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14 min
NOVELA COLECTIVA. CAPÍTULO XIII
Fantasía |
11.04.13
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Sinopsis

Chicos, perdonad el retraso de mi capítulo. Cuando lo colgué el viernes, se ve que no le di a publicar. Lo peor es que no es la primera vez que me ha pasado. Ya antes creí colgar relatos que días después me di cuenta no estaban en la web. Mea culpa! Bueno, con respecto al capítulo, como había varios frentes abiertos intenté continuarlos todos para que al siguiente autor no tenga que echar marcha atrás para saber por dónde continuar la historia. Espero que la espera haya merecido la pena. Un saludo a todos! Alalé!!

El Rey Ireler hacía más de día y medio que había partido de su reino, Rindebel, liderando a sus más de cinco mil caballeros hacia un combate sin precedentes. Se dirigían con premura hacia el Norte, a prestar ayuda a la reina Larnaia del reino Wordiar, cuya ciudad acababa de ser asediada y doblegada por las tropas del Lord Oscuro.

Ireler tiró de las riendas y detuvo en seco a su caballo alazano en lo alto de una colina. Si continuaba recto, por el prado que tenían bajo sus pies, sabía que el camino se tornaría más corto, pero también más peligroso. Por este atajo, le separarían de su destino apenas dos días más de viaje, tres a lo sumo, sin embargo cabalgar atravesando la campiña sin la protección del camuflaje que otorgaba el follaje del bosque, provocaría anunciarles su llegada al enemigo antes de tiempo. Y esa carta era un as que no querían desvelar aún.

El rey levantó el brazo y cerró el puño.

–¡Alalé! –gritó él y todos lo imitaron.

Espoleó las costillas de su caballo tan fuerte que este se irguió sobre sus dos patas traseras, relinchando intrépido como su dueño, y enfiló al galope hacia la protección del bosque, con todos sus fieles caballeros siguiendo las marcas de las herraduras en el pasto. 

***

Magnus se apeó de Sombramala, ató sus riendas a un árbol, al lado de un riachuelo  donde la hierba se erguía verde y estilizada, y le retiró del lomo húmedo la pesada montura. Su caballo necesitaba comer y descansar; habían pasado demasiadas horas galopando. Y a él no le vendría mal asearse un poco, beber algo y comerse la carne de liebre que le quedaba de la caza del día anterior. Dejó caer sobre el forraje su peto metálico y el jubón acolchado. La camisa estaba ennegrecida por el sudor rancio y la sangre y tenía agujeros allí donde los soldados de las tropas oscuras habían intentando hundirle sus lanzas y espadas. Se adentró en el río de aguas templadas –cuanto más se dirigiese al sur, más caliente encontraría las aguas, por eso no se sorprendió de la temperatura del riachuelo–,  se limpió la cara y el cuello con las manos mojadas y luego frotó la camisa contra su pecho para retirarse la sangre seca de la piel y la tela. El agua le escocía en las heridas y aunque hubiese preferido que estuviera bien fría, para que le espabilara y le cortara más rápidamente la sangre del corte transversal que tenía en el hombro, le supo a gloria asearse y saciar su sed.

–Ejem… Disculpe, señor –le habló una voz suave.

Magnus se puso en guardia, giró sobre sí mismo, hacia la orilla, y sacó su espada del cinto.

–Perdone, no quería asustarle –dijo otra vez esa voz melosa.

Mania, la hija de Seleis, estaba de pie junto al caballo de Magnus.

–¿Quién eres, muchacha? –preguntó Magnus a la defensiva, aún apuntándola con la espada.

–No hay tiempo para demasiadas explicaciones. La Ciudad Celeste ha sido reducida a cenizas. Ashia, la anciana sabia que trabajaba para la reina Larnaia, fue herida de muerte, pero antes de cerrar los ojos para siempre y encontrar la paz eterna con su dioses, se teletransportó hasta el bosque de Ormuikhan, donde mi madre y yo vivimos. Aisha nos dijo que el General Eftheor y su mano derecha, Gutrishell, se encaminaban sin descanso hacia el sur, en busca del cetro de esmeraldas. Mi madre sintió su presencia, señor, cuando estas aguas probaron su sangre y me envía para advertirle que las tropas oscuras vienen hacia aquí. Ella prometió retrasar su avance a través del bosque, pero son demasiados; cientos, quizá miles.

