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22 min
Pacto
Fantasía |
09.01.15
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Sinopsis

Magia negra, demonios... Este relato lo publiqué hace cuatro años como Forrexter. Vuelvo a subirlo, porque perdí las claves del perfil anterior y me gustaría aglutinar trabajos. Eso sí, ahora corregidas algunas erratas que en su día no vi.

Dos figuras solitarias avanzaban por un parque situado en el madrileño barrio de San Blas. Era noche cerrada y la zona, aún poco recomendable a esas horas, se encontraba prácticamente desierta. No se cruzaron con nadie salvo unos adolescentes ruidosos y pagados de sí mismos –posiblemente pertenecientes a alguna banda callejera-, que se dedicaban a darle patadas a un contenedor de basura, al ser incapaces de abrir un destartalado Wolkswagen Polo blanco, al que habían destrozado el cristal delantero, en un aparcamiento colindante. Los chicos estaban tan ocupados que no repararon en los que caminaban embozados en dos capas negras, encapuchados. Éstos, a su vez, también prefirieron ignorarles, siempre y cuando no decidieran entrometerse en sus asuntos.

La iluminación  era mala. Unas cuantas farolas no cumplían con su cometido, ya que habían sido destrozadas a pedradas –presumiblemente por los mismos que acometían contra el contenedor- y sus cristales se hallaban esparcidos por todas partes. Al pisarlos, emitieron un sonoro crujido que, no obstante, no molestó a nadie. La falta de luz los favorecía. De hecho, de este modo, si alguien se acercaba a donde se encontraban los encapuchados, posiblemente no apreciaría que, bajo las capas, portaban armas. Quizá tampoco apreciasen que uno de ellos llevaba una vestidura larga, una especie de hábito negro que casi le llegaba hasta los pies y era completamente inusual.

Los dos hombres avanzaron por el parque hasta llegar a un espacio que también se salía de lo corriente. Casi en las afueras, perfectamente diferenciado de las zonas ajardinadas y parques para niños y perros, había una extensión circular, asfaltada, rodeada de bancos. Era muy extraña: parecida a monumentos antiguos, como el templo de Stonehenge, aunque, en vez de estar flanqueada por enormes piedras, lo hacía por bancos, de piedra, sí, donde la gente se sentaba a descansar, inconsciente de lo raros que parecían. De día, algunos jóvenes patinaban en el centro, puesto que éste estaba asfaltado, pero por la noche se encontraba siempre vacío.

Los hombres se situaron en el centro. La carretera estaba muy cerca, por lo que las luces de los coches iluminaban sus semblantes de cuando en cuando. Pero era tarde, muy tarde, y casi nadie circulaba a esas horas. Una suerte porque, de lo contrario, algún viandante curioso, algún individuo que pasease a su perro, podría haberse percatado de que uno de los dos no era humano; de que su rostro, de color gris ceniza, enmarcado por largos cabellos azabaches, se encontraba desprovisto de boca y las cuencas de sus ojos –amarillas refulgentes- estaban vacías.

Ese individuo se situó en el centro del círculo y miró a su alrededor. Su peculiar rostro no dejaba traslucir ninguna emoción, pero si hubiera estado presente alguien que le conociese, no se le habría escapado el hecho de que parecía bastante nervioso. También expectante y quizá un poco asustado. Pero su acompañante no le conocía demasiado, por lo que no se percató.

Sin mediar palabra, el segundo hombre, el que vestía largos ropajes, extrajo un objeto de debajo de su capa. Era una especie de contenedor metálico, similar a una lata de gasolina, en cuyo interior se adivinaba alguna clase de líquido. De unas cuantas zancadas largas, se situó al lado del primero, que clavó en él sus cuencas vacías.

-¿Podemos hacerlo ya? –dijo. Su voz sonaba extraña, solamente percibida por su interlocutor, ya que realmente no podía oírse; era una voz mental, telepática.

