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4 min
Olor a mar, olor a ti
Amor |
01.04.15
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Sinopsis

Cuando lo que quieres está a miles de kilómetros de ti.

  Era noche cerrada, por no haber, no había ni luna. Yo sentada en aquella mesa redonda de piedra miraba el mar. En esa terracita de verano en la que había acabado esa noche. La humedad me mojaba el cuerpo y me hacía tener más calor del que verdaderamente tenía. Esa noche el mar estaba en calma, al lado había un grupo de estudiantes que no paraban de reír y de beber cerveza. 

      A mi mi coca cola no me saciaba, no me aliviaba el calor que sentía. Y no solo era el calor de ese pueblo costero que había elegido. Ese pequeño pueblo de pescadores que en verano se llenaba de turistas hambrientos de agua, sol y arena. 

     No solo era ese calor, era el calor que me inundaba al pensar en ti. Tu ocupabas mis pensamientos, atiborrabas de imágenes mi cabeza, me llenaba de ti, aún a miles de kilómetros de distancia.

      Había elegido ese pequeño pueblecito porque era el único que me daba paz. En ese pueblo podría por fin terminar mi novela y ponerme al día con los plazos de mi editor, en ese pequeño pueblecito me inspiraría. Pero no había sido así, todo me recordaba a ti. Las pequeñas barcas en la orilla, el pequeño puerto con olor a pescado, los paseos por las rocas, los turistas a mi alrededor haciendo que mi silencio interior se volviera ruidoso. Todo eso eras tú.

      Y aunque yo lo intentaba y me sentaba delante del portátil, de mis manos no salían ni una sola palabra, mi protagonista estaba muerta, no tenía sentimiento alguno, no quería vivir, y yo no quería que viviera. Ya la había matado de mil formas distintas, ahogada en la playa, accidente en la bañera, accidente de tráfico, ninguna me parecía lo suficientemente trágica. Todas eran buenas muertes. El cursor seguía parpadeando en la pantalla, hasta que esta se volvía negra. Y yo me quedaba mirando a ese infinito oscuro hasta que algún grito de algún niño me despertaba de mi letargo.

     Esa noche no me había llevado el portátil, ¿Para qué? Quería embutirme en la vida nocturna de verano de mi pueblecito. Quería inspirarme en las personas de mi alrededor. Pero ni siquiera las veía, sólo miraba a ese horizonte, negro como mi pantalla, lo único que oía era el sonido de las olas estrellándose en la arena y esas risas y voces inconexas que me llegaban de la mesa de al lado, que ni siquiera podía identificar. Parecía que hablarán otro idioma, pero no, era el mio. Y por mucho que intentaba concentrarme en sus voces, no lo conseguía, tu volvías a mi. Tu me seguías y no me dejabas libre, estabas ahí, haciéndome tuya sin saberlo.

      No sé como explicarlo, pero lo sentí, algo me liberó la mente, y mis sentidos se dispararon. Podía oírlo todo, el chocar de las olas, como el camarero fregaba las copas, las risas, las voces, palabra por palabra. Me levanté, no se ni como ni porque, pero me levanté. Empecé a andar sin rumbo fijo, o lo que yo creía que era sin rumbo fijo. 

      De repente estaba en la playa, y a pocos metros de distancia estabas tú. Como yo, mirabas al mar, llevabas el vestido largo que a mi tanto me gustaba, pero esta vez este no se movía, no hacía ni pizca de aire. No sé si mi fuerza, o el magnetismo que nos unía te hizo girarte, y nuestras miradas se encontraron. Sonreíste, como siempre hacías. Iluminándolo todo. Y en ese momento no sabía que hacía allí. Todo se volvió más negro aún y solo veía tus ojos.
    
     Seguías sonriéndome, mientras mi cuerpo se negaba a moverse, y yo en lo único que podía pensar era en abrazarte y tocarte, era en sentirte cerca de mi. Pero no me movía, y tu tampoco. Las dos saboreamos aquel momento, sin poder apartar nuestras miradas. Por fin una sonrisa salió de mi boca, más bien una carcajada que restalló en mitad de la noche. Tu me seguiste, y allí riéndonos en la distancia, bebiendo de nuestras miradas, nos volvimos a descubrir, volvimos a ser nosotras.

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Me encanta el olor a libro nuevo. Cuando abro uno lo primero que hago es olerlo. Alguna vez me gustaría abrir uno con mi nombre en la portada.

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