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13 min
No somos de piedra
Fantasía |
02.02.13
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Sinopsis

Una chica está visitando Florencia y se desmaya a causa del síndrome de Stendhal cuando contempla las estatuas imponentes de Miguel Angel. Al despertarse se da cuenta que David, Moisés y compañía son de carne y hueso y como hombres reales desean, aman y sienten.

Erica había sentido el arte desde pequeña. Ya de niña sacaba sobresalientes en dibujo y artes plásticas. Prefería moldear el barro o la plastilina antes que jugar con muñecas. A los 18 años se alegró al saber que Florencia había sido escogida como viaje de fin de curso. Empezó a ahorrar para tener el máximo dinero pero a última hora se cambió el destino y viajaron a Palma de Mallorca. Siempre se quedó con las ganas de visitar aquella ciudad toscana. Se sabía de memoria la biografía de Miguel Angel y se imaginaba que vivía en el siglo XVI, en pleno renacimiento y que ella era Tommaso Cavallieri, amante del maestro durante 30 años. De hecho, el azar había querido de Erica naciera el 6 de marzo y que también fuera zurda. Mientras sus amigas tenían pósters de cantantes, actores y futbolistas ella decoraba su habitación con láminas del genial artista.

En el 2004 se celebraba el 500 aniversario del David de Miguel Angel y supo que era el momento ideal para visitar aquella ciudad donde siempre había querido ir. Preparó una maleta con ropa y sobretodo la cámara de fotos. Al llegar a la ciudad florentina tuvo la sensación que ya había estado antes. No creía en esas chorradas de la reencarnación, por lo que atribuyó esa sensación de “deja vu” a las veces que había mirado las fotos y vídeos de Florencia. Fue a la pensión que había reservado 5 meses antes y se calzó las sandalias. Quería oler, visitar, pisar los mismos lugares donde había estado Miguel Angel.

Muchas de las obras del genial artista estaban repartidas por media Italia, sobretodo en Roma, con los frescos de la capilla sixtina, la majestuosa Piedad en el Vaticano, el soberbio Moisés presidiendo la tumba del papa, o sus admirados esclavos del Louvre. Ya tendría tiempo de verlos a todos. Ahora el protagonista era su “David”. Estaba enamorada de aquella imponente estatua de 4,10 mts. Le gustaba su aspecto varonil, su cuerpo perfecto, su mirada directa y penetrante y sobretodo la leyenda que lo había rodeado, el David batiendo al gigante Goliat con su honda. Erica sabía que era de locos visitar la galería de la academia en un aniversario tan singular donde los turistas se agolparían por verlo. Nunca había hecho guardia para ir a un concierto o conseguir una entrada para un evento deportivo, pero aquella ocasión valía la pena.

Cuando llevaba 5 horas adormilada frente la entrada, empezaron a llegar turistas japoneses que hicieron una cola kilométrica. De nada sirvió ser el primero pues una vez dentro, algunos turistas lo empujaron como si estuviera de rebajas en algunos grandes almacenes. Había tanta gente frente al David, que a pesar de verlo, estaba muy lejos. Se fue a ver otras estatuas de igual belleza como el San Mateo, los cautivos esclavos, algunos sin acabar o la Piedad de Palestrina.

Sabía que a media tarde el volumen de turistas descendía y a pesar de que tenía los pies y las piernas con dolor y no había comido nada desde la noche anterior, esperó la última media hora para contemplar en toda su plenitud la estatua marmórea. La belleza, la magnitud de la perfección le provocó un desmayo, sufrió el síndrome de Stendhal, sucumbida ante aquella pieza de mármol que se erigía como un rey poderoso.

Erica estuvo inconsciente unos minutos y poco después alguien la zarandeó y le golpeó las mejillas para que reaccionara. Fue abriendo los ojos, viendo primero una neblina que se iba aclarando hasta percibir unos ojos azules que lo miraban de manera dura. Poco a poco fue fijándose en aquel rostro de ojos grandes, nariz recta y rictus serio. Su cara le sonaba de algo pero no sabía de qué. Se frotó los ojos y se percató de que aquel hombre que lo había ayudado, estaba completamente desnudo. Su cuerpo era atlético, fibroso, con las venas marcándose en sus brazos. Erica pensó que estaba soñando o sufría una alucinación, por lo que no se cortó a la hora de tocarle el miembro fláccido.

Eh, no me toques, que no soy de piedra- se quedó airado el chico, palmeándole la mano.

Pero, ¿por qué vas desnudo?- le preguntó Erica todavía sentada.

Hace 500 años que estoy así. No necesito taparme.

De pronto Erica tragó saliva y miró alrededor. Estaba en la galería, pero no había turistas, solo aquel chico desnudo y atractivo.

¿Cómo te llamas?- le preguntó Erica temblándole la voz y con ganas de llorar porque creía estar loca.