-Todavía no –el aludido negó con la cabeza-. Esperemos hasta que pueda verse la luna. Así nos aseguraremos el éxito. No tardará mucho… unos quince minutos más y podremos dar comienzo al ritual.

-Entonces deberías empezar a prepararlo todo.

El aludido asintió en silencio. Su acompañante lo inquietaba todavía más que el ritual que estaba a punto de realizar. No sentía miedo, pero sí un cierto nerviosismo al pensar que si el líder de La Federación estaba dispuesto a llegar tan lejos a fin de asegurarse una victoria, qué no sería capaz de hacer. Por primera vez en su vida, estaba seguro de haber elegido bien el bando al que prestar su lealtad: intuía que Sacha –pues ese era el nombre de quién le acompañaba- poseía un alma tan oscura como la suya; tan oscura como la túnica que él vestía, que delataba que sólo prestaba servicio a la parte más tenebrosa de la magia.

-Espero que tengas razón y el portal se encuentre aquí –dijo el líder federado. Su voz sonaba impaciente-. He corrido un riesgo enorme trasladándome a La Tierra, de modo que si algo sale mal, te has equivocado de sitio, o el hechizo no funciona…

-Funcionará –afirmó el nigromante-. He calculado la posición un millón de veces. Estoy seguro de que el portal se encuentra aquí y de que todo saldrá a pedir de boca. Aunque siempre cabe la posibilidad de que el precio exigido sea demasiado alto.

-Pagaré lo que sea. V´ger será derrotado y no importa lo que me cueste.

El segundo hombre sonrió: nunca había dudado sobre cuál sería la respuesta de Sacha. Sabía hasta dónde llegaba su ambición y eso lo emocionaba. Estaba al servicio del mejor líder, del más capacitado. Valía la pena correr algunos riesgos por la grandeza que se adivinaba en su futuro. Cualquiera que permaneciera a su lado sería grande también; no se había equivocado en su elección.

El mago se desplazó hacia la parte más exterior del círculo y destapó el recipiente que portaba con él. Al hacerlo, un hedor a sangre corrompida inundó el ambiente, a pesar de encontrarse al aire libre. Ése era precisamente el contenido del frasco: sangre corrompida, humana, obtenida de forma violenta mediante el asesinato de un hombre al que se había degollado con un cuchillo ritual, cuyo mango negro de ónice sobresalía de entre una de las anchas mangas de la túnica del nigromante.

Éste se desplazó por el perímetro del círculo, delineándolo con el contenido del recipiente, formando una frontera roja oscura, casi negra, que lo delimitaba. Después, dio unos pocos pasos hacia el centro de la circunferencia y volvió a repetir la operación, dibujando un círculo más pequeño, en el interior del primero. Tras esto, continuó avanzando hacia dentro y dibujó un tercer círculo, de aproximadamente dos metros de diámetro.

-Asegúrese de permanecer dentro de los límites del segundo círculo –dijo a su acompañante-. El más exterior nos protegerá de las influencias de fuera y nos hará prácticamente invisibles, de modo que nadie nos interrumpirá. El interior servirá para impedir que lo que convoquemos nos cause ningún daño... es una precaución a la hora de tratar con el más allá. En el segundo estamos a salvo.

El hombre sin boca no pestañeó. Era como si su inicial estado de nerviosismo remitiera a medida que su compañero actuaba. Éste extrajo el cuchillo de la manga y lo situó en el suelo, en el segundo de los círculos, con el filo apuntando a la circunferencia central. Acto seguido, se desprendió de la capa que lo cubría, dejando al descubierto su túnica negra de terciopelo y una multitud de saquillos que pendían de su cinturón. Sacha se bajó la capucha de su capa, dejando a la vista sus peculiares rasgos.

-Voy a dar comienzo al ritual- afirmó el túnica negra observando la brillante luna que acababa de aparecer-. Cumpla al pie de la letra mis indicaciones y ninguno de los dos resultará herido.

