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11 min
Olor a sangre
Drama |
14.01.15
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Sinopsis

La muerte llega cuando menos se la espera. Muchas veces algún objeto insignificante la lleva escondida para presentárnosla en el momento adecuado. En este caso es un celular que ocasiona una muerte.

 

Era la tarde de un viernes cuando empecé a oler sangre. La casa era amplia y bien ventilada. Sin embargo, en cualquier cuarto al que me dirigía me atosigaba esa extraña sensación en el pecho, junto al típico olor a sangre fresca. Como si al lado de la casa estuviese un elefante desangrándose.

-Mami ¿también hueles ese olor extraño?-pregunte a mi madre, mientras entraba en la cocina con una olla entre las manos.

Mamá, respiro hondo y empezó a oler como suele hacer un perro, arrugando la nariz. Pero terminó por decir que nada olía, y que seguramente era algún aroma de allá afuera, traída por las ráfagas de aire. Por la lógica del comentario de mamá, dejé de darle importancia al hedor, y pensé en leer un libro, gusto que había adquirido gracias a papá, que cuando vivía, nos había comprado libros de cuentos de Poe y Quiroga. Pero apenas había dado un paso hacía el cuarto, cuando mi madre me dijo:

-¡Eduardo! dile a tu hermano que vaya por las tortillas. Y tú ve a la tienda por un kilo de arroz.

Mi hermano se llamaba Braulio. Ambos habíamos nacido en el mismo día y en la misma hora, sólo con unos minutos de diferencia. La gente de la colonia nos decía los cuates, hijos de doña Serafina. A pesar de haber nacido, casi juntos, mi hermano era el más moreno, y yo, un poco más blanquito. Pero, eso sí, de la misma complexión y estatura. En aquella fecha en que empecé a oler sangre, teníamos doce años. Éramos muy unidos, tanto, como las pestañas a un ojo; si una tía nos regalaba una pieza de pan o una manzana, lo dividíamos a la mitad para cada uno, y así, con todas las cosas.

Aun parece que puedo verlo corriendo por el jardín, mientras yo le echaba el chorro de agua que salía de la manguera o viceversa. Sin embargo, no todo era felicidad en aquel nidito de polluelos, pues las cosas extrañas, las empecé a ver desde la más tierna infancia. Un día cuando teníamos seis años, mi hermano se subió a un árbol. Era un pequeño ciruelo de ramas retorcidas que asomaban a la calle. A veces puedo sentir todavía, entre escalofríos, él olor dulzón de las ciruelas maduras que nos llegaba desde el patio, hasta el corredor de la casa. Donde mi hermano y yo, celular en mano, nos sentábamos cada tarde, a tomarle fotos a la gente que regresaba de sus trabajos, hasta que llegaban nuestros primos a jugar futbol.

En fin, las tres noches anteriores, había tenido yo un sueño. No un sueño normal, sino un sueño extraño, de esos que te hacen erizar la piel con sólo recordarlo. En el sueño miraba a Braulio arriba de un caballo blanco; El animal corría desbocado por un valle verdeante, rumbo a un gran abismo. Y yo tras él corría, desesperado, jadeante, gritándole…Pero mi cuerpo de plomo, caía a tierra atraído por una fuerza invisible, como si unas manos salieran de la tierra aferrándome las rodillas. De repente alzaba la mirada y podía ver al caballo, relinchando, solo, al principio del abismo. Mi hermano había desaparecido. Despertaba, agitado y sudoroso en la oscuridad del cuarto. Al instante, encendía la lámpara, miraba a la vecina cama y allí estaba Braulio, respirando acompasado. Y ya en el día, ese sueño aterrador estaba en mi cabeza como sanguijuela, succionándome la poca claridad de mi mente. Aquella tarde, cuando mi hermano, dio indicios de querer subir al árbol, yo desesperado le dije que no lo hiciera. Pues tomaba el sueño como una predicción y, temía que cayera y se lastimara. Pero él no me hizo caso y subió al ciruelo; cortó los frutos y bajo sano y salvo. Y parecerá extraño pero me sentí aliviado, como si me quitasen del cuello un afilado cuchillo.

