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34 min
Olvidando a Carola
Drama |
23.05.15
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Sinopsis

¿Qué es el éxito?, ¿qué es el fracaso?


I

“-Y el Goya al mejor actor es para Claus Pérez, por su interpretación en “El regreso del mañana”.

Una catarata de aplausos estruendosos hizo que se tambaleasen las lágrimas de cristal de la lámpara del techo del salón del palacio, convertido en teatro aquella noche. Cientos de flashes llenaban de destellos el escenario cegando al joven actor, que intentaba contener la emoción y componer un discurso que no había esperado pronunciar. Entre el público, Carola, su compañera de reparto y de sus días y sus noches, daba rienda suelta al llanto sin que los sollozos de alborozo afeasen su bello rostro. Al finalizar la ceremonia, periodistas de la prensa rosa de la radio y de la televisión corrían tras ellos en busca de una imagen, unas palabras, un gesto, que llenarían el día siguiente de horas y horas de tertulias.”

Claus dejó que las monedas de los seis euros del desayuno rodaran por el mármol de la mesa antes de llamar a la camarera casi adolescente que lo había atendido: una, dos, tres, cuatro, cinco y seis. Que no dispusiera de un billete de cinco euros y tuviese que pagar con monedas sueltas le pareció una metáfora del estado en el que se se encontraba. Se oyó la sintonía de un móvil. Por un momento pensó que se trataba del suyo y no pudo reprimir el ademán de llevarse la mano al bolsillo del pantalón. Luego recordó que hacía más de tres años que su teléfono había enmudecido. Terminó el café que quedaba en la taza de un solo trago, dejó las monedas sobre la mesa y salió de la cafetería sin esperar siquiera a que la camarera le cobrase la consumición.

De camino a casa, las suelas de los zapatos se adherían a la acera, que abrasaba ya bajo el sol estival, pese a no haber llegado todavía el mediodía. Con desgana, cruzó el portal del edificio en el que vivía y, con más desgana aún, abrió el buzón sabiendo que no encontraría sino facturas imposibles de pagar y el colorido papel satinado de la publicidad. El olor a cerrado le dio la bienvenida nada más traspasar la puerta del apartamento. Hacía tiempo había tenido que despedir a Hortensia, la mujer que le limpiaba la casa y le planchaba la ropa tres días en semana. Desde entonces, apenas abría las ventanas para renovar el aire. Fue directo hacia el teléfono que había sobre el aparador del salón y marcó un número que conocía de memoria.

-¿Hugo? Soy Claus. Sí, hombre, Claus Pérez. ¿Qué tal, hombre?, ¿qué es de tu vida? 

Tragó saliva antes de seguir. Pese a intentarlo, no podía evitar que su voz, algo chillona, dejara traslucir su ansiedad.

-Oye. Me han contado que vas a dirigir una nueva película. ¿No podrías...? ¿El productor? Sí, claro. Lo conozco. No, no, si no te estoy pidiendo el papel principal. Algo pequeño, ya sabes. Comprendo. No te preocupes, hombre. Otra vez será. Hasta la vista.

Colgó despacio el auricular del teléfono, como si temiese romperlo con un golpe demasiado enérgico. ¿Cómo era posible que cuatro años antes le llovieran los papeles y ahora ni aun mendigando consiguiera que le diesen uno, por insignificante que fuese?, ¿es que no iban a perdonarle nunca su bajada a los infiernos? Durante años, había sido el actor más buscado, el que todos vaticinaban un gran futuro. Y ahora ni siquiera sabía qué sería de él al día siguiente. 

Se dirigió a la cocina y cogió de la nevera la última lata de cerveza que le quedaba. Ya en el salón, se dejó caer en el sofá sin percibir el chirrido de los muelles al recibir todo el peso de su cuerpo. Su mirada recorrió las paredes cubiertas de fotografías y carteles de películas en las que aparecía él como actor principal y ella sonriendo a la cámara. Sobre el mueble del equipo de alta fidelidad, que compró cuando se aficionó a la música de los setenta, otro retrato de ella, de cuerpo entero y tamaño natural, en el que la joven parecía querer burlarse de él con una expresión entre desafiante y despectiva. Intentó alejar de su memoria el recuerdo de Carola la noche en que fue galardonado con el Goya al mejor actor; mas su imagen volvía una y otra vez. Si cerraba los ojos aún podía verla con su traje de noche plateado, sus hombros redondos reluciendo entre los flashes de las cámaras fotográficas, rodeada de hombres que le dirigían miradas llenas de deseo y mujeres que la contemplaba con envidia. Sabía que no debía dejarse arrastrar por los recuerdos pero no podía evitar volver a la noche de los Goyas: la noche que tuvo el mundo en sus manos y a Carola junto a él.