David.

Erica miró a su derecha y solo había la peana de mármol, ni rastro de la estatua. No podía ser verdad, estaba soñado o alucinando. Pero lo sentía todo. David le extendió la mano y notó la calidez de sus dedos, el pulso de su muñeca y hasta el aliento de su boca. Era igual que la estatua pero en carne y hueso. Su mata de pelo con bucles eran castaños y su piel era tan blanca como el mármol.

Hoy celebro mi cumpleaños y van a venir amigos míos… Ven.

La voz de David era fuerte y clara, sin titubeos, sin palabras inconexas. David la llevaba cogida de la mano como una colegial y Erica se sentía flotar. Era como conocer a tu actor favorito o cantante, pero una estatua era algo irracional, de chiflados.

Llegaron a otra sala más iluminada. Erica oyó murmullos y sonidos de cristal. Allí había varias personas, todos chicos y desnudos como David. Erica se sintió observada precisamente por ir vestida y ser una chica.

David le fue presentando a los demás invitados. Erica los conocía porque también eran o habían sido estatuas de Miguel Angel.

El primero se llamaba Baco y tenía unos ojos chispeantes y una sonrisa burlona.  Sus cabellos eran rizados, arracimados y una nariz pequeña. Le ofreció una copa de vino y fruta de todas clases.

Si de aquí un rato lo ves insoportable, no le hagas caso. Es el primero que se emborracha- le advirtió David con su rostro serio y responsable.

Luego le presentó al Cristo con la cruz, que no soltaba ni para saludar a Erica. Lucía una barba bien cuidada y los michelines ya hacían mella en su barriga. Era bastante reservado e individualista.

Luego les presentó a los hermanos Médicis, Lorenzo y Julián. Parecían gemelos pero eran muy diferentes. Lorenzo se mostraba serio, responsable y comedido, mientras Julián tenía pinta de alocado, vividor, agresivo.

El último invitado le llamaban La Victoria pero era un chico, aunque se presentaba a sí mismo usando adjetivos en femenino. Estaba bien dotado pero no presumía de ello. David quería empezar la fiesta pero Lorenzo de Médicis advirtió que faltaban dos invitados.

¿Quiénes faltan?- preguntó Erica tan integrado que ya sonreía.

Los de siempre. Los francesitos- dijo David soplando.

David, no seas tan duro que ellos vienen de Francia- justificó La Victoria.

Mira, hablando del rey de Roma…- avisó Julián.

Erica vio entrar a dos chicos. Uno era guapísimo, incluso más que David, porque no tenía ese aire tan duro, sino era pura sensualidad.

Te presento al esclavo moribundo y al esclavo rebelde.

Erica se fijó en el primero. Era una monada, rubito, con una melena ondulada y unos ojos azules llenos de brillo y vida. Era muy coqueto y su rostro era muy bello, junto a un cuerpo apolíneo, de rasgos redondos y curvos, aunque mostrando una marcada masculinidad cuando sedujo a David que se notaba a leguas que le gustaba.

Los aires de Francia os sientan mal. Queréis comportaros como los galos, pero vosotros sois italianos como nosotros- dijo Lorenzo que después de David era el más durillo.

Ya, cuando te interesa bien te gusta que seamos franceses. Somos los que mejor besamos y ya sabes... Por eso el beso francés es tan popular ¿eh?- respondió con una sonrisa traviesa el esclavo moribundo que estaba más vivo que nunca.

En cambio el esclavo rebelde era un soso y un quejica. Baco empezaba a ponerse alegre y se le cortó la risa en seco cuando vio la sombra de alguien. Era la presencia de Moisés, que con barba larga y espesa y su rostro ceñudo imponía respeto.

¿Va todo bien, chicos?- preguntó el patriarca con maneras de rector.

Todos afirmaron y se comportaron como niños obedientes.

Os dejo solos. David, tú que eres el más coherente, procura que estos insensatos no se desmadren.

Descuide señor. Todo está controlado- dijo David regio como un militar.

Erica casi contenía la respiración. Aquel hombre anciano le recordaba a su abuelo, que de pequeña le había recriminado que fuera tan sensible y no tuviera personalidad. Moisés desapareció y entonces empezó la juerga. Baco escanció copas de vino y sirvió racimos de uva. David le dijo a Erica que se desnudara para ser igual que ellos. Erica se sentía acomplejada de su cuerpo con michelines, pero se dio cuenta que los invitados no le dieron importancia, al contrario, la mimaron y agasajaron y le hicieron ver que en la época del Renacimiento las mujeres con curvas eran las más atractivas.

El alcohol empezó a pasar factura y el coqueteo que mantenían David y el esclavo moribundo se solidificó. Los besos que se daban excitaron a Erica. Las dos estatuas más bellas, enrolladas.