Sacha asintió y se situó en el espacio comprendido entre el primer y el segundo círculo, mirando a su alrededor, intentando descubrir si había ojos curiosos pendientes de ellos, pero no vio a nadie salvo a los muchachos que armaban jaleo en el aparcamiento colindante. Con cierto grado de alivio, emitió un suspiro que sólo él escuchó, mientras observaba al mago ultimar los preparativos de la ceremonia.

El túnica negra realizó un movimiento circular en el aire con su brazo izquierdo, como si estuviera dibujando algo. A continuación, un cuenco dorado, del tamaño de un cenicero, apareció ante él. El nigromante lo tomó entre sus manos y sopló en su interior. Fue un soplido suave, apenas un resquicio de su aliento, pero el resultado no pudo ser menos inesperado, ya que unas llamas azules aparecieron de la nada, emergiendo del recipiente que el mago colocó en el suelo, cerca del cuchillo ceremonial que había depositado antes.

Sacha observó cómo actuaba. Nunca había puesto demasiada fe en la magia, pero confiaba en no haberse equivocado con la elección de aquel nigromante, ya que las referencias que le habían proporcionado sobre él eran, cuando menos, dispares. Y esa disparidad de criterios le daba la impresión de que nada de lo que le habían contado sobre el hechicero era cierto. Eso lo inquietaba. No tanto porque pudiera traicionarle llegado el caso –su habilidad para leer las mentes le garantizaba que no sucedería- sino porque siempre cabía la posibilidad de que su acompañante no estuviese capacitado para llevar a cabo un rito demasiado arriesgado, que requería de un poder considerable.

Durante unos instantes, el mandatario había considerado la posibilidad de pedir ayuda al hechicero más poderoso de cuantos conocía; el más poderoso, según algunos, de cuantos habían existido jamás: Linus de Inferno. Pero luego había desechado la idea. Linus, sin duda, habría rehusado a prestarle su apoyo y lo habría humillado. Estaba seguro. No era ningún secreto que nunca le había caído bien y por eso había recurrido al mago que tenía más a mano; el que ahora ejecutaba el hechizo. Sólo le quedaba esperar y confiar en que todo saldría bien.

El nigromante había extendido los brazos hacia el cielo, como si desease que le sirvieran de antena para canalizar alguna fuerza misteriosa. De repente, a pesar de oírlas a la perfección, Sacha dejó de entender las palabras que pronunciaba, puesto que eran dichas en una lengua arcana que no conocía. No obstante, eso no era un problema: leía los pensamientos del mago e interpretaba el significado de lo que decía antes de que hablase.

El hechicero rebajó el tono de voz al tiempo que giraba sobre sí mismo, en una especie de trance, balanceándose de atrás a adelante, sin dejar de repetir una extraña salmodia. Sacha miró a su alrededor y se sorprendió al comprobar que no podía ver nada de cuanto los rodeaba, ya que el perímetro del círculo exterior se encontraba en llamas. Llamas azules, de dos o tres metros de alto, que los hacía invisibles e intocables para el mundo exterior. Si hubiese tenido boca, Sacha habría sonreído al pensar en las expresiones de los gamberros que se encontraban en las cercanías, que no debían entender nada de lo que estaba sucediendo. Aunque, pensándolo mejor, quizá estuviesen tan colocados que no encontraran extraño nada de lo que pasaba. Aun así, la columna de fuego azul era tan enorme que debía haber atraído la atención de todo Madrid.

-Nadie nos molestará ahora –dijo el mago, saliendo de pronto del trance-. Tampoco pueden vernos. El fuego mágico nos hace invisibles a los ojos de cualquiera y disuade a los curiosos que quieran acercarse aquí. Actúa como una misteriosa fuerza que los impulsará a alejarse cuanto puedan de este lugar, sin percibir las llamas.

