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5 min
Oficina de Devoluciones
Reflexiones |
09.08.15
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Sinopsis

De como un joven universitario aprende algunas lecciones en una oscura oficina pública

Corría 1989, año de mala memoria, y el maduro joven universitario de estudios prolongados por su enjundia militante, proximo futuro padre, calvicie amenazante entre la mata de cabellos lacios que, ladeados, insistían en cubrir los espacios baldíos del cuero cabelludo, fue consignado a la burocracia. El ya maduro joven, decíamos, ejercía sus primeras artes en la administración publica. O mejor dicho quizas su segunda o tercera experiencia. Pero esta era la primera, aclaramos para contradecir versiones maldicientes, con el modelo kafkiano puro, cristalino, del palacio de las aguas corrientes versión '89, monumento histórico de la ciudad de Buenos Aires.

 

El sitio  preciso elegido por los hados era la oficina de Devoluciones. Un buro que reembolsaba, hecho raro donde el 40% de los usuarios ni miraba el sobre que llegaba, las facturas de agua pagadas en mas de una ocasión. La misma factura, pagada dos veces. Tres, muy pocas, casi nunca. Meses después, el importe moneda constante era devuelto al inocente equivocado. O al vivillo que oblaba las facturas ajenas para quedarse con una vieja residencia o terreno, luego de 10 años de estipendio. Devaluado según una inflación de 3 cifras anual patente nacional, porque hiperinflaciones hubo en todo tiempo y bajo toda bandera, pero ésta era bien nuestra. 

 

Nuestra oficina y el joven estudiante incluso, tenían un jefe, y ese jefe se llamaba Juan Perfetto. Del italiano: impecable. Impecable era su peinado engominado, su bigotito fino del mismo largo que su labio superior, su blaizer azul botones dorados, la raya de sus pantalones grises, la sobriedad de su carácter, la neutralidad de su voz. 

Su estilo de gestion era menos perfecto, pero coincidía perfectamente con los designios de la administración. Por ejemplo, su primera lección al joven escriba fue la de ordenarle transcribir una serie de cuentas e importes prolijamente en una hoja rayada, amarillenta gracias a radiaciones UV de antes de Hiroshima. Completada la tarea, mientras alababa la limpida caligrafía, rasgó la hoja en cuatro: -.Trabajas muy rápido y no tengo otra cosa para darte, así que escribila de nuevo. 

Escrituras rotas que cumplían un rol primordial, mantener la tensión de trabajo aun cuando el sistema fuera incapaz de generarlo. Dicen que para mantener ocupados a los paisanos fuera de épocas de trabajo productivo, siembras y cosechas, los faraones del imperio de Nilo hicieron construir las famosas pirámides para su gloria y el de su eternidad.

 

Como en toda estructura piramidal, el àrea medida hacia la base es mayor que si nos movemos en dirección al vértice. Entonces, en el vértice de esa pirámide local, el ingeniero Perfetto y los colegas del mismo nivel tenían un jefe. Ese jefe era el Sr Barragan. De edad que ya superaba su jubilación, el Sr Barragan persistía en su puesto por imposición de las circunstancias y letargo de la Gerencia. El se debía a la administración y la administración dejaba pasar la deuda. Quizas fuera una obra de bien, Barragan fuera de su trabajo hubiera sido presa del hastío o de sus hijas las tentaciones y el vicio. Vicios pequeños tenia, como el de sopesar los kilates de los pendientes sobre los escotes de las escribientes jóvenes y bellas. Nunca mas allá de un toqueton balbuceante, la administración seguramente lo permitía hasta allí y el Sr Jefe era respetuoso de las reglas. Porque Barragan era el perfecto jefe, mas que Perfetto y por eso era su jefe, pequeño hombrecito de traje gris. Observaba lo que los jóvenes hacían, y confirmaba que lo estuvieran haciendo. A veces jugando a las escondidas detrás de una columna, o cerca de la escalera del baño, zona exclusiva de vagabundeo y vagancia de los jóvenes escribas. El castigo a quien vulneraba la ley del escriba penitente era solo moral, la administración carecía de la mas minima autoridad para imponer alguna otra pena. Sin embargo, en un raro juego de roles, los escribas sufrían el temor al castigo y con mansedumbre retornaban al taburete de escritura y se acodaba en la mesa larga, como de abadía medieval, donde otros colegas escribas seguían el juego del trabajo, obedientes.

 

En esa lúdica de las apariencias laborales el joven universitario permanente de naciente calvicie aprendió muchas lecciones, como otras tantas había asimilado previamente. A dormir sobre la birome apoyada sobre la hoja amarillenta luego de madrugadas activas, a cubrir la novela apasionante o el texto de estudio de la facultad con la hoja amarillenta ante la percepción con el rabillo del ojo de la sombra de los jefes, a distribuir convenientemente las escapadas al baño o cantina del olor a grasa delator, a calcular mentalmente los minutos hasta la hora de salida. Lecciones que le permitieran evitar un mal momento, un conflicto, una crisis...

Hasta que una crisis real sobrevino y aprendió que es a partir de ellas desde donde se supera y aprende, o se estalla y desaparece como un fosforo. Dejando un aura de luz a los otros.

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