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19 min
No tientes tu suerte
Terror |
21.03.15
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Sinopsis

Remo era un hipocondríaco. Su obsesión por cuidar de su salud no sirvió de nada. Algo que no podía prever, ni siquiera imaginar, lo golpearía muy duro, donde más le dolía.

No tientes tu suerte

Remo era hipocondríaco. Él iba todos los meses a su médico de cabecera, a quien veía más que a sus familiares, para ser revisado, estudiado y por supuesto diagnosticado de… nada. Absolutamente nada. Oscar, el médico, ya había tirado la toalla. Remo asistía a un psiquiatra, pero Oscar sospechaba que el loquero solo lo usaba como su gallina de los huevos de oro. No lo culpaba, últimamente el mercado de psiquiatras estaba saturado de profesionales, por lo que el número de clientes para cada uno era ínfimo. Y a esos clientes, en opinión de Oscar, había que hacerlos durar.

Remo había elegido una profesión que no le presentara muchos sobresaltos. Bibliotecario. En un ambiente de silencio, él ordenaba los libros en amplios estantes de madera que llegaban al techo, atendía a los pocos usuarios que había en la pequeña ciudad, ponía los sellos a los nuevos ejemplares que llegaban todos los meses, apartaba los libros deteriorados para que el restaurador pasara a llevárselos y los recibía de nuevo para devolverlos a sus lugares. Todos los días eran prácticamente iguales. Para él eso estaba bien. Al final de cada mes, él pedía cita con Oscar quien lo despachaba después de unas semanas de análisis de sangre y de todas las enfermedades que a Remo se le antojaran, incluidas muchas que ya se habían erradicado hace años. Él decía que en esta vida uno nunca puede estar seguro de nada y cuando se confía demasiado está más propenso a que le avenga algún desastre. Sí, Remo era un hipocondríaco recalcitrante.

Remo también tenía una paradójica pasión. A pesar de su coraza de supuesta seguridad y obsesión por la salud, a él le fascinaba leer cuentos. Y cuentos fantásticos. De esos que le juegan una mala pasada a la mente. Que dejan a uno con más preguntas que respuestas. Historias extrañas que terminan burlándose de la razón. Él se permitía dejar que su mente ingresara en un laberinto de horror intelectual, de eventos inexplicables.

Una tarde, luego de la salida del trabajo, Remo hizo algo que siempre hacía. Llegó a su casa, cerró la puerta con llave, se cambió sus zapatos por unas sandalias y se preparó un café. Vale decir que compraba el mejor café, el más costoso. Lo había llevado a un laboratorio para estar seguro de que estaba libre de cualquier impureza. Las demás marcas le parecían de dudosa procedencia. Luego de terminar su bebida y lavar los utensilios usados, Remo tomó un libro que se había traído de la biblioteca y lo abrió por su índice. Era un ejemplar de antología de cuentos fantásticos de autores de diversas nacionalidades y épocas. Allí estaban Poe, Maupassant, Borges, Lovecraft, Matheson, Barker, Dick y otros grandes consagrados en el arte del relato extraño, junto con otros que Remo no conocía. Para variar un poco el proceso de lectura que siempre tenía, tratárase o no de una antología, él escogió un autor al azar en vez de ir del primero al último en el orden en que aparecían en el libro.  Escogió un tal Fernando Alenares, un autor ecuatoriano que según la escueta biografía había publicado un par de relatos cortos en revistas conocidas de su tierra natal. Además, en la fecha en que se había impreso el libro (dos mil diez), el autor seguía vivo. El cuento se intitulaba No tientes tu suerte. Un título que llamó la atención de Remo de inmediato. El mismo empezaba así:

