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6 min
Paréntesis creativo
Terror |
25.11.14
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Sinopsis

Este relato lo publiqué hace algún tiempo bajo un seudónimo. Lo hago público ahora con mi nombre auténtico, pero manteniendo el sentido original; que sea como un chispazo. El titulo, Paréntesis creativo, apunta ya en esta dirección. Espero que guste.

                                                      Paréntesis creativo

                                                            José León

La hornacina abierta en mitad de la gran chimenea se mostraba algo absurdo para cualquier mirada que se detuviera en ella, sin embargo, aquel reloj de cuco llenaba de formas tan distinguidas y versallescas su romboidal contorno, que era precisamente este el lugar del mesón que más hacia girar la cabeza a los comensales; cuando la chimenea se llenaba de leña y el fuego refulgía con fuerza, las manecillas y los números dispuestos a ser señalados, mediante un ingenioso sistema de espejos, brillaban de determinado modo hipnótico e indescriptible originando toda una oleada de caras vueltas acompañadas de ojos exorbitados así como de comentario y muecas. El efecto, que se diluía conforme menguaba el fuego, no tardaba más de una hora en cesar por completo, y entonces la gente solía llamar al camarero, no solo para pedirle comida o bebida, sino también para quejarse de un frio que en realidad no sentían. Cuando el maître consideraba que ya se habían realizado el número adecuado de pedidos, ordenaba volver a echar madera a la lumbre, y de nuevo los mismos acontecimientos bajo el mismo techo. Todos se comportaban como era de esperar, excepto un hombre. Con la cabeza apoyada en la mano y el codo apoyado en la barra, permanecía inmóvil junto a una botella de vodka con un vaso lleno rosándole el reverso de la mano que le quedaba libre. De vez en cuando daba un trago, en esto consistía todo el movimiento que realizaba, aunque ya apenas bebía. En toda la noche solo hablo dos veces, la primera para pedir la botella y la segunda para contestar la pregunta estúpida con que le abordo el barman a las dos horas de estar allí.

― Esta muy triste, el señor ¿le ocurre algo?

― La humanidad no es más que un montón de montoncitos de carbono, en un granito de arena, que gira perdido en la inmensidad de un universo incomprensiblemente grande, aleatorio y de parte a parte innecesario. Nuestro planeta, desangelada excepción, es un escenario horrible en el que un animal sólo logra sobrevivir si es él quien devora y no quien es devorado. Se trata siempre de la misma función rancia, representada desde hace millones de años para ningún espectador, pues desde el virus más simple al hombre más genial, todos somos actores en este drama y a ninguno se nos preguntó antes de nacer si queríamos quemarnos con la luz del mundo. Sé que esta pregunta, la de sí se quiere existir o no, es metafísicamente absurda, porque el hecho de que uno pueda responderla implica ya su existencia, pero es por darle un toque estético, señor detective.

— ¿Disculpe? — Quiso saber el camarero con el ceño muy fruncido, aunque la persona a quien preguntaba ya había vuelto a su particular mundo de inspectores, crimínales, grandes operaciones encubierta y libros que si se venden con el guiño divino dan para otra botella igual que aquella. No respondió ni a esa pregunta ni a las varias que le realizó posteriormente. Cuando se cansó de ser ninguneado, el barman desapareció unos instantes tras la puerta que daba a la cocina, regresó con una bayeta y se puso a fregar la barra. El de la botella de vodka se limitó a observarlo trazar círculos concéntricos con la bayetita chorreando agua con jabón líquido por aquella superficie de madera ya impoluta. Y gradualmente comenzó a notar el olor de la encina quemándose junto con un aumento de la temperatura. Unos minutos después todo el salón olía otra vez a madera quemada y el aire superaba los veinticinco grados. Fue entonces cuando le ocurrió: sintió aquella indescriptible sacudida que le era tan familiar cuando tenía una buena idea. Saltó de su taburete, agarró el vodka y se abrió paso a trompicones por entre las mesa hasta el enorme borde de la chimenea. La gente de inmediato comenzó a levantarse furiosa pidiendo explicaciones, muchos con manchas en la ropa, otros, algunos críos, llorando por haberse quemado con la sopa. Una niña tiró de la chaqueta del hombre, que acababa de ponerse de espaldas a la muchedumbre sosteniendo la botella desenroscada sobre su cabeza, y le reprochó entre sollozos que había manchado su falda nueva. Este, ignorándola, dio el último paso al frente removiendo enloquecido el alcohol. La niña se apartó. Ya rozaba con las punteras de los zapatos el borde de la chimenea.

— No lo hagas — Le bramó una mujer mayor en un tono ridículamente elevado para su cuerpecito al tiempo que agitaba los brazos en el aire. Pero tras un instante de parálisis general, realizó un leve movimiento de cabeza y derramo el mucho vodka que quedaba  sobre reloj de cuco. Enseguida ante sus ojos unas hileras de líquido resplandecientes a la luz de la lumbre entraron en contacto con las brazas que se extendían dos metros más abajo, creando unas columnas de fuego instantáneamente. El reloj se convirtió en una bola de llamas crepitante. Quien lo provocó todo retrocedió con media sonrisa. La Anciana lo miró aturdida. De nuevo tuvo lugar un momento de parálisis general, aunque esta vez hecho añicos por un joven que corría histérico hacia donde estaba el todavía pequeño incendio gritando muy alto que su novia estaba en el baño escupiendo sangre porque le había partido el labio de un codazo mientras corría. Nadie intento detenerle, y el hombre, que ni se había inmutado, permanecía con la mirada fija en las llamas que devoraban el reloj, sumido en un estado de trance… casi hipnotizado; en cuanto llegó a donde estaba, el joven le pego un puñetazo en el mentón violentísimo que lo derribó con tal mala suerte que fue a caer de bruces sobre el juego de atizadores y se clavó la punta con forma de hoja que tenía pala en el pecho.

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    Este relato lo publiqué hace algún tiempo bajo un seudónimo. Lo hago público ahora con mi nombre auténtico, pero manteniendo el sentido original; que sea como un chispazo. El titulo, Paréntesis creativo, apunta ya en esta dirección. Espero que guste.

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Soy un estudiante de bachillerato de vida agitada y vocación literaria inquebrantable.

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