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13 min
Pájaro azul
Reflexiones |
26.07.15
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Sinopsis

Una niña con una vida que es, cuanto menos, trágica. Un pájaro cuya existencia es inútil debido a una deformidad. ¿Podrán ayudarse el uno al otro?

Algún lugar del mundo, 6:37 A.M

    La niña de ojos azules presenta sus orbes ante la luz, volviéndolos a cerrar en cuestión de instantes. Oculta sus parpados debajo de su antebrazo, frunciendo la nariz con disgusto. —¿Podría alguien apagar ya el sol?— Se queja, para luego soltar un bostezo y estirar los brazos hacia el techo.
    Se sienta sobre la cama, dejando que sus pequeños pies floten a escasos centímetros del suelo para poder balancearlos mientras se hace a la idea de que un nuevo día empezó para ella. Aún con los ojos cerrados, pasa las palmas de sus manos por todo su rostro, tironeando de su piel para así despertarse. Amaga con observar la habitación, pero vuelve a hundirse en la oscuridad, ya que la claridad del día es demasiado para sus pobres retinas. 
    "Buenos días, no estoy en casa." Piensa al oír como el timbre de su hogar sonar, dándole la señal de que el correo ha llegado. Duda entre bajar a recibirlo o volver a su cama, pero recuerda algo que la obliga a alzar las cejas y abrir los ojos. "¡El correo ya está aquí, eso significa que hoy es domingo!" Tras pensar esto, se pone de pie en un instante.
    Camina hacia la ventana de su habitación esquivando las agujas y retazos de tela en el piso. "El precio de ser original, ¿no es cierto?" Y, en cuanto está delante de esta, cierra las cortinas con brusquedad. Sonríe, pues la luz ya no la molesta, dando saltitos hacia su armario. "¡Hoy nos espera un día muy, muy divertido!"

Algún lugar del mundo, 7:03 A.M

    La pequeña baja las escaleras de dos en dos, mientras canturrea una canción de amor. Mientras lo hace, va enredando sus dedos en su cabello para formar dos cortas trenzas, dejando solo las puntas rosadas de su cabello sueltas. Una vez que tocó el suelo del primer piso, corrió hacia la cocina con una sonrisa pintada en el rostro.
    Cuando ya estuvo allí, abrió la puerta de la nevera en busca de su desayuno. Entre cientos y cientos de botellas, pudo encontrar lo que parecía ser un vaso de leche. Hizo una mueca de asco, ya que no le gustaba mucho su sabor, pero tomó el vaso igualmente. Tan solo necesitó un par de segundos para beber el contenido, ya que lo hizo todo de un sorbo. Dejó el vaso vacío en la nevera, para luego cerrarla y huir de la cocina.
    Estaba yendo hacia el garaje cuando vio a su madre recostada en el sofá. Había varias botellas en el suelo, y la televisión estaba encendida en un canal de noticias. Su madre llevaba puesto un camisón espantoso, parecía como si llevara la piel de un tigre encima. "¡Nunca entenderé por qué te vistes así, madre!" La niña se acercó a ella, quitándole el control de las manos, para luego apagar la televisión. Buscó en el suelo hasta encontrar una manta roja que llevaba siglos allí tirada, y la acomodó sobre el cuerpo dormido de su madre. 
    Se inclinó sobre ella, besando su frente. Luego, caminó de puntillas hacia la puerta del garaje, la cual abrió lentamente para que no hiciera ningún ruido. Asomó la cabeza y miró a ambos lados, cuidándose de que su padre no estuviera en casa. "No entiendo por qué se enfada tanto cuando me voy de casa...no hago nada malo." piensa, pero vuelve a sonreír al ver que no están ni su padre ni el auto, lo cual significaba que él debía estar trabajando.
    Aún manteniéndose silenciosa, bajó el escalón que la separaba de aquel cuarto gris y aterrador, lleno de herramientas y con un repulsivo olor a aceite. Fue hasta una esquina y tomó su bicicleta, pasando sus manos por el asiento y el manubrio para quitarle el polvo. La llevo hasta dentro de la casa y, con cuidado de no despertar a su madre, abrió la entrada y sacó su vehículo a la calle.
    —Adiós mamá, que tengas lindos sueños...— Susurró, antes de cerrar la puerta del todo. No recibió respuesta, pero tampoco la esperaba. "Esto ya es costumbre, después de todo"

Algún lugar del mundo, 7:36 A.M

    Luego de pedalear varios minutos, la niña pudo ver a lo lejos una gran casa antigua. Aceleró, moviendo sus pies con frenesí para llegar hasta allí. No pasó más de un minuto que ya estaba frente a ésta. Bajó de su bicicleta, llevándola consigo hasta la entrada para dejarla sobre las pocas hierbas vivas que brotaban de aquella tierra oscura. Se arrodilló, sacando del bolsillo de su overol de mezclilla una cadena con un candado, para así unir su bicicleta a la casa.

