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4 min
Noches de Ceniza
Suspense |
29.04.15
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Sinopsis

La iglesia nunca supo lo que se avecinaba, no hasta que la amenaza se hizo humana. La fe no es a veces el único camino para salir de los conflictos...

Biblioteca Nazionale

Roma

24/06/2014 21:00

 

Los libros son los trozos escritos del alma, vestigios de todo lo que su cada uno de los lectores deja abandonado en sus páginas.

Paolo aún recordaba la primera vez que su padre lo llevó a una biblioteca. Recordaba el penetrante olor de las aterciopeladas cubiertas de los libros que encontraban su lugar de reposo en unas baldas carcomidas por el tiempo, mientras que en sus amarillentas páginas se escondían relatos contados con voz muda cuyo rastro se desvanecía en la eternidad.

También recordaba la sonrisa de oreja a oreja que le mostraba el señor Giacometti, el bibliotecario, cada vez que Paolo se llevaba un libro consigo.

Paolo no conocía lo suficiente al señor Giacometti como para juzgar su pueril actitud. Sin embargo, por lo mucho que sabía de los libros y sus autores, Paolo pensaba que el anciano bibliotecario debía ser todo un erudito en su campo, un hombre cuya única abarcaba un espacio en su vida difícil de calcular o imaginar. El señor Giacometti no tendría más de sesenta y cinco años, pero era poseedor de ciertos rasgos físicos que le hacían parecer más joven de lo normal.

Pero, aquel día, el señor Giacometti no asistió a su lugar de trabajo. Ante tan insólitohecho, extrañado, Paolo le pidió a su padre que fuese a buscarlo.

“Se habrá perdido, el muy cascarrabias…” pensó este.

Miró tras el mostrador donde asiduamente trabajaba el bibliotecario. Se encontró sus llaves tiradas en el suelo, unas llaves cuyo único adorno era una imagen de la “bandiera” italiana.

“¡Qué extraño!” pensó el padre de Paolo. “Un bibliotecario no se habría dejado sus llaves olvidadas en el suelo.”

Siguió buscando, mirando tras cada fila de estanterías que ocupaba el ancho espacio de la biblioteca más importante de Italia.

Tras dos horas de ardua búsqueda por la biblioteca, el padre de Paolo por fin dio con el señor Giacometti, o, por lo menos, con lo que quedaba de él: el cuerpo yacía suspendido a dos metros sobre el marmóreo suelo del santuario literario, colgado boca debajo de una cuerda de calceta. Tenía los brazos cercenados, y de las vacías cuencas oculares de su cara, la sangre emanaba cuantiosamente.

En su pecho, castigado por numerosas heridas de arma blanca, habían marcado a fuego la siguiente inscripción:

IHS

Ante tan dantesco panorama, el padre de Paolo decidió ir en busca de su hijo. Lo llamó por su nombre varias veces, pero solo el silencio le devolvió la palabra, por lo que empezó a otear de nuevo el literario horizonte que se le presentaba delante.

Lo llamó una vez más, y en aquella ocasión, un tímido silbido sonó en la lejanía. El pánico se apoderó de su cuerpo, y comenzó a correr en esa dirección con el corazón en un puño.

Cuando lo encontró, Paolo estaba en el suelo, acurrucado, leyendo un ejemplar de “La Divina Commedia”, de Dante Alighieri. Parecía estar asustado, ya que siempre que lo estaba, se mordía el labio inferior y un incontrolable temblor recorría sus huesudas manos.

-¿Qué te pasa?- le preguntó.

El niño no respondió. En cambio, extendió su dedoíndice derecho y señaló una sombra tras la corpulenta figura del padre.

En un brevísimo instante, vio cómo un palo le golpeaba en la cabeza, y cómo el desconocido cogía a Paolo por el brazo y, con un cuchillo de doble filo, le seccionaba la garganta, a la par que esta derramaba sangre color carmesí.

Después, el desconocido se acercó al padre, y este vio cómo el mismo cuchillo, el cuchillo empapado con la sangre de Paolo, se hundía entre sus costillas lentamente.

A medida que la vida se escapaba de su cuerpo moribundo, lo último que divisó el padre de Paolo fue la silueta de una negra rosa, una bella flor adherida a la piel de su asesino cuya inocente figura se perdía en la oscuridad.

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