–¡Pues no hay tiempo que perder!

Magnus se apresuró fuera del agua. La camisa mojada se le había quedado tan pegada al torso que los músculos pectorales y las abdominales se le marcaban a través de la tela amarillenta. Mania nunca había visto así de cerca a un hombre, casi desnudo, por eso desvió rápidamente la mirada hacia el suelo. Sentía como le ardían las mejillas y le avergonzaba que Magnus pudiera ver lo que él acababa de provocar en ella.

Magnus se colocó el jubón, que aún seguía húmedo de sudor, y después se ató el peto metálico a la cintura. Al caerle el peso de su armadura sobre el cuerpo, su hombro se resintió. No pudo evitar esbozar una mueca de dolor. Pero no era momento de quejarse, era momento de prepararse para la lucha.

El caballo se movió inquieto. Mania llevó sus manos a la tierra y cerró los ojos. Noto una vibración subirle por los brazos.

–¡Por la diosa Natura, ya vienen! –anunció Mania aterrada.

–Vete de aquí. ¡Ya! –le ordenó Magnus.

Mania se deshizo como un montón de hojas secas y pasó a formar parte del bosque que les rodeaba. El sonido de los cascos era cada vez más rítmico y fuerte. Magnus puso lo más rápido que pudo la montura a su caballo, pero antes de que pudiera montarse sobre su lomo o desenfundar su espada, le rodearon los primeros guerreros, apuntándole al pecho con arcos y flechas, lanzas y espadas. De entre los juncos apareció a caballo un hombre mayor de pelo y barba plateados.

–Rey Ireler… –suspiró Magnus, postrándose sobre una de sus rodillas.

–¿General Magnus? Te dábamos por muerto. Guerreros, bajad vuestras armas. Él no es el enemigo.

–Mi fiel compañero de batalla, Árquimes, dio la vida por mi. No hay tiempo que perder, mi rey. Las tropas del General Eftheor que masacraron el reino de Wordiar y sus ciudadanos se dirigen hacia aquí.

–Hacia aquí, no, General. Ayer interceptamos uno de sus cuervos mensajeros. Galopan hacia la Boca del Orco, pasado el Valle del ahorcado, donde los portadores del cetro de esmeraldas deben adentrarse para hacérselo llegar al Señor de las Tinieblas. Vamos. Monta tu caballo. Si seguimos hacia el este, podremos interceptarles antes de que ellos den con los portadores del cetro.

***

­El profeta clavó su espada de oro y cristal en el pecho hundido de uno de los demonios. Al sacarla, manchada de efluvios oscuros, las alas del demonio se plegaron, inertes, haciéndole caer descontrolado hacia la Tierra. Rápidamente, el profeta dio media vuelta sobre sí mismo. Alargó los brazos ayudándose de la fuerza del giro y le rebanó el cuello a otro de sus enemigos. El hijo del Gran Creador observó la escena aterrado. La imagen era dantesca. Cientos de alas negras y blancas se fundían en un baño de sangre de iguales colores. Vio como un demonio le sujetaba los brazos por detrás de la espalda a Joel, uno de sus entes luminosos, para inmovilizarlo, mientras que otro demonio le rodeó por delante con las piernas y le arrancó la cabeza de cuajo. Aquello parecía el mismísimo infierno. Demonios y Ángeles caían muertos del cielo de la Ciudad Celestial y él no podía hacer nada por evitarlo. No sin el cetro.

–¡Arzeniel! –gritó el profeta desde lejos.

