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15 min
Nuestro peor enemigo
Fantasía |
14.08.15
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Sinopsis

¿Cuál es nuestro peor enemigo? ¿Qué hacer cuando no tienes a nadie? Una princesa que ha perdido todo deberá responder a estas y otras preguntas cuando está más sola que nunca...

Un lago de aguas cristalinas, en su orilla dos nenúfares blancos. A su alrededor los árboles se alzan formando un bosque del cual no veo el final. Está todo tranquilo, no hay ruido, tan solo se oye el sonido de mi respiración y el del aire que mece las hojas de los árboles con suavidad.

  Al pie de uno de esos árboles estoy yo sentada, necesitaba descansar y qué mejor lugar que aquel. Contemplo con tristeza el paisaje mientras las lágrimas se deslizan por mis mejillas limpiando la suciedad que hay en ellas. Mi tripa ruge advirtiéndome de que necesito algo de comer.

  Me levanto y veo por última vez el lago con sus dos nenúfares, sé que no tardarán en dejar desaparecer. Este lugar debe de ser uno de los pocos que no ha sido arrasado por los Sanguinarios, yo misma me extrañé al encontrarlo esta madrugada cuando iba en busca de un lugar donde descansar e intentar beber agua tras conseguir dejar a esos seres.

  Hace cinco años este lago sería uno de los muchos que había en mi reino, el cual estaba repleto de bosques como este, pero llenos de animales, llenos de vida. Entre todos estos lugares podías encontrar pequeñas aldeas donde la gente trabajaba, era humilde, compartía sus bienes… Los niños y niñas aprendían desde pequeños a moverse por los bosques, pues son lugares perfectos para jugar. El sonido de las risas de los más pequeños se mezclaba con los sonidos provenientes de todo tipo de animales. Al final del reino, al pie de las Montañas Rocosas, se encontraba mi ciudad, Salort.

  Yo vivía en el castillo de Salort y allí es donde he sido muy feliz durante 18 años. Feliz hasta aquel día en el que mi padre celebraba su cincuenta cumpleaños, aquel día en el que su fiel amigo Rocombor decidió traicionarnos a todo el reino.

  Rocombor nació el mismo día que mi padre, el rey Montanar, y desde ese día se convirtieron en inseparables, ya que fueron instruidos y educados en la misma academia y poco a poco se hicieron amigos. A sus 20 años ambos eran fuertes caballeros, morenos, altos, muy apuestos y todas las muchachas del reino soñaban con algún día poderse desposar con uno de ellos.

  Entre todas esas muchachas se encontraba Araina, mi madre que era una mujer bellísima. Solo con mirarla podías intuir lo dulce y alegre que debía ser, pues en su cara de ángel siempre había dibujada una sonrisa. Su cabello rubio  le llegaba hasta la cintura y brillaba como si de oro pulido se tratase. Lo único en ella más bello que su sonrisa eran sus ojos verdes esmeralda. Es así como siempre la describe mi padre el cual se fijó en ella nada más verla, al igual que Rocombor, pero con el paso de los meses mi madre acabó enamorada del rey Montanar y con el tiempo se casaron.

  Pero todo el reino sabía que Rocombor también estaba enamorado de ella, todos lo sabían porque cuando mi padre y mi madre se casaron, él comenzó a alejarse de mi padre y más cuando nací yo.

   A pesar de esa distancia causada por los celos, mi padre y Rocombor seguían siendo amigos y se ayudaban mutuamente en la tarea de proteger al reino, pues tras las Montañas Rocosas un mal terrible se escondía. Un grupo de seres grandes, fornidos y altos que vestían siempre armadura negra. Es todo lo que sabemos físicamente de ellos, pues jamás nadie había conseguido quitarle es casco o la armadura a ninguno de ellos.

   Muchos caballeros de Salort habían muerto en la tarea de que estos seres no cruzasen las montañas y llegaran hasta las aldeas del reino y las caballerías siempre habían conseguido su misión a pesar de las muertes, hasta hace 5 años. Estos seres a los que se les conoce como los Sanguinarios, derrotaron a la caballería de Rocombor y empezaron arrasando algunos bosques, talando sus árboles o provocando incendios, de manera que poco a poco nuestros frondosos bosques llenos de vida empezaron a morir. Después llegaron a las aldeas, donde mataban a los hombres para dejar indefensas a las mujeres y a los niños a los cuales se los llevaban para convertirlos en sus esclavos.

  Mi padre dirigía el ejército de Salort e intentaba parar a ese grupo para detener las masacres que causaban y un buen día, en una batalla en las Montañas Rocosas, la caballería de mi padre  y Rocombor se declaró victoriosa. Lo que pocos saben es que en esa batalla mi padre hubiera muerto de no ser porque Rocombor le salvó la vida. Justo antes de que el filo de una espada atravesara el corazón de mi padre, Rocombor montado a caballo, alzó su gran espada y devanó la cabeza de aquel que se hubiese convertido en el asesino del rey Montanar.

  Con el paso de los meses los Sanguinarios habían vuelto detrás de las montañas y la paz parecía haber vuelto a cada rincón de nuestro reino.

