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11 min
No tengas miedo
Drama |
08.01.15
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Sinopsis

Ser y no ser, dejar de ser sin saberlo.

Cuando desperté sentí el frío viento invernal como si fuesen cuchillas que cortaban la piel de mi rostro. Mis ojos lagrimeaban y sentía las manos entumecidas. Notaba dolor, pero no podía localizar dónde. Solo veia nieve a mi alrededor.

No recordaba ni cómo ni por qué estaba allí tendido sobre un lecho de espesa nieve en medio de aquella tormenta tan terrible. No podía recordar en qué momento había perdido el conocimiento ni cómo había llegado hasta allí. Árboles a mi alrededor, todos pelados de hojas y cubiertos de hielo; el fiero viento ahullando como un lobo en mis oídos; luz tenue. Ni en mis más extrañas pesadillas me había sentido así. Aunque tampoco lo recordaba, y eso me preocupó.

¿Quién era? ¿Qué era? Preguntas tan obvias ausentes de respuestas. No podía recordar ni mi nombre ni mis apellidos; ni fecha de nacimiento, ni edad, ni siquiera mi aspecto. ¿Qué demonios me estaba pasando? Me puse nervioso.

Sin pensarlo un instante me levanté, aunque no notaba mis piernas ni pies, ni el suelo mullido de nieve impoluta bajo ellos. Me costó bastante, pues seguía sintiendo dolor, aunque mi cerebro no podía localizar en qué parte de mi cuerpo. Traté de mirar alrededor pero el paisaje parecía similar en todas las direcciones, y mirar en la dirección del viento era imposible sin sentir como si miles de diminutas agujas se clavaban en mis ojos. Sentía impotencia y unas imparables ganas de gritar y llorar, pero tampoco podía. Parecía un espectador mirando desde mis propios ojos pero sin poder gobernar el cuerpo que se extendía bajo mis hombros. De pronto escuché una voz.

Al principio sentí miedo, pues la voz hablaba a la vez dentro y fuera de mi mente. Era una voz terrible y a la vez dulce, profunda, suave y áspera, masculina y femenina. A su vez amable e hiriente, grave y aguda. Una voz venida de un momento y un lugar congelados en el tiempo, algo parecido a como me encontraba en aquel inhóspito lugar helado.

-No tengas miedo.-dijo la voz, y aunque sentí un terror como el que jamás había sentido, respondí con arrogancia.

-No tengo miedo.

Silencio, solo quebrado por el incesante ahullido del viento azotando las ramas desnudas de los árboles. Temía más aún, pero no sabía a qué. Cada segundo era una tortura, sumada a la confusión por la amnesia y el encontrarme de pronto en aquel páramo helado azotado por una terrible ventisca.

A lo lejos, a mi derecha, escuché una voz lejana traída por el viento. Era una voz femenina extrañamente familiar que gritaba impotente y el viento me hacía llegar su eco triste y lastimero. Sentí más miedo aún si cabía y eché a correr en dirección al viento torpemente sobre la inmensa capa de nieve que se extendía ante mí. Corría pero no avanzaba, pisaba pero no sentía mis pies caminar. Una terrible sensación de asfixia producida por el agobio me invadía.

-No tengas miedo.-volví a escuchar y aquello me empujó con más fuerza a continuar. Corrí entre la nieve siguiendo la voz angustiada de aquella mujer y traté a su vez de recordar qué me resultaba tan familiar en aquel tono, pero era en vano. Ni siquiera me importaba ya quién era yo, ni por qué estaba allí. Quería encontrarla y descubrir qué la hacía lamentarse y gritar de forma tan angustiosa.

Llegué a una carretera casi completamente cubierta por la nieve y el hielo. No entendía nada. Aquel lugar me resultaba familiar. Había pasado por allí antes. Los gritos llegaban desde más adelante, por lo que seguí su sendero a pesar de que en mi mente comenzaron a dibujarse extrañas sensaciones y sentimientos contradictorios.