Arzeniel blandió su espada sobre el hombro de uno de los demonios, acertando también en un ala, que se desprendió del cuerpo. La herida no había sido mortal, pero era imposible volar con una sola ala, así que el demonio cayó haciendo círculos por uno de los agujeros de la bóveda inferior de cristal.

–¡Arzeniel, te necesito! –volvió a gritarle el profeta.

Arzeniel voló apresurado entre los combatientes, esquivando espadas de cristal, colmillos y garras putrefactas.

–Alabado profeta –habló Arzeniel casi sin aliento.

–Nos superan en número. No podremos hacerles frente durante mucho más tiempo. Necesitamos el cetro. Vuela sin descanso hasta la Boca del Orco y recupéralo.

–Pero, ¿cómo voy a encontrarlo? Jamás lo he visto, profeta.

–Mi padre le encargó a Nasha, la hermana de la reina Larnaia, que fuera ella la encargada de entregárselo al Señor de las Tinieblas, pero mucho me temo que esa entrega no era para el Señor de las Tinieblas, sino para el mago Gidantilus, el creador del cetro, su primer propietario. Ningún ente luminoso puede adentrarse en la Boca del Orco. Moriría al instante. Era una trampa. Querían hacernos pensar a todos que el Señor de las Tinieblas había matado a Nasha. Así la guerra sería contra él y no contra el Lord Oscuro. Mi padre es un traidor. Pero esto aún no puede saberlo nadie. Quiero que se le juzgue en nuestro reino, con nuestras leyes.

>Le di a Nasha una réplica falsa del cetro, para que se la entregara al Mago. El cetro que menos brille es el verdadero, aunque parezca lo contrario.

–¿Y si ya no está en la Boca del Orco?

–Si no está allí, deberás buscarla. Cuando la encuentres, recupera el cetro y tráelo.

–Pero ¿y si no quiere dármelo?

–¡Demasiadas preguntas, Arzeniel! Pues tendrás que hacer lo posible porque así sea. Incluso luchar a muerte. Las vidas de muchos dependen de él. Necesitamos ese cetro para recuperar la Ciudad Celestial. Si nosotros caemos, los humanos caerán también. Es de suma importancia.

El profeta empujó a Arzeniel a un lado y levantó su espada al frente. La punta de cristal se clavó entre las costillas de un demonio y se introdujo sin esfuerzo hasta atravesarle por la espalda.

–¡Vuela! ¡Eres nuestra última esperanza! –gritó el profeta, antes de volver a blandir su espada sobre la pierna de un demonio.

Arzeniel plegó sus alas blancas a los lados del cuerpo y voló en picado hacia la Tierra. Tenía una misión y no pararía hasta cumplirla.

***

El calor se hacía cada vez más insoportable y el agua que había en el Pantano de los Olvidados era más fango que otra cosa. Al andar, las patas de los caballos se hundían hasta las rodillas, dificultándoles el paso. Cuanto más avanzaban hacia la Boca del Orco, la entrada a las entrañas de la Tierra, más les costaba mantener el ritmo sin pausa de su viaje. El sol de media tarde lucía inmutable al oeste del cielo. Parecía lo que era, una enorme bola de fuego sin piedad que les secaba la garganta y les quemaba la piel y el pelo. El grupo había aumentando desde que salieron por primera vez de la Cueva del Oso, con Razaagan, Larnaia y Nasha como nuevos integrantes, y a Gélido le costaba mantenerlos frescos a todos. Pero no era momento ni lugar para descansar y recuperar el aliento, así que Wells les animó a acelerar el paso.

–Si lo llego a saber, traigo dos como tú –le espetó Lucius a Gélido. Sabía que no era culpa suya que hiciera tanto calor, pero estaba enfadado y el hombrecillo de hielo era el único que nunca respondía a las amenazas.

–¿Y por qué demonios no lo hiciste? –le recriminó Wells.

–Bueno, y menos mal que reclutó a Gélido. Si hubiese sido por ti, ni siquiera habría venido él –le recordó Ámbar aquel primer encuentro en la Cueva del Oso en la que Wells no quedó muy contento con el grupo de portadores que había reunido Lucius.

