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11 min
Overkill en la playa (Historias que vuelan, Historias de Escribanía).
Reflexiones |
15.11.14
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Sinopsis

Enlace a Google Drive: https://docs.google.com/file/d/0B0hah8bqLLKvbklUYUh3eExCekE Enlace a Skydrive: http://1drv.ms/1sRPwi0 Enlace a Scribd: https://es.scribd.com/doc/246701057/Overkill-en-La-Playa-Historias-que-vuelan-Historias-de-Escribania

Overkill en la playa

Miro al agua del mar. Se ve oscura e infinita. Pienso, por un momento: ¿y qué si me tiro?

Pero no. Debo estar cagado. Sep, soy de ésos, que tantean con la mar. Sep, un tipo de ésos, algo aventureros, marineros de esos lares. Sí, de ésos… que sólo tantean.

Aun así, el agua me parece tentadora. Me parece como si estuvieran llamándome como las sirenas a Odiseo. ¡Ah, ahora lo entiendo!

Mis pies pisan la arena; son tragados por ésta. ¿Es una metáfora?

Ja, ja, ay, ando algo chispa…

Las luces de los “chalecitos” de los bloques con vistas del mar tienen un aspecto aún más absurdo ahora. Las de éstas y las farolas se confunden y parecen jugar, pelean; se divierten con combates de colores amarillentos, blanquecinos y azulados, combinándose en miniexplosiones de colores como si se tratasen de rayos laser. Luego, los coches, veloces como rayos de una autopista eléctrica, tienen el aspecto de latigazos de luz en medio de aquella oscuridad, en medio de una noche oscura como un puto negro portero de discoteca, que sólo deja entrar a esas potentes luces que destacan entre el firmamento, incluso ocultando su facha negra.

Todo ello me resulta así como una fiesta, una fiesta de luces y sombras, macabra y peligrosa, que se oculta entre la luz la oscuridad, y la luz se muestra prepotente.

Los bloques de ladrillos se asemejan a anatomías de gigantes exóticos: algunos tienen como barbas hechas a base de plantas, que ahora se ven en verde oscuro, quizás alguna de ellas de maría (pienso estúpidamente, con esa sonrisa de borracho en la cara). En un momento, creo, te podrían hablar, se me ocurre con este pedal, o abrir sus bocazas y comerte, concluyo con el cinismo del borrachuzo. ¡Ñam!, ya está, desapareces en sus tripas de ladrillo rojo oscuro como sangre y te diluyes en ellas como parte del ladrillo. (El fumado parezco yo, pero solamente llevo una cogorza cojonuda.)

Me río. No sé por qué coño me río, pero me río. Soy tonto, idiota. ¡Ay, ¿qué se le va a hacer?!

Paseo por la playa. Me sostengo como puedo, a veces apoyo mal el pie y/o la rodilla, y… casi me las doy con la arena. Quizás fuera poético que me tragase la jodida arena (y me río por dentro, sin motivo; pero por dentro, creo saberlo, lo que pasa es que no leo bien en mi mente y está como borroso; pero lo sé, lo sé bien…, en mi interior).

¿O no? No sé, ¿qué coño hacen los putos suicidas en estos momentos? Escriben memeces y qué pobres son… Bueno, vale; pero yo no puedo, no creo merecerlo; sólo soy un despropósito de ser humano.

Pues eso, matarse. Nada más. Morirse…

La Nada, con sus mayúsculas bien grandes. Y eso me acojona. Eso debería afectarme al esfínter. Pero es fuerte mi estómago. Puede con la comida basura, y ¿no puede con una maldita combinación de alcohol y depresión química y síquica? Ha podido con el cabrón de mi padre, insultándome toda la puta vida y yo llevándole la contraria. Debería aguantar. Soy como un boxeador que soporta todos los golpes bajos.

