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9 min
Nunca Jamás
Terror |
12.10.09
  • 4
  • 6
  • 2619
Sinopsis

Bajó las oscuras escaleras del sótano. Ahí estaba de nuevo; un charco de agua opaca de casi un metro de diámetro. Afuera no había nubes y la tierra estaba seca por el azote del sol. Ni goteras, ni rastro de agua de la posible fuente de emanación. Era como si el charco hubiese brotado del mismo suelo, mas el suelo era de cemento y parecía en bastante buen estado. Sus padres volverían a regañarle por haber mojado el suelo. Siempre le culpaban a él.
Cogió una fregona y se dirigió presto hasta el charco. Quizás si lo limpiaba no habría regañina. Deslizó ésta por el charco y comenzó a recoger el agua y verterla en el cubo. Una vez terminado, agarró el cubo y lo volvió a dejar en un rincón del sótano. No se atrevió a vaciarlo. Se agachó y olió la turbia agua, pero no consiguió descifrar a qué olía exactamente. Era un olor rancio, parecido al del sumidero, pero aún más intenso. Dejó el cubo como estaba y salió de la habitación.

      El viento golpeaba la ventana de su dormitorio. El ruido quejumbroso del ulular del viento le quitaba el sueño; siempre le recordaba a aquellas películas de terror de Universal. Intentó distraer su mente recreando cancioncillas infantiles pero un peculiar golpe en el piso de abajo le asustó y su mente quedó fijada en la imagen de un cubo rojo volcado en el suelo. Estaba seguro de que era eso. El agua… ¿se había escapado? Se aferró a las sabanas e intentó volver a concentrarse en aquella canción, mas la imagen del cubo siguió lacrada en su mente, hasta que finalmente se durmió con la llegada del alba.
A la mañana siguiente, antes de que su madre bajara al sótano para poner la lavadora, cogió la fregona y se dispuso a verter el agua en el cubo. Ciertamente, el sonido que había escuchado la noche anterior fue el cubo volcándose. Esta vez no dejaría el agua en el cubo. No. La arrojaría al sumidero de la calle y luego dejaría el agua de la manguera correr por él durante un buen rato. Lo bastante hasta que llegara al mar, o, por qué no, al fin del mundo.
Deslizó la fregona por el charco y ésta se enredó en pelusa o algo parecido. Dejó caer el palo y se agachó para tocarlo con la mano. Parecía como si el agua estuviese llena de pelo. Agarró un manojo y tiró hacia arriba. Un pequeño bulto solido asomó por abajo y un grito ahogado hizo que lo soltara y se alejara hasta el extremo opuesto de la habitación con lágrimas en los ojos. Se tapaba con fuerza la boca para no dejar escapar el grito que con tanto empeño se esforzaba en salir hacia afuera. Dejó su mirada clavada en el charco y contempló inmovilizado cómo el agua volvía a amansarse. Tentado estuvo de subir corriendo escaleras arriba y contárselo a sus padres, pero el miedo de pasar cerca de aquel charco de agua le imposibilitaba siquiera a imaginarlo. Finalmente, fue su madre quien bajó y encontró al niño en un rincón del sótano llorando.

-Son esas dichosas películas que ves –le esputó su madre con enojo-, se lo digo a tu padre una y mil veces: ¡Que no te deje verlas!
Tras dejar al niño en su habitación, más o menos calmado, volvió al sótano y limpio el charco de agua y lo vertió en el sumidero. Más tarde, poco antes del crepúsculo, el niño bajó las escaleras mientras su madre estaba distraída con la cena, y fue a comprobar si realmente había desaparecido el charco. Una mancha húmeda estaba apostada en el lugar del charco. Pensó que sería por la humedad del sótano por lo que aún no se habría secado, pero lo cierto es que él sabía que esa mancha no estaba desapareciendo; se estaba volviendo a formar.
Subió rápido las escaleras y cerró la puerta del sótano. No podría decirle nada a su madre; no después de la regañina que le había soltado horas antes. Su padre también estaba molesto, era como si le hubiese fallado de algún modo al no confiar en él en que todo lo que había en esas películas eran sólo fantasías.

La noche llegó antes de lo que él quería, y pronto se vio metido en la cama, con sus padres al otro lado del pasillo y la mortecina luz de la luna entrando por su ventana. No podría conciliar el sueño, y visto que cantar mentalmente no le dio resultado la noche anterior, optó por recitar las tablas de multiplicar. Al menos, las que ya le habían enseñado. Apenas había comenzado la tabla del dos cuando escuchó cómo un ruido similar al verter del agua, se originó en el piso de abajo. Se aferró a las sábanas como la noche anterior y comenzó a susurrar las cuentas con los ojos apretados y las lágrimas filtrándose por las pequeñas ranuras de sus parpados.

Dos por tres, seis. Dos por cuatro, ocho.

El chirriar de los goznes de la puerta del sótano al abrirse subió tímidamente hasta sus oídos.

Dos por cinco, diez. Dos por seis, doce.

El sonido de unos pasos apenas audibles se iban haciendo cada vez más notorios.