    Se puso de pie y sacudió la tierra de sus rodillas desnudas, quitando también un poco de la suciedad que hubiera podido quedar en la tela de su ropa. Se acercó más a la puerta de entrada, subiendo con saltitos los tres escalones que la separaban del porche. Allí, un columpio de madera estaba en el piso, pues sus cuerdas se habían cortado y podrido hacía ya mucho tiempo. La pequeña niña rubia no tuvo que girar el pomo siquiera para abrir la puerta, con solo empujarla un poco bastó para que esta le permitiera ingresar al lugar.
    Ya dentro, avanzó con las manos en el pecho hasta el comedor del hogar. Siempre le había tenido algo de miedo al interior de aquella casa, pues no había muebles ni adornos en ninguna parte. "Ni siquiera sé si este en verdad fue el comedor, yo sola decidí llamarlo así." pensó, mientras sus delgadas piernas temblaban un poco. No pasaban más de dos segundos que miraba hacia ambos lados, temerosa de lo que pudiera encontrar.
    Fue una larga tortura, o así se sintió, pues en verdad no había pasado siquiera un minuto. Pero, a fin de cuentas, llegó hasta la puerta que daba con el patio trasero de aquella casona. Giró el pestillo que servía de traba y salió nuevamente a la luz.

Algún lugar del mundo, sin un tiempo exacto

    Había descubierto ese lugar hacia ya unos tres años y medio. El muchacho que vivía junto a su propio hogar, un niño albino de ojos extraños, se lo había enseñado. Tenían tan solo nueve y once años en ese entonces, así que descubrir algo así era toda una aventura, un mundo nuevo. A él le gustaba recorrer la planta alta, las habitaciones y escribir canciones sobre lo que podría haber vivido las personas que alguna vez pasaron tiempo allí. Ella, en cambio, tenía miedo de esos lugares, por lo que le pedía que la acompañe hacia el jardín, donde se quedaba plantando pequeñas flores y jugando con los insectos.
    Mientras que la casa y su interior estaban ya destruidas y olvidadas, producto del abandono de aquel joven, el jardín se volvía más y más hermoso cada domingo, que era el día que ella dedicaba para ir. Había puesto un bebedero para pájaros de piedra, sembrado miles de flores de todos colores y hasta se las había arreglado para armar un camino con guijarros diminutos. Ponía todo su empeño en dejarlo brillante y esplendido para cuando él volviera a visitar el lugar junto a ella.
    Hacía ya dos años que esperaba, pero ella nunca perdía la esperanza. Si bien él se negaba a seguirla y acompañarla, ella seguía invitándolo todas las semanas. "Y es que algún día va a tener que decirme que sí, no podrá negarlo para siempre." Pensaba para consolarse, más una pequeña parte de ella se sentía triste al recordar que había perdido a su único amigo.
    
Algún lugar del mundo, 8:01 A.M

    Nuestra pequeña estaba acabando de regar unas petunias rosadas, cuidando de no mojar tanto el tallo como sí la tierra. Las petunias no eran sus flores preferidas, le agradaban más las orquídeas azules o las "no me olvides", pero aún así disfrutaba cuidando de todas sus plantas. Estaba muy orgullosa de decir que no había en el mundo una peonia mejor cuidada que la que había plantado en su jardín.
    Lanzó las últimas gotas de agua sobre los plantines, para luego darse la vuelta y encaminarse hacia el bebedero, aún con la regadera en mano. Debía encargarse de vaciar el agua sucia que había quedado de la semana anterior y poner algo fresco, ya que si no los pájaros no se acercaban mucho a beber. Alzó la pequeña fuente y la inclinó hacia un costado, dejando que una pequeña cascada broté de allí durante unos segundos, para que al final solo unas pocas gotas queden colgando del borde.
    Volvió a colocar el recipiente donde iba, volcándole el contenido de su regadora encima. Adoraba la forma en la que el agua fluía allí dentro, cristalina y deliciosa. "¡Si hasta me dan ganas de meterme yo ahí dentro!" solía pensar. Y es que, para una persona como ella, detalles como ver agua limpia eran pequeños soles que alegraban su día. 
    Una vez que todo estuvo listo, se acercó nuevamente a la puerta de entrada, pero no la abrió. Se sentó con las piernas cruzadas en la tierra, esperando a que algún pájaro llegase.