Un sorbo de cerveza y la amarga bebida le llevó a los dieciocho años, cuando dejó a su familia, a su novia de juventud, su pueblo y su nombre, Nicolás, para ir a Madrid a estudiar. 

Claus siempre había querido ser actor; no obstante, no lo creyó posible hasta que llegó a la universidad. Cumpliendo la promesa que le hizo a su madre, se matriculó en la facultad de Económicas, pero también rellenó la inscripción en una escuela de Arte Dramático. Durante cuatro años estuvo asistiendo a sus clases, que pagaba a duras penas con lo que ganaba los fines de semana sirviendo copas en una discoteca que por entonces estaba de moda. Los días no tenían horas suficientes para todo lo que tenía que hacer: aprobar alguna asignatura de la carrera para que sus padres no sospechasen que su intención era dejarla y le siguieran pagando el piso que compartía con otros tres estudiantes; aprovechar las clases de Arte Dramático procurando no quedarse dormido cuando, doña Gela, la profesora de historia y teoría de la dramaturgia disertaba acerca del “patrimonio dramático universal”; permanecer horas y horas tras la barra de la discoteca en vez de disfrutar con sus amigos de la noche desde el otro lado... Las esperanzas de la juventud le ayudaron a ascender por el escarpado camino y, poco antes de finalizar los estudios en la escuela de Arte Dramático, su esfuerzo se vio recompensado. 

El profesor de prácticas de interpretación le abrió la puerta al futuro cuando le presentó a un productor que buscaba actores jóvenes para una serie de televisión. Le dieron un papel de poca importancia, pero que, en unos meses, se convirtió en el más apreciado por el público. Los guionistas, viendo la repercusión que tenían sus salidas a escena, le dieron mayor protagonismo en la historia. No había transcurrido un año desde el estreno de la serie y en todas las portadas de las revistas del papel couché aparecía Claus: Claus paseando en bicicleta, Claus con su perro Pink Floyd, Claus con una morena desconocida... Su teléfono se convirtió en un ascua ardiente, tantas eran las llamadas que recibía. Hubo de comprarse otro para comunicarse con sus más allegados, mas algún indiscreto debió de facilitarle el número a un periodista porque a las pocas semanas ya recibía tantas llamadas en un móvil como en el otro. Se sintió inundado por una lluvia de ofertas que se convirtió en un verdadero chaparrón: suculentos papeles en el cine, la televisión o el teatro; y hasta le invitaron a grabar un disco con Vetusta Morla pese a no tener ni oído para la música ni voz para entonar una canción. Al principio, leía despacio cada una de las ofertas que llegaban a su casa, casi reverenciándolas, invadido por el temor a hacer una elección errónea. Pero, con el tiempo, eran tantos los papeles que le ofrecían, que hacía una lectura en diagonal de los guiones y ponía toda su atención en el director, en el reparto o en la musicalidad del título de la obra; y cuando no tenía ninguna pista que le indicase la calidad del proyecto, lanzaba una moneda al aire y aceptaba si salía cara.

Su espíritu entonces vivía en una montaña rusa de la que le era imposible bajar. Tanto reconocimiento del público y de la crítica sobrepasaba con mucho las esperanzas e ilusiones que lo acompañaron en su primera juventud. Sentía como si flotase en el aire dentro de una burbuja que ascendía más y más por el cielo. A veces le asaltaba una sensación de irrealidad, como si, de un momento a otro, fuese a despertar de un sueño. La pompa de jabón que encerraba sus éxitos podía estallar en cualquier momento y aquel mundo de oropel desvanecerse en la nada. Por ello, cuando las jóvenes adolescentes le pedían un autógrafo, le rogaban que se hiciese una foto con él o le escribían frases de amor en Facebook o en Twitter, pugnaban en su interior el agradecimiento, la incredulidad, la timidez y la vergüenza. Su corazón iba de sobresalto en sobresalto cada vez que oía una palabra elogiosa sobre su interpretación, la belleza de su rostro o la perfección de su cuerpo apolíneo, cada vez que leía una crítica.

