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19 min
Noche de estreno
Drama |
16.11.14
  • 4
  • 3
  • 1638
Sinopsis

Esta noche se estrena la Traviata

 


Aún faltaban veinte minutos para que pudieran oírse los primeros acordes de la obertura de La Traviata. Ante el espejo un ramo de camelias se reflejaba en el cristal cual si quisiera rendir homenaje a la Violeta que estaba a punto de subir al escenario. Lucía intentaba calmar sus nervios contando las hojas del adorno floral. Sus ojos se posaron en el cristal y miró con complacencia su fino talle de avispa.

—Un poco más —pensó —, y podría rodear mi cintura con las manos.

El espejo le devolvía la imagen de una joven ricamente ataviada con un vestido de brocado en tonos malvas, del que asomaban unos zapatos forrados en seda del mismo color que dejaban adivinar unos pies pequeños y estrechos. Un gran escote de barco adornado con un collar de perlas, que parecían auténticas, mostraba el principio de su garganta. En su mano derecha, sostenía un abanico en seda y marfil del que salía una cadena dorada sujeta a la cintura. Llevaba el cabello peinado en tirabuzones según era costumbre en las damas de mediados del siglo diecinueve.

Aunque todavía le quedaba dar los últimos toques al maquillaje, Lucía no podía por menos dejar de estar contenta con la mujer que le devolvía la mirada desde el otro lado del espejo. Por fin lo había conseguido. Su mayor deseo había sido representar a Violeta, la protagonista de la Traviata. No recordaba cuánto tiempo hacía desde que sus ojos se posaron en el cartel de María Callas que tenía su profesora de canto y en el que la diva representaba a la heroína de Verdi. Durante años, su anhelo no era sino un sueño de casi imposible realización; un sueño que la consolaba de los muchos sinsabores que le trajo el final de su infancia.

Lucía no había tenido nunca ni la gracia ni la belleza de su hermana Pía, como bien se encargaba de recordarle en casa su madre. Desde muy niña, se acostumbró a oír cómo Pía hechizaba a quien pusiese los ojos en ella. Lucía, en cambio, no destacaba por su hermosura.

A los siete años empezó a ganar peso, con gran disgusto de su madre, que le escondía los dulces en los estantes más altos de la alacena. En aquellos años de su infancia sólo se trataba de glotonería; le volvían loca las golosinas que compraban los domingos y, cuando creía que nadie la veía, buscaba la manera de hacerse con ellas. Todavía no hacían mella en ella los comentarios de su madre sobre su aspecto físico. Era una niña que destacaba en los estudios y, para sus cosas, siempre se mostraba pulcra y ordenada. Así conseguía hacerse perdonar su comportamiento goloso. En aquellos primeros años de su joven vida, el mundo todavía era para ella una caja de sorpresas que estaba deseosa de abrir. En el colegio disfrutaba de los juegos con su amiga Sol, con la que había compartido pupitre desde que, a los cuatro años, entraran en el parvulario. Se hacía querer por los profesores debido a su carácter alegre y cariñoso; siempre dispuesta a echar una mano a las niñas que iban más atrasadas en la clase. No fue hasta los nueve años cuando descubrió que los pasteles y el chocolate la consolaban de un mal día.

Suspiró profundamente intentando ahuyentar los recuerdos que la asaltaban, pero, sin darse cuenta, se remontó al momento en que se divorciaron sus padres. No lo vio venir; nunca imaginó que llegaría un día en el que sus padres vivirían separados. Mucho tiempo después, su hermana le contó el miedo que pasaba cuando presenciaba las fuertes discusiones en las que, durante años, su padre y su madre parecían querer competir por quién daba la voz más alta. Mas Lucía no se enteró de nada. Si le hubieran preguntado entonces, habría dicho que su familia era el lugar más seguro, donde ella encontraba refugio cuando se enfrentaba con los pequeños problemas de su mundo infantil; un lugar en el que el amor que todos se profesaban los protegía del exterior. Pero no era así. De pronto, lo descubrió y se sintió indefensa.

