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9 min
Noventa y tres. Secretitos 3
Reales |
05.02.13
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Sinopsis

Le tocaba a nuevo capítulo de la Hermandad, pero tiempo hay, para inagurar la nueva imagen quise traer algo mas personal.

Mi abuelo era barrenero en las minas de Almadén, abría agujeros en la roca de la mina y colocaba explosivos. Si la explosión lograba desprender una buena cantidad de roca recibía un extra. Se le daba bien, así que la familia vivía con desahogo. El inconveniente es que la gran cantidad de polvo de cinabrio que tragaba debilitaba su salud. La guerra llegó y mi abuelo, de convicciones anarquistas, luchó en el bando republicano y fue hecho prisionero. Murió aquejado de tuberculosis en el penal del Puerto de Santa María a la edad de cuarenta y un años, una de las tantas tragedias de aquellos aciagos años. Yo no lo conocí, lo que sé de él me lo contó mi padre. Uno de los recuerdos más vivos que guarda mi padre del suyo fue una paliza que le dio con una soga trenzada por abrir un bote de leche condensada a espaldas de mi abuela y beber de él. Mi padre se sintió injuriado y se escapó de su casa hasta la de unos primos en un pueblo cercano, tenía diez años. Mi abuelo fue a buscarlo y lo trajo andando hasta casa como castigo. Quizás por eso a mí solo me puso la mano encima una vez en la vida, por tirarle piedras a los autocares desde un puente, siendo un mocoso de cinco años.

    Mi padre desobedeciendo al suyo se apuntó voluntario a la guerra con dieciséis años, al frente de Madrid lo enviaron. Sufrió heridas en una pierna y lo trasladaron al hospital de la Malvarosa, en Valencia, donde conoció a Federica Montseny, ministra de la Segunda República, que lo envió a un centro para menores que había abierto en las proximidades de Valencia. Allí estuvo hasta que se recuperó y lo enviaron de regreso a casa. Pudo haber sido uno de los tantos que murieron en las represalias posteriores a la guerra, pero contó con la colaboración de don Escolástico, el maestro del pueblo, de convicciones religiosas y partidario de los sublevados. Por entonces la figura del maestro era una institución en los pueblos, respetada por todos. Mi abuelo le hacía frecuentes regalos para que no descuidara la educación de su hijo y, aunque de diferente ideología, ambos se respetaban. No pudo hacer nada por mi abuelo pero si por su hijo. Le hizo bautizarse y le metió en la mina. Años difíciles, Almadén había permanecido hasta la rendición del lado de la República y las represalias fueron duras, asesinaron a muchos al acabar la contienda. Nadie estaba libre de barbaridades, en el pueblo habían ejecutado al cura y a partidarios del bando sublevado en el transcurso de la guerra. También es cierto que los vencedores de la contienda no escatimaron venganzas. Muchos de los maquis no lo fueron sino por obligación, por los cargos que habían desempeñado durante la contienda sabían que morirían si eran atrapados y prefirieron escapara los montes, donde poco a poco fueron cazados como conejos. En las serranías próximas al pueblo se refugiaron muchos de ellos y en los siguientes años fueron cayendo, a algunos los fusilaban y enterraban allá donde los pillaban, a otros los ataban a un carro la Guardia Civil y los arrastraban agónicamente por el suelo, de esta guisa entraban con ellos al pueblo, escarnio para la dignidad de los cadáveres y lección de “lo que os puede pasar” para los vecinos. Todas las guerras son crueles.

    Para el entorno de la mina, también. Llevaron a trabajar a ellas a prisioneros de la guerra, un fuerte contingente de aguerridos vascos, hombres fuertes para el duro trabajo que un día desaparecieron, hacia una de esas nefandas fosas secretas supone mi padre, quiero pensar, sin convicción, que alguno regresó a su casa. Como os decía, mi padre tuvo la suerte de ser favorecido por don Escolástico y entró a trabajar en la mina de picapedrero, su trabajo consistía en partir la piedras que subían de la mina con una maza hasta convertirlas en trozos más pequeños que el puño de una mano. Parece que se le daba bien y terminaron ascendiéndolo a carretillero, conduciendo las vagonetas que transportaban el mineral. Prosperaba y se casó, eran los tiempos del estraperlo. En su ratos libres se dedicaba a grabar anillos y medallas para el joyero del pueblo, era un manitas.

    Cuatro hijos tuvieron mis padres, de los que yo soy el benjamín. A pesar de la prosperidad de la familia el futuro del pueblo estaba en aquellos tiempos en la mina. Abuelo minero, padre minero, hijo minero, y eso a mi madre no la convencía, conocedora del peligro que suponía para la salud. Más, cuando don Escolástico apreciaba a mi hermano el mayor por su capacidad para aprender y pensaba que era una pena que se desperdiciase en la mina. Confabulados madre y maestro le buscaron un puesto en una imprenta gracias a las influencias del maestro en Madrid y aquí se vino, viviendo en casa de mi tía. Pero mi madre, de fuerte carácter y temerosa de la integridad de su hijo, decidió acompañarle. Eran tiempos en los que mi hermano iba de casa al trabajo y del trabajo a casa andando, para ahorrar dinero. Quedamos mis hermanas y yo con mi padre y mi madre con mi hermano. Yo era pequeño y transportable, así que no tardó en traerme a mí también, y para mantenernos tras cada viaje iban disminuyendo los ahorros de mi padre. Después se trajo a mis hermanas y finalmente, claudicando, mi padre tuvo que seguirnos.