Dos por siete, catorce. Dos por ocho…

Algo se detuvo frente a la puerta de su habitación y notó cómo un olor rancio comenzaba a enrarecer el aire. Se dio la vuelta y fijó la mirada en el suelo junto a la puerta. No se atrevía a mover un sólo musculo más. Su mente se enturbió y volvió a quedar inmovilizado como un ratón en su madriguera. El suelo comenzó a llenarse de agua y ésta se iba extendiendo poco a poco por el dormitorio. Algo pasó por debajo de la superficie. Apenas una difusión de hondas de agua que se aproximaba lentamente hacia su cama. Intentó cerrar los ojos mas no pudo, sabía de algún modo lo que iba a suceder.
La cama, así como los demás muebles de a habitación, comenzaron a zozobrar lentamente. El vaivén se le antojó agradable, conciliador. Algo comenzó a brotar del agua frente a él, y la figura de una niña, de cabellos oscuros y mirada parda, se aferró con sus pequeñas manitas a la cama del niño. Ésta le sonrió.

-Vente a jugar. Abajo hay más niños como nosotros.

Éste cerró los ojos y comenzó a gimotear. La niña dejó de sonreír, y sin decir palabra alguna, volvió a hundirse en el agua. Pero el agua no desapareció. Se hizo más brava, más insistente. La cama se deslizó hasta el centro de la habitación y el niño se incorporó y se asió al cabecero de la cama. La puerta del dormitorio se abrió de par en par y vio cómo el pasillo estaba repleto de agua. La cama, como si de una piragua en un rio se tratara, se abalanzó fuera de la habitación y bajó furiosamente las escaleras hasta llegar al sótano. Allí no había nada más que un agua oscura y sinuosa. La cama se hundió con el niño dentro y lentamente, la casa volvió a serenarse.

Al día siguiente, cuando la madre fue a despertarle, descubrió que éste no se encontraba en la cama. Ésta estaba sin hacer y las sábanas estaban un poco mojadas. Fue a buscarlo al cuarto de baño pensando que habría tenido un desliz mientras dormía, pero tampoco pudo encontrarlo allí. Alarmada, comenzó a recorrer toda la casa buscándolo sin conseguir dar con su paradero. Pensó en el sótano y en el episodio del día anterior; bajó rápidamente y comprobó cada rincón con idéntico resultado.
Tanto el niño como el charco de agua, habían desaparecido.




***


La nueva familia estaba viendo la casa. Parecía en bastante buen estado y se encontraba en un lugar muy agradable. Los padres de Lucía hablaban con el agente inmobiliario mientras ella jugaba en la barandilla de las escaleras. Le pareció escuchar la voz de un niño. Sí, era eso, la voz de un niño que la llamaba desde algún lugar de la casa. Comenzó a corretear de un lado para otro intentando encontrarlo, mas cuando llegó a la puerta del sótano se detuvo frente a ésta y se quedó perpleja mirando hacia abajo.

-No, no quiero bajar. Me da mido –le dijo al vacío-. ¿Sí? ¿Dónde están los otros?

Colocó un pie en el primer peldaño y comenzó a bajar las escaleras lentamente. Abajo estaba muy oscuro, y ella no llegaba hasta el interruptor de la luz, pero una pequeña luz doraba se filtraba por el ventanuco que daba al jardín e iluminaba, apenas lo suficiente, un turbio charco de agua al final de la escalera.



 

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  • Y quien se va a la cama despues de esto jeje Genial !
    fantástico relato, un saludo
    Es algo común no sólo en los niños el dejarse atrapar por lo desconocido.Así somos los humanos.Lo "malo" de este relato es que he disfrutado leyéndolo pero la imagen del charco me va a perseguir. una temporadita.Lo sé.;) Saludos.
    " Y abajo flotan, todos flotan" Un buen relato de terror sin sangre por doquier, como los que a mi me gustan. En literatura el miedo es una de las emociones más dificiles de reflejar, y este relato es ciertamente inquietante.
    Jo amigo Ikabol... hay cosas que nunca entenderé... esta narración es perfecta, a mí ya sabes que me gusta mucho tu estilo, y siempre te lo digo. Enhorabuena por este relato. Un beso.
    ayyyyyyyyyyyyyy que miedo, xd xd que miedo he pasado. Me ha recordado un poco a cierto relato de Stephen King que leí hace un milenio. Fantástico, Ikabol. Besos
  • Y otra vez...

    Reflexión mañanera.

    Bajo la luna había una laguna, y su luz espectral de plata cubrió la superficie. Pero bajo su opalescencia, un abismo inescrutable permanece, y ay del incauto que se guie solo por la ilusión que refleje.

    Habrá que limpiar estas telarañas.

    Breve narración sobre el lince ibérico.

    Ahhh, es secreto.

    Pese al bloqueo constante al que estoy sometido desde hace ya y la desidia que me causa la mortal primavera con su nocivo polen, dejo un pequeño escrito que logré supurar en un efímero momento de lucidez. Espero no se os indigeste :)

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