—No era más que una niña de nueve años —pensó, mientras se sentaba ante el espejo —, que vivía ajena a los problemas de los adultos. No como Pía, muchos años mayor que yo.

Hizo un esfuerzo para acallar el dolor que sintiera entonces y que parecía darle palmadas en el hombro para atraer su atención.

Sus padres vendieron la casa familiar y alquilaron una cada uno. El padre de Lucía hubo de irse a vivir a las afueras de la ciudad, lejos del barrio donde siempre habían vivido y en el que su madre encontró un pequeño apartamento. Aquel año, Pía había comenzado a estudiar en la universidad. Como la casa de su padre estaba más cerca de la facultad, se insáló con él, mientras que Lucía permaneció con su madre. A su padre lo veía los días en los que no había colegio; días de cine y hamburguesas en el Burger de la Gran Vía.

De pronto pareció como si toda su familia estuviera demasiado ocupada en sus cosas; como si nadie tuviera tiempo para sentarse un rato con ella, con la pequeña Lucía. Su padre emprendió una carrera en busca del tiempo perdido, tras las jóvenes que se cruzaban en su camino; su madre lloraba noche y día su abandono; y Pía disfrutaba de la libertad hallada después de tantos años de colegio. Lucía no encontró otro refugio que el de país de Nunca Jamás, donde los niños siempre son niños y se alimentan de gominolas de colores. A nadie le habló del dolor que le causaba ver a su familia partida por la mitad; se tragó su pena sin masticar, cual si se tratase un trozo de pastel difícil de digerir.

La niña apenas pasaba un minuto con su madre. Cuando llegaba del colegio, se encerraba en su habitación horas y horas estudiando y haciendo las tareas escolares, a las que siempre encontraba defectos que la llevaban a repetirlas una y otra vez. Buscaba las mejores calificaciones, la perfección en sus trabajos escolares, y, cuando no llegaba a las metas que se marcaba o algún profesor criticaba las respuestas que daba en clase, se sentía como si hubiese fracasado. Después, podía pasar una, dos o tres noches desvelada dándole vueltas a las palabras que le habían dicho, a los gestos que había creído ver, angustiada al pensar que hubiese podido fallar a sus profesores y a sus padres.

Pese a ello, era en el colegio donde encontraba la alegría que no hallaba en la casa de su madre ni en la de su padre. Se aferró a su amiga Sol buscando en ella el cariño que creía no tener en casa. Se sentaban en el mismo pupitre, disfrutaban de los mismos juegos en el patio del colegio y se ayudaban en las tareas escolares. Sol y Lucía eran muy distintas. Tal vez por eso se querían tanto. Lucía era tímida, apenas hablaba sino se dirigían antes a ella; Sol era parlanchina y bromista. Lucía se preocupaba por llevar los estudios al día; Sol olvidaba hacer los deberes que llevaba a casa un día sí y otro también. A Lucía le gustaba jugar en casa; a Sol, en la calle... Mas no podían estar la una sin la otra.

Así, recuerda Lucía, llegaron a los trece años, cuando su pequeño mundo acabó de desmoronarse.

Mientras que ella se negaba a dejar partir su infancia, Sol, a los trece años, estaba entrando en la adolescencia. La amiga de Lucía se iba pareciendo más y más a las demás niñas de la clase. Como ellas, ya no quería vestirse con ropas infantiles; prefería las minifaldas, los zapatos de tacón y las blusas que sugerían el nacimiento del escote. Se emocionaba con su cantante favorito o andaba como loca buscando el póster del actor que protagonizaba la última película de amor. Sus ojos buscaban anhelosos la mirada de los jóvenes de las clases superiores y, cuando eran sorprendidos, huía entre risas vergonzosas. Mas Lucía no quería entrar en aquellos cortejos ni le tentaban los juegos en los que su querida amiga emulaba a los adultos. Vio cómo Sol se iba alejando de ella, que se quedó aislada en su infancia; cobijada entre sus libros, sus juguetes y sus ensoñaciones; exigiéndose más y más en los estudios.