  Con motivo de toda esta alegría y por su cincuenta aniversario mi padre organizó una gran fiesta en el castillo. A esta fiesta acudieron personas de todo el reino. El gran salón del castillo estaba repleto de grandes mesas llenas de tanta comida que apenas se podía ver los lujosos manteles que cubrían tales mesas. Algunas mujeres bailaban con sus parejas animadamente al fondo de salón. Otros en cambio preferían estar sentados comiendo, bebiendo y conversando con otra gente.

  En medio de toda esa alegría y vida, había una mesa redonda donde estába mi familia, debería haber estado también Rocombor, pero este le había dicho a mi padre que todavía no estaba seguro de que los Sanguinarios hubiesen desistido en su intento de destruir nuestro reino y que por lo tanto sería mejor que él y su caballería vigilasen durante la fiesta.

  Yo estaba aburrida, ya que en aquellos tiempos con tan solo 13 años, era una niña muy inquieta, así pues pedí permiso a mi padre y me fui a bailar y a recolectar distintas flores de los centros que adornaban cada mesa.

  De repente se oyó un gran estruendo y todo el castillo tembló. La gente se quedó un instante petrificada, preguntándose lo que  habría pasado. Unos segundos más tarde las puertas del salón se abrieron. Era Rocombor alzando su espada, acompañado de una docena de Sanguinarios. Se abrió paso a lo largo de todo el salón, matando a todo aquel que se le pusiera por delante hasta llegar a la mesa central.

  Mi padre agarró a mi madre de la mano justo antes de que la gran espada atravesase ambos cuellos. Lo último que pude ver fue mi padre estrechando la mano de mi madre y a ella susurrando entre sus labios un ``Te quiero Silna´´ dirigido a mí.

  Mi mente se bloqueó. Sabía que la gente debía estar gritando de horror por el asesinado de sus reyes, pero no oía nada. Sabía que debía huir, pero mis piernas no reaccionaban. Quería gritar y mi boca era incapaz de articular ningún sonido.

  Una mano tiró de mí, miré hacia arriba y vi que era el consejero real. Me cogió en uno de sus brazos y se abrió paso entre la gente a lo largo del todo el salón para sacarme de allí. No pude ver más porque del miedo debí desmayarme y al despertar sentí el roce de la hierba contra mis brazos desnudos. Abrí los ojos y ese hombre que me había salvado me estaba mirando.

  • Ahora tienes que sobrevivir por ti sola, Silna.

  Desde aquel día me dedico a vagar entre los bosques de mi reino. Bueno, ya no es mi reino, ya que aunque mis padres hayan muerto y eso me convierte en reina legítima de Salort, ahora el rey es Rocombor. Él ha sembrado el pánico por todos lados, ha destruido la mayoría de las aldeas, convirtiendo a los ciudadanos en esclavos a su servicio. Los Sanguinarios son sus más leales súbditos. El reino entero está destruido y en el reina la maldad y las barbaries.

  Pero yo no he perdido la esperanza, en estos años algunos supervivientes me han contado leyendas del pasado. Hubo una era también oscura en Salort en la que los Sanguinarios eran los soberanos. Se dice que un poderoso caballero con un arco fabricado de la madera del roble más antiguo sobre la faz de la Tierra, mató al líder de los Sanguinarios con una sola flecha cuya punta estaba hecha de un acero indestructible, una punta  que ni el óxido podría corroer. Después de la muerte de su líder, todos ellos se retiraron hasta detrás de las Montañas Rocosas. Después el caballero se sumergió entre los bosques y no se supo nunca nada más de él.

  Quizás solo sea una leyenda, pero es mi última esperanza. Quiero encontrar ese arco, quiero vengar a mis padres, quiero matar a Rocombor y quiero recuperar mi reino. Quizás aunque no sea una leyenda no es que el arco sea un arma letal, sino que el caballero era muy fuerte, pero necesito creer en ese arco.

  Giro la cabeza y echo un último vistazo al lago con sus nenúfares. La verdad que este lugar es precioso, cuesta de creer que los Sanguinarios no lo hayan encontrado.

  De repente, mi vista se dirige hacia un gran roble. Este roble destaca sobre los demás, parece más robusto. Sus enormes y gruesas ramas se elevan por encima de las de los demás debido a que su tronco también destaca por su longitud. Seco las lágrimas de mis mejillas, me adentro en el lago y nado hasta la otra orilla donde se encuentra el roble. Toco su corteza, es muy dura y rugosa, debe de ser muy resistente. Rodeo el árbol admirando su belleza y me quedo petrificada. Falta un trozo de corteza, como si alguien la hubiese arrancado.

  Me alejo del roble, no puede ser. Alzo mi cabeza y contemplo la altura que tiene. Sí, sí puede ser, este es el roble, el roble de cuya madera está hecho el arco que mantiene viva mi esperanza de salvación.

  Estoy desconcertada, esto podría ser una señal de que mi arco existe. Me siento al pie del roble con mi mirada fija en el lago, necesito pensar y no sé porque ese lago me proporciona serenidad. Es precioso, incluso parece que brilla. Un momento… Es que hay algo que brilla de verdad en el fondo.

