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11 min
Obsesión
Suspense |
18.02.15
  • 5
  • 12
  • 1907
Sinopsis

Me pregunto hasta la obsesión que se sentirá al matar a alguien...

Si les hablase acerca de aquello que ha ocupado mis pensamientos en los últimos tiempos probablemente me tomarían por loco, y no les culpo, pues yo mismo he llegado a preguntarme si no estaré adentrándome sin remedio por los senderos de la sinrazón. El caso es que una idea me ronda con insistencia y me veo en la necesidad de liberarme de algún modo de mis demonios. Me pregunto hasta la obsesión que se sentirá al matar a alguien.

Aunque empiecen a dudarlo, me considero una persona normal. Tenía una profesión con la que me ganaba honradamente el pan, una hipoteca que me condenaba de por vida a trabajar para el lucro de otros pero me permitía disfrutar la ilusión de ser propietario de un pequeño piso a las afueras de Madrid, unos padres y hermanos que me querían y una novia adorable a la que veía cada fin de semana, pues por su trabajo no estaba en la ciudad los días laborables. Mi vida se hallaba sumida en la misma monotonía socialmente aceptada de cualquier individuo que ustedes puedan cruzarse por la calle y aunque tenía todo lo que se supone que un buen ciudadano puede disfrutar, no dejaba de sentir como me ahogaba la rutina desde que me levantaba cada mañana.

Así que una noche de Diciembre, hastiado de aburrirme vegetando ante el televisor, decidí salir a dar un paseo por las calles mientras un hormigueo en el estómago me comía las entrañas. Quizás, me dije, ha llegado la hora de llevar a la práctica mis obsesiones. No tenía intención de convertirme en un asesino en serie, pero ansiaba probar esa sensación al menos una vez en la vida... sólo por una vez.

Me dirigí hacia los suburbios. Había tenido la previsión de tomar un cuchillo de la alacena, que escondía bajo el abrigo. Mi objetivo era un callejón en el que solían pernoctar varios vagabundos, resguardados del viento por el muro de una fábrica abandonada cuyas chimeneas se elevaban intentando tocar el cielo. Si iba a matar a alguien, pensé, al menos me aseguraría de que no hubiera quien lo echase demasiado en falta.

A aquellas horas un grupo de indigentes se disponía a pasar la noche, tirados sobre el suelo y rodeados de cartones con los que intentaban ahuyentar el frío. Me interné en el callejón, entre las miradas de algunas pobres almas que decidieron merecía la pena levantar la cabeza para contemplar quien perturbaba su descanso. El lugar estaba sucio y olía a orines. Me fijé en un individuo recostado en la esquina de una calle adyacente, un tanto alejado del resto. Era la víctima perfecta. En su situación, si me aplicaba, los demás ni siquiera se enterarían de nada. Caminé hacia él, a cada paso sentía aumentar la frecuencia de los latidos en mi pecho, un sudor frío me recorría la espalda. Era presa de una sensación extraña, mezcla de miedo, culpa... y placer. Jamás había experimentado nada igual... y me gustaba. Llegué a la altura del vagabundo.

Estaba medio adormilado y levantó ligeramente la cabeza. Se trataba de un hombre de cabellos enmarañados y barba descuidada, vestido con ropas  harapientas embadurnadas en una capa de mugre tan gruesa como las propias telas que lo cubrían. Despedía un tufo a sudor y alcohol, con seguridad se encontraba todavía bajo los efectos sedantes de la bebida. Junto a él se hallaba una botella de whisky a medio consumir, sobre cuyo cristal se entremezclaban las huellas desdibujadas de sus propios dedos. Saqué el cuchillo bajo el abrigo y me agaché frente al viejo. Un vahído nauseabundo me irritó las fosas nasales. ¡Parecía tan fácil acabar con lo que quedaba de aquella vida!. Y entonces ocurrió.

Fue como un gatillazo en un club nocturno sucio y de mala muerte. Acortar los días de aquel despojo humano no tenía ningún mérito, no suponía ningún riesgo... no podía reportarme ningún placer. Después de todo ya estaba más muerto que vivo, no había nada que yo pudiera arrebatarle. Si quería satisfacer mis instintos debía buscar otro objetivo, una víctima más digna, alguien a quien su vida le importase todavía algo... alguien cuya vida importase todavía a alguien.

Llegué tarde a casa con el peso inmaterial del fracaso aplastándome el alma. Me acosté sobre la cama, derrotado, y tardé en dormir. Al día siguiente levantarse se hizo más pesado que de costumbre y la semana laboral duró más de cinco días. Alejé por un tiempo mis inconfesables planes de la cabeza, pensando que jamás reuniría el coraje para materializarlos. El sábado mi novia hizo que olvidara por unas horas las frustraciones y cuando nos despedimos el domingo me di cuenta de cuanto le importaba... de cuanto me importaba ella.