La culminación de su carrera le vino con “El regreso del mañana”, una película sobre el renacimiento a la vida y a las ilusiones de un ingeniero fracasado, por la que lo galardonaron con un Goya. Le dieron el papel protagonista junto a Carola, que hacía de la mujer que lo sacaba del pozo de depresión. Fue en esta producción cinematográfica donde se conocieron y se unieron hasta que el fracaso los separó. Desde el inicio del rodaje, todos los que participaban en la película se percataron de la compenetración que existía entre ellos. Era tal la fuerza del magnetismo que los atraía, que bastaba con que él entrase en una habitación para que el rostro de ella se llenase de luz y una sonrisa apenas insinuada flotase en sus labios. Cuando creían que nadie los veía, sus ojos se buscaban y el encuentro era más intenso que el abrazo más estrecho, que el beso más apasionado. 

Todo el cuerpo de Claus se estremeció al recordar sus primeras caricias, sus primeros besos, sus primeras noches de pasión. Hubiese dado media vida por volver a escuchar las palabras de amor que, con su aterciopelada voz, le acariciaban sus oídos. Y hubiese preferido el engaño de una sola noche a la certeza del tormento de toda una vida sin ella. Se irguió en el sofá y sacudió la cabeza como si así pudiese expulsar de su mente el recuerdo de Carola. Un grito apenas ahogado se escapó de su garganta como una imprecación, no sabía si dirigida a su en otro tiempo amada o contra sí mismo por abandonarse una vez más en aquella evocación del pasado que no le causaba más que dolor. Finalmente, no hizo nada por ahuyentar los recuerdos y se dejó arrollar por las imágenes de un tiempo que no había de volver. 

Alguien del plató debió de hacer correr la voz entre los chicos de la prensa. Después de pasar una noche juntos en el apartamento de Claus salieron a tomar el desayuno en la cafetería que había en la esquina más próxima a la casa de él y en la que al joven actor le gustaba deleitarse con sus croissants. Al salir por el portal, una nube de cámaras fotográficas y de micrófonos los envolvió. Miles de preguntas volaban a su alrededor sin esperar respuesta: “¿qué tenéis que decir?, ¿desde cuando estáis juntos?, ¿qué te enamoró de Carola?, ¿qué te enamoró de Claus?... Sin pronunciar una palabra pero con las fáciles carcajadas de quienes no temen proclamar su amor al mundo, retrocedieron y volvieron al apartamento de Claus. A partir de aquel día, difícilmente podían dar un paso sin que un enjambre de paparazzis les siguiera a corta distancia.

Cuando se anunció el rodaje de la película “Eugenia de Montijo” todo el mundo auguró un éxito fulgurante. Un millonario francés se ofreció a colaborar en su financiación con la condición de que Claus interpretase a Luis Napoleón y la actriz francesa que el año anterior había logrado un Óscar representase a la noble española. Antes de su estreno, la película se presentó a concurso en la Bienal de Venecia. Se exhibió en la Sala Grande del Palazzo del Cinema y fue tal la acogida de la crítica, que en la prensa especializada daban por seguro el León de Oro a la mejor película. No obstante, no se cumplió ninguno de los vaticinios que sobre la película se hicieron. Ni la cinta se llevó el León de Oro ni el Gran Premio del Jurado, ni sus actores principales consiguieron la ansiada Copa Volpi. Contagiados tal vez por el fiasco, cuando se estrenó en las salas comerciales, el público dio la espalda a la historia que se esperaba que fuese la más taquillera del año y, a las pocas semanas, desapareció de la cartelera de todos los cines.

Después de aquel estrepitoso fracaso, las ofertas de papeles para Claus empezaron a menudear y, cuando al año siguiente tuvieron que retirar de las salas otra de sus películas, su teléfono casi enmudeció. Conoció entonces la ansiedad de la espera; cuando la esperanza y la desesperanza juegan al escondite. Las llamadas de teléfono, cada vez menos frecuentes, hacían saltar su corazón, que parecía querer escapar entre sus labios. La desilusión le embargaba cuando veía a actores apenas conocidos conseguir papeles que a él no le ofrecían. Todavía rodó otras tres películas: la última interpretando un papel secundario o terciario, sería más apropiado decir. Hasta que un día su teléfono dejó de sonar definitivamente.