Los otros tampoco perdieron el tiempo. Baco y Lorenzo juntaron sus lenguas y sus labios. Julián y el esclavo rebelde compaginaron charlas aburridas con besos ardientes. Erica creyó que la Victoria se juntaría con el Cristo de la cruz, pero fue directamente a ella.

¿Y el Cristo?- preguntó Erica entre besos del joven afeminado.

Los Cristos son santos y solo entienden el amor a Dios.

El Cristo rezaba y oraba y parecía sordo a los gemidos de las parejas. Luego los 4 duetos se juntaron y empezó una bacanal, con cuerpos cubiertos de vino y de salivas. Erica pudo besar todas las bocas. La del esclavo moribundo sabía a fresa y besaba de maravilla, con movimientos lentos que le electrificaban el cuerpo de la cabeza a los pies. Luego  jugueteó con David, que cuando la abrazaba se sentía protegida con aquellos brazos musculosos. Con los demás también se besó y toqueteó, pero tenía bien claro quienes eran sus preferidos.

Luego se hicieron dos grupos, los activos y pasivos. David era un semental que montó a varios, entre ellos a Erica. La muchacha perdió la noción del tiempo y solo supo por su cansancio, que habían pasado horas.

Después de aquella bacanal, todos quedaron dormidos, abrazados entre sí. Solo el Cristo de la cruz seguía rezando.

El tañido de unas campanas despertó a Erica. Debería marcharse antes de que abrieran las puertas. Mientras se vestía, entre aquella masa de carnes blancas y rosadas, se levantaron los dos esclavos.

¿Ya os marcháis?- preguntó Erica atándose las bambas.

Sí, tenemos que volver a París, nuestra casa. Somos italianos de nacimiento, pero hace tantos años que vivimos en el Louvre que ya nos sentimos franceses- dijo el esclavo moribundo mesándose su melena dorada que a causa de dormir en el suelo había quedado aplastada.

Algún día os iré a ver- comentó Erica lleno de júbilo.

Eso esperamos. Un beso, cariño- le dijo el guapetón besándole en los labios con una dulzura exquisita-

Los dos esclavos desaparecieron a través de las salas y aún le oyó gritar al moribundo:

Te dejamos la puerta abierta.

Erica dejó al resto dormido y salió por la puerta abierta, algo inconcebible para un museo que albergaba tantas piezas de valor.

El sol empezaba a verse por el horizonte y paró a un taxi que lo llevó hasta la pensión. Allí durmió a pierna suelta. Cuando se despertó recordó todo lo ocurrido en la galería. Seguramente lo habría soñado pero parecía tan real…

Estaba algo conmocionada y se duchó para despejarse. Comió con hambre para recuperar fuerzas y se fue a visitar el Ponte Vecchio y el Duomo, con su espectacular cúpula, Santa María del Fiore. Se pasó varios días recorriendo la capital de Toscana y antes de trasladarse a Roma, volvió a visitar a David. Allí estaba rodeado de turistas, posando como un modelo presuntuoso. Lo miró y sonrió y de golpe tuvo la sensación que le guiñaba el ojo. Miró a su alrededor y los turistas no se dieron cuenta del detalle. Los flashes le cegaron la vista y Erica se frotó los ojos por si había sido un espejismo. Fue a dar una vuelta para despejarse y cuando el guardia dio la orden para despejar la sala, miró de nuevo a David y esta vez le mandó un beso con la boca. Erica se fue sonriendo y pensó que igual que había gente que se comunicaba con los muertos, ella tenía la virtud de que todos sus sueños y fantasías se cumplían. Camino del tren pensó que aquello sería un secreto que se llevaría a la tumba para que no lo encerraran como loca, y su  fama de rarita se acrecentara.

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Comentarios
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  • Me parece que hay mucho ripio. Saludos.
    Sin duda estaríana tope los museos con ese valor añadido. Ya me estaba dando envídia Erica, disfrutadora de bacanales. Me sacó la sonrisa erótica.
    Escribe tus comentarios...
  • Qué ingenua fui al pensar que todas las imágenes que veía son reales y no manipuladas

    Alguna vez nos pueden regalar algo y no precisamente con buenas intenciones.

    Muchas veces consideramos afortunados a la gente con un prestigioso trabajo y buen sueldo, pero no todo es tan bonito como parece.

    Es el día del amor por excelencia, pero mucha gente no puede tener al lado a la persona que más ama en el mundo.

    Creemos que podemos enamorarnos más de una vez pero no es así...

    Todos hemos estado en el paraíso pero no recordamos el trauma que significó salir de allí.

    Todos tenemos un número favorito pero a veces no somos conscientes de como ese número nos persigue y está presente en momentos importantes de nuestras vidas.

    Hay gente que recurre a la magia para conseguir algo pero como en todo, hay luz pero también oscuridad.

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