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6 min
Noches sin luna
Drama |
22.04.15
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Sinopsis

Noches sin luna muestra el transcurso de un duelo nocturno, bajo el punto de vista de uno de los duelistas. ¿Pasará de esta noche?

Una humedad fría me recorrió el espinazo al sentir la espalda de mi oponente junto a la mía, apoyada ligeramente, incrementando la tensión. Notaba que él estaba tan nervioso como yo. Toda la bravuconería de la noche anterior había desaparecido, aunque eso no era ninguna sorpresa, pues el alcohol y la presencia de un grupo de féminas siempre hacen enaltecerlas de manera desorbitada. A ese hijo de mala madre no era al único que le había pasado, ya que si no no estaríamos allí los dos, jugándonos el pellejo, enfrentados por el orgullo.

Era una noche fría para ser primavera, en la que apenas había dejado de llover hacía unos minutos. Una noche sin Luna, oculta tras las abundantes nubes, en la cual reinaba la oscuridad más absoluta, sin ningún tipo de oposición.

Cada uno habíamos llevado nuestro padrino, para verificar que todo aquel paripé se había llevado acorde a la manera correcta, por si hubiera que rendir cuentas ante la ley. Junto a estos, que estaban a unos cincuenta metros de nosotros, se encontraban el mediador, que estaba dándonos las instrucciones en aquel momento, y un médico, por si las cosas salían mal dadas. Sólo un disparo por oponente, decía la voz lejana del juez y árbitro, y nada de cuchillos o cualquier otro tipo de arma, pues así lo habíamos acordado previamente. Un duelo limpio, una bala y veinte pasos serían lo que nos separaran de la vida o la muerte. Una vez sonara la campana, al alcanzar el décimo paso, podíamos avanzar de nuevo hacia el contrario, para buscarlo entre la oscuridad e intentar acertar el único tiro disponible.

Notaba como mi adversario temblaba, y se oía un ruido metálico, como de su pistola golpeando continuamente contra los botones de su chaqueta. No era para menos, pues el valentón en cuestión no era más que un señorito que apenas habría llegado a la veintena. Muy gallardo en la taberna, rodeado por sus amigos, capaz de retar a cualquiera, por la mínima tontería, con dos vinos de más entre pecho y espalda. Acostumbrado a que se los declinaran, imagino yo, pues empalideció cuando, cegado por el alcohol y las mujeres, acepté sin dudar. Una vez en frío te das cuenta de lo traicionera que resulta la bebida en los momentos decisivos, pero siempre es demasiado tarde para echarse atrás.

Y todo por un empujón fortuito, llevaba recordándome toda la tarde mi compadre de juergas y correrías, Federico Fernández. A lo que yo le respondía con una sonrisa seca, encajando las consecuencias de mi desatino, pues nada había ya que hacer que no fuera vérselas allí o huir, como un cobarde. Algo, esto segundo, impensable para una persona como yo, y más ante un crío como aquel.

Poco a poco el nerviosismo se iba transformando en resignación, pues si el altísimo o el diablo me requerían en su presencia aquella noche no había nada más remedio que asumirlo.

El mediador dio la orden de empezar a avanzar, marcándonos los pasos. Uno... empezó diciendo fuerte, dando una pausa para aliviar la tensión previa. Noté como mi espalda se despegaba de la del otro y ambos avanzábamos. Dos, tres... siguió diciendo, aumentando el ritmo de sus palabras hasta llegar a diez. Diez pasos de cada uno que hacían unos veinte metros. Veinte metros que nos separaban de la muerte, que pronto bajaría a por alguno de los dos. Nada más dar el décimo me giré, lentamente, y miré hacia mi oponente. Tan sólo se veía el farolillo que había en el centro, en el mismo sitio donde habíamos estado el uno contra el otro hacía unos segundos, lo demás era oscuridad. Todo estaba en silencio, hasta el viento, hasta ese momento chirriante, parecía haberse detenido a mirar. En el momento que sonó la campana me sentí paralizado, pero mi cuerpo reaccionó por inercia. Era hora de avanzar hacia aquél malparido. 

Apenas había dado tres o cuatro pasos cuando vi que la sombra que se acercaba a la luz se transformaba en él. Se detuvo y me paré yo también, tanteándolo. Entonces dí un paso más y el me imitó. Volvimos a parar, ahora apenas nos separaban diez o doce metros. Su rostro no se apreciaba con total claridad, pero su mano temblorosa lo delataba. Estaba demasiado nervioso, y eso me horrorizó por un momento. Tan sólo era un crío malcriado, acostumbrado a salirse con la suya en todo, metido en un lío del que no sabía cómo salir. No parecía dispuesto a disparar.

De repente bajó el arma, como si de pronto todo aquello no fuera con él, como si fuera un mero espectador. Quizá sólo quería salir de allí e irse a su casa, pues no era más que un chaval. Bajé mi arma yo también, pues estaba dispuesto a dejarle ir si intentaba retirarse. En ese momento, al verme, avanzó un paso, se paró y luego dio un segundo. Me quedé sorprendido, pues no es algo muy lógico acercarte así a tu rival en un duelo. Al ir a dar un tercer paso levantó el brazo con celeridad, apuntó y apretó el gatillo, sin darme tiempo a verlo venir e intentar apartarme.

De nuevo una corriente fría me subió de la espalda a la cabeza. A la vez noté arder mi pecho. Me llevé, sin mirar, la mano siniestra como un acto reflejo y noté empapada la camisa. En aquel momento miré su cara, que parecía de asombro. No dejé de mirarlo mientras caía de rodillas al suelo, manteniendo la cabeza alta. Justo en ese momento su gesto parecía cambiar hacia una especie de sonrisa, saboreando su victoria, supongo, el muy hijo de su madre.

Parecía acercarse, desafiante, y en ese momento, con la mano izquierda sujetándome la herida, alcé la diestra rápidamente y disparé, propinándole una buena dosis de plomo entre los ojos. Su gesto al verme levantar el brazo fue de verdadera sorpresa, no como la cara de falso asombro que había puesto instantes antes. Calló al suelo de espaldas en un charco, o eso pareció, por el sonido del chapoteo.

Una vez liquidado el asunto me miré la herida. No tenía buena pinta, no creía posible salir de aquella, así que me sonreía a mí mismo, muy irónico, resignándome a mi destino. Me debía haber atravesado el pulmón, pues de pronto, al reírme, me subió a la boca una gran cantidad de sangre. Noté como me marchitaba de golpe y me caí de frente, dejando el duelo en empate.

 

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