar el ritmo de la música tan bien como ella. Al ver que no le hacía caso, se desentendió de él. Lo más seguro es que se tratara de un engreído de esos que piensan que todas las jóvenes suspiran por una palabra suya. Y, desde luego, Victoria no suspiraba por nadie. Luego le diría que la vio nada más llegar y que fue entonces cuando decidió que sería suya.

Avanzada la noche, a un invitado se le ocurrió poner música de los años ochenta. Como no podía faltar, por los altavoces se escapaban canciones melódicas. Cuando se empezaron a oír los primeros acordes de  “True”, de Spandau Ballet, Victoria estaba junto a la pista siguiendo el ritmo de la música con movimientos sensuales. Alguien le dio un toque en el hombro y, al volverse de espaldas, se topó con su radiante sonrisa. No tuvo tiempo de reaccionar; en apenas el tiempo en que se produce un parpadeo, se vio entre sus brazos danzando alrededor de la pista.

Él no la soltó en las tres canciones siguientes. Durante el baile, no pronunció una palabra ni tampoco permitió que Victoria abriera la boca; mas, después, la llevó junto a la mesa de las bebidas, le puso un vaso en la mano y ya no paró de hablar. Se llamaba Bruno y era italiano, de Venecia. El mayor de cuatro hermanos, desde los dieciocho años vivía no sólo fuera de la casa familiar, sino también de su país. Había estudiado una ingeniería de telecomunicaciones en París y, después, su trabajo en una empresa de productos tecnológicos lo había llevado a Atenas, Berlín y, finalmente, a Madrid. No dejó de hablar hasta dos horas después, cuando la dejó en la puerta de su casa tras recorrer la urbanización a baja velocidad en su coche deportivo. Antes de despedirse, le dio un apasionado beso en los labios y, sin dejarla reaccionar, le dijo:

—No olvides que nos casamos en abril.

Se llevó el dedo índice y el anular a la frente, como si tocase el ala de un sombrero, subió al coche y se marchó a toda velocidad.

Victoria tardó en dormirse aquella noche, como le ocurría siempre que vivía algún acontecimiento extraordinario. Si no se hubiese tenido por una persona sensata, hubiera dicho que se había enamorado en una milésima de segundo. De lo que no había duda es de que la había hechizado con sus modales donjuanescos y su aire cosmopolita.

Al día siguiente, sábado, la despertó a las nueve de la mañana con una llamada al móvil. Le dijo que, en veinte minutos, pasaría a recogerla. No le dio tiempo a replicar. Tenía el antojo de enseñarle París desde lo alto de la Torre Eiffel. Victoria creyó que se trataba de una broma hasta que lo vió tomar la autopista hacia el aeropuerto, donde no regresaron hasta las ocho de la tarde del día siguiente. Aquel fin de semana, la llevó a los lugares más conocidos de la Ciudad de la Luz. Además de la Torre Eiffel, recorrieron las calles de Montmatre hasta llegar a lo alto de la colina donde reinaba el Sacré Coeur; pasearon por los Campos Elíseos, se sentaron en los escalones del Panteón mientras comían un sándwich; sufrieron el mal de Stendhal en el Louvre; y quedaron extasiados ante la belleza de la Sainte Chapelle. Por la noche, la condujo a un pequeño hotel, donde ninguno durmió pues se amaron hasta que la luz de la aurora se filtró entre la tela de las cortinas.

Cuando el domingo la dejó en su casa, le dio un apasionado beso en los labios y, al despedirse, le dijo:

—No olvides que nos casamos en abril.

Después, se llevó el dedo índice y el anular a la frente, como si tocase el ala de un sombrero, subió al coche y se marchó a toda velocidad.

Los meses siguientes, Victoria los vivió como si estuviera subida en una montaña rusa. Sabía dónde empezaba el día, pero nunca adivinaba en qué ciudad lo acabaría. Bruno le mostró las grandes ciudades europeas: Berlín, Munich, Londres, Viena, Amsterdam… Mas, también, la sorprendía con visitas a pueblecitos escondidos cuyos nombres olvidaba nada más salir de ellos. Y, al término del viaje, la misma frase de despedida.

—No olvides que nos casamos en abril.

A Victoria, le parecía estar viviendo la irrealidad de un sueño del que despertaría en cualquier momento. Mas no sabía que, antes de despertar, el sueño se convertiría en pesadilla.