  Me levanto y me dirijo a la orilla. Asomo mi cabeza y lo veo. Veo una punta de flecha brillando resplandeciente en el fondo del lago. Me tiro de cabeza y nado hasta el fondo, está enterrada. El aire me empieza a faltar, pero escarbo con mis manos la tierra del fondo. Tengo que aguantar, siento el dolor de mis uñas al romperse, pero cuando creo que no lo voy a conseguir el arco aparece ante mis ojos. A pesar del cansancio y la falta de aire, nado ascendiendo hacia arriba sujetando el arco con una de mis manos.

  Salgo del agua y me tumbo a la orilla del lago. Observo el arco con atención, tiene que ser este porque la punta sigue reluciente como si se hubiese fabricado ayer mismo, no está oxidada. Estoy tan ensimismada mirando el arco que no noto el frío en mi cuerpo causado por mi ropa mojada, ni noto el cansancio acumulado en estos cinco años, ni noto el hambre arrasando mi estómago. Solo siento la esperanza crecer dentro de mi corazón.

  En un segundo todo cambia, oigo a los cascos de los caballos adentrarse en el bosque, oigo sus rugidos clamando sangre, están aquí, pero esta vez no voy a huir.

  Como yo intuía no tardaron en caer los robles abriendo un pasillo hasta el lago. Rocombor apareció con su gran espada en mano y más de una docena de Sanguinarios tras él.

  ─Silna, por fin te dejas ver. –Dijo él acercándose lentamente con su caballo hacia mí.

   ─Te voy a matar, me he cansado de huir.

   ─ Sabes que no eres capaz, huiste y dejaste a tu reino a mi merced, me lo pusiste muy fácil, igual que tu madre y tu padre. Aish tu madre…, eres su vida imagen, la misma cara, los mismos ojos… Quizás el pelo te falla, pero solo porque lo tienes sucio. Y sobre todo, eres igual de tonta que ella, que se casó con el bastardo de tu padre…

  Tras decir esto se baja de su caballo y se va acercando a mí..

  Las lágrimas saltan de mis ojos y forman un camino húmedo por mis mejillas. Aquellas palabras se habían clavado como cuchillos en mi corazón, rompiéndolo más de lo que ya estaba. La rabia se apodera de mí y junto con el dolor hacen que coja el arco, tense su cuerda, apunte y dispare. La flecha cruza el espacio que me separa de Rocombor y se clava en la pata de su caballo haciéndolo caer.

  ─Fallaste.

  No me da tiempo a pensar en mi tiro fallido antes de encontrármelo sobre mí, con su espada rozando mi cuello. Lo miro fijamente a los ojos, me doy cuenta de que son de un marrón oscuro, al igual que los de mi padre.

  ─Solo mataste a mis padre por envidia, estabas celoso de mi padre porque sabías que tenía más poder que tú y no solo eso, sino que tenía algo que tú jamás podrás tener, el amor de mi madre. –Intento que mi voz suene lo más agresiva posible.

  En ese momento veo el odio aparecer en sus ojos, su cara se volverse roja de cólera y comprendo todo. Había fallado el tiro por la rabia que me habían causado sus palabras. El odio destruye, no solo a los demás o a lo que está a tu alrededor, sino a ti mismo.

  ─Te voy a hacer sufrir… -Dice él. ─Voy a pensar en la forma más cruel de hacer que mueras. –Su voz es fiera y más ronca de lo que ya era.

  Pienso en el amor que le tenía a mis padres, en la bondad de aquel consejero que arriesgo su vida para salvarme, en la risas de los niños antes de que todo esto pasara… Muevo ágilmente mi mano hasta el bolsillo de mis viejos pantalones que había robado en una aldea destruida y saco la daga que me regaló mi madre al cumplir los 13 años. Me muevo veloz mientras Rocombor sigue pensando en cómo matarme. Clavo la daga en su corazón. Los Sanguinarios rugen al ver la daga en el corazón de su soberano y huyen de lugar.

  Con las pocas fuerzan que me quedan empujo el cuerpo sin vida de Rocombor y me quedo tumbada en la hierba. Giro mi cabeza y observo el gran roble, después dirijo la mirada hacia el lago.

  El arco no era el arma letal, lo era el amor por mis padres que me ha permitido serenarme y calcular mis movimientos, lo era también la esperanza que me ha mantenido viva estos cinco años.

  Ya no hay Sanguinarios en el bosque, en el fondo son unos cobardes que solo se atreven a aparecer cuando alguien les ayuda. Seguro que Rocombor había planeado todo, desde que empezaron a entrar en Salort, hasta la batalla ganada en las Montañas Rocosas, en la que seguro que quiso ganarse la máxima confianza de mi querido padre salvándole la vida.

  Echo mi cabeza atrás. Quiero descansar, llevo cinco años sin dormir sin tener pesadillas. El aire me acaricia la cara, noto la hierba suave bajo mi cuerpo. Un pájaro canta en el aire, hacía años que no escuchaba uno.            Cierro los ojos y me duermo.

 

 

 

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