Un día en el que la pena por todas las pérdidas vividas parecía querer ahogar su garganta descubrió el alivio que le ofrecía una caja de galletas. Al principio, sólo cogía cinco en los momentos en que le atenazaba la angustia, luego siete, luego diez, luego... Luego dejó de contarlas. Comía a escondidas, cuando su madre no estaba en casa o a la salida del colegio, cuando entraba en alguna pastelería y compraba ensaimadas.

El temor a ser delatada por el sobrepeso, la llevó a vestir ropa ancha de varias tallas más que la que le correspondía. Dejó de mirarse al espejo por temor a encontrarse con la extraña obesa que la miraba tras el cristal. Su madre le reprochaba su gordura y su indumentaria tan poco femenina; cada reproche era, para ella, como pinchazos de miles y miles de alfileres que le iban agujereando el corazón. Comenzó, entonces, la época de las discusiones en las que su madre ponía a Pía de modelo a seguir, los gritos que acababan deshaciéndose en lágrimas, los portazos antes de guarecerse en su habitación. Sin que se diera cuenta nadie, ni tan siquiera ella misma, Lucía entró en un círculo vicioso del que no sabía cómo salir: la frustración la llevaba a comer dulces, éstos aumentaban su peso, lo que la llevaba a discutir con su madre, y las discusiones la hacían caer en el pozo de la frustración y de la angustia.


—Echaba de menos a Pía, a mi padre, a Sol, mi casa, la habitación que tenía cuando era pequeña... La infancia se me escapaba, cual una cometa, y yo quería asirme a su cola. Me aferré a mis juguetes de niña, a mis libros, a las canciones que me evocaban momentos felices. El mundo corría hacia el futuro y yo me iba quedando atrás. Era una niña a la que le daba miedo dejar de serlo.  Entonces, encontré el mentiroso consuelo de los pasteles. Y me empecé a odiar por ello.

Se volvió a sentar ante el espejo para maquillarse. No había querido que nadie lo hiciera por temor a no reconocerse después. Echó una mirada al reloj de pared del camerino; aún tenía tiempo, pero no podía demorarse demasiado. Mientras se aplicaba una base de crema antes de darse el maquillaje, volvieron a asaltarle los recuerdos.

Cuando sus padres se dieron cuenta, llevaba meses en aquel profundo foso del que no sabía salir. Por una vez desde hacía mucho tiempo, estuvieron de acuerdo en el modo de actuar. Empezó, entonces, una larga peregrinación por las consultas de médicos y psicólogos; mas ninguno supo llegar al fondo de su alma. Ninguno supo ver que sólo era una niña frágil que se había enfrentado a la ruptura de su familia, a la pérdida de su mundo, sin ninguna ayuda. Tantos niños pasas indemnes por el divorcio de sus padres, decían. Mas el alma de Lucía era quebradiza. Se había sentido abandonada por sus padres, su hermana, su amiga; cada abandono había dejado una grieta en su alma quebrantada.

A Lucía le tembló levemente el pulso al perfilarse los labios. Tuvo que retirar el carmín con la toallita desmaquilladora y volver a empezar. No sabía por qué en una noche tan importante para ella la tenían que asaltar los fantasmas del pasado.

