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3 min
Olor a café
Reflexiones |
25.01.15
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Sinopsis

.

El olor a café me recuerda siempre a esos despertares lentos, con la luz apagada y un débil rayo de sol entrando por la puerta entreabierta. Me doy la vuelta en la cama y sigo sintiendo el calor de su cuerpo a mi lado. Es simplemente perfecto.

Me hundo un poco más en el colchón bajo su peso cuando su cuerpo se acomoda sobre el mío y ambos encajan a la perfección, y empieza a formarse esa mezcla tan característica de humedad y deseo.

Escucho las ruedas de una camioneta frenar por el camino de tierra y luego el silencio rasgado por su respiración profunda y lenta.

Su pelo cayendo desordenado sobre mi cara y el aroma que alteraba todos mis sentidos me dejaba sin razón.

Me sentía segura en esa habitación, como si el resto del mundo se moviera a una velocidad diferente a la nuestra.

No me importaba que pudiera pararse en cualquier momento.

Sabía que de alguna manera nuestra atmósfera seguiría intacta aunque el resto del universo se nos cayera encima.

Conocía cada parte de su cuerpo y mi mano le acariciaba de memoria en medio de la oscuridad rota por el día que empezaba.

Era consciente aunque no me gustara de lo bien que me sentía entre esas cuatro paredes, entre esas sabanas.

La seguridad con la que veía la vida a pesar de estar desnuda en todos los aspectos, me reconfortaba.

Era como estar en lo más alto, justo en la cima.

Lo contemplaba todo en una posición distinta a pesar de que era vulnerable.

Notaba el poder fluyendo a través de mí y me turbaba.

Me dejaba  llevar, podía ser yo misma y no fingía; era todo lo que siempre había querido.

Pero cuando todo terminaba y nuestras vidas volvían a separarse, el peso de la realidad me aplastaba como una losa fría; sentía miedo y le echaba de menos.

Ahora que ha pasado el tiempo comprendo que no extrañaba su presencia, ni su calor, ni su risa ni el color de sus ojos, echaba de menos cómo me sentía cada vez que estaba a su lado; mi propia felicidad, mi manera de comportarme, la persona que me hizo ser cuando le conocí.

Y eso es lo único que nos queda después de todo cuando una persona se va y nos deja, aunque nunca se lo lleva todo, siempre nos cede algo de sí misma.

 Un puñado de recuerdos en común y la posible transformación que nos hace ser cada vez un poco mejores.

 

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