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18 min
Obeliscos en la luna
Varios |
16.11.14
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Sinopsis

Lía Cúneo Quiroga es real. La madre de un ex-compañero mío. El poema es de ella: del libro "Al filo de la luna". Las estrellitas o asteriscos representan el cambio de persona en la narración. * primera persona ** segunda persona *** tercera persona Cualquier error o horror ortográfico que divisen háganmelo notar en los comentarios. Cabe destacar que algunas partes están escritas mal o no de manera ortodoxa apropósito.

  Paloma alza vuelo sobre lo alto de una ciudad. Revolotea sus alas donde el aire contaminado de polución urbana no llega ni toca. Lugar donde la pureza domina. Con sutil gracia y elegancia permanecía fija, inmóvil, con las dos alas extendidas en el firmamento nubloso y grisáceo: con la ayuda de caudalosas corrientes ventosas sopladas por algunos ángeles. Allí el dios o dioses del viento la tenía o tenían en sumo cuidado (Aquel dios o aquellos dioses bien podrían haber sido: Ehécatl-Quetzalcoatl, aquel que en los alientos de los seres vivos y la ligera brisa aparece. Los Anemoi que soplaban desde los puntos cardinales. Los Venti de los romanos. Huracán, que participó en la creación del hombre a partir del maíz. Vaiu, el integrante de los cinco grandes elementos. Tal vez Amón, el padre de todos los vientos).

  La de plumaje negro en la parte superior y blanca en la inferior era purificada en divinidad. Presa del logos como los humanos no estaba, más si de las garras del águila donde en segundos se encontraría. Después en su estómago para luego recorrer el cuerpo de su depredador transformada en paquetes de energía en forma de calorías que serían aprovechas por el ave de rapiña durante su actividad diaria: tanto aérea como terrestre. La otra parte desechable convertida en heces evacuaría por el recto. Depositada ya en la tierra como fertilizante que originaría nueva vida, y así… ¿Y así?... ¿Hasta el fin?.

  Un señor piso el excremento que antaño, entre otras cosas, era una paloma –otra paloma-. No se mitigó, ni siquiera advirtió tal suceso. Pensaba en que antes creía que se llamaban budistas los budistas entre sí. Luego se enteró que los budistas no se llaman budistas a sí mismos. Un vocablo inventado por occidente que de a poco se fue diseminándose por el Asia occidentalizada traspasando sus fronteras. Luego de que no era ni una cosa ni la otra. Todo, un engaño. Su mente se sobreexcitaba ante tales engaños y otros que no pudiera concebir. Sospechaba que siempre con una idea que derrumbaría las bases de otra antigua se toparía. <<Uno puede no creer un pensamiento que lo da por sabido, pero no puede creer en no creer porque en creencias o suposiciones básicas se basa nuestro entender>>, decía nuestro protagonista. Un budista que allí cerca se encontraba la iluminación alcanzó. Nuestro querido personaje tuvo una visión << Uno dividido en todo es nada, uno dividido en nada es todo. No más pensar>>. Siguió caminando. Una señora llamada Lía Cúneo Quiroga vislumbró, le solicitó consejos literarios. Una hora más tarde o más temprano se cruzó con un panal de abejas, de ésta saco miel y probó la miel. << Miel más deliciosa que en mi vida antes insípida, ya no, he probado>>, decíase y prosiguió: << Ahora se la verdad y quiero atestiguarla ante Dios aquí donde me encuentro, internado en lo más profundo de la naturaleza. Que la sociedad corrompe a la sociedad en vicios interminables. Afortunado soy yo por haber probado semejante sacrilegiosidad suculenta que con poco basta y sobra en sumo exceso. Desafortunados mis contemporáneos que encerrados en el orbe urbano se someten al continuo encadenamiento de novedosos deseos. Inquietos por nuevos adelantos, adquisiciones e ingestas. Plebeyos de su único soberano: el demiurgo>>. Una turba enfurecida de abejas se sacrifican  desprendiéndose de sus abdómenes al depositar sus aguijones en la tez cutánea del señor. Nuestro héroe, inconsciente se desplomó al suelo. Allí soñó con una civilización -¿O acaso la visitó?- donde creían que todos eran todo y nada, ¡Eran uno!. Cultura que en eructos se comunicaban. Las dos únicas frases que llego a inteligir que no eran articuladas eructando, sino en su habla común y corriente fue: << Luminoso es el nuevo Borges>> y <<Borges era el antiguo Lucius>>. Ciudad en donde se regían por una matemática de puntos. La línea, superficie y volumen no existían sino como conjuntos y componentes de puntos. Vale decir que para ellos todo el universo era, y era contenido, en un solo punto infinitesimalmente pequeño.