Fue su hermana la que le mostró el camino de vuelta a la felicidad. En aquella época, Pía cantaba los domingos en el coro de la iglesia. Era éste un coro formado por nueve voces femeninas dirigidas por Doña Paquita, una profesora de canto en una academia de música. Pía pensó que, si animaba a Lucía a participar en el coro, podía ayudarla a salir de su aislamiento. Le costó convencerla. Lucía se avergonzaba de su cuerpo, que no era para ella sino un saco deforme, de su aspecto descuidado; por ello, apenas salía de casa. Su hermana hubo de retarla; apostar con ella que no se atrevería a hacer una prueba de voz con Doña Paquita. Y ante tal desafío, algo se removió en el interior de Lucía, que recogió el guante.

Estuvo haciendo la prueba de voz durante casi tres horas. Nadie en la iglesia recordaba una prueba de tan larga duración. A la memoria de Lucía le venía el inesperado gozo de aquella tarde al interpretar uno tras otro los fragmentos de las canciones que le proponía la profesora de canto. Los nervios que sintiera antes de presentarse ante ella dieron paso al disfrute, tras comprobar el poder de su voz. Ni siquiera le preocupaba lo que pudiera decirle Doña Paquita, tal era la alegría que sentía. La profesora de música templó un poco su entusiasmo. Tenía una buena voz de soprano, le dijo,  mas había que educarla. Su voz era más que perfecta para el coro de voces femeninas de la iglesia, mas si quería llegar más lejos, precisaba años de estudios.

Todavía se emocionaba Lucía cuando recordaba la insistencia de Pía para convencer a sus padres de que la matriculasen en la academia de Doña Paquita. Para ella, era éste un medio de compensarla de todo el sufrimiento que había vivido. Y, ante este argumento, logró vencer las iniciales reticencias de sus padres.

Asistía a las clases de canto dos días a la semana, a la salida del colegio. Eran dos horas de placer que volaban sin sentirlo. Encontró en la academia un ambiente acogedor entre los otros alumnos de canto. Por primera desde hacía mucho tiempo sentía que formaba parte de un grupo; que podía compartir con sus nuevos amigos el gusto por la música. Hablaban de las clases, de las esperanzas en el futuro, de los temores, el miedo al fracaso... Lucía veía en todos ellos un espejo en el que mirarse. Renacieron las ilusiones y emprendió el vuelo que la sacaría del país de Nunca Jamás.

Aún recordaba, como si no hubiese pasado el tiempo, los años de duro trabajo, en los que había de compaginar los estudios de canto con los del colegio para recuperar el tiempo perdido por haber empezado a cantar ya con catorce años: Las clases particulares de canto con Doña Paquita y las que compartía con los demás, de armonía, historia de la música... Horas y horas sin apenas tiempo para otra cosa que no fuera estudiar. Mas no le importaba el esfuerzo; disfrutaba con cada minuto que pasaba en la academia. Desde muy niña, tenía el hábito de la disciplina, aguijoneado por su afán de superarse cada día más.

Y, entonces, descubrió a Violeta. Casi desde que empezara a cantar, se enamoró de la Traviata. Los viernes Doña Paquita les hacía ver un vídeo con las óperas italianas del diecinueve para que se familiarizaran con ellas. Les hacía fijarse en las voces y en la música; mas, también, en el vestuario y en los decorados. Lucía quedábase cautivada por los amores que desfilaban por la pantalla. Lloró con el triste destino de Lucía Lammermoor, que, por llevar su nombre, le causaba gran impresión; suspiraba con el abandono de Madame Butterfly; sabía de memoria las romanzas de Donizetti. Mas era la Traviata la ópera que la hacía soñar. En cuanto vio a Violeta, supo que ese era el papel que quería representar. Cuando le dijeron que se basaba en la Dama de las camelias, no paró hasta hacerse con la novela de Dumas. La leyó una y otra vez, mientras dejaba volar su fantasía imaginándose en el escenario engalanada con rasos, tafetanes, sedas y terciopelos. En sus sueños de adolescente tardía desfilaban imágenes en las que se veía amada por un Alfredo tan romántico como el de Verdi y sus ojos se colmaban de lágrimas al evocar la dulce muerte de Violeta.