***

Tardé dos días en armarme de valor, pero al fin al llegar el miércoles volví a experimentar ese placer morboso cuando me lancé a los desangelados brazos de la noche. No llevaba rumbo fijo y tras deambular un tiempo por las calles decidí dirigirme hacia el parque. Hacía frío, pero todavía se veía algún alma transitando por las aceras. Traspasé la verja que delimitaba el perímetro y me interné en una calle peatonal, la cual atravesaba el recinto arbolado cruzándolo de lado a lado. Si se quería ir andando al otro extremo de la ciudad sin rodear el parque, ese era el camino más corto. Caminé durante un rato, hasta que me pareció adivinar una sombra varios metros más adelante, bajo la ténue luz de las farolas que trataban de disipar las tinieblas. Apuré el paso y según me fui acercando tuve que alabar mi buena suerte.

La silueta de una mujer joven se fue haciendo cada vez más nítida, a la vez que el taconear de sus pasos sobre el asfalto regalaba mis oídos. Era esbelta, con el cabello largo cayéndole hasta la mitad de la espalda. Vestía un abrigo bajo el que sobresalía una falda que apenas le llegaba a las rodillas. Aún a través de la oscuridad se la adivinaba hermosa, sin duda disfrutaba de una vida que merecía la pena, sin duda alguien la estaría esperando en la acogedora calidez de un hogar.

Comencé a seguirla manteniendo la distancia, aún quedaba un trecho considerable hasta alcanzar el final del parque. Bajo mi abrigo acariciaba el cuchillo mientras el corazón me palpitaba semejando el cadencioso traquetear de una locomotora. La mujer pareció darse cuenta que alguien caminaba tras ella y ladeó disimuladamente la cabeza, lo justo para percatarse de mi presencia. Comenzó a acelerar el paso, yo hice lo propio. A los pocos segundos volvió de nuevo el rostro, esta vez ya sin ningún recato. La sonreí, sin saber si llegó a apreciar el gesto. Era consciente de que esa actitud le provocaba temor y aunque en mi fuero interno reconocía que se trataba de una conducta del todo reprobable, no dejaba de sentir cierto placer morboso al saberme con poder sobre aquella criatura.

Presa del pánico, la chica no tardó en correr e iniciar una huída desesperada, aunque los zapatos de tacón que calzaba no eran los más adecuados para escapar. El martilleo de sus pasos retumbaba en la quietud de la arboleda. Comencé a trotar tras ella, mientras acortaba la distancia sin excesiva prisa, como un felino que juega con su presa antes de asestar el zarpazo final. La mujer volvía el rostro una y otra vez y yo no dejaba de regalarle mi sonrisa más sardónica. Podía escuchar su respiración acelerada tratando de boquear en el gélido ambiente nocturno. En su huída perdió el bolso, del que salieron despedidos varios objetos al impactar contra el suelo. Me tomé unos segundos para recogerlo y le grité que volviese a por él, tras lo que proferí una sonora carcajada. Con cada zancada la tenía más cerca, su silueta femenina había dejado de ser una sombra borrosa para perfilarse con toda su voluptuosidad. Casi podía percibir el terror que como un rastro imaginario impregnaba el aire. Me sentía eufórico, al fin iba a materializar mi más inconfesable anhelo. Entonces vi como de repente la muchacha variaba el rumbo y trazaba una diagonal sobre el asfalto, desviándose hacia la acera opuesta.

Hice ademán de correr tras ella, empezaba a cansarme ya de ese juego, ansiaba culminar de una vez por todas mi particular misión. Tuve que detenerme en seco. Bajo la luz de una farola pude observar la figura de un hombre que se había vuelto, alertado por los gritos de auxilio que la mujer comenzó a proferir. De inmediato abandoné el camino y me escondí tras unos arbustos. La chica había llegado a la altura de su salvador y ambos conversaban, sin duda lo estaría poniendo al tanto de la persecución. El hombre, que en la distancia se adivinaba corpulento, dirigió una mirada hacia donde me encontraba. Agaché más la cabeza. No pareció verme. Tras unos segundos los dos comenzaron a caminar y no tardaron en perderse entre las sombras. Tenía que asumir que había fracasado de nuevo.

***

Otra noche más llegué al hogar con las manos limpias de sangre. Sin embargo esta vez había sido una causa ajena la que me impidió culminar el crimen. Sabía que el momento se acercaba, sólo era cuestión de tiempo.

Me levanté a la mañana siguiente sintiéndome inexplicablemente eufórico. Era festivo local en la ciudad y no había necesidad de madrugar. Bajé a comprar el periódico y preparé un desayuno abundante, tostadas con mantequilla y unas lonchas de fiambre. Sonreí por lo premonitorio del festín. Tomé asiento en el sofá y me dispuse a pasar las hojas. Cuando llegué a la página de sucesos una noticia llamó mi atención, la leí desconcertado.

Se ha encontrado en el parque del Retiro el cuerpo sin vida de la joven A.F.R., que desde ayer por la noche se hallaba desaparecida. La mujer se dirigía a pie hacia su casa cuando se le perdió el rastro. Un testigo ha relatado a la policía que minutos antes observó como un hombre de mediana edad la seguía a través de la senda peatonal que atraviesa el parque. Los agentes centran sus investigaciones en localizar a este sujeto, que se ha convertido en el principal sospechoso del crimen.