  Al despertarse vio una escalera o mejor dicho una rampa ascendente y angosta que se elevaba hasta el cielo penetrando el nublado. Marchando en el puente de pendiente pronunciada notó que por varios kilómetros no había sostén, columnas, que sostuvieran semejante estructura transparente. Cuando atisbaba una columna también a sus cimientos que en las entrañas del inframundo se depositaban. Tenía miedo de resbalarse y verse caer perennemente, así lo sentía. Escuchó una voz que le pronunció el siguiente léxico: << No temáis, venimos en bien para bien, somos sirvientes de Dios>>. Entonces observó a sus dos costados. Había un ángel de cada lado: a su izquierda una mujer, a su derecha un hombre. Curiosamente podían volar pero alas no tenían. -¿Quiénes son?-, preguntó el señor. –Rafael- le respondieron de diestra, -Gabriela- le contestaron de zurda. -¿Los arcángeles?- inquirió el castellano. –Sí-, asintieron ambos arcángeles. -¡Cielos santos!, ¡Gabriel es una mujer!, ¡Es Gabriela!-, exclamaba nuestro caballero. Cuando por fin terminara de coronar su subida, al paraíso su presencia presente presentó. Rozó a ver dos figuras sentadas en tronos. Se dijo y dijo a la vez: - En verdad son dos los que en el cielo gobiernan-.

  En realidad nuestro personaje estaba vivenciando dos estados diferentes de existencias superpuestas. Porque aunque él pensaba que su ser y estar era en la divinidad, su corporeidad todavía era terrenal. Un rabino que paseaba por los lares de la tierra a nuestro figurón le puso atención. Metatrón (figura que a la par de Yahvé sentado se hallaba) le habló al castellano: -Yo soy el que gobierna el cielo y la tierra junto a mi compañera-. Luego Yahvé: -Aquí me tienes Cone frente tuyo- (Cone se llama nuestro protagonista). Cone repitió lo que dijeron, tanto en un plano como en el otro. El rabino perplejo quedó ante tales palabras que evocaban de la boca de Cone. Éste se le acercó, le aseguró y explicó que a Metatrón se le permitió sentarse debido a su función como escriba celestial que registra todos los hechos de Israel. Además de que Yahvé era él, no ella. En el paraíso Cone a muy duras penas llegó a distinguir las palabras del hebreo pero las oyó. Cone: -No me mientas Metatrón con tus falacias. Solo hay un Dios. ¿¡Acaso piensas que me tragaré tus invenciones!?. Todo esto es una ilusión tuya o... ¿Eres Belcebú?. ¿Quizás el nuevo Satanás?, te has vuelto loco. Has perdido la rienda de tus cabales y una moderna rebelión en el reino del padre quieres desatar-. Metatrón se encolerizo, un agujero se abrió: un portal hacia el infierno. Hay caerían, y cayeron, Cone y demás que como él, se atrevieron y atreverán a rebelarse contra los “señor y señora”. Cone en castigo eterno, obscuridad terrible, sangre hervida, carne rebanada y tormento del espíritu. Pero la “señora” lo rescató y le expuso: -Mírame bien Cone. Yo soy la que la tierra en seis días creó y al séptimo descansó. Para otros nunca descansé. Soy ella, soy mujer-. Cone repitió ello y agregó: -¡Realmente!, Jehová es mujer, Alá es mujer. Pobre de mí, de la hombría que en contra de la mujería arremetió durante toda la historia. En realidad no te culpó mi diosa por haber tratado a la humanidad como si jugarás a la escondida con nosotros. Una escondida violenta y silenciosa en ocasiones. Universal en espacio y perpetuo en tiempo pareciera, aparenta, el campo de juego. Ahora sé qué primera fue la mujer Lilith, segunda Eva que de su costilla nació Adán. Éste fue el que hizo probar la fruta prohibida a Eva.