Mientras su carrera iba cuesta abajo, las relaciones con Carola no iban mejor. El humor de Claus se agrió como la leche dejada al sol. Una frase dicha de manera inoportuna podía despertar en él la cólera. Carla, que tampoco se caracterizaba por la paciencia, le respondía con gritos o salía del apartamento con un ostentoso portazo, mientras lo dejaba rumiando la culpa. En más de una ocasión, también ella se dejó llevar por el tornado de sentimientos que los envolvía y le reprochaba su envidia, decía, por la ascendente carrera de la joven actriz. Después, por las noches, mientras Carla visitaba el mundo de los sueños, él permanecía despierto intentando averiguar por qué cada vez vivían menos momentos de pasión; por qué la alegría que al principio los envolvía había dado paso a aquella amargura.

Aun así, cuando un periodista le asaltó mientras corría por el Parque del Retiro para preguntarle por un supuesto romance entre Carla y el actor con el que estaba representando “Los intereses creados” en el teatro, creyó que no se trataba sino de infundadas habladurías. Intentó deshacerse del paparazzi aumentando la velocidad de su carrera, pero el reportero de la revista del corazón debía de estar en forma porque enseguida le alcanzó, micrófono en ristre, y se puso a galopar a su lado mientras le lanzaba pregunta tras pregunta. De nada le sirvieron las respuestas evasivas ni los silencios ni las negativas: hasta que no llegó al portal de su casa, no pudo deshacerse del reportero.

Se lo contó a Carola entre risas, más y más convencido de que no se trataba sino de otro rumor de los muchos que corrían sobre ellos. Aprovechando su talento como actor cómico, representó la escena: él acelerando el paso; el periodista, persiguiéndole sin aliento; las preguntas más y más absurdas, las respuestas más y más disparatadas... Pero la bella Carola no le había sabido ver la gracia a la actuación. Su rostro se cerró con la misma contundencia con la que daba los portazos después de una fuerte disputa y sus ojos se tornaron carámbanos de hielo. Incapaz de reírse con Claus, se mostró ofendida y no quiso escuchar las razones que le daba su pobre novio. Aquella extraña reacción alarmó al actor más que si hubiese negado el romance, más que si le hubiese ofrecido una confesión. ¿Adónde había ido a parar aquella complicidad que los hacía reírse juntos de las mismas cosas?, ¿ya no bastaba una mirada para que sus pensamientos se fundiesen en uno?, ¿desde cuándo estaban tan lejos el uno del otro? Durante dos semanas, apenas se hablaron. Y una mañana, la vio salir con las maletas sin volver la vista atrás. Según pudo comprobar después, el supuesto romance entre Carola y su compañero de reparto era algo más que un rumor.     

El dolor por la pérdida de Carola cuando más la necesitaba acabó de aniquilarlo. La obsesión por la mujer con la que compartió sus días y sus noches le hizo relegar al olvido su carrera, a su familia... Todo aquello que no fuese ella era dejado de lado. No había revista en la que no saliera ella que no comprase, ni programa de televisión que hablase de la actriz que no contase con Claus entre su audiencia. Podía recitar mucho mejor los diálogos de las películas en las que había participado ella que los de las obras en las que él había formado parte. Las paredes de su habitación se llenaron de fotografías con su rostro. Y su mente también.

Fue por entonces cuando empezó a beber más de la cuenta. Al principio sólo era un vaso de whisky antes de comer. Pero, cuando comprobó que después de beber la vida no se veía tan negra, tras un vaso, vino un segundo y, después, un tercero; más tarde, ¿por qué no?, una botella. Hasta que dejó de contar. 

Hugo Calderón era el director de cine del momento. No es que fuese su amigo, pero habían tomado más de una copa juntos. Cuando le ofrecieron dirigir la película “Un día de estos”, basada en un relato de Gabriel García Márquez, pensó en Claus para uno de sus personajes. No era un papel de mucha importancia, pero podía ayudarle a remontar su carrera. Sí. Aquella película hubiera podido ser la oportunidad que buscaba para recuperar el respeto del público y del mundo del cine si no lo hubiese estropeado acudiendo ebrio al rodaje una mañana tras otra. Al principio, Hugo dejaba las escenas en las que él participaba para las últimas horas de la jornada, esperando que, así, se disolviesen los efluvios etílicos. Pero, si pasaban mucho tiempo sin hacer nada, acudían a la mente de Claus lúgubres ideas que le llevaban a aferrarse a la botella para acallarlas. Su humor variaba a merced de las copas que tomaba. Se volvieron más y más frecuentes la discusiones con el resto de actores, los desacuerdos con el director por una escena en la que planteaba más exigencias que si se tratase del actor principal. Unos y otros sufrían con paciencia aquellos berrinches sin causa alguna. Hasta que una pelea con un técnico de sonido le mandó a su casa sin posibilidad de retorno. Todo el equipo de la película se había reunido antes con el director tras la disputa, amenazándole con parar el rodaje si no lo despedían. 