Días después, el sueño, así como había aparecido, desapareció también por completo. Pero seis años más tarde, cuando empecé a oler sangre, un día antes, había tenido el mismo sueño. O mejor dicho la misma pesadilla. Por eso, cuando mi madre dijo que fuéramos a traer tortillas y arroz, yo me ofrecí a ir por las dos cosas. Pues en el camino era necesario cruzar una carretera, y tenía, aquel miedo inefable. Un miedo que no sabía porque lo tenía.

-Que baya también tú hermano-dijo mamá-. Porque si no, se acostumbrara a no hacer nada.

Aunque mi madre dio esa orden, fui solo a la tienda. Compre el encargo y pronto regrese. Y cuando iba cruzando el patio de la casa con las tortillas y el kilo de arroz, entre las manos, desde la calle vi a mi hermano que estaba cosiendo el balón de futbol, sentado en un trocito de madera. Pues la pelota se había roto con unos alambres la tarde anterior.

No sabía y ni se aun, como esa especie de locura aumentaba en  mil imágenes horrorosas mi miedo, y mis sensaciones pasadas revivían, más fuertes que nunca. Al ver a mi hermano con una afilada aguja, sentí una presión en el pecho, como si la sangre hubiese dejado de circular por mis venas. Dejé caer al suelo las tortillas y el arroz. Y corrí a quitarle la aguja de las manos. Pues el miedo. Ese maldito miedo me taladraba el corazón. Mostrándome a la vista, mil imágenes terroríficas. Mi madre al escuchar los gritos de pánico que di. Vino desde la cocina toda asustada.

-¡Ay! Dios mío. ¿Qué paso?-dijo. Pero no había pasado nada. Mi hermano seguía sentado en el trocito de madera, mirándome, asustado. Y yo, tenía la aguja en mi poder. Miré la aguja y miré a mi madre. Pero algo rojo había en mi mano. Volví a ver la aguja y entonces noté, mis dedos bañados en sangre. Después me desmaye. Seguramente me había punzado cuando se la arrebate a Braulio.

La herida, no fue gran cosa, ya que sólo bastaron tres días para andar jugando futbol en la calle. La pesadilla había desaparecido. No quedaba nada en mi mente que me atara a esas extrañas sensaciones. Y ese día fue el más hermoso que tuvimos en familia. Ese día era sábado y mi madre descansaba del trabajo. Esa tarde nos llevo al Parque las Riberas y, jugamos durante casi dos horas en los juegos mecánicos. Nos compro nieve y, nos llevo al cine a ver la primera película de “la era de hielo I”. Ya de regreso a casa, pasamos a ver una tía que vivía en la Lima. Allí jugamos a las canicas con mis primos, y ya noche mamá dijo que era hora de regresar a casa. Ya cuando nos despedíamos, nuestra tía dijo que ellos irían a Imala, a nadar en las albercas de aguas termales.

-Qué pena-dijo mi madre-. Mañana trabajo, sino iríamos con ustedes…

-Pero puedes dejar que vayan, Braulio y Eduardo-interrumpió la tía.

-Si mamá, déjanos ir a Imala-dijimos, mi hermano y yo.

-No te preocupes-dijo la tía Carmen-que yo los cuidare como si fueran mis propios hijos.

Nuestra madre acepto, convencida por nuestros ruegos y las últimas palabras de su hermana.

-¿Y a qué horas se van?-pregunto mamá.

-A las nueve.

Al siguiente día nos levantamos temprano. Mamá nos hizo lonche. Ella se fue al trabajo como a las ocho y media. “Se portan bien, y le hacen caso a la tía Carmen”, dijo desde el patio de la casa. Esa mañana, el sol refulgía con más intensidad entre las torres de la iglesia que teníamos enfrente. El cielo despejado, los guacamayos que pasaron volando allá arriba. Todo indicaba un hermoso día de campo. Mi hermano, había escondido el celular de mamá para que no lo llevara al trabajo. Con la idea de tomar fotos, y así el lunes, enseñárselos a nuestros amigos.