“Ese día, había salido a correr porque sabía que el sobrepeso traería complicaciones cardíacas más adelante. Lo que menos quería era morirse de un ataque al corazón. Había dejado de comer dulces por que la diabetes era una asesina silenciosa y tampoco le agradaba la posibilidad de perder sus pies o, incluso peor, quedarse ciego. ¿Quién se iba a hacer cargo de él? Ni padre ni madre tenía ya. Y aunque los tuviese, ellos hubiesen tenido sus propios problemas con los achaques propios de su edad. Así que empezó trotando una mañana, dos kilómetros. Tres días después le sumó unos cientos de metros más. Y así hasta quemar esos kilos que se mostraban en el número que aparecía en la balanza. Uno de esos días, contento porque había llegado al peso recomendado por su médico, decidió que esa sería la última carrera y después sería cuidadoso con su alimentación. Estaba más contento por tener que dejar de hacer algo que lo fastidiaba, que por haber alcanzado su peso deseado. Pero algo le ocurrió ese día que lo sumió en un ataque de pánico. Mientras corría, al doblar en una esquina, tropezó en un agujero que habían excavado en la acera para arreglar la cañería del agua y cayó al suelo, con la mala suerte de que un clavo oxidado se le enterrara en la palma de la mano. Ni siquiera sintió el dolor. Se había quedado petrificado. Allí estaba el clavo, dentro de su mano, perforando piel y carne. Un grueso hilo de sangre se deslizaba por su muñeca y empapaba la manga de su sudadera. Un objeto sucio, extraño y oxidado estaba enviando a su torrente sanguíneo quien sabía qué infecciones. Tales pensamientos se sucedían uno tras otro en un tiempo que para él se había detenido. No supo cómo es que volvió a su casa. Lo único que recordaba, al llegar, era la imagen del clavo que se había sacado con suma rapidez luego de pasársele la parálisis de miedo. Podía sentir el tétano envenenando su cuerpo, contrayendo sus músculos, acelerando los latidos de su corazón. Voló a la sala de urgencia en su automóvil y cuando el médico le inyectó la antitetánica, él casi se lanzó a sus pies suplicándole inmediatos análisis. El médico de guardia le prescribió los análisis. La siguiente parada fue el laboratorio de análisis químicos. Allí sacó turno, y al otro día, a primera hora (fue el primero en llegar), en ayunas se extrajo sangre y pidió el franco a su trabajo para el otro día ya que la ansiedad por los resultados le consumían todo su tiempo. Por supuesto, los análisis dieron negativo en todo. Y él volvió a respirar.”

Aquí Remo hizo una pausa en su lectura. La podría haber hecho antes, pero pudo resistir unas líneas más. La situación inicial del personaje le resultaba familiar pero el recuerdo no tomaba forma así que siguió. Obviamente se identificó con el personaje, pero cuando llegó al punto del accidente, comprendió que era más que una simple identificación, era una reviviscencia de una parte de su pasado a partir de la lectura de ese cuento. El clavo hundido en su mano acabó por hacerle entender que lo que estaba leyendo era una anécdota de su propia vida. Algo que había ocurrido hace más de doce años aproximadamente. En aquel día, él había salido a correr, por los mismos motivos de salud, según recordaba (los recuerdos ahora emergían en torrentes), y había tenido aquel accidente, que le había parecido el fin del mundo. Pero claro, era absurdo. ¿Cómo un segmento de su vida iba estar impreso en un libro de cuentos? Él, una persona de carne tenía su doble en el mundo de la ficción. Se preguntaba de dónde había sacado esa información el autor. Que el recordara, nunca había hablado con nadie de ese día, excepto con el médico de urgencia y luego con su médico de cabecera. ¿Podría ser que alguno de los dos haya sido amigo del escritor y por una de esas casualidades de la vida le hubiesen contado la historia, seguros de que el escritor podía convertirla en un relato interesante, de tipo humorístico? Era una posibilidad, tan buena como cualquier otra. Quizás más acertadas que muchas. Una de las especialidades de Remo era prever todas las posibilidades que le pudiera deparar la vida a uno. En gran medida, de esas posibilidades dependía su vida. Siempre tenía presente eso. Buscó algún dato más del autor en las últimas páginas del libro, pero solo existía la información que había leído al inicio. Debería buscar en otra parte. No hay nada que Internet no pudiese encontrar. Si alguna vez, algo había visto la luz en la sociedad, a la Web no se le había escapado. Pero después tendría tiempo para eso, en ese momento quería terminar el relato. No le faltaba mucho. Algo más que media página. Era un relato muy breve.