Quería llegar donde la mujer, pero no sabía realmente si deseaba ver lo que estaba pasando. Algo dentro de mí me empujaba adelante pero también me prevenía de continuar. Aquel llanto reflejaba un gran dolor, y no sabía por qué me contagiaba hasta el alma. Nervios y angustia. Una presión incómoda que me impedía pensar con rapidez. Por eso dejé de correr y me limité a mirar a alrededor.

Había huellas recientes en la nieve hechas por un vehículo, y lo sabía porque aún se dibujaban sus ruedas sobre el asfalto y la nieve que caía y me azotaba aún no las había cubierto. Un coche. Sí. Pude recordar qué era un coche, y de pronto recordé que tenía uno que me encantaba. Siempre había sido un gran fanático del automovilismo. Nada más de momento. Ni nombre ni procedencia. Aún notaba la mente entumecida como el resto de mi cuerpo.

Una vez más oí el llanto de la mujer y volví a correr. Tenía que hacerlo. Había que ayudarla de alguna forma. Necesitaba saber qué le estaba pasando, pues parecían estar haciéndole daño. 

-No tengas miedo.-aquella profunda voz volvió a hablar.

-No tengo miedo.-volví a contestar. Ésta vez me lo creí. Tenía que llegar hasta ella.

Seguí avanzando siguiendo las huellas del vehículo. La ventisca arreciaba y trataba de impedirme avanzar, mientras fluía el viento en mi contra empujando las ramas desnudas de los árboles a su paso. Más gritos y más llantos y cada vez más y más cerca. 

De pronto las huellas se desviaban de la calzada hacia la derecha, saliéndose de la carretera y adentrándose poco a poco por una pendiente suave que descendía de la misma. La voz fememnina seguía gritando, ésta vez pidiendo ayuda, por lo que aligeré el paso. Debía llegar. Algo terrible estaba sucediendo y tenía que ayudar.

A lo lejos identifiqué un coche negro cubierto de nieve que correspondía a las huellas que continuaban desviándose de la carretera. El viento me obligaba a entrecerrar los ojos, pero podía incluso ver al otro lado del mismo el grueso tronco de un árbol. La parte delantera del coche estaba completamente destrazada y la dura corteza del árbol la atravesaba casi hasta llegar donde los ocupantes. La voz venía de allí.

-No tengas miedo.-volví a escuchar, pero esta vez ni me inmuté al escucharlo ni me molesté en contestar. Necesitaba encontrar a esa mujer y ayudarla. Tenía que hacer algo. Corrí y corrí por la espesa capa de nieve, tropezándome y cayendo, pero levantándome para continuar. Tenía que llegar. Tenía que ayudar.

La voz provenía del interior del coche. Una mujer gritaba desde el asiento del copiloto. Era joven, de piel sedosa y pálida moteada con diminutas pecas que le daban un aspecto aún más juvenil. El cabello castaño y rizado y los ojos del color de la miel silvestre. Pero su rostro parecía desfigurado por la pena y el dolor, y aunque estaba herida en el hombro y tenía muchos rasguños en la cara, ni siquiera era consciente de ello.

Cuando la ví sentí una tristeza enorme y traté de ayudarla. Golpeé el cristal del la puerta del copiloto, llamándola sin cesar, tratando de sobreponer mi voz a sus gritos, pero no me hacía caso. Parecía como si no puediera oírme, enajenada por la tristeza. Traté de abrir la puerta en vano. Estaba atascada por el golpe. Se me cortaba la respiración, pero no podía hacer nada. Ella seguía gritando mirando hacia su izquierda. Había alguien allí que no parecía responder a los gritos de la mujer, mas el airbag y su extraña postura hacían imposible que pudiera verle bien desde mi posición, por lo que opté por tratar de ayudarle a él primero para así llamar la atención de la mujer y poder calmarla.