Sacha pensó que había acertado al elegir al nigromante. Si hubiera sabido un poco de magia, no se le habría escapado el hecho de que se encontraba ante un hechizo de protección básico, que cualquier hechicero habría sabido realizar y habría ejecutado de hallarse, como en su caso, en un entorno hostil, donde la magia “no existía”.

-Como he dicho, dentro de este segundo círculo estamos seguros. Puede sentarse si lo desea. Yo, desde luego, lo haré. Aunque no creo que tarde mucho en aparecer.

-¿A quién, exactamente, estamos esperando?

-Eso nunca se sabe... –El mago agitó la cabeza mientras tomaba asiento en el suelo con las piernas cruzadas, mirando hacia el círculo interno- Sabemos que aquí hay un portal, pero ignoramos a qué submundo nos conecta. Seguramente vayamos a tratar con alguna especie de bestia... pero ignoro cuál. Es imposible saberlo, a no ser que hayas estado ahí y, no sé si me entiende, no es algo que le apetezca a nadie. De hecho, no sé cómo en La Federación se ha aprobado que...

-En La Federación no se ha aprobado nada. Nadie sabe, ni se ha discutido nada. Éste es un tema que no debe salir de aquí.

-Comprendo –el mago enmudeció: nunca había dudado de que el líder federado actuaba movido por un impulso personal, pero quería comprobarlo. Le daba igual. En realidad, era un as que guardarse en la manga de cara al futuro. Si alguna vez necesitaba un favor de Sacha, podría recordárselo.

El líder federado también se sentó. Veía muy claros los pensamientos que pasaban por la mente de su acompañante, pero no le importó. Era normal; lo que podía esperar. Ya le pondría remedio más tarde, cuando hubiera hecho lo que había ido a hacer.

El mago extendió las manos hacia el frente, en dirección al círculo más pequeño. De sus labios salieron unas palabras que Sacha recordaría toda su vida:

-¡Yo te invoco por el fuego! –tal y como había sucedido con el círculo exterior, el perímetro del más pequeño empezó a arder. Las llamas que lo circundaban se elevaron hacia el cielo, majestuosas y, como las otras, azules.

“¡Te invoco por el fuego! –continuó el nigromante- ¡Te llamo ante mí, a ti que moras en las profundidades; en lo más recóndito del alma humana! ¡Te invoco a ti, que te alimentas de la oscuridad de los hombres, que obtienes tu poder de su sufrimiento! ¡Levántate de los agujeros de antiguos holocaustos! ¡Levántate de tu viejo abismo! ¡A mi llamada, ven!”

El fuego se elevó más y más por encima de sus cabezas. La columna de llamas azuladas alcanzó los veinte o treinta metros de altura. Tantos que Sacha dudó de que nadie aparte de ellos pudiera verla, siendo tan aparatosa. Una vez más, se obligó a confiar en que el hechicero sabía lo que hacía. De momento, era su única esperanza.

El hombre repitió la letanía que acababa de recitar en un tono más alto. Después, elevó la voz un poco más y llamó a quien quisiera que estuviese llamando una tercera vez. Prácticamente a gritos. A continuación, quedó petrificado, con los ojos en blanco, como si hubiera sido fulminado por un rayo. Sacha no veía en su mente más que vacío. Transcurridos unos minutos, comenzó a volver en sí, mirando a su alrededor, desorientado.

-Está llegando –dijo-. Me ha escuchado y viene a mí.

De repente, las llamas remitieron. Descendieron y se arremolinaron, como si bailasen unas con otras, concentrándose hasta convertirse en una sola. Una llama azul enorme que se retorcía sobre sí misma, como si fuera a convertirse en otra cosa. De pronto, estalló. Explotó en medio de una luz cegadora que obligó a los dos hombres a cerrar los ojos hasta que la luminosidad volvió a ser normal.

Cuando Sacha y el mago abrieron los ojos de nuevo, no estaban solos. En medio del círculo interno se habían materializado dos figuras, un hombre y una mujer, que los miraban con idénticas muecas burlonas pintadas en el rostro.