Durante semanas y meses, no salió de su apartamento sino era para comprar los pocos alimentos que toleraba y hacerse con más whisky. Perdió la noción del tiempo, olvidó dónde se encontraba y no quiso recordar siquiera quién era. Hasta que una mañana, su padre, después de muchos días intentando saber de él, lo encontró tirado en el suelo de su habitación casi inconsciente. 

Costó mucho convencerlo de que ingresase en una clínica de desintoxicación. Ni los llantos de su madre y de su hermana ni la severidad de su padre parecían tener poder alguno sobre él. Se negaba a admitir que tenía un problema. Pero, una noche, despertó en medio de sudores y temblores y, al no encontrar ninguna botella de whisky en el armario donde solía guardarlas su padre, hizo de su cuerpo un ovillo y se echó a llorar. Asustado por tal dependencia, fue él mismo el que le pidió a su padre que lo acompañase a la clínica, donde permaneció seis meses hasta que salió curado. ¿Curado?

II

Claus respiró hondo para ahuyentar los recuerdos y contempló con disgusto la lata de cerveza a medio terminar. Se levantó del sofá y tiró lo que en ella quedaba por el fregadero de la cocina. Sus padres no se merecían que volviera a empezar otra vez. Ni él tampoco. La espiral de recuerdos le llevaba a beber; con ello la tristeza crecía más y más, hasta que abría otra lata de la espumosa bebida. No podía engañarse con la excusa de que la cerveza no era tan dañina como el whisky. El daño estaba en aquel ir y venir de los recuerdos, seguido de los sentimientos de autocompasión sobre los que parecía recrearse una y otra vez. Permaneció bajo la ducha casi media hora dejando que el agua helada ahuyentase a todos los fantasmas. Después, tiró al cesto de los papeles toda la propaganda que invadía la mesa de su escritorio y encendió el ordenador. Con la mente casi despejada, se había acordado de un correo electrónico que había recibido no hacía mucho en el que le invitaban a presenciar la obra de Moliere “Los enredos de Scapín”, que iba a ser representada por una pequeña compañía en una antigua librería reconvertida en teatro no muy lejos de su apartamento. Investigando por Internet, pudo enterarse que llevaban casi diez años representando en distintas salas y en las calles obras del repertorio clásico y moderno de la danza y del teatro. No podía explicar la razón, pero tenía el presentimiento de que en aquella pequeña compañía podía encontrar la puerta a su salvación. Sin pensárselo dos veces, aquella misma noche acudió a verlos. 

La compañía “Historias a través del tiempo” solo contaba con seis miembros: tres actores y tres actrices. Su vestuario era modesto y los decorados parecían pintados por un aficionado. Pero, tan pronto salían a escena, el público se sentía transportado hacia otros mundos. Sentado en su butaca, Claus disfrutó con las andanzas del hábil obrero de enredos y rió hasta el olvido con la red de intrigas que se iban tejiendo alrededor de Octave y Geronte. A la salida del teatro, una pareja de jóvenes lo reconoció y le pidió un autógrafo. Aquello acabó de alegrarle la noche.

Al día siguiente volvió al pequeño teatro. Esta vez fue consciente de los errores y fallos de interpretación que cometían los actores, pero ello no le impidió disfrutar aún más de la función. Contempló casi con ternura cómo el actor que hacía de Scapín intentaba ganarse la complicidad del público con guiños y frases que la noche anterior había tomado por improvisaciones, en tanto que la joven que representaba a Hyacinte le apuntaba a Octave entre susurros párrafos enteros del diálogo cuando el actor los olvidaba. Como sólo eran seis, cada actor tenía que interpretar varios papeles, para lo cual bastaba cambiarse la peluca o ponerse otra falda o jubón. Mas incluso aquellas transformaciones dotaban de gracia y agilidad al espectáculo. Se fijó en el público que le rodeaba. No era muy numeroso; apenas ocupaba dos o tres filas del patio de butacas. Pero atendía con embeleso a las palabras que hacia más de trescientos años antes escribiese el dramaturgo francés.