No. Me desasosiega. Se me revuelve el estómago y resuena aquella “Overkill”: I can`t sleep y el sonido de los instrumentos de viento que parecen que te revienten, pasando como chillidos de fantasmas de relato romanticón, a mi jodido cabolo, el que se le constriñe el estómago como el niño que se asusta con una película de terror y te paraliza el corazón. O la guitarra luego, que repite que ahí está, aquella cara macabra, y ayuda en el ataque el jazz, que de tranquilo ahora ha pasado al aspecto de un cabrón que te maltrata sicológicamente, como mi padre. Es esa cara macabra, la oscura de las peores bajezas detrás de un velo de belleza libidinosa, y también de lo peor de la condición humana.

No es una mujer ni narices de ésas…

Es el escalofrío que se te clava en la médula y en la piel. El que no te suelta. El que te abraza helado. La das el aspecto que quieres pero ahí está, como en las chorripelículas de Destino Final. Lo sientes, no lo ves. El abismo. Ahí, a un solo paso. Te atrapa y te mima, pero la temes y la odias…

La brisa fría del norte se me pega entre los huesos; tirito de frío pero sigo paseando y jugueteando en mi cabeza. Me apetece jugar. Y me da igual lo demás, el frío, la gente, la ciudad entera… Jugar con la vida y la muerte. Seh, esa hipocresía cobarde. ¡Esa puta hipocresía cobarde y mortal! Sonreír a la que llaman como Muerte, riéndome de ella, como a una amante desengañada a la que has desnudado y no te la has follado, a ésa que dicen que es una mujer muy cabrona y lleva guadaña. No sé cómo (ni ella, creo), pero todavía no ha podido usar su arma agrícola para llevar esta cosecha de restos corporales míos. Debe de estar cabreada, la hostia de mamonada. Juego con ella.

Me río. Casi toco el agua. Venga un poco más y al fondo. Jajaja…

Todo se me da vueltas. Giro sobre mí mismo, al estilo derviche. Las lucen giran como yo, también los gigantes, el mar… Su puta madre… Puede comprobar el caos de ese supuesto mundo ordenado, ¿casi perfecto? Me vuelvo a reír... Todo se une, como un puzle al que destrozan y juntan de manera incorrecta, sin sentido…

Me pregunto, al parar de girar y ver que todo sigue, como girando a pesar de no hacer nada para ello, qué es eso que veo al girar ahora mismo. Se distorsiona todo, se junta en simbiosis y todo se hace Uno. Es un monstruo. Eso no puede ser realidad, a pesar de todo; de repente me pongo serio, aunque cínico aún. Me acojona. Y también me hace reírme, con una mueca. —Veo algo, pero no sé qué coño es. ¡Por Dios!

Me echo de pronto, como un cadáver de uno al que acaban de pegar un tiro en la nuca, sobre aquella suavísima arena pero que, entrometida, casi como metiéndome mano —¡cabrona acosadora!, jaja—, se entremezcla conmigo, entre mi piel, mi ropa, mi cuerpo entero. ¡No, despierta, coño!; me doy una torta a mí mismo, y me descojono vivo, revolcado allí… Me levanto como puedo e intento seguir.

He mandado a la mierda a aquella nena, a otra, me digo con hilaridad y reproche, como si se pudiera (pero en la lógica, que yo sepa, eso sería imposible —me da la locura—: ¿cómo reírse de tu estupidez y a la vez cabrearse?). ¡Record, chaval!, y suenan en mi imaginación las musicotas de las tragaperras. Qué genio eres. Eso decía el alcohólico y drogadicto de tu padre, el que te crío solo y sólo a veces a base de hostias limpias con la mano abierta —sí, lo único que abría…—. ¡Bien! Un buen regalo para mi genética mental. Bonita herencia.

«Raza de víboras, ¿quién os enseñó a huir de la ira que os amenaza?», recito mentalmente mientras miro Santander, loco y ladeándome como una bandera de un barco, desde esta playa, una de las más increíbles playas de este lugar maravilloso que no es para mí… En un lunes… (Sí, qué patético…, borracho un lunes.)

