cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

10 min
Otumba
Históricos |
28.11.14
  • 5
  • 0
  • 665
Sinopsis

Las tropas de Cortés huyen de Tenochtitlan debatiéndose entre la avaricia y la muerte. La orgullosa tropa debe iniciar una escapada hacia la negra oscuridad de la jungla, en dónde tan sólo la muerte les espera al otro lado.

Un cielo con mil estrellas reflejaba de un sutil plateado las corazas de los que huían. Debajo de la impresionante bóveda celeste, la rotunda oscuridad de la selva Mexicana llenaba de incertidumbre a los hombres del Capitán General. Heridos y extenuados por el cansancio, el hambre y la sed, aterrados por los gritos de guerra que llegaban de la húmeda profundidad de la selva, quinientos hombres corrían entre la oscuridad del laberinto de vegetación que formaba aquella jungla cruel y homicida. Los resuellos, los gemidos de dolor, las fuertes pisadas sobre suelo incierto y el tintineo incesante del acero de Vizcaya y de Toledo componían la música que los soldados seguían al paso. Y a lo lejos, pero nunca suficientemente lejos… los gritos. Nadie entendía esos gritos perseguidores, pero lograban alcanzar el corazón encogido de los que escuchaban, acelerando una marcha implacable. Y aunque los terribles aullidos eran indescifrables, todos sabían a quien aludían. Huitzilopochtli. O Huichilobos, como todos los fieles de la verdadera religión lo conocían. Solo pensar en este Dios hereje y terrible enturbiaba el alma de aquellos que corrían, y si los gritos les daban caza finalmente, sólo quedaba morir con la espada en la mano. Caer prisionero no era una opción para cualquier mente cabal. Caer prisionero era servir de alimento a Huitzilopochtli. Y muchos habían visto como Huichilobos se alimentaba de corazones palpitantes, como se regocijaba en los charcos de sangre que manaban del altar que le servía de bandeja. Por eso todos marchaban sin prestar atención al dolor del cuerpo y al del corazón.

 

Coyolxauhqui, la desmembrada luna de los Mexicas, había dejado paso a su hermano el Sol, y amanecía en ese mundo extraño. Los Quinientos de Cortés llevaban cuatro días marchando, enfrentando escaramuzas de avanzadillas en la selva y con descansos demasiado escasos como para recuperar el ánimo. La huída de Tenochtitlán había hecho saltar las lágrimas de los ojos de Hernán Cortés, reflejando para sus soldados mas a un hermano de fatigas que a un distante mando militar. Sólo un tercio de la tropa se había salvado de La noche triste, quedando muchos ahogados en el canal de los Toltecas, atravesados en la huída por los proyectiles Mexicas, o destrozados entre los garrotes dentados de obsidiana de los guerreros de Cuitláhuac. La marcha incansable era la única salida, pues llegar a territorio Tlaxcalteca era lo único que los separaba de la muerte.

 

Poco a poco la selva fue dejando de acecharlos, como un monstruo húmedo que ya ha tragado suficientes hombres y satisfecho, se va. Ante los ojos cansados de Cortés, aparecían los llanos de Temalcatitlan, y aunque los gritos seguían escuchándose, Tlaxcala no quedaba ya muy lejos, y la llanura bañada por la luz del sol templaba el espíritu agitado de los soldados españoles, que al salir de la umbría selva escuchaban los gritos a los dioses antropófagos con algo mas de valor en el pecho. El Capitán Cortés reanudó la marcha de su consumida tropa, sabedor de que gran parte del mérito de no haber sido devorados por la selva, era de los aliados Tlaxcaltecas que los acompañaban, y que veían en los españoles el puño que aplastarían a los aztecas y los liberaría de su indigno vasallaje. La marcha no continuó demasiado tiempo, pues a la voz de varios indígenas los soldados de Cortés vieron lo que ya sabían antes de volver sus ojos hacia atrás. Estaban preparados para esto y la sorpresa vino en forma de resignación: Miles de guerreros aztecas y tepanecas habían salido de la jungla. Los hijos del laberinto verde salían del vientre de su selva por miles. Les habían dado caza, y Huitzilopochtli tenía hambre.

 

El Capitán General sabía que la distancia no dejaba lugar a una huida. Los hijos de la jungla habían sacado ventaja de su hogar, y finalmente la persecución había terminado. Hernán Cortés miró a los ojos de sus hombres, y no vio miedo. Cuando sabes cual es la única carta que te queda, cuando no hay más opciones, un hombre ya no se hace mas preguntas, pues conoce todas las respuestas. Sin palabras, solo con la mirada confidente del que te acompaña a morir, los soldados del emperador de Las Españas dispusieron el famélico orden de batalla. Sin artillería, y con los pocos arcabuces que quedaban sin pólvora, esto solo podía hacerse como mejor sabían, a las bravas y con la espada desenvainada. Inflamado de ira, el Cihuacoatl hizo que su hueste rodeara a esos infames extranjeros que muchos creían Dioses, pero que ahora se veían como lo que son, sólo un grupo de hombres desesperados. Al grito del gran Caudillo mexica, los mazos de obsidiana se blandieron al aire entre gritos, preparados para aplastar las cabezas de aquellos que habían desafiado al poder de Tenochtitlan. La brutal carga se convirtió en una salvaje lucha cuerpo a cuerpo, en la que la piña dirigida por el Capitán General luchaba a la desesperada. El combate se extendió durante unas horas que al de Badajoz le parecieron siglos, pues el fanatismo azteca y su gran número de hombres los hacía incansables.