III
Un día de mediados de noviembre, Bruno le pidió formalmente que se casara con él. Victoria, que se encontraba bajo los efectos de la pócima del amor, aceptó sin pararse a pensarlo siquiera. Empezó para ella una época de frenética actividad en la que había de acudir a la llamada de él sin descuidar las múltiples exigencias de los preparativos de la boda. Bruno, romántico hasta las últimas consecuencias, eligió la Ermita de Santa María de Tiermes, en Soria, para la ceremonia religiosa y para el banquete, un restaurante situado junto a la casa rural en la que pasarían la noche de bodas. Al principio, Victoria protestó por la elección de su prometido. No era aquel entorno rural el que veía en sus sueños influidos por las bodas más convencionales de sus amigas. Mas acabó accediendo a los deseos de Bruno cuando le mostró la semejanza del lugar con los paisajes cantados en los versos de Machado.

Unos días después de Navidad, Bruno le dijo que quería presentársela a sus padres. Organizó un viaje en el que recorrerían en automóvil la bota transalpina de sur a norte, desde Palermo a Venecia. Sería un anticipo de la luna de miel, dijo. Le pidió que solicitase tres semanas de vacaciones en la empresa en la que Victoria estaba de becaria y, así, disponer de suficientes días para echar una ojeada a las ciudades elegidas para ella: Palermo, Nápoles, Roma y, finalmente, Venecia. Entonces, no podía imaginar que el magnífico viaje a Italia finalizaría en el Castel dell’Ovo.

Fue por aquel entonces cuando a Susi, la hermana de Victoria, la dejó su novio, aburrido de una relación de más de diez años. Era Susi una joven vivaracha, morena de ojos negros rasgados que atraía las miradas de quienes se cruzaban con ella por su porte elegante y sus andares de princesa medieval. Un año mayor que Victoria, desde muy pequeñas habían compartido juegos, penas y alegrías sin que ninguna rivalidad emponzoñase el cariño que se tenían. Tal vez el ser tan distintas hacía que cada una asumiera su papel sin anhelar lo que la otra tenía. Victoria era la sensata y estudiosa que, al llegar el fin de semana, se transformaba en la más divertida del grupo. Susi era la alocada de la familia, la que aprobaba las asignaturas en septiembre, cuando sus padres, desperados, ya la daban por perdida y cuyo temperamento impulsivo la metió en más de un embrollo del que, luego, le costó salir.

Victoria sufrió mucho con el desconsuelo de su hermana cuando ésta se vio abandonada por su novio. Intentó cancelar el viaje a Italia o, al menos, abreviarlo, limitándolo a los tres días que pensaban pasar en Venecia con la familia de Bruno. Fue él el que propuso que Susi los acompañara. Sería, dijo con su sentido del humor peculiar, como esos viajes de las damas antiguas en los que tenían que llevar una acompañante femenina que guardase el decoro y el honor de las doncellas.

Tomaron un avión de Madrid a Palermo un cinco de febrero. En la ciudad italiana, Bruno alquiló un coche grande para que cupiese todo el equipaje que llevaban las dos hermanas; un automóvil familiar muy distinto del deportivo con el que fascinaba a los madrileños. En los días que permanecieron en la ciudad, apenas tuvieron tiempo de ver los lugares más visitados por los turistas: El Palazzo de Normanni, la Catedral de estilo normando-árabe, la fontana Pretoria… A Victoria no sólo no le extrañó, sino que agradeció las dotes de seducción que Bruno desplegara ante Susi. Lograba que ésta se sonrojara con los halagos con los que endulzaba los encuentros de la mañana; en los restaurantes, le recomendaba los platos más exquisitos; si tenían que coger el coche, le reservaba el asiento del copiloto; y si visitaban algún jardín, cortaba para ella la flor más hermosa. Victoria, al principio, atribuía estas atenciones al deseo de Bruno de querer hacer olvidar a Susi los pesares de su abandono. Tenía constancia, por haberlo visto en más de una ocasión, del buen corazón de su novio, que no podía presenciar el sufrimiento de nadie sin intentar encontrarle remedio.

Con el paso de los días, se iba haciendo más evidente que toda la atención del joven veneciano se centraba en Susi, mientras que Victoria íbase quedando más y más aislada. Fue la hermana mayor la que, incómoda por la situación, empezó a rechazar los gestos de deferencia que tenía Bruno con ella. Con delicadeza para que Victoria no se diera cuenta de ello, iba agrandando la distancia con la pareja de novios. Se negaba a sentarse junto a él en el coche o quedábase rezagada con el pretexto de mirar el escaparate de alguna tienda cuando caminaban por las calles de Palermo.

Pese a todos los indicios, Victoria no se percató de nada hasta el tercer día de su estancia en Nápoles. Durante toda la mañana, no habían podido salir del hotel debido a una lluvia pertinaz que tiñó de gris y de barro la ciudad. Cansada de pasar tantas horas en la cafetería del hotel, propuso dar una vuelta por la zona vieja. Susi miró por la cristal del gran ventanal que había en la cafetería del hotel y, al ver que el chaparrón no amainaba, dijo que prefería quedarse en el hotel leyendo la novela que había comprado en el aeropuerto. Tampoco Bruno quiso aventurarse a tan húmedo paseo. Según explicó, iba a aprovechar lo que quedaba de la mañana para hacer unas llamadas de trabajo. Victoria, creyendo que era la lluvia la responsable de la pereza que a su novio le había entrado por salir, cogió las llaves del coche, el impermeable y el paraguas y salió a ver la ciudad.