Sacha se puso en pie. No trataría sentado con nadie del submundo. Sin tocarlo, se adelantó unos pasos hacia el círculo interno para ver con más claridad a los que habían aparecido en él.

La mujer también se adelantó, mirándolo con curiosidad. Era evidente que jamás había visto a nadie tan peculiar como él y quería saber a qué clase de criatura se enfrentaba. Ignoró al mago por completo; conocía de sobra a los humanos.

Sacha se quedó perplejo, pues estaba ante una aparición con la que no había contado. Aquella mujer era muy hermosa: alta y morena, de tez pálida y enormes ojos dorados. Vestía una especie de túnica blanca, vaporosa, que le llegaba casi a los tobillos, que llevaba adornados, como las muñecas, con innumerables aros de oro que tintineaban cada vez que se movía. Ella, con los movimientos de un gato, se aproximó a los límites del círculo y estudió al hombre sin boca.

Su compañero se quedó en segundo plano. Era un hombre joven, muy joven, casi un adolescente –o, por lo menos, lo parecía-. Como ella, también poseía una inusual belleza, de rasgos delicados, casi élficos que, no obstante, no podían enmascarar el inmenso poder que Sacha percibió claramente. Sus cabellos violetas –como sus ojos- ondearon al viento, como la oscura capa en la que se envolvía. Era un inmortal, como la mujer que lo acompañaba. A nadie le hubiera pasado desapercibido.

La mujer intentó tocar a Sacha, alargando uno de sus blancos brazos hacia él, pero no pudo atravesar la frontera establecida por el círculo en el que se hallaba. Un mohín de decepción se dibujó en su bello rostro, pero fue un gesto fugaz. Casi inmediatamente, sus labios se curvaron en una encantadora sonrisa. Su voz sonó como el sonido de un cristal al romperse:

-¿Quiénes sois y por qué nos convocáis a vuestra presencia?

-Decidme vuestros nombres y tendréis derecho a saber el mío–Respondió Sacha. La misteriosa mujer sonrió un poco más. Sus ojos brillaron divertidos ante la insolencia del hombre sin boca.

-Soy Zelania, señora del submundo. Me acompaña mi general, Xeros... ¿Por qué estamos aquí?

-Mi nombre es Sacha. Soy el líder de La Federación de Planetas. Os he llamado porque necesito vuestra ayuda, señora.

-¿Mi ayuda?- la sonrisa de Zelania se acentuó- Explícate, mortal, pero se consciente de que mi ayuda, en el caso de que decida prestártela, te exigirá pagar un alto precio a cambio.

-Lo sé. Estoy dispuesto a pagar el precio que exijas, señora. Una vez que consiga lo que deseo...

-Desde luego: el precio siempre se paga cuando se logra lo que se quiere. Dime, ¿qué quieres tu?

-El poder –Zelania había sabido desde el principio cuál iba a ser la respuesta. No podía ser otra, viniendo de alguien como su interlocutor-. Quiero vencer a mi enemigo, acabar con él de una vez por todas. Es el único que se interpone entre mí y el dominio de toda la galaxia.

-El dominio de toda la galaxia... –Zelania repitió estas palabras en un tono de voz inescrutable- en mi mundo no sabemos demasiado de esas cosas pero, por lo que tengo entendido, La Federación no persigue el dominio, sino la unión, la hermandad... ¿Me equivoco?

-No, no te equivocas. Pero yo estoy al frente de todos los mundos federados, se respeta mi voluntad en ellos. Ese respeto peligra por culpa de un maníaco que desea hacerme caer a toda costa y pone en peligro todo por lo que hemos luchado hasta ahora.

-Te refieres a V´ger... supongo –afirmó Zelania.

