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5 min
Paso a Paso, parte 1
Suspense |
23.02.20
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Sinopsis

Monotonía.

Nuevamente, Carlos seguía inmerso en papeles y más papeles que la empresa le pedía organizar y categorizar.

Pero, ¿qué podría hacer un poco más interesante aquella rutina de la cuál saldrás con unos kilos de más y una “vida” apenas estable? Un poco de Internet y redes sociales.

 

Sus compañeros de trabajo solían estar inmersos en las redes sociales; en promedio unas dos horas de ocho laborales. El gerente, un chico (cercano a un político importante y por el cual obtuvo el puesto), poco o nada sabía del campo. Sencillo: salía con la hija de aquel candidato que tomaría la presidencia municipal.

 

Carlos veía las oraciones electrónicas bajar y bajar; carpetas, videos, fotografías y unos documentos Word apenas editados.

 

“Es una maldita pérdida de tiempo” – pensó, mientras el mouse hacía su característico clic.

 

Se estiró en su silla; la monotonía lo acongojaba, y eso lo hacía estar ansioso. Decidió salir a fumar un cigarro. Edmundo, su amigo y compañero, lo observaba por debajo de sus lentes:

 

“Ese tipo necesita unas vacaciones” – susurró, mientras Carlos caminaba con pesadumbre a las escaleras.

 

Carlos, aún tenso, tomó el barandal y descendió. No había nada diferente en ello, de no ser que los escalones se habían multiplicado desde su último descenso:

 

“¿Hace cuánto bajé por última vez?” – se preguntó, aun tomando rígidamente el barandal.

 

Los escalones de caoba parecían hacerse más anchos y se multiplicaban cada vez que descendía. Los mocasines de Carlos apenas eran perceptibles a sus propios oídos.

Minutos después, Carlos giró su cabeza tras su espalda.

 

Habían sido demasiados escalones como para no poder llegar al último piso. Continuó.

 

Pasó cierto tiempo y Carlos estaba agotado; sus músculos se relajaron y su trasero cayó en el escalón. Los botones del pantalón le dieron un pinchazo apenas perceptible.

 

“¡Maldita sea! ¿Cuánto tiempo más debo descender?” – lanzó un aullido de desesperación. La monotonía se había trasladado a las interminables escaleras del complejo de diez pisos. Las paredes de concreto carcajeaban al unísono, al ser partícipes del sufrimiento de Carlos. Con los músculos aun tensos, sumergió su mano en el bolsillo de su pantalón y revisó la hora: 16:48. Faltaba poco para regresar a su hogar. Echó su cabeza para atrás; era un reto el mantenerse en una monótona vida empresarial con la ingenua promesa del ascenso apresurado y el excelente salario.

 

Cuando menos lo esperaba, Julieta pasó frente suya y le cuestionó, sosteniendo dos tazas de café:

  • ¿Qué sucede, Carlos? – la camisa de Julieta estaba casi semi abierta. Tenía una percepción de su pecho, apenas se asomaban sus senos.

  • ¿No lo has notado? – respondiendo con otra pregunta y enfocado más en el escote de la chica, Carlos seguía inmerso en ese trance de confusión que lo encarcelaba.

  • ¿Notar qué?

  • Los escalones – señaló hacía adelante con su dedo índice – Han aumentado desde la última vez.

  • Sí que necesitas unas vacaciones, Carlos. Relájate – le mostró una sonrisa, mostrando sus blancos dientes y sus labios, que permanecían con un leve color carmesí.

  • Trataré – tomó el barandal con su mano derecha y con la otra hizo un arco, rascándose la nuca.

 

Julieta siguió su camino. Carlos la observó hasta que su imagen se desvaneció al subir el ultimo escalón. El hombre se levantó, resintiendo el cansancio en sus tobillos, y echó a andar. La monotonía lo devoraba, cuán alimento para un glotón.

 

Mientras, Julieta tomó su lugar: su escritorio quedaba paralelo al de Carlos, frente al escritorio de Edmundo. A decir verdad, Julieta era una chica inteligente y capaz para las actividades administrativas. Independientemente de su físico, (que es de más decir, era muy atractiva), su audacia y responsabilidad le habían permitido una oportunidad de dirigir una importante empresa en Estados Unidos. Sus dedos comenzaron a teclear y las letras salían en su documento Word, que no era más que su renuncia. El trabajo en el extranjero exigía más tiempo y, por lo tanto, decidió tomar un descanso antes de ingresar a la empresa americana.

 

Edmundo, por otra parte, desvió su mirada a Julieta. Aquella mujer tenía un atractivo excepcional; aquel pelo lacio, limitado hasta donde terminaban sus orejas. Aquella falda, que no exageraba en la altura y solo cumplía con el protocolo empresarial (aquel que las grandes corporaciones se pasan por los testículos o la vagina, dependiendo el caso). Las piernas más suaves y sensibles, como la misma sábana en la que dormía Edmundo. Sus pezones puntiagudos, se transparentaban tras la tela. Dedujo que no traía sostén; aquello porque el cambio de temperatura repentino dentro de aquel espacio tan cerrado le hacía a la chica quitarse el sostén. Ojalá y ese hombre, sentado y meditabundo, apenas atento en lo que su monitor vomitaba, pudiese percatarse de que la cámara de seguridad número 3 estaba apagada.

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