Wells abrió la boca para desmentirlo, pero en ese momento Nasha, que estaba sobrevolando sobre las cabezas de sus amigos, gritó desde el cielo. Todos levantaron las barbillas en su dirección para saber qué la había hecho chillar de esa manera. La hermana de la reina miraba hacia atrás, desde donde acababan de venir ellos. Todos se giraron. En el extremo más lejano del Valle del Ahorcado, varías líneas de guerreros oscuros ensillados en sus caballos negros avanzaban hacia su posición.

–Estamos perdidos –dijo Gélido.

–¡Longoria, haz algo! –intervino Ámbar nerviosa.

–¡Qué graciosa! ¿Y qué quieres que haga? Son miles. Nada que yo pueda hacer les hará detenerse.

–¡Callaos de una vez! –ordenó Wells–. Tenemos que acelerar el paso. Nosotros somos solo nueve, pero ellos son muchos, tantos que atravesar este pantano les llevará más tiempo que a nosotros.

–Quizá debería adelantarme yo con el cetro. Volando apenas tardaré unas pocas horas en llegar a la Boca del Orco –propuso Nasha.

–Es buena idea –agregó Wells–. Adelántate tú y espera a que lleguemos para entregarlo. Toma.

Nasha descendió hasta ponerse a la altura de Wells. Sus pies casi tocaron el fango del pantano, pero las alas la mantenían suspendida en el aire. Wells se sacó de debajo de la capa la funda donde tenía guardados ambos cetros, el verdadero y el falso. Nasha lo cogió y se lo colgó de la espalda.

–No creo que sea seguro que viajes sola –dijo Lucius–. Llévame contigo. Esperaremos los dos allí hasta que lleguéis el resto.

–Sí, claro –respondió Amorfo–. Tú lo que quieres es quedarte a solas con ella y a ser posible en paños menores. Que la acompañe Longoria, Ámbar o su hermana, que además pesan menos que tú.

–Pero yo soy más fuerte. Estará más segura conmigo. Venga Nasha, quítate la ropa, que yo voy hacer lo mismo. Así te será más fácil volar.

Lucius se había empezado a desatar el peto metálico cuando Razaagan alzó el puño al cielo y gritó:

–¡Alalé, alalé!

De entre una arboleda frondosa, empezaron a aparecer los guerreros del reino Rindebel. El rey Ireler, que portaba el estandarte con los colores de su tierra: amarillo y verde, y a su derecha el general Magnus, con su característica armadura forjada con metal Wordiarino, lideraban la primera línea de formación de las tropas del sur.

El General Eftheor detuvo a sus soldados nada más ver las tropas aparecer. Había que sopesar las nuevas circunstancias e idear una nueva estrategia de combate. En el lado norte del Valle del Ahorcado, miles de soldados oscuros esperaban la señal de su general para atacar. En el lado sur, cerca de la posición donde aguardaban eufóricos Wells y los suyos, El General Magnus y el rey Ireler esperaban a que fueran las tropas oscuras las que iniciaran la contienda; quizá, pensaban ellos, Gutrishell y su General decidieran no entrar en combate al ver que casi los superaban en número. En mitad de ambas tropas, en el centro del valle, se erguía orgulloso el célebre Árbol del Ahorcado. Una soga anudada a una de las ramas más altas de aquel amate milenario recordaba a los visitantes sobre la última batalla que se libró en esas mismas tierras años atrás. En él ahorcaron al que, tiempo después, todos conocerían como el rey Sinnombre.

El General Eftheor y Gutrishell desenfundaron sus espadas negras. Sus soldados los imitaron. La decisión estaba tomada. En el Valle del Ahorcado se libraría la mayor batalla de la historia.  El rey Ireler agitó el estandarte de su reino y Magnus levantó su espada al cielo. Los caballos de ambos bandos iniciaron el galope y no pararían hasta toparse con la resistencia enemiga.