 

Hernán Cortés observó la primera línea de batalla: Un barbudo y pequeño soldado se revolvía en el suelo sujetando a un Indígena que había perdido su maza, sacando rápidamente un cuchillo con el que apuñaló la cara del nativo. A sus lados, las lanzas hacían su trabajo atravesando a los que se acercaban a intentar romper el cuadro, y varios soldados que ya habían roto sus astas se encontraban extenuados combatiendo con rodela y espada ropera, mutilando las desnudas extremidades de indígenas que intentaban asirlos de las muñecas o las correas de los petos. Más atrás, varios compañeros agarraban a un desgraciado con la cabeza abierta, llevándolo hacia las filas mas protegidas. Cortés entonces se dio cuenta de que muchos de los nativos no ponían su afán en dar muerte al enemigo. El sacrificio de un prisionero al Dios Sol era mucho mas glorioso que matar guerreando, y exceptuando aquellos indios que se dejaban llevar mas por la rabia y la ira que por la devoción de la gloria divina, las voces de los capitanes y los estandartes Mexicas incitaban a la captura, no a la muerte. Comprendió entonces Cortés su suerte, pues la ingente marea humana de nativos que los rodeaba quería verter su sangre en el debido ritual a Huichilobos. Desperdiciar tal cantidad de corazones guerreros en esa llanura no era bien visto a ojos del Dios antropófago.

 

Rápidamente Hernán Cortés puso sus ojos en el Cihuacoatl que llevaba el gran estandarte de Tenochtitlán, que arengaba con gritos exaltados y ojos de fuego a los iracundos guerreros aztecas. El Capitán General supo entonces cual era su única salida. El derruido muro de soldados exhaustos no aguantaría mucho mas las embestidas de los salvajes y el dique humano que las armas españolas formaban se vendría abajo, dejando entrar a la ingente marea de miles de cazadores que ansiaban verlos abiertos en canal.

 

La suicida decisión estaba ya tomada en la mente de Cortés: Mataría al Cihuacoatl, y arrancaría ese estandarte hereje de sus manos muertas. Descabezar a la tropa, ésa era la respuesta. Sabiendo de lo irrisorio de su número, montó junto a sus cinco caballeros dejando la infantería en manos de Don Diego de Ordás y de Dios, e hinchando el pecho y con la espada en alto, gritó Santiago con todas sus fuerzas, cargando los seis hombres, dándole como respuesta los gritos del cierra España como si cargando a Belcebú pretendieran espantarlo con violentas voces. La ridícula carga de seis hombres se tornó en seiscientos para los espantados nativos que veían como a lomos de esos extraños animales, los extranjeros con piel de plata gritaban con la misma semblanza de violencia que Huitzilopochtli extasiado de sangre, y muchos comenzaron a apartarse de la furia de esos monstruos de cuatro patas. El choque fue brutal, y las armas de los caballeros, con el ánimo que solo puede dar el luchar por respirar un día más, tornaba sus brazos en fuertes engranajes de muerte, cortando y clavando en cuando amarillo, naranja, verde y rojo veían sus ojos, nublados por el frenesí del combate. Los hombres del Cihuacoatl no resistieron la carga de los desesperados de Cortés, y rápidamente el palanquín en el que iba, defendido por sus guerreros, cayó al suelo, pues El Capitán General había atravesado el pecho de uno de los guardianes que soportaban el peso del sillón del Caudillo. Sin apenas tiempo a levantarse, uno de los jinetes, Juan de Salamanca, atravesó en el suelo el cuello del Cihuacoatl con su lanza, y apoderándose de su estandarte, muchos mexicas comenzaron a correr. Los aztecas sabían que un estandarte, el tlahuizmatlaxopilli, no podía caer en manos del enemigo, pues la ira terrible de sus Dioses no perdonaría semejante afrenta al panteón divino, y serían derrotados por los extranjeros como castigo.

 

Miles de indígenas comenzaron una supersticiosa desbandada, las filas se rompieron de forma caótica y la descabezada marea de Tenochtitlan fue desapareciendo entre gritos de la llanura de Temalcatitlan, engullidos por la misma selva oscura que los hizo salir. Boquiabiertos, los extenuados soldados del Imperio rompieron en gritos de alegría y de incredulidad, y las gracias al ejército de santos, estampitas, escapularios y rosarios se vertieron entre las risas y los llantos. Con la misma sorpresa, Don Hernán Cortés vio que todavía agarraba su espada con la tensión y la fuerza del combate, salpicada de sangre grumosa. Alzó sus ojos y vio a Juan de Salamanca con el tocado de plumas y el estandarte, y sonriendo, aflojó el puño que sostenía con fuerza su espada.

 

- Parésceme cosa del cielo que estemos con los menudos en la barriga Señor Capitán, por mi vida que no pensaba en volver a Ávila sino en forma de billete diciendo a mi señora madre que dieron boleto a su hijo. – Dijo Salamanca mirando con orgullo el estandarte.

 

Hernán Cortés lo miró con media sonrisa en la boca, y mas para sí mismo que para el emplumado Juan de Ávila, musitó:

- Tenochtitlan primero Juanillo… Ávila después.  

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Este relato no tiene comentarios
  • Las tropas de Cortés huyen de Tenochtitlan debatiéndose entre la avaricia y la muerte. La orgullosa tropa debe iniciar una escapada hacia la negra oscuridad de la jungla, en dónde tan sólo la muerte les espera al otro lado.

Tienda

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
19.09.18
25.05.18
Encuesta
Rellena nuestra encuesta