-¿Has oído hablar de él? Sí, me refiero a V´ger, por supuesto. Creí que lo había dejado atrás, pero nos ha seguido hasta aquí y ahora amenaza La Tierra que, de momento, no se nos ha anexionado. ¿Por qué lo hace? No lo sé. Creo que simplemente para humillarme.

-Seguramente –Zelania asintió sin dejar de sonreír-. ¿Y qué deseas de mí? ¿Quieres que lo mate?

-No. De eso quiero encargarme personalmente. Nadie me privará de ese placer. Lo que deseo de ti es que me proporciones los medios necesarios, la ayuda oportuna, para vencer en la guerra que se nos avecina. Somos muy pocos en La Federación; muy pocos hemos sobrevivido... si tu unieras tus fuerzas a las nuestras, si tus hordas me prestasen ayuda...

-¿Mis hordas? ¿Mi ejército a tus órdenes? Ningún inmortal combate por un inferior, Sacha. ¿Qué puedes ofrecerme para que me rebaje de ese modo?

-Lo que desees; lo que quieras. Te daré sus almas, las de todos ellos, una vez los hayamos vencido.

-¿Sus almas? ¿Para qué quiero sus almas? Qué ideas más absurdas se os ocurren a los mortales: almas es lo que me sobra ahí abajo. Prefiero gente... viva. ¿Puedes ofrecerme eso? Deseo un mundo. ¿Puedes darme uno en el que gobernar, uno que me permita salir de mi infierno?

-¿Un mundo? –Sacha estaba perplejo- ¿Deseas un mundo? ¿Para qué?

-Eso es irrelevante. Tu dámelo, el que menos te guste, el propio Soroc [1]... y despreocúpate.

-Tengo que pensarlo; no puedo prometerte eso.

-Entonces no habrá trato –Zelania se giró hacia Xeros que durante todo ese tiempo había permanecido inmóvil y callado como una estatua-. Nos vamos –añadió.

-¡Espera! –Sacha no podía permitir que se marchase sin prometerle su ayuda- Te daré lo que me pides. Tendrás ese mundo para que hagas lo que quieras con él y con sus gentes.

Zelania volvió a mirar a Sacha sonriendo. “Bien, dijo, hablemos”.

-¿Cómo sé que no me traicionarás? ¿Cómo sé que, una vez fuera, no te volverás contra mi? –Preguntó el líder federado.

-No te traicionaré pero, claro, sí te pondré unas pequeñas condiciones.

-Te escucho ¿Cuáles son?

-Te prestaré ayuda en tu guerra particular, pero después de haber logrado tus fines no podrás vivir más de veinte años. Al término de ese plazo máximo, reclamaré tu alma para mí. ¿Estás dispuesto a aceptar ese trato?

Sacha reflexionó: veinte años, una vez que venciera a V´ger... no querría dejar la vida tan pronto, pero era un período de tiempo lo suficientemente largo como para disfrutar de su logro. No obstante:

-¿Cómo sé que no me matarás para acortar el plazo?

-No te mataré. Te prometo, te juro, que ni yo, ni ninguno de los míos, pondrá fin a tus días.

-¿Y qué me garantiza que no me traicionarás, que no usarás mi llamada como una puerta para irrumpir en el universo y quedarte con todo?

-No lo haré. Te prometo algo: permaneceré fiel a ti siempre y cuando no se derrame una gota de sangre sobre el tratado del próximo mundo que se anexione a La Fedración. Si corre la sangre sobre dicha anexión, entenderé que nuestro pacto se ha roto.

-En La Federación no nos anexionamos mundos por la fuerza. No habrá sangre –sentenció Sacha.

-Entonces tenemos un trato. Xeros te acompañará de vuelta, para que vaya estudiando contigo la situación en la que te hallas. Dispón de él como desees: ahora está a tus órdenes.

Xeros se aproximó al perímetro del círculo pero, al tratar de abandonarlo, una fuerza invisible lo empujó hacia atrás, impidiéndole el paso.