–Debes irte, Nasha. ¡Ahora! –le ordenó Wells.

Nasha estaba asustada, pero sabía que debía marcharse. Se despidió con la mirada de su hermana Larnaia y echó a volar. Todos siguieron su preciosa estela luminosa hasta que se perdió en la lejanía. No había tiempo que perder. No sabían de cuánto horas dispondrían y era preciso adelantarse mientras Magnus y el rey de Rindebel cortaban el paso a las líneas enemigas. Debían proseguir su camino a pie a través del Pantano de los Olvidados. Si continuaban a buen ritmo, pronto llegarían al Valle de los Encendidos y medio día después se encontrarían con Nasha en la Boca del Orco.

***

Nasha estaba sobrevolando el Valle de los Encendidos cuando algo la golpeó en la espalda, desestabilizándole el vuelo. Arzeniel, uno de sus mejores amigos, la estaba atacando.

 

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  • Planteas una gran situación para la batalla, como dice Miranda, haciendo que los siguientes capítulos sean muy divertidos de escribir. Además tu historia es en mi opinión la primera que logra encauzar el camino hacia un desenlace lógico. Me gusta como desarrollas cada una de las situaciones, y ese final abierto que nos conducirá a uno de los grandes momentos de la novela. Muy bueno compañera. Un abrazo,
    Muy buena continuación Mayka , Gracias por reorganizar todo, me has allanado mucho el camino ;)
    El cetro sigue su camino, con el contratiempo de las traiciones de unos y otros... Aparece de nuevo Seleis y su hija Mania para advertir de que las tropas oscuras siguen buscándolos. Jajaja, siguen pensando que Longoria y sus hechizos pueden salvarles de los miles soldados del caballero oscuro... menos mal que tienen otros aliados. Buen capitulo Mayka, y la traición del punto final de su mejor amigo ha sido un puntazo.
    Bueno, pues ya se prepara la Gran Batalla, con todas las fuerzas listas para la contienda final. Y el cetro en el aire, nunca mejor dicho, y con traición inesperada de última hora. Un capítulo ágil y ameno, con un ritmo narrativo eficaz y fluido.
    Mayka me ha encantado y es bueno que la historia continúe. Como dicen los compañeros, la espera ha valido la pena.
    Un capítulo todo emocion, en todos los frentes abiertos, me ha encantado. Esto cada vez se pone más interesante. Bien bien, la espera mereció la pena y aún queda mucha tela que cortar. Ya lo dice el refrán ( mi madre, cordobesa, me infló de refranes jeje) , nunca es tardesi la dicha es buena. Y la dicha ha sido muy buena, :))
    Creo que has hecho un buen ejercicio de encauzamiento de la historia Mayka, has desbrozado una buena parte del camino que nos llevará al desenlace, pero sin renunciar a dejar flancos libres a las sorpresas, que todavía tiene que haberlas teniendo en cuenta en qué capítulo nos encontramos. Buen trabajo. Un abrazo
    Esto se pone cada vez emocionante, la historia a medida que avanza se pone mejor, que escenario has planteado para la batalla, me gusta, me gusta....
  • Este capítulo puede ser el primero o puede ser el último, aunque es totalmente indiferente para la historia que os quiero contar.

    Huir de casa y del maltrato de tu marido para darte cuenta una vez que paras de correr, que todo lo que te rodea, incluso el agua de la lluvia, te recuerda irremediablemente a él.

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    Porque el amor no deja de ser un juego de estrategia..

    Chicos, perdonad el retraso de mi capítulo. Cuando lo colgué el viernes, se ve que no le di a publicar. Lo peor es que no es la primera vez que me ha pasado. Ya antes creí colgar relatos que días después me di cuenta no estaban en la web. Mea culpa! Bueno, con respecto al capítulo, como había varios frentes abiertos intenté continuarlos todos para que al siguiente autor no tenga que echar marcha atrás para saber por dónde continuar la historia. Espero que la espera haya merecido la pena. Un saludo a todos! Alalé!!

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