A la salida, Claus se dirigió al mesón donde el portero del teatro le había dicho que acudían cada noche los actores de la compañía a cenar después de la función. Los esperó casi una hora tomando en la barra un refresco. No los hubiera reconocido sin los afeites del vestuario de no haber sido por sus voces risueñas y altisonantes. Los estuvo contemplando unos instantes antes de aventurarse a acercarse a la mesa que ocupaban. El actor que había representado a Leandre era el que llevaba la voz cantante. Desde la barra no podía oír lo que decía, pero lo veía gesticular de forma ampulosa mientras sus compañeros de reparto lo escuchaban con atención y se reían de lo que les estaba contando. El camarero que le sirvió el refresco, viendo el interés con que los estaba observando, le informó de que aquel joven tan fogoso era el director de la compañía y la actriz que hacía de Zerbinette, su esposa. Por un momento, Claus sintió algo parecido a la envidia al contemplar la alegre camaradería que reinaba entre ellos, sus risas y la limpidez de sus miradas, que le hicieron recordar las ilusiones de los años en los que estaba aprendiendo a ser actor en la escuela de Arte Dramático. Respiró hondo para espantar a la nostalgia y fue hasta la mesa donde estaba la compañía. No sabía qué quería de ellos, qué era lo que desde el día anterior le atraía hacia ellos; pero el corazón le decía que allí podía encontrar el sendero que había perdido.

Lo recibieron con cierto embarazo: nada más verlo llegar a la mesa donde se disponían a cenar, lo reconocieron. Las risas espontáneas dieron paso a sonrisas llenas de turbación. Por unos segundos, nadie parecía saber qué hacer, qué decir, pero Claus rompió el hielo tendiéndoles la mano a ellos, besando las mejillas de ellas, en tanto los felicitaba por la función. Daniel, que así se llamaba el director de la compañía, le acercó una silla y lo invitó a cenar con ellos. Uno a uno fue presentando a cada uno de los miembros de la troupe: su esposa Lucía, las otras actrices, Esther y Conccetta, y los comediantes José Manuel y Rubén. Con una chanza, que a Claus le provocó fuertes carcajadas pese a tratarse de un chiste viejo y manido, logró Daniel que desapareciera por completo los vestigios de turbacion que aún quedaban entre los cómicos. Enseguida admitieron al recién llegado como si de uno de ellos se tratase. Le estuvieron contando los lugares que habían visitado, el repertorio que representaban, las anécdotas que habían vivido, los pequeños éxitos, los no más grandes fracasos... Si, cuando estaba con otras personas a Claus le ofendían las preguntas acerca de sus años como actor, aquella noche se explayó ante su rendida audiencia pintando con sus luces y sus sombras su experiencia. No se envaneció de los laureles que lució su cabeza, mas tampoco se regodeó cuando les contó su caída y les mostró las tinieblas que aún le rodeaban. No dejó nada en el tintero mientras les hablaba con sencillez. Entre tanto, aquellos humildes actores lo escuchaban atentamente ofreciéndole su comprensión sin hacer juicios temerarios ni ofrecerle una falsa piedad.

Se despidió de ellos a eso de la una de la madrugada, no sin antes asegurarles que volvería al teatro para ayudarlos en el montaje del sencillo escenario. Regresó a su apartamento a pie, dando un rodeo para alargar el paseo. Por primera vez en muchos meses sentía el corazón ligero y podía respirar sin que le doliera el alma. Como les prometió, al día siguiente estaba a las cinco de la tarde en el teatro para prestarles su ayuda en el montaje de los decorados. Pudo comprobar que en aquella compañía no había jerarquías. Todo el mundo hacía de todo. Daniel lo mismo se ocupaba de las tareas de dirección y del atrezzo, que tomaba la brocha de maquillaje para caracterizar a algún personaje o cogía una fregona y limpiaba el café derramado por alguno de los actores. En medio de la tensión por la representación de aquella noche, no desaparecía el ambiente de complicidad y camaradería que había reinado durante la cena. Una broma, un chascarrillo, una palabra amable conseguían que el nerviosismo se desvaneciese en un instante.