Se me hizo un nudo en la garganta mientras recordaba al hombre que había frustrado mis planes. Por lo visto otro se había llevado la gloria descargándose de culpa. Frías gotas de sudor comenzaron a perlarme la frente al tiempo que una incipiente arcada pugnó por vaciarme el estómago. Fue en ese momento cuando escuché como alguien aporreaba la puerta. Un grito que provenía del exterior me heló la sangre: “¡policía, abra inmediatamente o tendremos que entrar por la fuerza!”.

Cogí el móvil y con mano temblorosa improvisé a toda prisa un mensaje: “Cariño, no vas a creerme, pero no es lo que parece”.

***

Han pasado siete años. Uno termina por acostumbrarse a la vida en prisión, aunque he de reconocer que al principio cuesta un tanto. Todas las pruebas esgrimidas en el juicio me incriminaban y mi abogado no supo o no quiso demostrar que era inocente. Ahora estoy pendiente de la condicional, nadie podrá echarme en cara que mi comportamiento durante este tiempo no ha sido ejemplar. Deseo salir, tengo comida y cama pero ahí fuera aún me aguarda una tarea inacabada…¡me pregunto hasta la obsesión que se sentirá al matar a alguien!.

 

 

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  • Un relato sorprendente. Original hasta decir basta y con un personaje interesantísimo. Me ha gustado mucho Lucio.
    Me ha gustado mucho la idea de trabajar la mente del asesino frustrado. Es genial. Muy bien llevada la narración. El relato, en su primera mitad, te hace suponer unos acontecimientos que nada tienen que ver con lo que va a pasar. Muy bien conseguido el suspense y el final. Está claro que tu personaje puede ser el protagonista de algún relato más... je, je. Enhorabuena. Saludos
    Una idea más que original! Y el final... Desde luego no era algo que pudiera intuir en ningún momento. Este relato se merece una segunda parte, para ver si el sujeto consigue llevar a cabo sus obsesiones. Un saludo!
    Segunda parte. Hay otros recursos para acelerar el ritmo, los adverbios, gerundios y palabras largas lo ralentiza. Con todo, es tu decisión. Lo mío es un consejo. Abrazos.
    Para darte una respuesta profesional pregunté a una lingüística de la Universalidad Católica de Chile. Es muy tajante, la acción es posterior al verbo, por tanto, es incorrecto. Sin embargo, hay apologistas de su uso que señalan que si la acción es casi simultánea o de consecuencia del verbo principal, entonces se puede usar. Pero en foros de discusión dan dos ejemplo del uso correcto e incorrecto, que confunden. Los cito: "se cayó una casa, muriendo dos personas". "El río se desbordó, obligando a los habitantes a huir...". Ante la confusión prefiero evitarlo. En tu relato narras una huída, el ritmo narrativo debe ser acorde con lo narrado, eso se logra con frases cortas.
    Un relato trepidante que se lee de un tirón y se hace corto. Has construido una historia emocionante y entretenida con su justa dosis de componente sicológico y acción inquietante. Con tu habitual estilo, Lucio, fluido y atrapante, consigues mantener la tensión narrativa hasta la última línea y nos brindas un final incierto y abierto. Saludos.
    Umbrío, al hilo de tu consejo he dedicado parte de la mañana a leer sobre los gerundios de posterioridad y la información me ha sido muy útil, así que he cambiado alguno que otro más que aparecía en el texto. Sin embargo, y pregunto desde la ignorancia, en el caso concreto de "la chica no tardó en correr iniciando una huída desesperada" ¿no estamos hablando de dos acciones simultáneas y por tanto se trataría de un uso correcto del gerundio?. Gracias.
    Gracias por el comentario Umbrío. No me molestan en absoluto las correcciones cuando se hacen con respeto, todo lo contrario, vienen muy bien para aprender y cuanto más escribo y leo más me doy cuenta de lo mucho que me queda por mejorar todavía. De hecho he aplicado a mis relatos alguna corrección que has realizado sobre escritos de otros autores, así que te agradezco cualquier aportación que ayude a mejorar. Un saludo.
    Tu cuento me ha gustado por arriesgado, original y bien hilvanado. Te sugiero revises detalles que mejorarían la narrativa. Ejemplo: "la chica no tardó en echarse a correr iniciando una huida...". Echarse a correr es una expresión poco estética e iniciando es un gerundio de posterioridad que es erróneo. Una opción (sugerencia): la chica no tardó en correr, huía desesperadamente. Pregunta Lucio: suelo señalar o sugerir. Si te incomoda hazme lo saber.
    Incriminado erróneamente por culpa de una obsesión que no llegó a culminar pero que le sigue persiguiendo aún entre rejas. Mantienes la tensión durante todo el relato, aunque imaginaba que al final conseguiría su propósito, incluso pensé en su novia. Genial, Lucio. Saludos.
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