  El esenio escuchó a Cone y lo reprobó. Cone -en trance- al rabino: -No molestes alma en medio del proceso purgatorial. ¿No te das cuenta que hace millardos y más, vagas por estas tierras para purgarte de tus penas acometidas antañísimo?-. Al percibir los oídos del rabino aquello, quedo estupefacto y en insania huyó al destierro pasado. No todos lo que viven en el planeta tierra están en el purgatorio, para algunos es su primera vez, y no me refiero nunca a fantasmas.

  Cone al liberarse de la dualista encrucijada virtual  continuó su continúo continuar: pisotear un pie delante del otro y el otro delante de éste y así. A lo poco de apisonar, con un filósofo danés atinó. No sabía bien porque, pero en su mente se esbozó la oración “El Sócrates cristiano”. El pensador decía: -No me nombres ni me definas. Porque al nombrarme o definirme me restringes, limitas, ya sea en mí o en ti, a una cosa y me niegas la posibilidad de las otras. No me nombres, no me definas-. Cone: -Tranquilo amigo compañero. No te asimilaré ni te clasificaré en etapas. Si no como uno que en su existencia vivió y reflexionó lo que le preocupó. Al menos que ni eso quieras-. Soren Kierkegaard: -Tú eliges tus decisiones-. Súbitamente Cone se halló en la ciudad que se acababa de manifestar enfrente de sus ojos. Estaba en el centro de una ciudadela. Era la ciudad que hasta hace poco lo buscaba para darle caza y de la cual se escapó. Pero ahora se hallaba en ella una vez más. Padecía un profundo malestar anímico. Su estómago se retorcía, sus párpados le fallaban, los ojos con cierto descontrol amagaban dar vuelta, sus dedos no respondían, un nudo se le hizo en la garganta, las facciones del semblante se le petrificaron y sus labios torpemente trataban de mantenerse juntos. Todo ello debido a que si lo atrapaban sería condenado a la pena de muerte. Había matado a unos ancianos de alta casta, que a su vez habían sido los artífices de la matanza de su pueblo y familia. Cone había retribuido venganza en el deslizar de su hoja metálica a medio afilar por los cuellos de los viejos decrépitos mientras estos en su desprevenida borrachera apenas tuvieron lapso para reaccionar. Lo había hecho por venganza, para honrar a sus hermanas y hermanos caídos: desprovistos del aliento vital de la vida desde el silencio por la espalda.

