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8 min
Nosotros tres (3)
Amor |
13.04.20
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Sinopsis

Empiezas a notar demasiado calor, el sudor comienza a aparecer. Se separa un instante de ti, pero para accionar el aparato del aire, gesto que agradeces interiormente.

Luego recoge el pantalón y busca algo en el bolsillo. No puedes apreciar de qué se trata desde la cama, estirada sobre la colcha, hasta que se aproxima y te muestra un pequeño frasco de líquido transparente.

- Hoy voy a cumplir mi promesa, amor - se sienta junto a ti - Quiero que te relajes.

Ronroneas complacida por su gentil previsión, ha sido un hombre detallista, paciente contigo, nunca perdió la fe en ti, a sabiendas desde el principio, que le negabas la esperanza de poder entregarse a ti.

Muerdes tu labio inferior y lo atraes sobre ti para besarlo antes de que comience su juego de manos. Un día es un día, te dices a ti misma. Vas a comprobar si maneja sus manos igual de bien que su imaginación. Te acomodas boca abajo, advirtiendo que su excitacion localizada no ha disminuido, y ser motivo de ello te pone más caliente.

Sus dedos embadurnados de líquido oleoso pasean por toda tu anatomía, moldeando y relajando cada músculo de tu espalda, hombros, cervicales y vértebras, sin dejar a un lado tu cintura, caderas, nalgas. La presión inocua de sus palmas te transporta a su universo, donde te colma de sensaciones jamás compartidas, alternando caricias de sus labios, besos tibios, la cálida brisa de su respiración.

No sabes cuanto tiempo lleva ahí, regalándote toda su sabiduria colmada de cariño, que poco a poco intensifica tu libinidad, poniendo patas arriba todo tu deseo.

Él se da cuenta de que ha llegado el instante en que necesitas sentir más y busca tus labios humedecidos, ya totalmente preparada y excitada. Los mima con dulzura, incidiendo en las zonas más sensibles, mientras separas las piernas y elevas las caderas para que acceda mejor.

Suspiras, presa de su tortura digital, los sinuosos roces de sus dedos provocan tus ronroneos, hasta que finalmente se lo pides.

- Necesito sentirte dentro cariño.

Y sin más preámbulos se sube sobre ti y sitúa su miembro enardecido a las puertas de tu paraíso. Notas como se desliza dentro y al igual que él, no puedes evitar exhalar un gemido en do mayor, acentuado y lánguido. Su miembro lo hace tuyo, y tus tiernas carnes lo abrazan con hambre. Lo extrae un breve instante, y no quieres que lo haga, no quieres dejar de notar su sexo bien duro, prolongado para ti, en el fondo de tu ser. Y te aliva cuando arremete su verga de nuevo, separando tus mojadas paredes.

Comienzas a arder. Y sus caderas bailan sobre si, besando tu cuello. Resoplas, gimes a ritmo de su pelvis chocando contra tus glúteos.

Unos cuantos embites más tarde sale de ti y se sienta de rodillas.

- Ponte a cuatro preciosa - te propone apoyando sus manos en tus caderas para ayudarte a levantar.

- Sí - accedes felina.

Accede nuevamente a ti. Te ocupa de principio a fin, y el ambiente se empieza a cargar de vuestros fluidos íntimos. Las gotas de sal producen reflejos en tu espalda, su vaivén te complace, la estuctura del somier se queja con cada ciclo. Tu fiebre asciende. Inevitablemente te hace estallar de júbilo en un mar de entecortados oes.

- Lo quiero, quiero tu placer - te lo reclama por detrás mientras no cesa de arremeter su miembro con mayor profundidad y recorrido.

Tu cuerpo sucumbe al orgasmo que te recorre de espasmos, mezcla de dolor y placer, desmadejada, despeinada, agotada, tras unos segundos te dejas caer el el quejoso colchón, respirando afanosa, feliz y a la vez apenada de que no continúe dentro de ti. Tu corazón redobla con fuerza todavía cuando abriga con su torso tu espalda y sientes de nuevo su miembro moverse sensual entre tus nalgas. Te encanta ser su continúa exaltación.

Pausadamente recuperas el aliento. Con tu mejilla derecha sobre la colcha busca tus labios. Te besa, le besas y sabes que tu gozo no va a parar hasta que te entregue el suyo. Aunque tus piernas flaquean todavía por la tórrida actividad a la que te ha sometido, le susurras algo.