La camioneta pasó a las nueve en punto. Aun era temprano y no había prisa. Cómo mi tío Juan no había comprado todas las cosas que necesitaríamos, las compró en la tiendita de la esquina. Y una vez que llegó empezamos por subir las cosas primero.

-Tía, nos queremos ir en la cajuela-dijo Braulio-.Halla dentro vamos a ir muy apretados.

Mis primos y yo, dijimos que también queríamos ir en la cajuela.

-Está bien. Pero se van sentaditos y no se levanten para nada-contesto la tía Carmen-. La camioneta tiene redilas, pero no se confíen, pues, la carretera está en muy mal estado.

Mi tío Juan, manejaba. Se había  una cerveza, pero no estaba borracho. Al menos no se le notaba. Una vez arriba de la camioneta, nos acomodamos; mis primos cerca de la cabina, y yo me quedé, frente a mi hermano que se había sentado en el costado izquierdo. El motor arranco con un leve mugido, pero volvió apagarse. Mi tío Juan soltó una maldición y volvió a meter la llave. Tardo unos segundos con la misma maniobra hasta que por fin una humareda, salió del tubo de escape y la maquina, soltó un rugido de león. Salimos del pueblo, entramos en la carretera y empezamos a recorrer los hermosos paisajes de las antiguas haciendas. Pero de repente, al atravesar un bosquecillo, el cielo se oscureció y un frío vientecillo meció los sauces con violencia. Y la lluvia en aguacero, se dejo sentir en nuestros rostros, tupida y fresca.  En la esquina de la cajuela, junto a la llanta de repuesto, estaba una lona, nos tapamos con ella y así recorrimos un trecho, cobijados y levantándola de vez en cuando al oír pasar un carro.

Faltaba poco más o menos de un kilometro, para llegar al río, cuando se calmo la lluvia y nos destapamos, arrojando la manta en la esquina de la cajuela. Sólo quedaba un tupido rocío y un hermoso arcoíris en el norte, justamente ubicado en la ladera de un cerro. Mis primos, curiosos por temperamento, se levantaron aferrándose fuertemente con las manos a las redilas; porque la camioneta daba muchos brincos, al pasar sobre los agujeros de la carretera. Braulio, se levanto también, y yo lo imite. Di media vuelta para ver mejor al arcoíris.  Mientras mi hermano dijo que iba a sacar el celular para tomarle una foto. Pero de repente, una detonación sorda se dejo escuchar debajo de la camioneta; no cabía duda, una llanta había reventado y mi tío tuvo que frenar bruscamente.

El fuerte golpe me llevó boca contra la cabina. Mis primos, entre gritos, chocaron conmigo y uno de ellos con su frente me golpeo en la nunca. Y de pronto, todo fue oscuridad. Me había desmayado. Más sólo bastaron unos minutos para recuperarme, y poco a poco fui abriendo los ojos. El cielo, azulado, medio oculto por unas nubecillas, fue lo primero que apareció a mi vista. Levante la cabeza y mire a mi derredor; una ligera humareda nos rodeaba, junto al penetrante olor a gasolina, pero mi hermano, Braulio, no estaba por ninguna parte. Niños ¿están bien? pregunto mi tío con voz temblorosa. Pero nadie contesto. Me levante pesadamente, mientras un dolor punzante me taladraba la nuca, y un ligero mareo impedía que me moviera rápidamente. De pronto, mi tía, con violencia, se bajo del costado derecho de la camioneta, y dio un grito desgarrador, llevándose las manos a los bandos de la cara. Mis cabellos como electrizados se erizaron y las piernas me temblaron, como si una mano misteriosa me las sacudiera con violencia. No me atrevía a caminar y ver lo que la horrorizaba. Parecía que mi subconsciente no quería ver aquello, pero el olor a sangre fresca llegó a mi nariz. Y mis ojos lo saturaron mil imágenes de horror y tragedia. Con pasos temblorosos, cruce al lado izquierdo de la cajuela y me asome al vacío. Junto a mi tía estaba mi hermano, Braulio, tendido de brazos abiertos, con la cabeza partida. Y un chorro de sangre como manantial púrpura, se desparramaba por la carretera asfaltada. 

 

FIN

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