“Esa noche se dormiría temprano. El día lo había desgastado. El pavor que le provocó la sola idea de morir de tétano le había absorbido hasta la última gota de energía. Tomó algunos analgésicos luego de lanzar dos estornudos y se abrigó para afrontar una noche fría de sueño. A pesar de tener prendida la estufa, él siempre sentía frío. Formaba parte del conjunto de sus manías. Se tendió en la cama y se llevó la frazada al cuello. Apagó la luz de su lámpara de noche y el sueño no se demoró. La paz inmensa que lo había invadido luego de conocer los resultados de los estudios de sangre fue más efectiva que cualquier pastilla contra el insomnio que hubiese tomado. Cayó en un sueño profundo. Tan profundo fue, que no se enteró de que un insecto, que nunca vería porque moriría esa misma noche, cazado por un depredador al salir al exterior de la casa, lo picó en la pantorrilla. Cuando se despertó, a la mañana, él reanudó su rutina diaria sin enterarse que se había convertido en el portador de un caudaloso número de bacterias. Faltaban veintidós días para su próximo examen médico. Veintidós días para una nueva verdad.”

Y ese fue el final. Remo miró a su alrededor y todo le parecía irreal. Un insecto lo picó, sin enterarse. Un insecto del que nunca tuvo noticias. Que no dejó huella alguna. Qué extraño cuento, realmente. La historia se trató de un recorrido por la galería de los recuerdos solo hasta el momento en que el personaje se fue a dormir. Lo del insecto era una prueba de que la mayor parte se trataba de una mera coincidencia, bueno no, extraordinaria coincidencia. A Remo el recuerdo de ese día le había aflorado con tanta nitidez como si lo hubiera vivido ayer. Cosas de ese tipo no eran frecuentes en la vida, pero si posibles. Esa idea lo calmó. Solo por unos segundos. ¿Y si esa parte también era idéntica a lo que realmente había ocurrido? ¿Cómo lo podría saber el autor? Era imposible. Ni siquiera él lo sospechaba. De haberle ocurrido, jamás se le hubiera borrado de la cabeza. Era absurdo, vamos. Se trataba de ficción. La realidad es una cosa y la imaginación otra. Pero aquello era más que imaginación. Se trataba de una narración exacta de lo que le había ocurrido ese día a él y a nadie más. El personaje no tenía nombre, pero las situaciones vividas eran una réplica de las de su propia experiencia. ¿Qué era ese bicho? ¿Por qué el cuento había terminado así, sin más? ¿No se le pudo pasar por la cabeza al autor ser un poco más preciso? Pero era un cuento fantástico y como tal, la historia se había ajustado a las reglas de la incertidumbre. Remo comenzó a preocuparse. Si todo lo demás le había ocurrido, ¿por qué la picazón no? Pero que idiota, si se había hecho cientos de análisis desde aquel día. Análisis completos de todo lo que pudiese imaginar. Y el resultado siempre había sido impecable. De todos modos, ninguna razón servía para ahuyentar los malos pensamientos. Su corazón comenzó a agitarse. Recordó que para su próximo análisis faltaba una semana. Cuando viera de nuevo los resultados podría dormir en paz otra vez, como el personaje del cuento. ¿Para qué había elegido ese libro y empezado por ese cuento? Pero no, la vida siempre estaba preparándote otra cagada en el camino justo cuando terminaste de limpiar la anterior de las suelas de tus zapatos. Remo arrojó el libro sobre el sillón en el que estaba sentado y corrió zumbando a su computadora. Utilizó el buscador para encontrar al autor. Tecleó Fernando Alenares y le salieron más de cien resultados. Lo primero que eligió fue una foto del cuentista. Sería una certeza de que ese hombre existía en el mundo de los mortales, proporcionándole de este modo, más lógica a un asunto que se le estaba yendo de las manos. La imagen de un sujeto que rondaría los cincuenta, con tupida barba entrecana y un cigarrillo colgando de la comisura izquierda de su boca miraba de perfil, evadiendo el centro de la cámara. Un tipo como muchos otros. Nada raro en eso. Remo leyó su biografía, más ampliada que la otorgada por el libro de antología.  “Periodista de radio. Columnista de periódicos y revistas. Escribió algunos cuentos y poemas. Ganó un par de premios locales. Casado, sin hijos.” Todo normal en el horizonte. Lo que no pudo encontrar fue alguna referencia al cuento que le interesaba. Siguió navegando por el mar de información de Internet. Encontró la antología de cuentos fantástico que él estaba leyendo en un sitio de compra y ventas de material de lectura. Ahí aparecía el título del cuento No tientes tu suerte con el nombre de su autor al lado, pero nada más. Probó desde la red social y entre tres Fernando Alenares que devolvió la búsqueda, Remo pudo dar con su autor. Allí estaba, ahora riendo con la cabeza inclinada hacia arriba. La misma barba, y posiblemente los mismos años que había inferido de la foto anterior.

