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7 min
Paupérrimo contra Socorro - Javi Síncope
Amor |
03.06.15
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Sinopsis

El rescate de plástico de una heroína.

Toxikita era una superheroína radioactiva del planeta Zalkon. Tenía el pelo verde y una pistola de rayos láser con la que fulminaba a cualquier supervillano que se le cruzara por delante. Samuel estaba enamorado de ella. Era la protagonista de todas sus aventuras.

Sentado en medio de la plaza, Samuel jugaba con sus figuritas de Lego. Toxikita, el policía y el pizzero con la cara de Spiderman tenían que rescatar al bombero que se había quedado atrapado bajo la moto de policía.

—¿Puedo jugar contigo? —le dijo una voz desconocida.

Samuel levantó la cabeza y vio a un señor muy raro mirándolo desde lo alto. El hombre se agachó delante de él. Olía un poco mal, pero a Samuel le pareció bien que se uniera al juego. Lo que no le gustó es que se pusiera a jugar con Toxikita. Le ofreció cambiársela por el Lego del policía pero, en lugar de hacerle caso, el señor se puso de pie y le dijo:

—Ven.

Al verlo alejándose con su amiga le entró el pánico. No quería irse con él, ¡pero se estaba llevando a Toxikita! Miró a un lado y a otro. ¿Dónde estaba su mamá? Había mucha gente a su alrededor, pero no veía a su mamá por ninguna parte.

Socorro se estaba tomando una cerveza con una amiga cuando oyó a su hijo llamándola. Sintió el terror en su voz. ¡Samuel! ¿Dónde estaba? ¡Lo había perdido de vista! Al levantarse lo vio en medio de la plaza llorando con la bolsa de Legos en la mano.

 —¡Toxikita! ¡Me ha quitado a Toxikita! —le dijo Samuel cuando lo cogió en brazos.

—¿Quién?

—¡Ese! —dijo el niño, señalando a un señor que se alejaba de allí.

Socorro fue tras él. El tipo salió de la plaza y cruzó la calle. Estaba a punto de alcanzarlo cuando se detuvo ante una entrada en la pared. Vio el colchón y las mantas, el carro de supermercado lleno de trastos y reconoció a aquel hombre. Era el indigente que vivía en el hueco donde antes había habido máquinas de bebidas y chocolatinas. Siempre le había dado algo de miedo pasar por allí.

—¡Es él! —chilló Samuel.

El tipo se giró. Era un hombre gigantesco de barba mugrienta y mirada desquiciada. Al verlos esbozó una sonrisa de horribles dientes. Socorro se estremeció. Ya no se le antojaba tan buena idea pedirle el juguete. ¿Cómo podía haberse puesto a perseguir a aquel hombre con el niño en brazos? ¿Por qué no pensaba las cosas antes de hacerlas?

 Aquella noche la despertó Samuel llorando. Socorro fue corriendo a su habitación a abrazarlo.

—Toxikita… Toxikita… —repetía Samuel entre sollozos.

No habían encontrado la figurita en la tienda. Al parecer ya no la vendían, porque era un poco rara y a los niños no les gustaba. Le compró un Lego de Batman, pero eso no consiguió hacerle olvidar a su amiguita radioactiva. El niño se pasó la tarde en estado catatónico, no consiguió que probara bocado. Abrazada a su niño en la cama, se castigaba por haberse distraído. Si lo hubiera estado vigilando aquel desgraciado no le habría robado el juguete. Solo ella entendía lo importante que era. ¿Y qué iba a hacer mañana? Samuel era un niño muy tímido, apenas tenía amigos, solo conseguía que fuera al colegio si se llevaba a Toxikita con él.

Cuando Samuel estuvo profundamente dormido, Socorro salió a la calle. Estaba decidida a recuperar a Toxikita. No le gustaba dejar a su hijo solo en casa, pero se tranquilizó diciéndose que solo sería un momento.

Encontró al indigente tumbado en su colchón bajo varias capas de mantas. En aquel momento le empezaron a entrar serias dudas sobre la viabilidad de su plan.

—Oiga... —dijo, en un tono casi inaudible.

El vagabundo se revolvió bajo las mantas.

—Oiga —repitió Socorro, tocándolo levemente con la punta de su zapato.

Las mantas salieron de pronto volando por los aires y el hombre se incorporó bruscamente. Socorro dio un grito de terror.

—¡¿Quién anda ahí?! —rugió el indigente.

Llevaba una navaja en la mano. Socorro salió huyendo despavorida, pero el vagabundo la alcanzó al instante. La inmovilizó sujetándola fuertemente con el brazo y le tapó la boca con su asquerosa mano.

—Qué bien que hayas venido —le dijo el indigente arrastrándola hacia el portal.

Cuando llegaron a su guarida, el tipo dejó la navaja en el suelo y le destapó la boca. Socorro vio la figurita de Toxikita junto al cuchillo. Pensó en cogerla y salir corriendo, pero aquel hombre no tardaría en alcanzarla. El vagabundo la miró con ojos bovinos durante largo tiempo antes de decirle: «Mira lo que tengo». Se volvió para rebuscar entre sus trastos y enseguida emergió con una caja entre las manos. En su interior había una colección de piezas y figuritas de Lego: superhéroes, astronautas, policías, bomberos, piratas… en distintos estados de limpieza y conservación.

—¿Quieres jugar conmigo? —le preguntó.

Absolutamente aterrorizada, Socorro se puso a jugar con el indigente. Le chocó ver a aquel hombretón haciendo la sirena del camión de bomberos con la boca o imitando el ruido de la manguera mientras apagaba una llamita de plástico. Es como un niño, pensó Socorro, Dios mío, está como una cabra. Se angustió de pronto al recordar que Samuel estaba solo en casa. ¡Ella si que estaba loca! ¿Cómo se le había ocurrido dejarlo solo?

—Tengo que irme, lo siento… —dijo Socorro, mirando al vagabundo con temor.

En el rostro de aquel hombre apareció un gesto de decepción, pero entonces le dijo: «Vale», como si acabara de darse cuenta de que en realidad le apetecía volver a la cama.

—¿Vendrás a jugar otro día? —le preguntó

—Eh…

El indigente la vio buscando a Toxikita con la mirada, cogió rápidamente la figurita y agarró a Socorro por la muñeca. Luego puso el juguetito en su mano.

—Esto es de Samuel —le dijo.

¿Cómo sabía el nombre de su hijo?, pensó Socorro con un escalofrío. Habrían pasado mil veces por delante de su portal, los habría estado mirando cuando jugaban en la plaza, la habría oído llamarlo…, ahora nada volvería a ser igual.

El vagabundo le dijo que esperara un momento y se puso a rebuscar en la caja. Con un gesto de generosidad, de esos con los a veces que te sorprenden los niños, le puso otra figurita en la mano: era un mago vestido de frac con una gran chistera y un monóculo en el ojo.

—Gracias —acertó a decir Socorro antes de salir corriendo con los dos muñequitos en la mano.  


Cuando regresó a casa Samuel dormía plácidamente. Socorro lo abrazó con todas sus fuerzas y se juró no volver a dejarlo solo nunca más. No había pasado nada. Todo estaba bien.

Toxikita había vuelto a casa, aunque esta vez había venido con un amiguito.

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