Voy a vomitar. Y no sólo voy a echarlo todo (posiblemente tripas y bilis juntas) —y quizás también me venga bien; y quizás me deje en calma…—. Los ojos se me van de las órbitas de lo mal que me siento al potar.

He sido un miserable toda la vida. No me ha gustado vivir nunca…, salvo de niño. Entonces sí que me gustaba, sí… ¡Puta niñez!

En esos momentos no comprendía lo revulsivo del hombre; vivía con mamá y aunque era dura siempre creía en mí, y me mostraba su amor y el amor en general, e intentaba enseñarme el mundo bello como un jardín a pesar de que fuera duro como el himen de una virgen. Ahora, pienso en lo asqueroso de las más nimias cosas, de esa ruptura de la virginidad: cómo se atrae a alguna chava y haces lo que sea para llevártela al huerto; cómo uno se cabrea y se convierte en un ogro hijoputa. Cómo se echa mierda por la boca y no por el ano… Cómo se abre como lo que es, “mi todo en su totalidad y sin barrerar”, casi desnudo, “desviviéndose”, y luego llega la torta del mundo. Porque es así. A cada uno se le da lo que se le debe…

¡Hombre, por lo menos no te dieron por el cacas!, me digo estúpidamente, riéndome como un subnormal.

No…

Fue peor. El orgullo, y luego perderlo… Cuando te dan por ese sitio tenebroso sin saberlo. Amigos putas u otros a los que decepcionas cuando ésos sí que valen la pena; aspiraciones que no valen una mierda y en las que tú crees, con idealismo total (sí, tú, tú, tú y yo), y no valen una mierda aunque creas que son lo que hacen al mundo merecer la pena. No la cagues aún. Quédate en el intestino con la mierda y jódete con el dolor. ¿Con quién narices hablo? Y uno con miedo a tirarse de cabeza al mar… Estamos locos. 

Echo la pota en la arena, poco a poco, vaciando toda la mierda de la bebida, y miro después a la noche y a la mar, que se confunden, negras, muy negras… (Todo está negro.) Me siento como el puto culo. Me lo merezco. Creo que la oscuridad y yo somos la misma cosa. Es extraño; no sabría explicarlo…

No hay nadie, ni una mujer siquiera (que pensaba que eran mejores), que sea un santo o una santa. ¡Piensa en las flores y la dulce miel de la vida, puff! Y luego… nada. (¡Las abejas de la vida debieron de espicharlas por culpa de esta contaminación de mierda de deseos humanos!) No existe eso; es un engañabobos. Ese deseo nació entre la aorta y la carótida, de la necesidad de la sangre por creérselo; de ese “pum” que suena pero no te lo parece que suene ahora, más bien, sólo crees escuchar, de lejos, el hueco rechinar de un engranaje metálico. ¡Debes escuchar al corazón! El corazón te dice eso: ese sonido de metal. No hay música; no música bella; solamente el desasosiego de un Overkill.

La cabeza me da vueltas (o quizás sean las cosas, que se giran, me giran, en contra mía), y gira y gira, y más y más… Las alas se me balancean, no sé si hacia el cielo o hacia debajo de las mismas entrañas de la Tierra, como un puto péndulo roto que se ha vuelto loco. Sólo falta que empiece a sonar el cuco…

Me intento sujetar la cabeza. Pero no puedo.

Me vuelvo a tirar a la tierra. Creo que me come. Me gusta. Me acaricia suavemente Creo que me acaricia como mi madre o alguien que alguna vez, con suerte y mala para ella, me quiso alguna vez. A ella no la puedo hacer daño, a ella no la puedo decepcionar. Me puedo dejar querer sin hacerla daño. Me dejo llevar.

Se me cierran los ojos, y me siento muy tranquilo. Creo que me traga y soy feliz.

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