En medio de aquel clima tan cálido, Claus se sentía en paz. Permaneció en el teatro y, al finalizar la función, los acompañó al mismo mesón donde la noche anterior los conoció. Al día siguiente, regresó puntual como no recordaba haber sido nunca. Y al otro día, y al otro, también, se presentó como un soldado listo para librar la batalla. Cada tarde, era el primero en llegar y ofrecía su ayuda a quien la solicitase como hubiese hecho de haber sido el miembro más insignificante del grupo. Los demás le dejaban hacer sin preguntarse cuándo se cansaría de ellos. Estaban acostumbrados a recibir lo que les ofrecía la vida como si fuera un don no merecido y aceptaban con agradecimiento lo que les deparaba cada día.

A las dos semanas, dejaron el teatro. Como le contó Esther, no solían tener mucho dinero para alquilar una sala, por ello lo más frecuente era que actuasen en las calles. Aún quedaba tiempo para la llegada del otoño y, hasta entonces, recorrerían pueblos de la costa con “Espíritus del averno”, una farsa escrita por José Manuel, uno de los actores. Todos creyeron que aquel sería el momento de la despedida, pero Claus quiso acompañarlos sufragándose él mismo los gastos y así no ser gravoso para el grupo. 

Como si de cómicos de la legua medievales se tratasen, ofrecían su arte en cualquier rincón de las calles y las plazas donde lograban congregar a más de tres espectadores. Declamaban un poema junto a una fuente y, de pronto, un bufón sorprendía a un niño de gesto mohíno apareciendo por detrás del cenador de un parque. Si se lo permitían, representaban su farsa en lo que quedaba de los jardines de un castillo medio en ruinas; mas, si no conseguían la autorización, podían transformar un claro en medio de un pinar en un bosque encantado. Recorrieron la costa levantina en agosto, ofreciendo obras de teatro en playas, plazas y parques: cualquier lugar podía tener su magia. Se alojaban en modestos hostales de las afueras de pueblos y ciudades. Dormían hasta que el sol estaba en lo alto y, tras un copioso desayuno, recorrían las callejuelas en busca de rincones curiosos. Las tardes las dedicaban a ensayar y a preparar la función de la noche y, después de la actuación, nadaban en el mar a la luz de la luna.

Claus se iba enredando más y más en diversas tareas. Una noche se atrevió a hacer de gnomo, cubriendo su rostro con una máscara para no ser reconocido, otra noche hizo revivir al Mago Merlín y otra despertó la admiración del público como espectacular drag queen. Entre los ensayos, la preparación del vestuario, las actuaciones y los viajes de un lugar a otro, no tenía tiempo de compadecerse de su destino. Dejó de abusar de la bebida y de recrearse en pensamientos dañinos que le hacían bajar al infierno. Un día, al despertar, se dio cuenta de que, desde muchas semanas atrás, el recuerdo de Carola ya no le asaltaba a cualquier hora del día y de la noche; que su imagen iba desvaneciéndose más y más; que, al evocarla, ya no se sentía traspasado de dolor. Y se sorprendía a sí mismo ilusionado por la próxima función. Aquellos meses de verano, hizo amistades que habían de durar toda su vida. Los miembros de la compañía hacía tiempo que habían olvidado que en otro tiempo fue un actor célebre y lo consideraban uno de ellos. Y, a la vuelta de la gira, Daniel le ofreció un contrato y se convirtió en un actor más de la troupe de cómicos.          

Llevaba más de dos años en la compañía de comediantes cuando consiguieron fondos suficientes para contratar de nuevo la sala del teatro en el que el actor los vio por vez primera. Claus Pérez había cedido el paso a un Nicolás de la Legua, que se dedicaba a deleitar a niños y mayores con sus historias en medio de calles bulliciosas. Su nuevo nombre era conocido por unos pocos, bueno, por casi nadie, sería mejor decir; y su rostro, cubierto por una espesa barba, no despertaba la curiosidad de nadie. Hacía tiempo que sus éxitos en el cine habían quedado en el olvido. Ya no se le aparecía la imagen de Carla para atormentarlo, aunque, a veces, cuando la veía luciendo, cual estrella rutilante, en los carteles que daban la bienvenida a las salas cinematográficas, le parecía que una nube negra cubría el sol y un halo de añoranza se apoderaba por unos instantes de su corazón. Cuando esto sucedía, le bastaba para recobrar el sosiego volver sus ojos a Conccetta, con la que compartía desde hacía un año una vida llena de dulzura y ternura. 