- Déjame ahora a mí, amor - le sonríes de medio lado. Se incorpora y se tumba junto a ti, cara al techo, te sigue con su mirada ardiente

- Me vas a matar de gusto si lo haces, mi niña - te ruega que no dejes de hacer lo que sabes que necesita de ti.

- Te voy a dejar afónico - le respondes acercándote a él como una hipnótica pantera en celo, observando su sexo palpitar - y seco.

Ambos reís, con la locura que os envuelve, la locura que os ha unido, y que os conduce a entregaros cada sentimiento, cada emoción, cada pensamiento secreto.

Suspiras al montar sobre él, al frotar tu Edén, regado por el rocío de tu felicidad, con su prominente hinchazón. Le besas apoyando tus manos en sus hombros, danzas sobre su pubis, apretándote sin compasión. Luego tanteas y logras que penetre dentro de tu húmedo hogar. Vuelve el ardor. Su rostro se descompone por el deleite que le otorgas. Te resulta increíblemente hermoso.

Te sientas sin prisa con las rodillas a ambos lados de sus caderas. Entrelazais ambas manos, cruzando los dedos, con solidez, formando un solo ente, con tu sexo enfundando totalmente el suyo, te mueves hacia delante y hacia detrás, removiendo la espatula a fuego lento, cocinando con amor un plato exquisito en tu dúctil puchero. Ambos gozáis al unísono.

Y decides hacerle reventar. Plantas ambos pies a sus flancos, separas las rodillas para fustigar sus sentidos, dejando a la vista la tortura a la que vas a someter su apéndice.

Te elevas y caes para engullir su torre hasta la base. Le obligas a emitir un gemido. Repites. Luego otro. Lo tienes atado a tu devenir. Empiezas a galopar, cada vez con mayor rabia. Suenan chasquidos corporales, suspiros, frases incitando al pecado, la cama se mece en un mar embravecido por tu tempestad, y sin tardar mucho, el rumor de vuestra agitada respiración os anuncia la proximidad del tsunami al unísono.

- Dímelo - le pides entre brinco y brinco - dímelo, ahora.

- Dámelo mi niña - resopla a punto de estallar también - Dámelo. Lo necesito. Lo quiero.

Entonas la melodía de los síes de nuevo, entre estertores y sacudidas en tu vientre, poseída por su germen que se derrama en tu interior. Grita, bufa, maldice, por tu culpa. Y cuando la gigantesca oleada termina de arrasar vuestros cuerpos sudorosos, llega la calma.

De lado yaces tranquila, abrazada a él y al silencio. Te complace escuchar el corazón, con la cabeza recostada en su pecho. Sus labios besan tu frente, tus cabellos. El éxtasis perfuma los rincones de la habitación.

Lo has hecho. Lo has matado de placer. No puedes ver la dicha en sus ojos, anegados de lágrimas que retiene, no desea que las percibas.

El tic tac suena en tu mente. Diez segundos que para él se convierten en diez años.

Su impulso le obliga a besarte de nuevo, con ternura, sin reparos. Aunque los demás os contemplan con una sonrisa, no estáis allí, estáis en vuestro mundo secreto. Tal vez intenten adivinar que tipo de relación os sujeta a esos besos tan entregados.

Mientras, indecisa, saboreas esa boca que te vuelve loca. No piensas en nada más. Ni siquiera en dejarte llevar por su intencionalidad de disfrutaros desnudos.

- Vámonos, amor - musita al dejarte tomar aire.

- Por favor cariño, no sé si debo - pides casi temblorosa.

Te abraza y ye aprieta contra su pecho. Te fundes en él. Lo impregnas de tu perfume. Inspiras su nostalgia.

- Te lo debes a ti misma - te calma su voz profunda - Pero si no te gusta, te dejaré que salgas corriendo.

- Siempre tienes soluciones para todo - ríes en voz baja con los ojos vidriosos - pero no he venido a esto. No quiero tener que echarte de menos, después de estar juntos, nosotros tres. Sé que no podré, cariño.

Son tus últimas palabras, sin darle ninguna oportunidad, sin dejar que te lo pueda rogar.

Te despides con un último beso y te marchas de allí con tus miedos, con tus dudas, pero con el sabor de sus besos y una timida sonrisa en tu boca.

No le das la espalda a él, si no a tu destino.

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