Le mandó una invitación para que lo agregase como amigo. Para esto se tuvo que crear una cuenta en la red social, ya que Remo carecía de lo que según él, eran esas personas que establecían forzosas relaciones, también denominadas, amigos. Pero ¿cuánto tiempo pasaría hasta que Fernando Alenares abriera su cuenta? Remo no podía esperar. Decirle que esperara era como atarle pesadas rocas a los pies, arrojarlo al río y pedirle que aguantara dos días, haciendo esfuerzos para no hundirse. Remo revolvió en los datos personales de Fernando, sin hacerse ilusiones de que el autor exhibiera información de esa índole. Dirección, nada. Localidad, nada. Mail, “solo para amigos”. Antes de que Remo presionara Alt+F4, sus ojos se abrieron desmesuradamente. Teléfono. ¡Sí había! Allí estaba el número. Tomó su celular, sin prever lo que iba a decir cuando Fernando Alenares se escuchara del otro lado de la línea. Era una llamada de larga distancia. A Ecuador. Antes tuvo que buscar la característica de esa localidad, consultando primero el nombre de la ciudad donde supuestamente residía el autor. Para esto consultó los datos de la biografía en la página anteriormente visitada. Al fin marcó. Luego de una larga espera, sin ningún sonido y temiendo que el número aportado en la cuenta de Fernando fuese incorrecto, Remo estuvo a punto de cortar. No obstante, su corazón dio un vuelco cuando el tono de llamada sonó dos veces, tres y a mitad del cuarto, una voz se oyó del otro lado. “¿Hola?”. Remo aspiró una larga bocanada de aire. “Hola. ¿Señor Fernando Alenares?” “Así es, ¿quién habla?” “Oh, Dios. Usted no me conoce, señor, pero lo llamo porque me tengo que sacar una duda. He leído uno de sus cuentos. No tientes tu suerte…y debo decirle que usted ha narrado un día de mi vida.” Una pausa se produjo. Ningún ruido indicó alguna señal de vida. Remo pensó que Fernando había cortado, pero el sonido de una llamada finalizada no se había presentado todavía. “¿Sigue ahí, señor Alenares?” “Sí. Dígame Fernando, por favor. Es que lo que dice no tiene mucho sentido, hombre. ¿Quién es usted y de dónde sacó mi número?” “Me llamo Remo Galliner y soy de Paraná, una ciudad de Argentina. Mire, yo sé que no tiene mucho sentido lo que le digo, yo mismo estoy tratando de encontrárselo. Por eso necesitaba llamarlo y preguntarle cómo es que se le ha ocurrido esa historia. ¿Alguien se la sugirió?” “Mira, Remo. Yo no te conozco y nunca he estado en Argentina. Ni conozco a nadie que viva allí. Si tan interesado está para que gaste dinero en una llamada de larga distancia, puedo decirle que un sueño que tuve me sugirió la historia. Eso es todo.” Remo quedó atónito. ¿Un sueño? ¿Estaría diciendo la verdad o se quería sacar de encima a un lunático? Debía haber algo más. Enseguida se interpuso ante sus ideas, la imagen del insecto y la picazón. Entendió que era lo que más le preocupaba. La verdadera razón de su llamado. El origen de su pánico. “¿Quiere saber