Eran las dos de la tarde cuando regresó de su paseo. Venía mojada y cargada de paquetes con souvenirs que pensaba repartir entre sus amigas de Madrid. Llegó contenta; dispuesta a contar su aventura matinal a sus compañeros de viaje. No los encontró en la cafetería, donde los había dejado, ni estaban en el comedor aguardando a que les sirvieran la comida. Subió a la habitación que compartía con Susi y en ella no halló a nadie. Dejó sus compras sobre la cama, se peinó sus alborotados cabellos ante el espejo y se dirigió al dormitorio de Bruno.

Entró sin llamar: la puerta estaba entreabierta. En la habitación se oían voces, que se acallaron cuando se dieron cuenta de su presencia. A primera vista, no vio nada extraño en la actitud de Bruno y Susi, que estaban hablando sentados junto a la ventana; pero en el ambiente se respiraba la culpa de las acciones prohibidas que se vio confirmada con las disculpas que farfullaban una y otra vez.

Antes de comprender nada, a la mente se le vino la visita que hicieron el día anterior al Castel dell’Ovo. Las palabras del guía revoloteaban en su memoria cual polillas revoltosas en busca de la luz de una candela.

“—Cuenta la leyenda —había dicho el guía — que el gran poeta Virgilio escondió en sus cimientos un huevo mágico que soportaba la estructura del edificio. Según se decía, de romperse el frágil objeto la ciudad sufriría grandes catástrofes después de que se hundiese este antiquísimo castillo”.

En ese momento, le pareció a Victoria que aquella leyenda no era sino una alegoría de lo ocurrido. Como el Castel dell’Ovo, su corazón albergaba el delicado objeto de su amor y, al quebrarse su frágil envoltura, se había hundido su alma en las tinieblas.

Cuando recobró la capacidad de movimiento, que, por unos instantes había perdido, salió de la habitación sin decir una palabra, bajó a la recepción y se sentó en uno de sus sillones mientras intentaba calmar el torrente de sus pensamientos. No oyó llegar a Bruno, que tomó asiento junto a ella. Como hiciera la noche en que la conoció, le dio un toque en el hombro para llamar su atención.

—Yo no quería que pasara esto —le dijo con la voz aún entristecida pero ya más tranquilo —. Te quiero muchísimo pero lo que siento por tu hermana no lo había sentido nunca por nadie. Me siento desbordado por tantos sentimientos y sé que no tengo ninguna disculpa. Pero no tienes que poner en duda mi pena por haberte herido. Siento tu dolor como si fuese mío mas no sé cómo podría aliviarlo. Haría cualquier cosa por ti, pero no me pidas que renuncie a Susi.

Victoria no le contestó. Su corazón se había adormecido y no dejaba que los sentimientos aflorasen a la superficie. Bruno seguía tejiendo explicaciones que ella no escuchaba. En su interior sentía cómo iba resquebrájandose la fina cáscara que cubría su confianza en los demás, la creencia en la bondad humana, su fe en la lealtad de aquellos a los que amaba. Incapaz de pronunciar una palabra, volvió a huir de él.

Una hora más tarde, Susi la encontró en la habitación que compartían. Había hecho su equipaje y estaba pidiendo un taxi a la recepción que la llevase al aeropuerto para tomar un avión de regreso a Madrid. Susi intentó hablar con ella: trató de explicarle que ella no había respondido a los ruegos de Bruno; pero todo intento de aclaración era inútil: Victoria veía una y otra vez la mirada de su hermana en los ojos del que, hasta un momento antes, había sido su prometido.

IV
Cuando se incorporó a su vida cotidiana, sus sentimientos se desbordaron. Su corazón que, hasta entonces, parecía anestesiado, despertó y con él todo el dolor y el desamparo del abandono. No quiso que nadie la ayudase en la triste tarea de desandar el camino emprendido cuando empezó a preparar su boda: detener la confección del traje de novia, anular las reservas de la iglesia, el restaurante, la casa rural, devolver los regalos y anunciar la cancelación de la boda. Cada paso que daba para borrar el rastro del enlace laceraba su maltrecho corazón como si de la punta de un estilete se tratara; mas, también, cual amarga medicina, la ayudaba a ir aliviando el pesar que al principio sintiera.