Algún lugar del mundo, 8:34

    Llevaba allí sentada un buen rato, aunque no sabía bien cuanto. Poco a poco, había visto a las aves llegar, bañando sus plumas en el bebedero y piando entre ellos. A veces hasta imaginaba que tenían sus propias conversaciones entre ellos, como si los pájaros en verdad tuvieran una sociedad y pudieran cotillear sobre otros. "¿Has oído? ¡Han cocinado a Duck el otro día!" "¿Qué semillas va a llevar, señor?" "¡Mira mamá, puedo volar muy alto!". Era un pensamiento algo infantil, pero le divertía de igual manera. 
    Fue entonces que lo vio. Entre todos los pájaros, había uno intentando salir del agua. Era azul y muy pequeño, no tenía idea de cómo podría haber llegado hasta allí. El chiquilín piaba con fuerza y desesperación, pues a duras penas podía mantenerse flotando. "¿Es que acaso es tonto? ¿Cómo no va a poder volar dos centímetros para salir de allí?" se cuestionaba la pequeña, mirando al pájaro azul con el ceño fruncido.
    Los demás tan solo seguían piando entre sí, ignorando totalmente al animal que se ahogaba. Casi podía escucharlos susurrándose: "Mira, no puede nadar...va a morir, es un estúpido." Tras pensarlo un segundo, la pequeña metió sus dedos en el agua, espantando a la mayoría de las aves que pululaban por ahí. Rodeo al pequeño azul con sus manos, alejándolo del agua y acercándolo a su pecho, empapando de pasada su playera morada. 
    La criatura se retorcía en sus manos, buscando escapar de ella. Intentaba clavar el pico en sus manos, pero ella no se lo permitía. Le hacía caricias en la cabeza, intentando calmarlo. Poco a poco, el pequeño pájaro azul dejó de luchar, quedándose manso y calmado entre sus manos. Fue entonces, cuando él le había dado su confianza, que la niña separó las manos y observó lo que no le permitía nadar o volar.
    Entre sus plumas azules, había varios rastros de sangre. Al parecer, aquel pequeñísimo ser carecía de parte de su ala, volviéndolo no solo inservible, sino poco atractivo también. Lo más probable era que su familia lo hubiera abandonado al migrar, pues no era capaz de hacerlo él también en aquellas condiciones. "Mi pobrecillo, ¿estás solo y triste?"
    La niña de trenzas sonrió, colocando su dedo pulgar e índice alrededor del cuello del animalito. Lentamente, comenzó a cerrar el círculo que sus dedos formaban, haciéndolo más pequeño. En un principio, el ave parecía no notarlo, pues seguía tranquilo, pero en cuanto la presión de la mano lo iba aprisionando más y más, se movió con frenesí y energía. Piaba y trinaba con desesperación, sus chillidos irritaban los oídos de la pequeña, que fruncía el ceño, molesta por aquel sonido, y cerraba más sus dedos. 
    El pájaro clavaba sus garras en las palmas de la niña, provocándole pequeños cortes que no hacían más que enfadarla más. Esta ya tenía los ojos entrecerrados por el enojo, pero una brillante sonrisa relucía en su rostro. Veía al ave retorcerse y luchar cada vez menos, pero ella solo reía y lo estrangulaba con más emoción. Intentó cerrar los labios, pero una carcajada ahogada brotó de su garganta, haciéndola lucir como una complete psicópata.
    Poco a poco, el pequeño azul dejó de luchar. Sus ojos del color del carbón parpadearon un par de veces, hasta que no volvieron a abrirse. Sus patas ya no arañaban las manos opresoras, sino que se quedaron quietas, inmóviles. La niña abrió entonces la mano y separó los dedos, mirando al pequeñito, que dormía plácidamente. Alzó las cejas, a la par que su sonrisa se desdibujaba. "Tú ya no eres divertido." Y, tras pensar esto, lo soltó.
    El animal golpeó el suelo con un ruido sordo. Quedó tendido en el suelo con las alas abiertas y el estomago apuntando al cielo, por lo que la niña lo observó detenidamente. Pudo reconocer en el ala rota y horrible aquellos moretones que su padre le había obsequiado, a los cuales cuidaba como tesoros y escondía bajo vestidos oscuros. Pensó en como la familia de aquel pequeñín lo había dejado solo, recordando a su madre por alguna razón. 
    Por último, miró al bebedero un instante, notando que ya muchos pájaros habían vuelto a posarse ahí y actuaban indiferentes, como si poco les importara que alguien hubiera estado sufriendo y muriendo lentamente frente a sus ojos. Y ahí fue cuando pensó en un niño de cabello blanco y ojos extraños, que solo la había insultado al oír las verdades tras las paredes de su hogar. Allí, desde el suelo, el pájaro azul yacía muerto, pero en sus ojos cerrados aún había un mensaje. "¿Por qué me has hecho esto?"
    La niña clavó sus ojos en él y, con un tono indiferente, susurró: —Es que a veces me gusta no ser el pájaro...—

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  • ¿Crueldad o inocencia de niño? Muy chulo y bien escrito. Espero que subas más por aquí.
    Me he tomado mi tiempo para leer el relato y esta bueno de hecho me recordo un libro que lei hace años que no recuerdo el nombre pero 3 estrellas :)
  • Una niña con una vida que es, cuanto menos, trágica. Un pájaro cuya existencia es inútil debido a una deformidad. ¿Podrán ayudarse el uno al otro?

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Tengo mil años y miedo a mi propio hogar: La oscuridad.

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