    Para que comprendáis lo que supuso aquello para mi padre os contaré como era la primera casa donde vivimos todos juntos, en Palomeras Altas, de Vallecas. El servicio era compartido con la familia de mis primos, aledaña, iba a parar a un pozo ciego. No había agua, para abastecerse había que acudir a la cola que se formaba en la fuente pública y esperar, dos cubos por viaje te dejaban llenar. Así que nos lavábamos con barreños. La casa era diminuta, con dos habitáculos, uno que hacía de dormitorio y en el se estrujaban las camas, la de mis padres, la de mis hermanas y la mía, y otro que hacía las veces de comedor cocina, la cocina un fogón alimentado con carbón que a la vez servía de calefacción, y en el que había que mover los muebles a diario para habilitar la cama de mi hermano mayor. Que finalmente acabó siendo corrector tipográfico y de estilo, de algo sirvió. Una casa de treinta metros cuadrados para una familia de seis miembros. Pasarían seis o siete años hasta que pudiésemos mudarnos a una casa decente.

    Para mi padre fue un duro golpe, pasar de una posición desahogada en el pueblo con trabajo estable y una vivienda digna a una situación de precariedad, máxime teniendo en cuenta que este cambio lo realizó a los cuarenta y tres años. Durante los siguientes años le costaría afianzarse a un puesto de trabajo y tuvo que aprender un oficio, terminaría como oficial de albañil de la construcción. Esa pérdida de identidad siempre le dolió a mi padre.

    Os he contado todo esto para que lo imaginéis ahora, con noventa y tres años (mi madre murió hace cinco, justo cuando comencé a escribir, precisamente en esta página). Decía, con noventa y tres años viviendo solo, sentado frente a la pantalla de un ordenador, una enorme pantalla de leds Hp con los textos agrandados para que pueda leerlos. Le introdujimos en Internet hace tres años y se ha aficionado. Se da sus paseos, se hace su comida y se entretiene en la red. Vive a tres  calles de la mía. Como hará cosa de un año que su mente, pese a que sigue viva y espabilada, pierde consistencia, algunos recuerdos se le cofunden. Para que no se le escapen trata de plasmarlos escribiéndolos, como si quisiera dejar constancia de que existió y de que vivió una vida llena de vicisitudes. Su vida, sus recuerdos. Sus agradecimientos y sus rencores, a su edad no necesita disimular ya nada. Comete errores manejando el Word que luego tengo que corregir, pero me permiten saber cosas de su pasado que nunca dijo, al menos a mí. Alguno incluso puede que no se real, sino producto de su confusión, en cuanto a fechas y datos concisos.

    No puedo esperar que viva mucho, es ley de vida. Solo espero que se vaya en paz, sin dolor. Pero disfruto viéndole sentado frente a la pantalla del ordenador, al que fue todo un señor picapedrero a golpe de maza.

    Tocaba la siguiente entrega de la Hermandad de los Abderrahim, pero para inaugurar la nueva imagen de la web quise traer algo de índole más personal. Le veo tecleando despacio, a sus noventa y tres, y sonrío. Así que a tu salud, papá, estas letras son un pequeño homenaje que te quise hacer.

   

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  • Ender realmente tierno. Me has dejado sin palabras...
    tal vez te salga dos comentarios repetidos... te decía que muchas gracias por compartir con nosotros este homenaje que le has dedicado a tu padre con tus maravillosas palabras. Noventa y tres abrazos te doy para ti y tu padre.
    Ender!!! he marcado sin querer 4 estrellas y ahora no sé cómo borrarlas y poner las 5 que te quería dar!!! :-( Alguien me lo explica please?
    Qué palabras más emotivas. Seguro que tu padre te las agradece. Me ha parecido un relato conmovedor, tierno y duro a la vez. Un saludo, ender
    Buen homenaje.
    Bello relato, camarada. Claro, interesante y conciso. Mas que darle gracias a esta pagina de esto o lo otro, o criticarla, prefiero tu relato lleno de vida y de tiempo. De tiempo que decide por nosotros pero tambien gracias a eros nos permite vivir eternamente a traves de nuestros hijos e hijos de nuestros hijos. No? Me conmoviô tanto que se lo compartiré a mi huérfano de padre padre. Abrazos.
    Hay todo un mundo en la vida de una persona. Gracias por abrirnos la puerta al tuyo y el de tu familia.
    Vivió a golpe de maza y se está despidiendo a golpe de tecla.Un homenaje duro y tierno. Gracias por compartirlo y emocionarnos.
    Pues nada ender, que había hecho un comentario de esos laaargos, pero con esto de los cambios yo también ando con el “pie cambiado”. Así que decirte no más, que me ha emocionado tu relato; Salvando distancias —me temo que incluso generacionales— me ha recordado muchas cosas de mi propia vida y también a mi padre, al que por desgracia no conservo. Es un lujo que tú aun conserves al tuyo, y es un lujo que un hijo escriba a un padre unas letras tan hermosas. Saludos pues a ambos.
    Lo importante es vivir la vida, y él lo ha conseguido. Saludos
  • Pues continúa la historia. Gracias a Boy por las correcciones, que me ahorrarán trabajo después.

    Pues con un ERE sobre mi cabeza, igual luego me queda todo el tiempo del mundo para escribir. Otra cosa es como llenaré la olla de lentejas. Bueno, al mal tiempo buena cara, seguimos con la Hermandad. Ya llevo corregido hasta el 15 y añadidas las incorporaciones de Zaza antes del 21, que no están aquí.

    Y comenzamos el año.

    No quería que pasara el año sin despedirme, y que mejor forma que con otra entrega de la Hermandad. Estos tres últimos meses he tenido que alejarme de la pluma. No puedo prometer nada, pero a ver consigo estirar un poco el tiempo.

    La historia sigue.

    Una de las opciones posibles.

    Tiene su encanto la rutina, nos afianza a sensaciones conocidas y agradables. Recordemos que las vacaciones son la excepción a lo largo de todo un año. Por eso el resto del tiempo tenemos que construirlo de manera que nos conforte. Leer es uno de esos rituales deliciosos que nos alegran los días y nos llevan de vacaciones sentados sobre el sillón o la silla. La Hermandad regresa también. Leer, escribir...de nuevo en Septiembre.

    Los que se van y los que vienen, la vida sigue en un sentido u otro. No releguéis el amor, que se enfria si no se toma calentito. Para los que tenga tiempo para leer, el ebook ·El otro lado de la supervivencia" os lo podéis bajar gartuitamente durante unos días. Ofertas de verano. "El secreto de las letras", "La vida misma" y "Sin respiración", se han quedado también en oferta a 0.98 euros. Yo sigo liado con la novela, que pienso terminar durante este mes. Por un lado estoy terminándola y por el otro corrijo. Pero el día es largo, asi que aprovecharé también en estos días para pasar unos rato leyendo por tr. Vacaciones literarias a tope. Os dejo un poema fresquito, un poco de pasión y una sonrisa, como no. Saludos y abrazos. Y no corrais, que es peor (Como en el sexo)

    Bueno, ando dándole vueltas al título en el blog. Cambié el nombre de Peña por el de Briones pero finalmente se quedará Peña, porque en su primera aventura, "Atrapando a Daniela", uno de los once relatos de "El secreto de las letras", ya se quedó con Peña. Aquí llega el 25, tengo próximas ya las vacaciones y entonces concluiré la novela. No sé, igual al final también dejo el título, pero es que no termina de convencerme.

    Toca dar las gracias a los que leen una novela por entregas. A todos en general por su aliento, bien se yo que uno quiere leer de tirón y no a trozos, o al menos que el momento de parar o continuar lo decida el lector. Para mí lo que empezó como experimento por el formato ha terminado siendo un deleite. A amets tengo que agradecerle sus correcciones, siempre bienvenidas. A Paco además de eso su comentario en el capítulo 18 en el sentido de que la trama se estaba volviendo previsible, lo que me hizo plantearme la necesidad de terminar de definir el argumento, ya se a dónde conduce y como acaba. Y a J.M. Boy por sus recelos ante la Hermandad, que me hicieron modificar el final, para nada quiero transmitir complicidad con entidades de cualquier tipo que se crean poseedoras de una verdad que esté por encima de la libertad de elección de los individuos. Si tuviera que decidir sobre los tres males que aquejan al género humano uno de ellos sería el de aquellos que se creer en posesión de verdades irrefutables, el segundo la mezcla de avaricia y egoismo y el tercero ese fuerte sentimiento del "yo" que empleamos a todos los niveles en nuestras relaciones con el prójimo y que aflora en un amplio abanico que cubre desde los celos hasta el menosprecio.

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A los doce años leía “La aventura equinoccial de Lope de Aguirre”, de Ramón J. Sender, haciendo de lector para mi hermano, corrector tipográfico y de estilo, así conocí a muchos autores que alterné con las aventuras de “los cinco” y las de “Oscar y su oca”. Soy escritor tardío, mi primer relato lo publiqué en esta página en el 2007. Mi madre enfermó y en su lecho de muerte le mentí diciéndole que me iban a publicar en papel. En realidad no le mentí pero en ese momento yo no lo sabía. Y desde entonces no he parado de escribir.

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