  Estaba expuesto, demasiado descubierto y visible para los cientos o miles de transeúntes que pasaban cercanos, circundaban, a él. Solo una mirada poco prolongada fija hacia su rostro y aceptable memoria de alguien bastaba para que cualquiera lo señalara, lo indicara con el obvio dedo índice para que luego dijera: “-¡Ahí está!-“, “-¡Ese es!-“, o ambos. No tardarían los otros en sumarse e imitar al primero, más si tenemos en cuenta que la recompensa por su captura es bastante generosa. * La muchedumbre me rodearía y me inhabilitaría el movimiento. Ya me lo podía imaginar. Por eso cuando alguien me agarró por detrás del hombro no ofrecí resistencia alguna, tampoco es que pudiera: mentalmente me sentía debilitado. Un pordiosero me arrastró. Me adentré a lo más insondable de un callejón obscuro. Me dijo: -No temas. Yo soy uno de los tuyos. El único que sobrevivió a la matanza de los nuestros aparte de ti-. No podía creer mi suerte. De los millones que pueblan este reino fui reconocido primero por un pordiosero que casualmente elige estos lares para sus marchas taciturnas de atardeceres. ¿¡Qué bienafortunada estrella es la que dirige mi hado!?. –Qué quieres de mí-, replico. –Te quiero ayudar. Ve y desciende por esta cueva que llegaras a la luz, no muy lejos de ahí estará un mago de destreza tal  que deseos que quieras te concederá-, me dijo el desconocido. –Muchas gracias-, fue lo poco que le emití, pero para él mucho era. En la obscuridad de la cueva interminable me interné. No había agua, la canícula insoportable. A punto de desmayarme era mi situación. ** Lo observaba a Cone en tal mal estado pronunciando estas palabras: -Muéstrame el camino que me he elegido y he de elegir-. Al contrario del creer popular, como hafaza mi deber era socorrerlo, pero antes pronunció otras palabras: -El camino que he tomado y tomo es uno de sentido para los yoes pasados y el yo actual. Sino no los hubiera tomado. El camino que se erige ante mí depende de las elecciones que yo tomé. Ya no puedo huir más, de hecho nunca lo pude. No hay más vuelta atrás, no más retorno, desde este instante en las concavidades de una caverna húmeda, calurosa y fangosa. Yo soy aquel que cargo de sus elecciones se hace. Ahora lo sé pero más, ¿No lo supe siempre?-. Al oírle, mi razón de ser no era más. Yo como hafaza me desvanecí, me esfume. <<La transvaloración y transmutación de valores ha comenzado>>.

  *** Cone poco después la luz distinguió y a un bosque salió. Pensó que miraba una ilusión cuando sus ojos presenciaban a una mujer tan bella, de piel virgen de heridas y cualquier otra atestación. Blanca como la nieve, de ojos marrones claros, larga cabellera negra, ni flaca ni gorda. La perfección. Pero no podía ser carne. Ella tan pura debía ser espiritual. * Me le acerqué. Noté que un cuadro pintaba. –Estoy pintando tu llegada. Y no, no soy un espíritu. Soy tan humana como tú. Pero sí, coincidiré que tengo ciertas habilidades inusuales al promedio. No, mi amor no te puede corresponder. En mis treinta años de vida ya tengo familia, un esposo e hijos a la cual soy leal y amo bastante. Pero nunca demasiado, siempre hay más amor que ellos me puedan brindar y yo a ellos. Discúlpame por decepcionarte Cone-. En efecto, decepcionado y con el corazón a medio romper. Partí de allí. Me fui recitando un poema que Lía Cúneo Quiroga me aconsejó recitar, y dice, dice así:

                                        Renaceré

                        Renaceré cuando la lluvia

                        embriague mi cuerpo

                                         sonámbulo de lunas.

                        Renaceré cuando el aire contagioso

                        embeba en melodía

                                         el otoño de mi voz.

                        Renaceré cuando la luz

                        desgajada de la mañana

                        despliegue mis párpados

                                          huyendo de desvelos.

Sin saber sabiendo, lo intuía, me dirigía hacia donde el mago se encontraba. Aquel hechicero que supe por primera vez de su noticia gracias al vagabundo de la ciudad. En mi búsqueda tropecé con una población de enanos en el momento en que su rey daba el discurso: -Quiero que nadie me escuché, que nadie me haga caso-. Dicho esto nadie en su reino lo escuchó ni le hacía caso. Cavilé que justamente tal actuar era hacerle caso no omiso a lo que les acaba de orar su monarca. –Yo si te voy a escuchar y a hacerte caso-, fue mi sentencia subversiva. El enano de los enanos se aproximó hasta que estuvo a escasos centímetros mío. Pude notar que su medir en alto no llegaba a mi cintura por escasa distancia. Me felicito, me dijo que yo era el único que su mensaje entendió. Seguí mi caminar. Descubriría que tan cerca como el ciruja me dijo que estaría el mago no sería: puro cuento como palacios de arena y vasos de agua... tal vez en el futuro no sean cuentos.