El siete de noviembre se estrenaba “Los enredos de Scapín” en una sala de un pequeño teatro de Madrid. Daniel hacía el papel de Octave, Esther representaba a Zerbinette, José Manuel desplegaba su talento interpretando a Leandre y  Nicolás de la Legua a Carle, el bribón. Durante semanas, hilos y agujas volaron intrépidos para recomponer vestidos, convertir un jubón en una falda o coser una flor que, rebelde, se había escapado de un mantón. Se llenó la ciudad de carteles anunciando la función. Enviaron whatsapp, correos electrónicos y cartas manuscritas a familiares, amigos y conocidos, invitándolos al estreno. 

Unos minutos antes de alzarse el telón, Esther asomó la cabeza por una esquina del escenario. En el patio de butacas reinaba un ambiente festivo. La mayoría del público estaba formado por rostros conocidos de los comediantes, pero también se veía algún que otro curioso y gente que solo pretendía pasar unas horas riéndose. Los murmullos, risas y gritos se oían desde el otro lado del proscenio, haciendo revolotear las mariposas del estómago de los actores. Cuando salieron a escena, se hizo el silencio y cuando bajó el telón, una oleada de cálidos aplausos los despidió. Salieron del teatro pasada la medianoche ebrios de contento y fueron a celebrar el triunfo en el mismo mesón donde años antes acudían a cenar al término de cada función. Aquella noche, iban con la intención de tirar la casa por la ventana, como les decía Daniel, que les animó a pedir lo más exquisito del menú. Contagiados de la alegría del éxito, pasaron la velada entre risas y anécdotas hasta que, a las tres de la madrugada, se dijeron adiós.

Aquella noche aunque hacía mucho frío, el cielo estaba limpio de estrellas. Desvanecida la euforia del estreno, Claus sentía la necesidad de caminar para acallar las voces y los ruidos del día que se agolpaban en su cerebro. Acompañó a Conccetta al apartamento que aún conservaba de sus años como actor célebre y, después, vagó sin rumbo fijo por las calles aledañas a la Gran Vía. Se acercaba a Fuencarral, cuando vio bajarse de un Mercedes cupé a una mujer elegantemente vestida acompañada de un hombre del que solo se distinguían sus blancos cabellos. Todo en ella era distinción: el estilo al andar, la gracia con la que se colocaba la estola de piel, la manera de enlazar su brazo en el de su acompañante... Claus no hubo de aproximarse mucho para reconocer sus ademanes casi felinos. Por unas décimas de segundo, a punto estuvo de doblar la esquina para ocultarse, pero superó el momento de cobardía y, respirando hondo, se dirigió a la pareja de amantes. Si Claus la reconoció tan pronto como la vio, ella no dio muestras de saber quién era el barbudo que, con una sonrisa en los labios y otra en los ojos, le tendía las manos.

—¡Carola! —exclamó —. Soy Claus.

Carola retrocedió hacia atrás, como si temiese que la fuese a asaltar. Cuando al fin lo reconoció, una mueca parecida a una sonrisa asomó a sus labios. Le tendió una mano fría y desprovista de vida y, tras mirar su reloj de pulsera, se alejó de Claus sin haber pronunciado sino un “buenas noches” apenas audible. No le causó al actor más sorpresa el helador encuentro con su antigua amada que el vacío de su propio corazón. Ninguna emoción turbaba su ánimo. Ante Carola había sentido lo mismo que hubiese experimentado si se hubiera tratado de una persona apenas conocida. De pronto, le embargó un sentimiento de dicha. Tuvo que hacer un esfuerzo para reprimir las ganas de ponerse a bailar allí mismo, en medio de la calle. Ya no tendría que temer nunca más a los fantasmas del pasado.

Se subió el cuello del abrigo para protegerse del frío de la noche y enfiló la calle Fuencarral hacia Sagasta. Siguió caminando hacia la Castellana y, luego, se perdió entre las calles que hay detrás del Museo de Cera. Cuando llegó a su apartamento, apuntaban las primeras luces del alba. Conccetta se perdía en el mundo de los ensueños ajena a su llegada. Se tendió junto a ella con sigilo para no despertarla y la atrajo hacia sí para cobijarla entre sus brazos. Unos minutos después, se quedaba dormido espantados para siempre los espectros que le robaron en otro tiempo la capacidad de ser feliz.
 

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Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

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