-No puede salir –El mago, que había permanecido en silencio, fue el que habló ahora-. Debes ayudarle: tiéndele un brazo. Serás el puente entre él y el mundo exterior.

Sacha se situó en el perímetro del círculo interno y extendió uno de sus brazos hacia el interior. Xeros se acercó y lo asió con fuerza. De un tirón, el líder federado liberó al inmortal de la improvisada prisión en la que el nigromante los había confinado a él y a su señora. Una sonrisa burlona se pintó en la cara del demonio; una en la que ni Sacha ni su acompañante repararon.

-Ahora te toca a ti... –Dijo Zelania.

-¿A mí?

-Yo te he dado a mi sirviente... lo justo es que tu me proporciones algo similar a cambio. Al tuyo, por ejemplo, para que me acompañe a mis dominios.

El hechicero abrió los ojos con incredulidad. No era posible que la reina-demonio estuviera exigiéndolo a él como primer pago de sus servicios. No era posible que Sacha fuese a aceptar ese pago ¿O sí?

Sacha permaneció inmóvil unos momentos. No dijo ni una palabra. Después, también en silencio, propinó un violento empellón al mago, haciéndolo caer dentro del círculo interior, a los pies de Zelania. El terror se dibujó en el rostro del hombre, que trató de escapar en vano. Con un movimiento de sus manos, la reina-demonio lo inmovilizó en el suelo.

-Dispón de él como desees –Sacha imitó el tono de voz de la mujer-. Ahora está a tus órdenes.

Zelania asintió. Sus brazos se cruzaron sobre el pecho y una llamarada azul los bañó a ella y al mago caído, que se desvanecieron en el aire. Sacha miró a Xeros y ambos giraron sobre sus talones y comenzaron a caminar hacia el punto donde una nave debía estar esperándolos para transportarlos de vuelta.


 

[1]Soroc es el nombre del planeta de V´ger, el enemigo de Sacha.

 

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  • Llegamos al final de la historia de Isabella. Espero que os sorprenda como les ha pasado a los que ya lo han leído. Todas las opiniones serán bien recibidas.

    Esta es la penúltima entrega. Los magos se aproximan al final de la historia que, seguramente, podáis leerlo mañana. Espero que, con el relato completo, me deis vuestras opiniones.

    Un trozo cortito, que empezamos la semana. El final de la historia está cada vez más cerca. De hecho, esta misma semana lo conoceremos.

    Estamos aproximándonos, poco a poco al desenlace de la historia. Esta parte un poco más larga, porque hay mucho que explicar. Como en anteriores entregas, espero que os guste.

    Tercera parte de mi relato y... ¡APARECE ÉL! Todos lo estábamos esperando. Hasta yo... Es un trocito corto esta vez. Espero vuestros comentarios.

    Segunda parte de El Hombre Oscuro. La primera, la publiqué el 24 de abril. Espero vuestras impresiones, para mi son muy importantes.

    Este es uno de mis últimos relatos. Como es largo, os lo voy dejando por partes. Hoy, la primera. Espero vuestras opiniones.

    Magia negra, demonios... Este relato lo publiqué hace cuatro años como Forrexter. Vuelvo a subirlo, porque perdí las claves del perfil anterior y me gustaría aglutinar trabajos. Eso sí, ahora corregidas algunas erratas que en su día no vi.

    Me fascinaba la forma en la que Tolkien introducía poemas en sus obras. Algún día espero poder hacer lo mismo. Esto es un intento que realicé hace años para un compendio de relatos.

    Un corazón roto es capaz de cometer las atrocidades más espantosas. Más todavía si es el corazón roto de una bruja. Pero, en muchas ocasiones, también hace falta muy poco para curar las heridas de ese corazón.

Periodista y escritora. Acabo de publicar mi primera novela, Linus de Inferno, mezcla de fantasía con algo de Ciencia Ficción. Está disponible en Amazon, el papel y ebook. Estoy muy emocionada con ese proyecto.

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