Pasaron muchos meses antes de que Victoria volviera a hablar a Susi; y muchos más antes de que la relación entre las dos hermanas se pareciese a la que había sido cuando Bruno aún no había interferido en sus vidas. Aunque Susi no le dijera nada, sabía que no había querido volver a verlo ni había querido escuchar las súplicas en las que le pedía una oportunidad. Sabía cuánto le costaba aquel rechazo porque no era indiferencia lo que había visto en los ojos de Susi cuando los sorprendió en la habitación del hotel. Y aquella renuncia allanó el camino hacia las reconciliación. Ahora, tres años después, se preguntaba si había habido tal renuncia.

Aún tendría que pasar tiempo para que Victoria recobrase la paz. Que no quisiera desahogar su corazón hacía más ardua su recuperación. Ante sus padres lucía la sonrisa más radiante, temerosa de causarles sufrimiento si descubrían su dolor. El pudor le impedía contar sus pesares a sus amigas; no quería exponer sus sentimientos a los comentarios de unas y otras. Creía que, si se dejaba llevar por un momento de debilidad abandonándose a las confidencias, el consuelo que sentiría en ese instante no la compensaría del escrutinio al que se sometería en los días siguientes. Sabía, porque las conocía bien, que no le darían un minuto de tregua. La avasallarían a preguntas sobre su estado de ánimo, su forma de proceder y sus planes para el futuro. Sin embargo, lo peor no sería ese ir y venir una y otra vez sobre lo mismo, dándole vueltas a los recuerdos. No. Lo peor sería sentirse indefensa ante la ola de compasión que la iba a inundar. Así que escondió sus sentimientos tras la máscara de la indiferencia y prefirió pasar por dura e insensible antes de verse bajo las dulces alas de la piedad.

Aún estaba en medio de la tormenta emocional cuando, aquel otoño se encontró con Gonzalo. Victoria le había conocido durante su adolescencia, cuando ambos iban a veranear a Gandía con sus respectivas familias, pero no lo había vuelto a ver hasta que una mañana de principios de noviembre tropezó con él en la puerta de la cafetería de su empresa. Tomaron un copioso desayuno que Gonzalo no le permitió pagar. Según le contó, llevaba tres semanas trabajando en el departamento de Recursos Humanos, aunque hasta unos días antes no había tenido un momento de descanso mientras aprendía las funciones de su flamante empleo, tan distintas de las que desempeñaba en su anterior trabajo. Apenas dijo más de sí mismo. No era hombre de muchas palabras y prefería escuchar lo que los demás hablaban. Tampoco Victoria le contó muchas cosas personales, encantada de encontrar a alguien que no supiera nada de su historia con Bruno. Quedaron verse al día siguiente a la misma hora, y al otro, y al otro. Una noche la invitó a cenar y otra, la llevó al teatro. Con él Victoria encontraba la paz que perdiera en Italia y sentía que volvía a renacer la joven alegre que en otro tiempo fuera.

Gonzalo, de modales tranquilos, jamás la sorprendía con planes asombrosos. Sin embargo, era sensible como nadie lo había sido hasta entonces a las emociones y estados de ánimo que nacían en el corazón de Victoria. La escuchaba cuando necesitaba quien oyese sus acontecimientos del día; callaba cuando el silencio era más elocuente que las palabras; y sus labios siempre sabían decir la frase que disipa la niebla de la tristeza y hace brillar el sol del alborozo.  

El amor nació sin que ellos se diesen apenas cuenta. No fue como la pólvora que, al contacto con la mecha, provoca una explosión que sube hasta el firmamento formando castillos de fuegos de artificio. Fue como un grano que se siembra en un trozo de tierra fértil. Un día brota un débil tallo; a la semana, se vislumbra una hoja; el tallo va creciendo con la mirada puesta hacia el cielo y a la hoja se le unen otras, compañeras gemelas en el viaje de la vida. Y, a la llegada de la primavera, un capullo anuncia el nacimiento de una esplendorosa rosa. Así habían llegado a aquella noche, la víspera de su boda, en la que Victoria, desvelada, quería llamar al sueño que no llegaba.

V
Poco antes del amanecer, Victoria se levantó cansada de pelear con las sábanas y los recuerdos. Antes de dirigirse a la cocina a preparase un café, entró despacio en la habitación de su hermana. Las primeras luces del alba se colaban por la ventana. ¿Qué importaba ya el pasado? Victoria se sentó en la esquina de la cama y sacudió suavemente el hombro de Susi para robársela a Morfeo. Despertó la joven con una sonrisa en los labios, no se sabía si por el encuentro con su hermana o por lo que había dejado en el mundo de los sueños. Victoria depositó en su frente un leve beso y le dijo:

—Levántate, vamos. Quiero que me ayudes a ponerme el traje de novia.






 


 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor

Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

Tienda

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta