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5 min
Nuestra hambre
Terror |
10.03.15
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Sinopsis

Supe finalmente cuál era el infierno del soldado: un hambre que recorre el cuerpo como un látigo, un abismo que se instala en el estómago, escalofríos que te empujan a querer comer lo que sea. Pero también supe cuál era el paraíso...

                                 

Nuestra hambre

Los cuatro amigos estaban sentados frente a la fogata. Cada año se iban de campamento al bosque. La luna llena parecía una gran hostia que antojaba las confesiones más profundas. Era el turno de Roberto:

─Mi infancia se vio marcada por la historia del soldado Tarrare─ dijo con la mirada fija en las flamas─. Mi padre solía contármela para que reflexionara que era un chico con suerte o para advertirme que me convertiría en él si seguía comiendo en exceso. En esa época era un niño  gordo.

Tarrare fue un soldado francés que vivió a finales del siglo XVIII que se hizo conocido por su hambre voraz. Sus padres lo corrieron de la casa siendo adolescente porque no podían alimentarlo. Se dice que se fue a vivir con malvivientes y para saciar ese desmedido apetito, tragaba piedras y animales pequeños. Posteriormente viajó a París y se enroló en el Ejército Revolucionario Francés. 

Los militares se dieron cuenta que algo estaba mal con Tarrare, pues siempre pedía más comida. Llegaron a darle cuatro raciones y aún seguía hambriento.  Los compañeros se quejaban de que se comía cualquier cosa que encontraba en el camino.

Los médicos militares aprovecharon para realizar  experimentos con él.   Durante una prueba, consumió lo equivalente a un banquete para quince personas. Después aumentaron las pruebas dándole a devorar gatos, serpientes, lagartijas y perros pequeños. 

Ninguna prueba médica mostró que tuviera alguna enfermedad mental o deformidad anatómica. Lo inusual era que en las mañanas amanecía empapado de sudor como si le hubieran aventado cubetas de agua. Tampoco tenía sobrepeso, al contrario, era delgado, pálido y de estatura promedio. 

Un doctor internó a Tarrare en un hospital para tratarlo con diversos procedimientos que le quitaran esa necesidad. Ninguno tuvo éxito. Desesperado, Tarrare intentó beber la sangre de los  pacientes y devorar los cadáveres que se hallaban en la morgue.

No se sabe mucho de él después de que se retiró de la milicia, sólo que murió de  tuberculosis.

Tarrare me provocó cientos de pesadillas –siguió contando Roberto-. Veía las caras de gatos y perros  aterrorizados como si supieran de antemano cuál sería su destino. El soldado aparecía con una boca y unos dientes enormes, escupiendo pelos de animales. A veces, la comida era yo. Corría y corría por calles angostas con el presentimiento de que me saldría al encuentro en cualquier instante.

Los temores se fueron diluyendo al pasar los años, pero el soldado volvió cuando estuve en el refugio de Santo Tomás.

Roberto hizo una pausa como esperando que los amigos lo animaran a continuar, pero en lugar de eso, el chisporroteo de las brasas fue la respuesta. Nadie había querido nunca tocar ese tema. La versión oficial fue que un alpinista había sido atacado por Roberto; éste se le echó encima queriendo morderlo, pero como estaba desnutrido y sin fuerzas, el alpinista lo derribó de un golpe. De esta manera supieron dónde estaba Roberto, quien llevaba quince días desaparecido.

─Cuando se me descompuso la moto en aquellas montañas ─continuó relatando Roberto─ una tormenta de nieve me impidió avanzar. Llegué entonces hasta el refugio de Santo Tomas. Ahí, había algunas latas de comida que dejaron los últimos visitantes. A los dos días no había nada que comer y la tormenta continuaba. Sólo salía de la cabaña para recoger nieve que me calmara la sed.  En una de las esquinas vi como una rata pasaba velozmente. Me abalancé a ella empujado por un instinto desconocido. Cuando mis dientes traspasaron la piel del roedor la imagen de Tarrare se instaló en mi mente. Supe finalmente cuál era el infierno del soldado: un hambre que recorre el cuerpo como un látigo, un abismo que se instala en el estómago, escalofríos que te empujan a querer comer lo que sea. Pero también supe cuál era el paraíso: tener el poder de arrebatar, de ser feroz. Nunca pensé que yo, un ser pusilánime como siempre me decía mi padre fuera capaz de morder con tanta fuerza. Yo, que nunca me atrevía siquiera a matar a una mosca ni a contravenir cualquier regla social, finalmente pudiera hacer algo que me diera individualidad ¿Se sorprenderían si les digo que Tarrare se encuentra en este preciso momento y lugar? -finalizó Roberto  con una tenue sonrisa.

Los amigos quedaron perplejos. Uno a uno se fueron levantando. Con una breve despedida se metieron a sus casas de campaña.

En la madrugada, uno de los amigos escuchó un ruido alrededor del campamento. A mediana distancia vio a Roberto de espaldas. Al acercarse observó con repugnancia y horror que Roberto desgarraba lo que parecía ser una pierna humana. Salió corriendo y despertó a los demás.

Minutos después, la camioneta se alejó  a toda velocidad, dejando a Roberto en la espesura del bosque, quien parecía ajeno a todo, menos al gozo de su festín.

 

 

  

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