Rodeé el vehículo lo más rapidamente que pude, luchando contra el viento y la espesa capa de nieve inmaculada que se extendía por toda la zona. 

-No tengas miedo.

Llegué al otro lado del vehículo y pude ver el rostro de aquel hombre mirándome directamente a los ojos. Estaba pálido y muy quieto, tan sólo zarandeado por las manos de aquella mujer desquiciada por la tristeza. Era joven, de tez algo más morena que ella, ojos oscuros y cabello castaño y ondulado. Sus ojos ni siquiera desprendían brillo, sino que parecían opacos, como los de una muñeca hecha de porcelana, sin vida. Apenas tenía unos rasguños en la cara, aunque sí tenía una herida grave en la sien izquierda. Estaba muerto aunque la mujer tratara con todas sus fuerzas de reanimarle. Sabía que nada podía hacer por él, pero algo dentro de mí me obligaba a ayudarle. A ayudarme.

Al fin reconocí sus facciones y las de la mujer. Las conocía, y su nombre, y el mío. Recordaba, al fin recordaba. Una ráfaga de viento, placas de hielo en la carretera, un volantazo violento y la pérdida de control del coche. Era él. Era yo. Yo era él y él era yo. Sentí pánico, una sensación de terror como la que jamás había sentido. Me miraba a mis propios ojos vacíos y muertos y sentía cómo todo se desmoronaba, cómo el viento parecía arrastrarme consigo. Ahora entendía el entumecimiento, el dolor punzante que me recorría la sien izquierda. De súbito descubrí por qué ella no podía escucharme ni podía ayudarla por más que quisiera. Ella. Mi mundo. Mi ángel de salvación. La persona que había llegado a mi vida para desbaratarla y ponerla patas arriba. Ella. Mi luz y mi oscuridad, mi noche y mi día, mi sol y mi luna. El bastón en el que apoyarme, el engranaje que hacía girar las manecillas de mi reloj. Ella. Mi alegría y mi tristeza. Mi vida entera. Y ahora la veía allí, con el rostro desencajado por la pena, tratando de volverme a la vida, sin que yo pudiera reaccionar. Todo se había acabado. Ella. La única mujer a la que había amado de verdad. 

-No tengas miedo.-dijo la extraña voz de ultratumba una vez más, y esa vez noté que algo tocaba mi hombro. Ni siquiera me giré para ver qué era. Me tocaba con dulzura, casi con cariño, como la mano cálida de una madre que aferra el hombro de su hijo queridísimo. Casi empecé a notar calor en mi cuerpo cuandoaquellos finos dedos me asieron con firmeza. Estaba aterrado, pero su voz me tranquilizaba ahora como un bálsamo curativo. Ya no me parecía una voz terrorífica, sino todo lo contrario. Notaba cariño y dulzura en sus palabras pronunciadas con gentileza.-¿Estás preparado?

-¿Alguien, alguna vez, ha respondido sí a esa pregunta?-dije.

Me respondió una risilla. Leve, divertida, juguetona. Para ella no era más que un trámite.

-Alguna vez.

Asentí. Ya todo había acabado. Al menos para mí. Pero ella... Ella me apenaba, me entristecía. Sentía una agonía y una angustia como jamás había sentido. Pero no un sentimiento egoísta de querer permanecer a su lado para poseerla por más tiempo, sino de verdadera lástima por no poder volver a mirar aquellos ojos, aquellos labios risueños, sus mejillas sonrosadas por el calor, sus cabellos rizados.

-¿Volveré a verla?

-Pronto.

Y sin más, agaché la cabeza y me giré. Ni siquiera quise mirar a los ojos a la Muerte que venía a recogerme. No me importaba qué o cómo era. Mi último pensamiento en ese maldito mundo eran aquellos ojos color miel llenos de lágrimas por la persona a la que más amaba en el mundo. Mientras desaparecía el dolor y toda consciencia de cuerpo, yo me alejaba hacia el otro lado anelando con toda mi alma el día del reencuentro.

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