  Durante ocho horas leí un libro de Borges lenta y pausadamente: no recuerdo si era la antología personal o historia universal de la infamia. Para cuando empecé a leer la metafísica de Aristóteles todavía tenía retenida en la mente al libro de Borges: pensaba que estaba leyendo un libro de él. Para cuando retomé la lectura borgeana, mismo y viceversa ocurrió. Repetí durante una hora estas palabras: ”aprendimiento, mujería, necesariedad, infinitez, dedálezca, decíase, antañísimo y reyno”.

  Toda mi vida pensé que mi buen amigo bueno y mi malo amigo malo, eran. Hasta que descubrí, primero, que al revés es, más luego que ni mis amigos eran. Para volverlos a redescubrir como amigos. Pensé en esta realidad y en el más allá, en su lenguaje. Pensé que el lenguaje depende de la lógica en la cual uno vive. Por ende al estar habituados a vivir en una determinada realidad nos cuesta expresar, no sentir, en lenguaje nuestras experiencias místicas. Plausiblemente si diéramos más importancia al señorío onírico de Morfeo podríamos decir con una o pocas palabras la escena de un sueño en vez de usar varias.

  La mayor prueba –o está bien, tal vez no la mayor- de que universalidades se esconden detrás de las particularidades es que, aun nosotros siendo seres constituidos por sucesiones, continuaciones y/o graduaciones de variadas subjetividades, seamos capaces de comunicarnos y entendernos entre sí.

  Por fin al genio llegue, a lo lejos divisé una silueta que parecía haber egresado de aquí hace poco. El mago dice: -Es en mi prioridad el atender por orden de llegada. Dime si alguien te acompaña y quien llego primero-, -Estoy solo-, le respondo. -Entra, entra querido-, dijo el encantador y continuó: -¿Qué deseos anhelas?. Puedes pedir lo que quieras. Solo di-. –Cazarrecompensas, sicarios, agentes del orden y la justicia y media ciudad andan mi paradero escudriñando. Quiero que me hagas inmune a la expiración corpórea. ¿Solo soy un iluso y mucho mí pedir?-, pregunté. -Para nada… concedido-, me contesta. -¿Tan veloz y simple?. Quiero pruebas para fraude ver que no eres. Haz aparecer un dragón pequeño en este mismo instante-, increpo. Un pequeño dragón volando entró al refugio del mago como derivación de mi reprensión. Para asegurarme que no fuera producto de una casualidad probabilística demandé, ¿Quién soy para demandar?, que hiciera lo mismo con cien dragones. El mago, paciente, acató. Aquello ocurrió más un agregado propio del genio: un fénix, un ave de fuego variable y maleable a causa de las llamas que lo conformaban. Majestuosa ave de rojo carmesí surcó delante de mí. Pedí perdón por dudar del brujo. Me dirigí sin escrúpulos ni pesos cargados al hombro hacia la ciudad. Entre sin temor ni pavor. Nadie me reconoció, atribuí al hechicero tal empresa. En mi orgullo que no me faltaba sino más bien sobraba: que en borbotones se expedía de mí, entre a la comisaría. Estos me arrestaron y me dieron muerte. *** Entonces Cone razonó que aquella sombra sobre la cima de la colina que había visto desde la entrada del refugio del hechicero, seguro un oficial, había pedido por su muerte antes que él su inmortalidad. Sumado a la frase capciosa que le llegaba a la mente en un instante de fresca claridad << Es en mi prioridad el atender por orden de llegada>>.

  Cone veía como la luna caía sobre él. En ella había obeliscos de antiguas civilizaciones. Antes observó un pájaro en lo alto de la ciudad y un prófugo: justiciero por sus propias manos que ensangrentadas se encontraban, fugarse de la alta clase de la ciudad. El filo de la luna, al filo de la luna, guillotinó en dos su alma.

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