algo más, Remo?” Sí, quería. “Dígame, Fernando. Sé que no está en el cuento pero es algo que tengo que saberlo porque no podré dormir tranquilo. El insecto del que habla y las bacterias que contrajo el personaje luego de la picazón. ¿En qué clase de bacterias  estaba pensando?” “Oiga, Remo. Si no está en la historia, ¿qué importa que le diga qué clase de bacterias son? El cuento es lo que leyó. Fuera de eso, la realidad está de más.” Sí, la realidad estaba de más fuera del mundo de la ficción, pero este caso era diferente, exclusivo. En este caso, esa regla no se aplicaba. Remo insistió. “Ya lo sé, Fernando. Pero usted no entiende. Tengo que saberlo. ¿En qué tipo de enfermedad había pensado, aunque no la haya incluido en la historia?” Una pausa, un suspiro de fastidio del otro lado y luego Fernando prosiguió. “Si tanto necesita saberlo, en el sueño el insecto se trataba de una vinchuca. El insecto había contagiado al personaje del mal de Chagas. ¿Conforme?” Remo permaneció con la boca entreabierta de asombro. El alivio llegó después. En los exámenes médicos que se había hecho siempre incluía, a pesar de que a su médico Oscar le parecía insensato, la prueba de la enfermedad de Chagas. Nunca le habían detectado ese mal. La realidad y la razón médica lo respaldaban, anulando toda la fantasía de terror con la que lo había invadido la lectura de un cuento. “Sí, gracias Fernando” “Oiga amigo, relájese. No piense demasiado. En eso radican las peores enfermedades.” “Está bien, perdone la molestia. Adiós.” “Adiós, Remo y duerma en paz.” La comunicación se cortó. Remo sentía como el aire reparador le calmaba los nervios. El mismo aire que antes casi no alcanzaba para llenar los pulmones, ahora era como un sedante que lo invitaba a dormir. A la noche Remo pudo descansar.

Ese día Remo había pedido franco. Le correspondía tres veces por mes. Pero él siempre ocupaba uno. Fue a buscar sus nuevos resultados de sangre para llevárselos a su médico. Un procedimiento natural en su vida. Como todas las veces, estacionó en el mismo sitio, saludó al guardia del laboratorio, para quien Remo era un rostro tan familiar como los doctores y enfermeros del lugar. Caminó hasta el mostrador detrás del cual atendía la secretaria. Ella le dio los buenos días como tantas otras veces también. Y sin que Remo solicitase nada, le pasó los resultados. Remo se despidió y volvió a su auto. Antes de encender el auto, repitió la misma acción que hacía en similares circunstancias. Abrió la libreta del informe del laboratorio y leyó lo que decía. Cada cosa en su lugar. Su organismo funcionaba saludablemente. Excepto…Tuvo que cubrirse la boca para no vomitar. Cuando llegó a los resultados de la prueba de Chagas, Remo se encontró con un valor que nunca antes en su historia clínica se había presentado. Le bastó la palabra POSITIVO para darse cuenta de la triste verdad, de la “nueva verdad”.

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