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4 min
Paupérrimo contra Socorro - Mer Curio
Varios |
03.06.15
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Sinopsis

Suena la campana.

 

No puedo respirar.

 

Caigo. Todo se funde en negro.

 

Comienzo a oír a lo lejos un eco que, lentamente, se va acercando; es una mezcla de voces y gritos que se hacen cada vez más fuertes. Mis ojos regresan del naufragio, intentan detener la imagen de las cuerdas del ring, aunque no coincide lo que veo por un ojo y por el otro. Unos guantes de látex blanco empujan el pecho de Paupérrimo a su rincón. Siento mi cara pegada a la lona. Tengo que levantarme, pero mi cabeza manda y mi cuerpo no responde. Tal vez sea ese el problema: que sé lo que tengo que hacer, pero no lo estoy sintiendo.

 

- ¡Cómo se ha zafado del agarre de Socorro y cómo ha conectado esa izquierda a la mandíbula y ha mandado con las aspiraciones del eterno aspirante al suelo! ¡Magnífico Paupérrimo! El árbitro lo devuelve a su rincón y ahora se dirige hacia la posición de Socorro. Vemos que sus dedos se desperezan y empiezan a contar: ¡uno...! ¡Dos...!

 

El intercambio de golpes ha sido durísimo hasta este momento. Llevamos muchos asaltos y cada vez me siento más lento a la hora de sacar mis manos. He intentado lanzarte un directo a la mandíbula y has aprovechado para hacer una finta y, con tu izquierda, mandarme al suelo. Sabes de sobra que no me has tumbado por este último golpe, en el pasado has sido más contundente; ha sido por la repetición de impactos por lo que estoy aquí: ha sido el apagar todos los días el despertador a las seis de la mañana; estoy convencido de que hago el mismo movimiento repetido para detener esa melodía infernal, esa que despierta al móvil que descansa en la mesita de noche. Lo hago dormido, inconsciente. Se parece a ese movimiento que me hace correr a lavarme la cara por las mañanas, a ponerme la ropa que dejé preparada ayer - siempre comienzo a vestirme por los calcetines y por el mismo pie, - me refiero a ese movimiento que hago al correr para coger el tranvía sin ser consciente de lo que estoy haciendo.

 

Tengo que levantarme.

 

- ¡Tres...! ¡Cuatro...!

 

- Esa mano que no esperaba ha dejado a Socorro sin aire; ahora veremos si es capaz de reponerse.

 

No, no ha sido el último golpe, ha sido el llegar al trabajo y centrarme en lo urgente, siempre hay algo urgente, ese dedicarme a hacer lo que los demás creen que hay que hacer, eso que dicta el sentido común y que hago como un autómata. Ha sido el acostumbrarme a los veinte minutos de café cortado con medio sobre de azúcar, a ir al mismo bar porque ya no tengo ni que pedírselo al camarero, el ponerme prácticamente en el mismo sitio de la barra.

 

- Estamos a diez segundos de terminar el asalto.  Llevamos un combate precioso. Está claro que hasta este momento la pelea se estaba decidiendo por puntos. Recordamos cómo Socorro en el segundo asalto conectó aquella fabulosa combinación que llevó a Paupérrimo a besar la lona: un crochet de izquierda al rostro, un hook de izquierda al hígado y un gancho de derecha a la mandíbula casi definitivos. Esos golpes fueron aquellos días en los que la conoció, aquellos en los que cada día era un descubrimiento, aquellos buenos momentos y pequeños desencuentros que le hacían sentirse vivo. Pero la costumbre ha hecho mella en la velocidad de sus movimientos y ahora son más previsibles; Paupérrimo aprovechó entonces para levantarse y el árbitro confirmó que aún quedaba fuerza en sus guantes y ahora... ¡se levanta! Socorro se ha dado la vuelta en el ring y trata de apoyarse en las cuerdas. Desde el rincón el entrenador lo anima y le recuerda cómo se siente al nadar desnudo en la playa, o al escribir un cuento, o al hacer teatro... ¡Está de nuevo en pie y vuelve al combate...!

 

Ha sonado la campana. Vuelvo al banco de mi rincón. Soy consciente de la importancia de respirar, siento el dolor de los golpes. El entrenador, con las manos en mis hombros,  me mira a los ojos y me recuerda que mantenga las distancias, que disfrute el instante, que no hay más que el aquí y el ahora.

 

Suena la campana.

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