El anhelo por alcanzar su sueño la llevó a estudiar sin descanso. Con la ayuda de Doña Paquita que, enamorada de su voz, le dedicaba más horas que a otros alumnos, había recuperado la confianza en sí misma y la alegría por el disfrute de la vida. Y, al finalizar sus años de colegio, sintió el orgullo de ser admitida en la Escuela Superior de Canto. El corazón de Lucía aún brinca cuando revive el primer día de clase en aquel templo de la música. La impresión que le causaron sus largos pasillos, el sonido de los instrumentos, que salían de las clases para mezclarse entre ellos en una hermosa cacofonía. Mas, pronto se dejó envolver por la rutina de las clases. Los cuatro cursos del grado y, luego, el master pasaron en un suspiro y, cuando quiso darse cuenta de ello, había dejado atrás los largos años de estudios.

Pía, que veía cómo su hermana renacía con la música, la animaba a presentarse en concursos. Leía con avidez las revistas a las que estaba suscrita Lucía en busca de certámenes en los que su querida hermana deslumbraría al jurado más exigente. Con la complicidad de Doña Paquita, que seguía dirigiendo el coro de la parroquia, Pía encontró una compañía lírica formada y dirigida por intérpretes de ópera poco conocidos que buscaban cantantes para representar Rigoletto. Animada por su hermana y Doña Paquita, Lucía se presentó a una audición y, con su bella voz de soprano, los cautivó y fue elegida para formar parte del coro de la ópera verdiana. Después, la llamarían para participar en otras obras.

Lucía recordaba con cariño los pequeños papeles que representaba al principio y las veces en que su bella voz no fue sino una más de las del coro. En aquellos tiempos, no dejaba que la venciese la impaciencia a la espera de su gran papel. Recorrió con la compañía ciudades lejanas y pueblos recónditos en los que con decorados poco sofisticados y vestuarios por ellos confeccionados, deleitaban al público. Poco a poco se ganó el respeto de la gente que iba a escucharlos. Dio vida a Leonora, a Electra, a Abigailli, a Norma... Y, esta noche, por fin, Lucía iba a interpretar a Violeta.

Lucía suspiró; aún no podía creérselo. El corazón saltaba en su pecho como si quisiese echarse a volar. Miraba impaciente el reloj de pared que parecía querer detenerse, tal era su lentitud. Se le escapó otra mirada al espejo y no pudo evitar una sonrisa al verse.

Su memoria, caprichosa, la llevó al día en el que, hacía ya muchos meses, se dio cuenta de que habían pasado muchos meses sin que la tristeza la empujase a darse atracones de dulces. Ya no había vuelto a sentirse extraña entre la gente, sino que gozaba con su compañía. Había dejado atrás los años en los que no se comunicaba con su madre sino era con gritos y llantos; y con su padre, por medio del silencio. Aquel día, se miró al espejo y, por primera vez en mucho tiempo, se gustó. Su figura se había estilizado y, si bien no era tan bella como Pía, se había convertido en una joven con un sereno atractivo. Aquel día, dejó atrás para siempre a la niña que en otro tiempo fuera.

Una llamada en la puerta del camerino la devolvió al presente. No faltaban más que cinco minutos para su debut como protagonista de la Traviata. Miró por última vez el ramo de camelias que le había enviado su hermana Pía antes de salir: “Lo has logrado”, decía la tarjeta que acompañaba las flores. Cerró tras de sí la puerta del camerino. Desde los pasillos de aquel teatro de provincias se podían oír los acordes de la maravillosa obertura compuesta por Verdi. Tuvo que hacer un esfuerzo para que no se le desbordara la emoción cuando los acordes de los instrumentos de cuerda acariciaron sus oídos. Se dirigió al escenario donde ya la esperaba Alfredo. Y, cuando se alzó el telón, olvidó a Lucía para transformarse en Violeta.

 

 

 

 

 

 

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Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

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